La economía española e internacional durante la transición (1973-1978,VI)

La Transición española a la democracia, el hecho político más importante que hemos vivido los españoles que ahora tenemos entre 45 y 90 años, tuvo todo un trasfondo económico que estamos intentando exponer en esta serie para los lectores de Republica.com. Hoy nos referimos ya a la parte prefinal de la época que nos ocupa, que además de ser expuesta aquí, debe llevarnos a no pocas reflexiones de cara al futuro.

La instalación en la crisis

Los amortiguadores, tanto los keynesianos como los de­más, permitieron, por así decirlo, que la sociedad se instalara en la crisis. Y lo que inicialmente pareció que iba a ser un impacto duro pero transitorio de los choques petroleros, se convirtió en un fenómeno más suave pero prolongado.

Se vieron paliados los efectos de la recesión, mermándo­se la inquietud social y evitándose los brotes de fascismo, que en cambio sí florecieron en los años treinta. Pero también se contribuyó a que la crisis se extendiera en el tiempo más de lo que se imaginó en sus comienzos.

La sociedad acabó resignándose al paro masivo y de larga duración, al desempleo crónico de fuertes contingentes juve­niles, a la economía sumergida... Fenómenos que, más allá de la recesión 1974-1982, se mantuvieron de forma ostensi­ble, sine die, en los países más desarrollados. España, como veremos específicamente en el capítulo diez de este libro, es un verdadero caso de libro de texto.

La locomotora norteamericana

De la situación generada por la crisis que arrancó en 1973, y que evolucionó en su triple secuencia energética, industrial y financiera, empezó a salirse en EE.UU. hacia 1981. Aparte de las contramedidas de la AIE frente a la OPEP, y además de la inevitable tendencia espontánea, semiautomática, a la recuperación del ciclo, habremos de subrayar la importancia de los cambios introducidos en la política económica norte­americana a raíz de la elección de Ronald Reagan como presidente. Su política actuaría a modo de lo que, coloquial­mente, vendría a llamarse la «locomotora norteamericana».

Al asumir los poderes en enero de 1981, la Administra­ción Reagan (con asesores como Paul Volcker en el Sistema de la Reserva Federal, David Stockman en el Presupuesto, y George Baker en la Tesorería) desarrolló su actividad en tres direcciones: economía del lado de la oferta, mayores gastos de defensa, y librecambismo. Será de interés entrar en algún detalle.

Economía del lado de la oferta

En vez de favorecer como frente doctrinal una política keynesiana de impulsar la demanda agregada, se propiciaron los medios para impulsar el crecimiento de la oferta median­te la desregulacion (supresión de intervencionismos públicos), la moderación salarial (congelación del salario mínimo y neu­tralización del poder sindical), y la reducción de la presión fiscal personal vía recorte de los impuestos directos y aumento de la presión indirecta.

De hecho, con esa política neomonetarista, se asumieron las recomendaciones derivadas de la cuma de Phillips-. no temer un fuerte aumento inicial del paro para, de ese modo, bajar los salarios reales, y hacer la economía más competitiva; algo muy relacionado con la tasa natural de desempleo versus plena ocupación, un tema sobre el que volveremos al referir­nos en el capítulo diez.

También se siguieron las sugerencias de la curva de Laffer (aumentar los incentivos para impulsar la oferta, a base de rebajas importantes en el impuesto sobre la renta), en la idea de llegar a recaudar más, con menos presión; al expandirse la actividad económica y reducirse el fraude fiscal (una idea que en 1995 se revivió en España en los programas del PP).

Aumento de los gastos de Defensa

En contra de la política de distensión que ayudó a pro­mover su predecesor Jimmy Cárter, Ronald Reagan asumió desde un principio el compromiso de aumentar los gastos de Defensa, pasando del 5 al 7 por ciento del PIB. Se pusieron en marcha grandes programas de impulso tecnológico. Algunos de envergadura impresionante, como la Iniciativa de Defensa Estratégica, más comúnmente conocido por «Gue­rra de las Galaxias».

Se forzó así la demanda global, vía contratos federales para el rearme; tina forma de actuar clasificable como «keynesianismo de derechas». Los importantes efectos en el cre­cimiento del empleo no se hicieron esperar.

Libertad comercial contra proteccionismo

En una posición muy favorable para las grandes multinacio­nales con implantación en los países emergentes (los newly industrialized countries o NICs), la Administración Reagan frenó las querencias proteccionistas de la industria estadounidense, con el firme propósito de reducir las tasas de inflación y forzar un mercado más competitivo. Sólo algunas importaciones japonesas se vieron contenidas con severas restricciones, a través de los célebres pactos voluntarios de autocontrol: automóviles, electrónica y textiles (estos últimos vía Acuerdo Multifibras).

Durante 1983-1985, las pautas mencionadas de crecimiento de la política desarrollada por Reagan –popularmente identificada como Reaganomics— se mantuvieron; reforzadas por el declinante precio de los crudos a partir de 1982.

Recuperación en la incertidumbre

Por doquier empezó a hablarse de recuperación econó­mica. Lo cual, a su vez, propició un formidable interés por los mercados de valores, ante las excelentes perspectivas que se abrían, y al margen de cuál fuera la evolución —muy distinta— que mostrara el Tercer Mundo, aquejado como estaba por el gravoso lastre ya antes comentado de su desmesu­rada deuda externa. La economía de los países occidentales parecía que iba saliendo del largo invierno de la estanflación 1974-1982.

Sin embargo, como no hay perfección suma, las primeras inquietudes sobre ese proceso de recuperación surgieron en el G-10, G-7. G-5 y G-31 ante los voluminosos déficit fiscal y comercial de EE.UU. (¡otra vez el twin déficit!).

En septiembre de 1985, la situación empezó a mos­trar dificultades y sólo consiguió frenarse la cotización del dólar al alza merced al Acuerdo del Plaza. en el que se previó una banda de fluctuación en términos de yenes y marcos alemanes.

Luego, la presión sobre el billete verde cambió de signo y la nueva concertación lograda en el Acuerdo de El Louvre, de febrero de 1987, no frenó el deterioro a largo plazo. Sobre todo, cuando se acentuaron las sospechas de no continuidad del boom. Autores como Samuelson y Galbraith, advirtieron so­bre una nueva posible recesión, que se hizo verosímil a partir del 19 de octubre de 1987 —el lunes negro—, cuando la noticia del crecimiento del déficit comercial de EE.UU. acentuó la desconfianza en el dólar. Lo cual se tradujo en la caída de 505 puntos del índice Dow Jones de la Bolsa de Nueva York, que arrastró a los demás mercados bursátiles.

Sin embargo, lo que podría haber sido el comienzo de un colapso importante, no paso a más. La lúcida reacción oficial, consistió en inyectar liquidez en el sistema, y evita así situaciones de pánico. Adicionalmente, se intervinieron algunos mercados bursátiles con compras institucionales, y se llegó a un nuevo acuerdo, esta vez secreto, en diciembre de 1987, para sostener el dólar, Y sobre todo, se insistió en que la situación económica general era básicamente sana, que la malla de organismos internacionales constituía una garantía de comercio libre, y que, en definitiva. 1929 no se repetiría.

Tales presunciones favorables, se hicieron realidad. Así las cosas, 1988 fue un año de fuerte pulso económico en todo el norte industrial, alcanzándose cifras récord de ex­pansión, Pero ya en 1989, el hipercalentamiento no pudo por menos de suscitar una política de “aterrizaje suave” (soft landing).

A la postre, así como en 1973 la coyuntura alcista se agravó súbitamente con el primer choque petrolero. en 1990 esa función la representó la Guerra del Golfo, que rompe­ría rodas las expectativas. Se vio claro: la bonanza no iba a continuar sine die, y empezó a configurarse un nuevo escenario de recesión, que acabaría poniendo fin al periodo de progreso más largo desde la Segunda Guerra Mundial, que en EE.UU. había durado nada menos que siete años (1982-1989).

1 Esto de los grupos conviene refrescarlo: el Grupo de los Tres, o G-3, está integrado por las superpotencias económicas: EE.UU., Japón, y Alemania; agregando dos países más ——el Reino Unido y Francia, tendremos el G-5; del cual, agregados Italia y Canadá, surge el G-7, y yuxtaponiendo a ese G-7 otros países —Holanda, Bélgica. Suecia y Suiza—, estaríamos en el G-10 que más literalmente habría de llamarse G-ll, pero que conserva su nombre originario de G-10.