La economía española e internacional durante la transición (1973-1978,V)

Seguimos con la serie de la evolución económica internacional en paralelo a la Transición española a la Democracia, cuando un amplio número de sucesos dificultaron la consolidación del proyecto español de libertades públicas y vida constitucional. En la entrega de hoy, veremos los amortiguadores de la crisis, entre ellos el keynesianismo, la economía sumergida, y las estructuras familiares.

AMORTIGUADORES DE LA CRISIS

La tercera diferencia entre los años setenta y la Gran Depresión, radicó en los amortiguadores surgidos desde 1973 y que funcionaron con alto grado de efectividad.

En los años treinta, se llegó a niveles de desem­pleo próximos al 30 por ciento de la población activa en EE.UU., en tanto que en los ochenta no se superó el 11; y en la Alemania de la República de Weimar las cotas de desocupación alcanzaron el 25 por ciento, cuando cuaren­ta años después no se sobrepasó el 12 en la República Fe­deral.

Esa más baja difusión del paro, se correspondió con menores descensos en los niveles productivos, debidos a diversidad de amortiguadores, de entre los cuales caben distinguir tres categorías: los keynesianos del sector público, la economía sumergida, y la estructura familiar. Los iremos viendo sucesivamente.

Keynesianismo y sector público

Aunque a muchos no les guste aceptarlo, durante la recesión de los años 1974-1982 se evidenció la utilidad del keynesianismo, gracias al cual la tasa de ocupación no se hundió en la patética sima de los años treinta.

El confusamente denominado «Estado de Bienestar», basado en los criterios de Pigon, primero, y sobre todo de John Maynard Keynes —sintetizados en su decisiva Teoría General—, contribuyó a que los sucesivos choques petroleros no tuvieran consecuencias desmesuradas en términos de caída de demanda, empleo y disminución de renta. Se evitó, con toda seguridad, otra Gran Depresión de consecuencias imprevisibles (nuevos fascismos, más tensión internacional, incluso una Tercera Guerra Mundial).

Sin embargo, desde la óptica de los maestros neomonetaristas de la Escuela de Chicago —y fundamentalmente Hayek y Friedman—, todo se polarizó en la idea de que en el keynesianismo, con su reiterada persecución del pleno empleo, estaba el origen del recalentamiento y la inflación. La consecuencia: delendus esl keynesianismus. El reajuste, com­portaría políticas antikeynesianas: desregulación, privatizacio­nes, menor gasto social, etc.

Economía sumergida

Además de los keynesianos, funcionaron otros amorti­guadores, catalogadles como economía sumergida, cuyos di­versos elementos cabe identificar como sigue:

  1. Producción de bienes en talleres clandestinos o en la propia casa.

  2. Servicios prestados a domicilio sin pasar por ningún establecimiento empresarial.

  3. Pluriempleo no declarado de personas agobiadas por sus necesidades económicas, o simplemente con ganas de trabajar más de lo normal.

  4. Trabajos realizados ilegalmente, sin declararlos, por perceptores defraudadores del seguro de paro o del sub­sidio de desempleo.

  5. Actividades no declaradas de pequeños empresarios, comisionistas y trabajadores autónomos, para eludir pa­gos al fisco, utilizando así en su provecho las llamadas rentas fiscales.

  6. Empleo de trabajadores y técnicos extranjeros funcio­nando de manera ilegal, en muchos casos con elevadas tasas de explotación.

  7. Propinas y gratificaciones no declaradas a efectos fiscales.

  8. Evasiones impositivas de ingresos de todas clases.

  9. Robos de empleados en sus empresas, considerados como gastos por éstas y que de hecho funcionan como rentas para aquéllos.

  10. Juego clandestino.

  11. Prostitución.

  12. Tráfico de drogas.

  13. Transacciones ilegales de divisas y evasión de capitales.

Desde luego, debe hacerse una distinción entre las diver­sas actividades consideradas: las de la a) a la f) generan renta, mientras que el resto presenta un carácter meramente redis­tributivo. Por ello, el papel amortiguador correspondió, bá­sicamente, a las primeras seis rúbricas.

Entre las causas del formidable crecimiento de la economía sumergida durante los años 1974-1982, con su indudable histérisis posterior1, es posible señalar las siguientes:

  1. Alta intensidad de la regulación económica gubernamen­tal, incentivadora en las empresas de la elusión de los costes exigibles por higiene y seguridad, formación de personal, fondos de pensiones, etc., a base de desplazar al menos una parte de la actividad normal a la economía encubierta.

  2. Aumento de la presión fiscal, insoportable para algunas empresas que no serían competitivas frente a otros países con menor incidencia tributaria. Reservándose las canti­dades teóricamente adeudables al Fisco (rentas fiscales), los evasores pueden seguir funcionando.

  3. Elevado coste del factor trabajo (salarios y seguridad so­cial) por las leyes de salario mínimo y a causa de los convenios colectivos, que no admiten marcha atrás en cuanto a reducciones de las «conquistas sociales» alcanzadas previamente (histéresis).

  4. Rigidez del mercado de trabajo, tanto por las regulaciones oficiales, como por la incidencia del sindicalismo; con mermas de movilidad geográfica y funcional, barreras al despido por altas indemnizaciones, etc.

  5. Desconfianza en el Gobierno en cuanto a su capacidad de lograr una política económica estable. Lo cual lleva a las empresas —pensando en futuras crisis de demanda— a intentar la reducción de sus costes fijos, optando por la subcontratación. Algo que conduce, a su vez, a la proli­feración de fábricas difusas y a la formación de colectivos más o menos informales de trabajadores.

  6. Otras causas de menor importancia como la atribuida por R. Klatzmann al pluriempleo masculino: huir de la fami­lia por las tardes, y los sábados y los domingos.

La crisis de los años 1974-1982 impulsó fuertemente la economía sumergida, por las razones vistas, hasta cotas del 30 por ciento del PIB en algunos países, entre ellos seña­ladamente Italia y España. Fue, a la postre, un factor decisivo, por muchos inconvenientes que comportara, a efectos de que no se agudizase la situación estanflacionaria y de desem­pleo. Debiendo subrayarse, además —para la España ac­tual—, que como en otros aspectos, una vez consolidada la economía informal, resulta enormemente difícil erradicarla; por mucho que en las épocas de recuperación tienda a contraerse por la afloración de negocios antes ocultos.

Estructuras familiares

Queda la tercera categoría de amortiguadores: los conec­tares con la relación familiar, es decir, la prolongación de la edad de educación (la «adolescencia forzosa», en frase de Alberto Moneada) y la continuación hasta edades antes im­pensables de los hijos, muchas veces parados, viviendo en casa de los padres.

Sin poder hacer precisiones estadísticas sobre el alcance de las relaciones familiares, cabe pensar que su incidencia en la contención de la crisis resultó más que notable: aminoró el problema de la vivienda, y mantuvo los efectos del paro desa­sistido dentro de límites tolerables. Sin esos mecanismos de solidaridad familiar—que funcionan activamente en los países de tipo mediterráneo como España—, la crispación social habría sido, con toda seguridad, mucho mayor.

En ese sentido, el contraste se hizo muy fuerte por com­paración con lo sucedido en el periodo de entreguerras, durante la Segunda República. En efecto, en los años 1932- 1933 se alcanzó un cénit de 750.000 parados en un país de 26 millones de habitantes. La desocupación ni siquiera llegaba al 8 por ciento de la población activa (unos 9,5 millones), a pesar de lo cual, las convulsiones sociales alcanzaron la más alta tensión; mucho más que cincuenta años después, cuan­do el desempleo se situó en cotas del 24 por ciento, lo cual teóricamente equivalía a tres veces el nivel de los tiempos de don Niceto Alcalá Zamora y de don Manuel Azaña.

Esa mayor virulencia del paro en los tiempos republica­nos, se explica por la sencilla razón de que los parados de aquella época, no disfrutaban de ninguna malla de seguridad como la representada por el seguro y el subsidio de desem­pleo (instaurados a partir de 1959 y potenciados desde 1977 con los Pactos de La Moncloa). De hecho, los de la República eran «parados de solemnidad» que virtualmente no tenían qué comer. Por tanto, habían de buscarse la pitanza, plan­teándose la necesidad de la revolución. Como dijo Marx, «la forma de vida determina la conciencia». Un obrero parado, pero subsidiado, y además defraudador porque trabaja en la economía sumergida, deja de ser un revolucionario.

La instalación en la crisis

Los amortiguadores, tanto los keynesianos como los de­más, permitieron, por así decirlo, que la sociedad se instalara en la crisis. Y lo que inicialmente pareció que iba a ser un impacto duro pero transitorio de los choques petroleros, se convirtió en un fenómeno más suave pero prolongado.

Se vieron paliados los efectos de la recesión, mermándo­se la inquietud social y evitándose los brotes de fascismo, que en cambio sí florecieron en los años treinta. Pero también se contribuyó a que la crisis se extendiera en el tiempo más de lo que se imaginó en sus comienzos.

La sociedad acabó resignándose al paro masivo y de larga duración, al desempleo crónico de fuertes contingentes juve­niles, a la economía sumergida... Fenómenos que, más allá de la recesión 1974-1982, se mantuvieron de forma ostensi­ble, sine die, en los países más desarrollados. España fue un verdadero caso de libro.

Seguiremos la próxima semana, y los lectores de República, podrán conectar con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.

1 Denominamos «histéresis de costes» al fenómeno según el cual, en una producción en baja, el coste medio correspondiente a un determi­nado volumen de fabricación resulta superior al que se daba cuando la producción presentaba una tendencia creciente. La razón es que para producciones en ascenso, el retraso en la incorporación de nuevos medios de producción al proceso, se suple con una intensificación transitoria del esfuerzo, mientras que en régimen de producción decre­ciente, el retraso de los ajustes —los despidos, por ejemplo— genera elevaciones de costes unitarios.