La economía española e internacional (1973-1978, III)

Recordarán los lectores de Republica.com que hace tres semanas iniciamos esta serie, como complemento lógico, en lo económico, de una anterior secuencia de artículos sobre la Transición a la democracia en España. Hoy entramos en un análisis de lo que fue la verdadera enjundia de ese periodo 1973 y 1979, con los dos choques petroleros iniciados en esas fechas, que marcaron un cambio de tendencias. Con raíces muy profundas, que de la crisis energética llevaron a la industrial, y de ésta a la financiera. El mundo keynesiano de la postguerra dejó paso a los Milton Friedman, a los Reagan y a las Thatcher.

Análisis del ciclo

La grave crisis de que estamos ocupándonos no era un episodio totalmente novedoso, pues en el pasado ya se habían conocido trances análogos de depresiones de cierta duración, como las iniciadas en 1890 y en 1929. Con esos antecedentes, en 1973 adquirieron nueva relevancia los análisis y previsiones de Garvy y Kondratief—economistas norteamericano y soviético, respectivamente—, que en los años veinte expusieron la teoría de las «ondas largas de la economía»; comúnmente conocidas como «ciclo largo de Kondratief» según la terminología de Joseph Schumpeter en su Historia del análisis económico.

Según la formulación hecha por Kondratief en 1923, en la evolución económica a largo plazo —estudiable a través de observaciones estadísticas de precios, intercambio, y tipos de interés—, los periodos de bonanza económica de 25 a 30 años, pueden terminar más o menos súbitamente, al producirse crisis caracterizables por el fuerte hundimiento de la demanda, el estancamiento industrial, el colapso del comercio internacional, y la consiguiente difusión del paro. Y a partir de esa dramática mutación, arranca una prolongada rama de declive, también de 25 a 30 años, de verdadera depresión. Todo ello sin perjuicio de otras fluctuaciones intercaladas de medio y corto plazo1.

En línea con las negras predicciones de las teorías de Kondratief, en 1973, más que ante un nuevo episodio de corta duración (como las típicas fluctuaciones stop and go de los años sesenta), el mundo parecía enfrentarse a una prolongada recesión, que se desarrolló a lo largo de tres fases sucesivas y en parte solapadas: energética, industrial, y financiera. Las iremos examinando en esa misma secuencia.

La crisis energética

Ya lo hemos visto: el episodio principal del proceso, dio comienzo con el súbito aumento del precio del petróleo por la represalia árabe en la mencionada cuarta guerra árabe- israelí o del Yom Kippur. Luego vendría un segundo golpe aún más fuerte— en los años 1979-1980, por el nuevo alza de los crudos esta vez a causa, inicialmente, de los sucesos de Irán (destronamiento del Sha e instauración del jomeinismo).

Y subrayo inicialmente porque en realidad sucedió que la OPEP se apresuró de nuevo a elevar los precios aprovechando la psicosis que se creó en el mercado, por la caída del Sha que a pesar de su codicia había sido un «fiel aliado» de la causa de Occidente—. Después vendría la tensión de los conflictos fronterizos, que desembocaron en la más brutal de las guerras entre Irak e Irán, dos países decisivos en la oferta de petróleo.

La OPEP vio con alborozo cómo llegaba su segunda gran oportunidad de obtener de nuevo ingresos masivos con los que reanimar el circuito de los petrodólares.

Este segundo choque petrolero llevó las cotizaciones del barril de 14 a 34 dólares, con todo lo que ello significó de nuevos efectos traumáticos para las economías de los países importadores.

Señalemos, además, que en los años 1981 a 1985 se produjo una nueva crispación del mercado de crudos. Esta vez no por la subida del precio nominal de la OPEP, sino por el impacto de la política monetaria  del Presidente Reagan, que situó el dólar en sus más elevadas cotas en relación al DM, al yen y a las demás monedas (hasta alcanzarse un cambio de 1 dólar =190 pesetas en febrero de 1985, cuando en 1976 la cotización había sido de 70).

Tan grave fue la incidencia de esa sobrevaluación del billete verde —con el que se pagan todas las transacciones de oro negro— que incluso llegó a hablarse de un tercer choque petrolero.

La caída de la demanda industrial

Para los países compradores netos de crudos, el mayor gasto energético significó un verdadero impuesto en su contra, y a favor de la OPEP.

Inevitablemente, ello comportó la caída nada pasajera de las ventas de toda clase de productos fabricados por la industria.

Por ello, hubo que introducir reajustes en la oferta, para frenar el crecimiento de los stocks y reducir capacidades ociosas.

Se comprobó que ya no servían las medidas stop and go, típicas del keynesianismo de los años sesenta, para alentar la inversión en el declive y frenarla al recalentarse la economía. Sencillamente, no se estaba ante una crisis de coyuntura a corto plazo y era inevitable introducir reajustes a largo.

La resultante fue la reconversión industrial, adaptación de oferta a demanda con el más drástico recorte de la producción Sus secuelas no se hicieron esperar: más paro, mayor contracción de la demanda, y caída de los incentivos para la inversión. En pocas palabras: profundización de la crisis.

Colapsos bancarios

Las dificultades en los sectores golpeados por la caída de la demanda –bienes de equipo, industria naval, siderurgia construcción, automóvil, electrodomésticos, y textil, fundamentalmente— se agravaron por el  efecto ahorro, que explicablemente origina el temor a la pérdida del empleo y la merma de ingresos consiguiente al aumento del paro.

Durante un tiempo, mientras se pensó que lo malo pasaría pronto, las industrias afectadas recibieron fondos financieros con los cuales resistir sin graves modificaciones estructurales —y sin despidos masivos todavía—; simplemente a base de endeudamiento. Pero la imposibilidad de mantener esos aportes sine die, acabó por generar quiebras, suspensiones de pagos y cierres de industrias. Episodios que no sólo realimentaron otra vez el paro y el deterioro de la demanda, sino que inevitablemente repercutieron sobre las propias entidades financieras.

Se hizo presente de ese modo la tercera fase del proceso, la crisis financiera, con intervención o cierre de bancos, cajas de ahorro y otras instituciones del mundo de las finanzas. Por otra parte, las brutales caídas bursátiles, provocaron un efecto empobrecimiento que contribuyó aún más a desacelerar la inversión.

En suma, los excesos de EE.UU. en Vietnam y en su política económica interna, condujeron a la postre a una situación de desastre económico global que pretendió imputarse únicamente a la crisis energética y a los países de la OPEP.

Seguiremos la próxima semana, y como siempre, los lectores de Republica.com pueden conectar con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net. Cuídense mucho, porque la pandemia arrecia, ya con bastantes variantes que podrían significar nuevos problemas para la vacunación. Son cosas de la vida, y pasará tiempo hasta superarlo todo. De acuerdo con la Sra. Ayuso, y su inspirador MAR, de que la prioridad en vacunaciones, debe tener, entre otros, a los camareros y a los taxistas, que son los que más gente tratan a lo largo de su trabajo cotidiano. Y disculpen este final del artículo.

1 Además del ciclo Kondratief a largo plazo, Schumpeter distinguió el ciclo Juglar y el Kitchin. El primero de ellos recibió su nombre por el economista francés Clement Juglar, que había estudiado las ondas económicas de duración relativamente corta, de unos ocho años, generadas en lo fundamental por cambios en las inversiones atribuibles a los nuevos inventos. En cuanto al ciclo Kitchin, era para Schumpeter el más corto de las tres grandes fluctuaciones clásicas, normalmente un lapso entre 18 y 40 meses. Su identificación se debió a Joseph Kitchin, que se atrevió a explicar tal oscilación por los cambios observables en los stocks. Para estas y otras precisiones de léxico económico me permito recomendar el Diccionario de Economía y Finanzas de Ramón Tamames y Santiago Gallego, 9- edición, Alianza Editorial y Ciencias de la Dirección, Madrid, 1995.