La era de Franco (III)

En la serie que iniciamos hace dos semanas sobre la era de Franco, después de haber examinado el modelo político y económico, que con algunas afirmaciones funcionó durante ese tiempo, la sesión de hoy la dedicaremos a la oposición que tuvo el General y su régimen, de muy diversas configuraciones, pero siempre sin capacidades suficientes para poner fin a una dictadura que duró casi cuarenta años. Como dijo en una ocasión Francisco Umbral, “a Franco le matamos de muerte natural”: murió en el hospital La Paz en 1975, con 83 años de edad.

La oposición de elementos de la Falange. Los monárquicos

La primera oposición con que se encontró Franco a su poder fue la proveniente de los grupos políticos que le apoyaban desde el 1 de octubre de 1936, y que no se avinieron fácilmente a la unificación: Hedilla en la Falange, Fal Conde entre los carlistas y Gil Robles entre los antiguos cedistas. Sin embargo, en época de la Segunda Guerra Mundial, esas manifestaciones contrarias a la política de unificación fueron superadas muy fácilmente.

Tampoco fueron importantes las conspiraciones de carácter falangista que se produjeron durante los años 1939-1941 a la vista del curso que tomaba el Régimen, en disonancia con los propósitos originales de algún sector de la Falange con algunas vinculaciones obreristas y sindicalistas.

Por lo demás, los incidentes entre carlistas y falangistas en el Santuario de Begoña (16 de agosto de 1942) aumentaron la presión por parte de los militares para controlar definitivamente a la Falange. Lo cual no fue demasiado, difícil de conseguir, con unos destierros (Dionisio Ridruejo, etc.) o con el hábil manejo de los cargos públicos, o de las oposiciones a cuerpos de la Administración. A través de la célebre reserva del 20 por 100 de las plazas para excombatientes, o mediante la corrupción directa y simple.

Las conspiraciones de carácter monárquico —de los Sáinz Rodríguez, Ansaldo y Vegas Latapié, etc.— tampoco tuvieron ninguna trascendencia hasta finales de la guerra mundial. Para cuando para algunos llegó, al parecer inevitablemente, la intervención aliada en España, o por lo menos una actitud decisiva en contra. Estas oposiciones monárquicas nunca comportaron grandes pretensiones, ni corrieron los mínimos riesgos; simplemente, para los más de las derechas, era una cuestión accidental el que en El Pardo, estuviese Franco en vez de un rey.

Las actividades del PCE

 Una gran parte del peso de la oposición lo llevó durante muchos años el Partido Comunista de España (PCE). En la segunda mitad de los cuarenta, el PCE preconizó la «Unión Nacional», y directamente desarrolló una actividad importante de organización de grupos de guerrilleros en el interior, tras una tentativa, muy limitada, de invasión armada iniciada en 1944 en el Valle de Aran, que dirigió Jesús Monzón, que luego acabó su vida política y dirigió el Instituto Balear de Economía de la Empresa (IBEDE), en Palma de Mallorca, donde el autor de esta serie tuvo la ocasión de conocerle y entablar una buena amistad.

De las actividades guerrilleras hay un importante testimonio en el libro de Tomás Cossías La lucha contra el Maquis en España, en donde se subraya su alcance no desdeñable. Pero el intento terminó de hecho en 1953, con la desarticulación de los núcleos de Asturias y con la evacuación de los restantes. En cierto modo fue una recomendación del propio Stalin en una entrevista que tuvo en Moscú con Pasionaria y Carrillo, en donde les comentó que las guerrillas ya no servían para nada y habían de pasar a la lucha política.

Frente a la propuesta de «Unión Nacional» del PCE, el PSOE y los republicanos formaron la «Alianza Nacional», en cuyo seno prosiguieron hasta 1947 los intentos de llegar a un acuerdo con los seguidores de Don Juan de Borbón. Proyecto que se malogró definitivamente a partir de la entrevista Franco-Don Juan en el yate Azor en 1947 y los encuentros que posteriormente sostuvieron el pretendiente y el dictador para dirigir la educación de Juan Carlos de Borgón que en 1975 llegaría a ser Rey de España.

Después de la Alianza Nacional, el PSOE continuó sus actividades con un marcado anticomunismo, lo que restó toda viabilidad a cualquier oposición conjunta. Por otro lado, el PSOE fue perdiendo fuerza frente a un renaciente PCE. Que se hizo manifiesto a partir de la huelga de los usuarios de transportes públicos de Barcelona, del 1 al 6 de marzo de 1951, seguida de las actuaciones análogas en Bilbao y Madrid hasta mayo del mismo año.

 Por su parte, los grupos CNT-FAI entraron desde el final de la guerra en clara regresión. Gravemente afectados por los incidentes habidos durante la guerra civil, los anarcosindicalistas no llegaron en ningún momento a reorganizarse en el interior como movimiento masivo. Sólo realizaron algunas acciones muy localizadas y de forma esporádica. Finalmente, cayeron en un cierto desprestigio entre los círculos más politizados, cuando ya en los años 60 algunos viejos dirigentes de la CNT mantuvieron conversaciones con representantes de la organización sindical-verticalista, para su eventual incorporación a la misma. Lo cual no llegó a producirse, por lo menos institucionalmente.

La rebelión estudiantil de 1956

El punto de inflexión de las actividades de la oposición —o de las diversas oposiciones, como mejor habría que decir— puede situarse en 1956. Los sucesos de febrero de aquel año, conocidos como la rebelión estudiantil, pusieron de relieve la existencia de una conciencia política entre los estudiantes, que reivindicaron una Universidad libre, así como, globalmente, la reconciliación nacional.

En esa ocasión, el 10 de febrero fueron encarcelados los siete dirigentes de aquel movimiento: Dionisio Ridruejo, Rafael Sánchez Mazas, José María Ruiz Gallardón, Gabriel Elorriaga, Ramón Tamames, Enrique Múgica y Javier Pradera. Para la detención de ese grupo de siete se suspendieron los pretendidos derechos del Fuero de los Españoles por primera vez, en un estado de excepción.

La rebelión estudiantil despertó muchas conciencias, y tuvo su deriva en huelgas obreras durante 1956 y 57. En un proceso de inflación creciente, frente al cual, puede decirse, el Ministro de la Presidencia, Almirante Carrero Blanco, y su Secretario General Técnico, Laureano López Rodó, impulsaron una política menos falangista y militar, con un nuevo gobierno tecnocrático, en 1957, en el que Ullastres y Navarro Rubio pusieron en marcha el Plan de Estabilización Económica, con gran éxito.

 La impotencia de la izquierda

La desestalinización, la mejor comprensión de los cambios habidos en España en todos los sectores y especialmente entre las fuerzas de la cultura, potenciaron considerablemente al PCE entre 1956 y 1962, años que en lo económico fueron de crisis, estabilización y lenta reactivación. Pero a pesar de sus aspiraciones, el PCE siguió realmente aislado de los otros grupos políticos, lo que le impidió alcanzar sus propósitos de «reconciliación nacional», de «huelga nacional», etc. Indudablemente, la propaganda anticomunista de veinte años y el temor a actuar como simples «compañeros de viaje», hicieron que los directivos de las otras agrupaciones políticas clandestinas —desde los viejos republicanos a los del PSOE— se negaran a la viabilidad de una coalición.

De este modo nacieron nuevos grupos políticos, acentuándose la escisión de la izquierda. Algunos de ellos, como la «Agrupación Socialista Universitaria» y el «Partido Socialista del Interior» (PSI) mantenían ciertas vinculaciones con el PSOE. Otros movimientos de oposición surgidos por entonces eran totalmente nuevos, como el «Frente de Liberación Popular» (FLP), protagonizado en sus comienzos por Julio Cerón e Ignacio Fernández de Castro, y que con un sedimento de cristianismo reivindicante (relacionado con la HOAC y JAC) fue evolucionando ulteriormente. Hacia posiciones paramarxistas, hasta disolverse de hecho hacia 1965 por la detención de sus líderes y por las numerosas rencillas internas.

El PSOE, con sus dirigentes principales en Toulouse, y manteniendo posiciones de confrontación con el PCE, contaba con el apoyo creciente de la Internacional Socialista, que desde la «apertura a sinistra» en Italia y la «Grosse Koalition» en la Alemania Federal, propiciaba gobernar con la Democracia Cristiana; al tiempo que se iban abandonando los principios marxistas de antaño. Esas mismas tendencias, fueron haciéndose patentes en el PSOE, cuyo Congreso de 1974, celebrado en Suresnes, Francia, marcó la caída definitiva del viejo equipo de Rodolfo Llopis, que pasó a ser sustituido por los grupos más jóvenes, apoyados en los socialistas vascos de Enrique Múgica y en el núcleo sevillano formado en torno a Alfonso Guerra y Felipe González; este último, elegido primer secretario del partido en el mismo Suresnes.

La nueva plana mayor del PSOE recibió después la ayuda decidida de la Internacional Socialista —con todo el calor que en ello puso Willy Brandt— lo que fue un factor decisivo para que el PSOE empezara a ser considerado, alternativa de gobierno. Por lo demás, en su ensanchamiento como fuerza política, desempeñó a todas luces un importante papel «la memoria histórica» de muchos votantes —e hijos de votantes— de antes de 1936. Como también tuvo indudable trascendencia el marketing político que, sin duda, con inteligencia, supo desarrollar el nuevo equipo surgido de Suresnes.

La democracia cristiana de Ruiz Giménez

Por su parte, y hasta 1974, las fuerzas políticas de inspiración cristiana no estuvieron enteramente inactivas como oposición. El más importante de los cristiano-demócratas, Joaquín Ruiz Giménez, participó en algunos posicionamientos —en frase de la jerga política actual —de la oposición liberal- social-burguesa; junto a José María Areilza, Enrique Tierno Galván, Joaquín Satrústegui y Antón Menchaca. Por algún tiempo, los citados se convirtieron en algo así como en el quinteto mayor de la oposición europeísta. Por su parte, el ala monárquica de los democristianos (con Fernando Álvarez de Miranda, Iñigo Cavero y Luis Apostúa como personalidades más destacadas), inició en 1970 la publicación de la revista mensual Discusión y Convivencia, que por sus iniciales, DC, algunos tradujeron por Democracia Cristiana. Sin embargo, este órgano de Prensa no alcanzó una difusión mínimamente comparable a la de Cuadernos para el Diálogo, creada por Ruiz Giménez.

En los párrafos anteriores hemos expuesto muy esquemáticamente la historia de la oposición entre 1939 y 1974, cuya falta de unidad fue una de las causas de la larga persistencia del franquismo. A ella habría que agregar otras causas de persistencia: muertes de guerra, ejecuciones masivas de posguerra, emigración política, encarcelamientos, amnistía sólo para los vencedores, persecución policial, rígido centralismo, ausencia de libertades de expresión, inexistencia de los derechos de reunión y de asociación. Y finalmente, ciertos aspectos sociales que pudieron hacer atractivo al Régimen en algunos casos: seguridad social, inamovilidad en el puesto de trabajo, libertad de emigración, y —desde 1961— crecimiento económico acelerado. El sociólogo Amando de Miguel supo codificar casi las razones de la persistencia del franquismo en uno de los Informes FOESA, de 1973.

Lo esencial del estudio de los movimientos de la oposición a partir de 1974, lo dejamos para una nueva entrega de esta serie. Y como siempre, los lectores de Republica.com pueden contactar con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.