La era de Franco (II)

Siguiendo con el artículo que publicamos la pasada semana, y después de haber establecido algunas de las claves del sistema político de Franco, entramos hoy en la parte que llamamos submodelo económico. Que experimentó cambios importantes durante el largo periodo de la dictadura. Veremos cómo surgió en 1939 con métodos autárquicos, y como 20 años después, en 1959, se produjo una auténtica ruptura para entrar en una economía de mercado, en conexión con la Europa Occidental, a través del Plan de Estabilización.

El submodelo económico

El submodelo económico surgido de la guerra civil, que podemos calificar de autárquico, era plenamente coherente con la estructura político-autocrática ya examinada, con cuatro rasgos básicos, y con la supervisión del que sería principal colaborador de Franco, Almirante Carrero Blanco:

  1. Propósito de autoabastecimiento como respuesta al colapso del comercio exterior que se originó por la guerra civil 1936-1939; no sólo por el estallido de la segunda guerra mundial, sino también a causa del sistema político franquista, que marginó a España de buena parte de sus anteriores relaciones internacionales.

  1. Supresión de numerosas libertades en el área de la economía, mediante toda clase de intervencionismos, como los definidos en las leyes industriales de 1939 sobre protección y ordenación de - la industria nacional. Con la política intervencionista, se favoreció a los grupos financieros oligárquicos, que ya en 1936, casi desde el comienzo mismo de la guerra, recibieron la primera garantía para sus negocios, el «statu quo bancario», que permitió la expansión indefinida de los grandes Bancos en base a la prohibición de crear nuevas entidades bancarias.

  1. Intervención directa del Estado en el sistema productivo a través del Instituto Nacional de Industria. Creado en 1941 como entidad subsidiaria de la iniciativa privada, el INI pasó a ser un instrumento típico del capitalismo monopolista de Estado, de apoyo a los grandes grupos financieros.

  1. Control y explotación de las clases trabajadoras. Al margen de declaraciones programáticas, claramente inspiradas en el fascismo italiano (como el Fuero del Trabajo basado en la mussoliniana «Carta di Lavoro»), pronto se vio cuál sería el «nuevo orden laboral»: disolución de los sindicatos y organizaciones de clase, sindicato vertical único, supresión del derecho de huelga, encarcelamientos, y exilio y repetición del servicio militar para la mayoría de los trabajadores que ya habían servido en las filas del Ejército republicano.

 La autarquía significó una regresión total respecto de las transformaciones estructurales planteadas en los años treinta (reforma agraria, autonomías regionales, sindicalismo libre, etc.). Al propio tiempo, la autarquía hizo posible un intenso grado de acumulación capitalista, y no precisamente por la senda de un crecimiento rápido, sino merced a fuertes tasas de plusvalías, conseguidas por la sincronización de precios altos y salarios bajos durante todo un prolongado período de estancamiento (1939-1951), con las clases trabajadoras debatiéndose entre la represión y el paro.

El Plan de Estabilización (1959)

Pero lógicamente, el modelo autárquico no podía mantenerse a perpetuidad. Desde 1956 resultó notorio que las presiones políticas y sociales hacían imposible la persistencia de la autarquía, y que no bastaría con introducir unos simples retoques. Así, desde 1957 (febrero) se entró en todo un proceso de ruptura del modelo autárquico, que en el Decreto-Ley de Nueva Ordenación Económica de julio de 1959 introdujo una serie de cambios importantes, en los que tuvo influencia determinante un ministro de Franco: Alberto Ullastres:

  • La intensificación de las relaciones con el exterior, al liberalizarse las importaciones, la inversión de capital extranjero y otras transacciones.

    • La supresión del intervencionismo de la economía, merced a una mayor libertad de precios y a la disolución de una larga serie de organismos intervencionistas.

    • La erradicación de una de las principales causas de la inflación del período autárquico, al prohibirse la emisión de deuda pública pignorable, esto es, inmediatamente monetizable en el Banco de España.

    • Asimismo, la economía española experimentó lo que en la terminología política ulterior llamaríamos su «homologación exterior». En otras palabras, se aceptaron diversas disciplinas internacionales: fijación de la paridad de la peseta en el Fondo Monetario Internacional, consolidación parcial del Arancel de Aduanas en el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio, el GATT, y compromiso de liberalizar las transacciones y los pagos exteriores conforme a los códigos de la OECE, la Organización Europea de Cooperación Económica.

 El modelo económico liberalizado, si bien no llegó a identificarse totalmente con el de la OECE (siguió sin haber sindicalismo libre, derecho de huelga, etc.), sí que supuso un cambio importante en la situación, al liberarse las fuerzas productivas antes trabadas por miles de rigideces e intervencionismos. Las facilidades de importación permitieron modernizarse a las empresas españolas y conseguir espectaculares aumentos en la productividad. El nuevo tipo de cambio de la peseta hizo posible una eclosión del turismo. La ampliación del mercado interior a consecuencia de la entrada de divisas por turismo, remesas de emigrantes e inversiones extranjeras, facilitó el crecimiento industrial, nutrido en fuerza de trabajo por una onda de movimientos migratorios internos como hasta entonces no se había conocido en la historia de España, y favorecido por. el proteccionismo aduanero que implicó el arancel de 1960.

En definitiva, la ruptura del modelo económico autárquico, tuvo como resultado un crecimiento económico acelerado. La explotación de las clases trabajadoras prosiguió en forma más inteligente por parte de la burguesía. Al suprimirse las rigideces autárquicas con una mejora en el capital fijo —elevación de la productividad por modernización del equipo—, la posibilidad de beneficios de los empresarios aumentó. La acumulación de capital se reforzó, y el crecimiento se aceleró. Pero, ciertamente, con serios costes sociales, resultantes de los traumas migratorios, penurias de vivienda, de educación, etc. Los «felices sesenta» no fueron tan felices para la inmensa mayoría; aunque sí menos negros que los años de represión de la década de 1940 y los inciertos años cincuenta.

Las consecuencias de la nueva situación fueron importantes. El crecimiento acelerado comportó la dinamización de la sociedad española, con cambios en el comportamiento social y en: las actitudes políticas. En definitiva, el nuevo modelo económico llevaba en su matriz la necesidad del profundo e inevitable cambio político a largo plazo. Tal eventualidad, que estuvo clara para muchos ya en los años 60, empezó a hacerse evidente al comenzar la década de 1970, cuando la economía y la sociedad españolas, más complejas y diversificadas, entraron en contradicción profunda y creciente con el submodelo político —oligárquico, anacrónico y obsoleto—, ya sin corresponderse con las nuevas necesidades económicas y sociales.

Dejamos aquí el tema hasta la próxima semana, y como siempre, los lectores de Republica.com podrán relacionarse con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.