La era de Franco (I)

La semana pasada, terminamos una historia de México que parece haber cubierto un área de conocimiento del mayor país hispanohablante. Según consta en una carta de Don Rafael Muñoz Beltrán, que dice lo siguiente: “Gracias, Sr. Tamames, por esa Historia de México. He aprendido de ella. Desde luego que el objetivo que Vd. buscaba se ha cumplido en mí. Enhorabuena por la idea”. Gracias a Vd., Don Rafael, por esas líneas alentadoras. Y en esa misma dirección, vamos a iniciar hoy un ensayo relativamente largo sobre la más reciente Historia de España, empezando hoy con la primera entrega, sobre “La era de Franco”.

La figura del General Franco. Un esbozo

Franco fue la consecuencia de la historia de una España decadente. Militarmente, tras haberse disuelto lo que quedaba del antiguo imperio colonial (1898), el Ejército encontró un nuevo escenario para sus acciones en la desdichada intervención en Marruecos. Y en ella, por mucho que se diga, Franco no llegó a alcanzar alta grandeza de estratega; aunque en su tiempo (y más que nada a efectos de consumo del chauvinismo patrio) llegara a ser «el general más joven de Europa».

Por no detenemos en su actuación al frente de las operaciones que siguieron a la revolución de Asturias (1934), la guerra civil fue la segunda y «mayor ocasión» de Franco. Y no parece que el más cruento conflicto interno de la historia española pueda considerarse timbre de gloria para ensalzar a nadie en el recuerdo. Especialmente, si se tiene en cuenta que Franco no hizo lo posible para acortar la contienda. Seguramente, al contrario, si es que realmente prefirió alargarla. A fin de implantar su poder omnímodo desde 1939 en adelante, sin pensar en la reconciliación de las dos Españas.

Seguro que Franco se veía a sí mismo como un gran patriota, incluso como el paradigma del patriotismo; algo nada excepcional en su tiempo en el área militar. Pero la verdad lo que en el fondo sucedió en el caso que nos ocupa, es que se entregó en cuerpo y alma a realizar su aspiración de llegar a la cúspide del poder, para materializar su específica visión de la patria.

Por lo demás, está claro que la era de Franco tuvo varias etapas bien distintas. La primera, entre 1939 y 1951, fue de mucha hambre y miseria, y de estancamiento económico en general. Baste recordar que, con estimaciones del Consejo de Economía Nacional —una institución nada sospechosa de antifranquismo—, hasta 1954 no se alcanzó la renta por individuo activo correspondiente a 1935 en pesetas constantes. Hubo, por tanto, dieciséis años de regresión a causa de la guerra fratricida y de la depresión subsiguiente.

 

Después, los años 1951-1956 —con los Arburua, Cavestany y Suances, en los ministerios de Comercio, Agricultura y en el INI, respectivamente—, ya inscritos en la fase final de la política autárquica, marcaron el arranque de un cierto crecimiento económico, con los primeros créditos del exterior y la llamada “ayuda americana”, por los pactos Franco/Eisenhower de 1953.

Sin embargo, ese conato de expansión no tardó en verse bloqueado por los impulsos inflacionistas, derivados de las huelgas obreras y las alzas salariales de 1956 y 1957, tras la rebelión estudiantil de febrero del primero de esos dos años, en la que tuve el honor de participar, y con ocasión de la cual se suspendió por primera vez el Fuero de los Españoles, una tabla de presuntos derechos casi nunca respetados.

Fueron justamente esos movimientos, y las deficiencias consiguientes, los que obligaron a la operación estabilizadora de 1957-1961, que serviría de marco al desarrollismo de los años sesenta, con el Plan de Estabilización. Lo que permitió la elevación de los niveles de consumo, para dinamizar a la sociedad española por el triple impulso, interrelacionado, de industrialización, éxodo rural y urbanización. Entre 1961 y 1973, España creció a una media del 7,7 por 100 acumulativo anual, aumentando en 2,5 veces el PIB.

Ese crecimiento tuvo, ciertamente, costes sociales elevados, por mucho que la propaganda oficial siempre tratara de velarlos: desequilibrios sociales e interregionales acentuados, con ricos más ricos y hacinamiento de los inmigrantes en las zonas suburbiales de las grandes ciudades; éxodo masivo a la Europa comunitaria con despoblamiento de comarcas enteran, etc.

A la «España de la alpargata» le sucedió «la motorización del Seat 600», y los «cines de pipas» y la radio, dejaron paso a las cafeterías y a la penetración irresistible de la televisión. Como igualmente se entraría en un cierto consumismo con segundas residencias, discotecas, y turismo masivo de los propios españoles.

Pero lo más importante en toda esa segunda fase del devenir histórico —lo cual Franco supo apreciar no sin amargura— es que el crecimiento acelerado contribuyó a cambiar profundamente a la sociedad española, ensanchando las muestras de rechazo contra el régimen. En los primeros años setenta, esa sensación era la evidencia misma. Y a pesar de la Ley Orgánica del Estado, del aperturismo, del «espíritu del 12 de febrero» (de 1974), etc., Franco ya no fue capaz de cambiar nada. Porque no quería; o porque seguramente no habría podido; el cambio con él, habría ido tal vez contra el propio código genético de su régimen.

Formación y crisis del modelo autocrático

Entre 1939 y 1975, prevaleció en España un modelo de sociedad con sus particularidades en lo político y en lo económico que, hoy, históricamente podemos llamar modelo autocrático, y para casi todos de dictadura. Socialmente, su rasgo fundamental consistió en que hizo posible el pleno control de la estructura económica por la oligarquía financiera. Veremos por separado los dos submodelos —político y económico— y cómo éstos entraron en contradicción entre sí, para finalmente generar la crisis definitiva del modelo.

El submodelo político se configuró a lo largo de tres etapas fácilmente diferenciables. La primera, que cabe denominar de disposiciones fundacionales, se inició con el Decreto de 29 de septiembre de 1936, de designación de Franco como Jefe del Estado, “mientras dure la guerra”, como se recuerda en la película de ese mismo título debida a Alejandro Amenábar. Y se consolidó con las leyes del 20 de enero de 1938 y de 8 de agosto de 1939, Complementarías de las atribuciones omnímodas del Caudillo.

Se trataba de una legislación para tiempo de excepción —la guerra civil— que se elevó a permanente, y que pasó a caracterizar al Régimen como una dictadura totalitaria sin paliativos. De ella disfrutó Franco sin ninguna clase de cortapisas, merced a las «leyes de prerrogativa», que podía promulgar incluso sin necesidad de pasar por sus propias Cortes. 

El submodelo político se caracterizó por la supresión de prácticamente todas las libertades públicas, la disolución oficial de los partidos de izquierda —con la posterior unificación de los de derechas en el Movimiento Nacional, en 1937—, la abolición de las autonomías regionales, y la repulsa de cualquier órgano legislativo de elección popular.

En 1942, el submodelo entró en su segunda fase, durante la cual se produjeron algunas transformaciones secundarias. Cuando la tendencia de la Guerra Mundial se hizo menos favorable a las potencias del Eje, que habían ayudado a la instauración de la dictadura en España, Franco decidió revestir su poder autocrático y personal con la apariencia de un mínimo de democracia sui géneris. Surgieron de este modo las Leyes de Cortes (1942), Fuero de los Españoles y Referéndum (1945) y Ley de Sucesión (1947). Con estas primeras «Leyes Fundamentales», se recubrió de democracia orgánica lo que seguía siendo una autocracia absoluta.

Después, entre 1947 y 1958, no fueron necesarios nuevos retoques. Sencillamente, porque con el pleno reconocimiento del Régimen por EE.UU. y el Vaticano en 1953, Franco se consideró enteramente consolidado. Y si en 1958 promulgó los «Principios del Movimiento» fue a modo de síntesis dogmática de sus Leyes Fundamentales anteriores, y para atenuar la tensión política entre miembros del Opus Dei y de la Falange.

Más adelante, el submodelo político autocrático surgido en 1939 entró en 1967 en el llamado desarrollo político, que venían prometiendo los tecnócratas del Régimen. Paralelamente al crecimiento económico, se dijo que habría un desarrollo político, y que éste se haría a partir de la publicación de nuevas leyes sobre Prensa, libertad religiosa, etc., para culminar con una Ley Orgánica del Estado (LOE). En realidad, la LOE representó el último gran esfuerzo constituyente de Franco; y la pretendida introducción de las fuerzas armadas como garantes del orden franquista, supuso la máxima aspiración de la conservación ad aeternum de su obra.

Las primeras apariencias liberalizantes de ese proyecto global, las leyes de libertad religiosa y de Prensa de 1966, pronto se agotaron con la LOE de 1967. Lo cual se hizo aún más que evidente con el cambio ministerial de 1969 —el gobierno monocolor Opus Dei al que luego nos referimos— y con la regresiva Ley Sindical de 1971. A la postre, el prometido desarrollo político hizo crisis, para en 1974 dar paso a un nuevo intento, esta vez el «prometedor» aperturismo de Arias Navarro, que apenas aspiró a modernizar otra cosa que las leyes franquistas en materia de régimen local (pero sin ni siquiera admitir el término región), Cortes (a base de un mediocre sistema de incompatibilidades para los procuradores), asociacionismo político dentro del Movimiento, y reforma sindical. Al final, todo el aperturismo solemnemente prometido con «el espíritu del 12 de febrero» de 1974 por Anas, ya quedó varado antes del 20 de noviembre de 1975, día de la muerte de Franco.

En resumen, puede afirmarse que en ese 20 de noviembre, aparte de algunas diferencias secundarias, el submodelo político entonces en vigor era básicamente el mismo de 1939. Con rasgos bien claros de oligárquico desde el punto de vista de la concentración del poder en la clase política dirigente de origen franquista; históricamente anacrónico al hallarse anclado en un ya lejano pasado, ampliamente superado por la inmensa mayoría de la población; y técnicamente obsoleto, por ser la sociedad mucho más compleja y diversificada en 1975 que en los años cuarenta o cincuenta.

Seguiremos la semana próxima con la segunda entrega del ensayo, y como siempre, los lectores de Republica.com pueden conectar con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.