La Guerra Civil en perspectiva (y IX)

NOTA BENE: Como sucede siempre, todo tiene su principio y su fin. Y así va a ocurrir hoy, al final de una serie de entregas del largo recorrido que hemos hecho de la Guerra Civil, de nueve semanas. Para hoy, finalizar con la componente exterior de aquella contienda, con varios puntos muy significativos: la posición de EE.UU., la ayuda soviética, y las Brigadas Internacionales. Renunciando, de momento, a una especie de síntesis final, pues a lo largo de las diversas fases de nuestro itinerario, ya hemos ido haciendo algunas apreciaciones de conjunto. Muchas gracias a todos los lectores de Republica.com, por las muchas comunicaciones que he recibido sobre las secuencias que hoy terminan. Lo que demuestra que la Historia, que siempre supera a la ficción, sigue interesando. Saludos cordiales a todos los lectores, en un momento en que la superpandemia se convierte en el tema de máxima atención por lo que condiciona nuestra vida.

LA POSICIÓN DE EE.UU.

No podemos terminar el análisis de la política de no inter­vención, sin referirnos a la actitud estadounidense, de facto pro-facciosos según veremos. A pesar del teórico aislacionismo en que por entonces se movía la política internacional de Washington, D.C. Y si bien es cierto que EE.UU. no se adhirió al Pacto de No Intervención, de hecho, EE.UU. adoptó una postura en la línea anglo-francesa de permisividad respecto a Italia y Alemania en su ayuda a Franco.

El caso es que el 7 de agosto de 1936 el Secretario de Estado recomendó a todos los ciudadanos norteamericanos la no interferencia en los conflictivos asuntos hispanos. Recomendación basada en la ley de neutralidad que en 1935 había aprobado el Congreso.

En contra de esa legislación, el 8 de enero de 1937 entró en vigor la llamada Ley de Embargo, que canceló cualquier proyecto de suministros desde EE.UU. a la España republicana. Pero la acción de EE.UU. —y más concretamente del Presidente Roosevelt, presionado en este caso por su embajador en Londres, Joseph Kennedy, padre de JFK— llegó mucho más lejos, hasta entrometerse incluso con la postura de México a favor de la República española.

Por lo demás, la mencionada Ley de Embargo, no se aplicó a los suministros de gasolina de las compañías norteamericanas a los nacionales, al naciente régimen de Franco. Que luego, en la década de 1940, serían gratificadas con una participación en el capital de Repesa, del INI, y titular de la primera refinería de petróleo construida en la España de postguerra en Cartagena. Tampoco incidió la referida Ley de Embargo en los envíos de vehículos de transporte de marcas norteamericanas; mon­tados en Bélgica y otros países europeos por las filiales de Ford, General Motors y Studebaker.

 Charles Foltz, corresponsal de la Associated Press, supo registrar el testimonio de quien en 1945 desempeñaba el cargo de subsecretario de Asuntos Exteriores del gobierno de Franco, en el que muy expre­sivamente se resumió la verdadera actitud oficial de EE.UU. durante la guerra civil española «... José María Doussinague, subsecretario del Mi­nisterio de Asuntos Extranjeros, me dijo en 1945: Usted debe com­prender que no odiamos a los EE.UU. Sin el petróleo americano, sin los camiones americanos, sin los créditos americanos, nunca hubiésemos ganado la guerra».

Este fue en definitiva el panorama de la sorprendente neutralidad norteamericana para con los nacionalistas, que resultó tan generosa para Franco como la de Mussolini o Hitler. La excepción, puramente senti­mental, fue la de Charles Bowers, el embajador de EE.UU. ante la República, por su insistencia en la necesidad de acceder a las solicitudes de compras por parte del gobierno de Madrid, que no tuvieron el más mínimo eco. Como de nada sirvió tampoco que en 1939, al recibir a Bowers a su vuelta de España, el Presidente Roosevelt le dijera: «Hemos cometido un error; ha tenido usted razón siempre...». A buenas horas, mangas verdes, que habría dicho el clásico.

LA AYUDA SOVIÉTICA

La URSS facilitó a la República el envío de armas y alimentos, por un monto de 578 millones de dólares, contravalor del oro del Banco de España, depositado en el soviético Gosbank (Banco del Estado).

La ayuda militar fue importante en cuanto a efectivos personales, por los asesores y especialistas de aviación y tanques, e incluso de pilotos y conductores de vehículos pesados casi desde los primeros tiempos de la guerra. También fue notable la labor de entrenamiento de pi­lotos y tanquistas españoles en la URSS.

 

Con cargo a las citadas reservas de oro, se hicieron toda clase de compras en Rusia y en otros países. En ese sentido, se ha calculado, que de un total de 1.947 aviones que recibió la República, 1.409 proce­dieron de la URSS, 260 fueron comprados en Francia, 72 en Holanda, otros tantos en EE.UU., 47 en Checoslovaquia y 87 en otros países.

Como explican J. M. Manrique y L. Molina Franco en su libro Las armas de la Guerra Civil Española, el suministro de armas soviéticas a España se hizo dentro del marco de la «Operación X», diri­gida por una sección especial de ese nombre, creada en el Servicio de Inteligencia Militar (NKVD). Y supuso el transporte, mediante barcos hábilmente camuflados denominados «Y», de cerca de qui­nientas mil toneladas de armamento y municiones; así como de centenares de voluntarios y aseso­res soviéticos.

El Gobierno soviético decidió maquillar en lo posible esta operación y creó los organismos correspondientes, que le sirvieron de tapadera e intermediarios: en Rusia, un sindicato para la compra y exportación, y en el exterior, una cadena de sociedades comerciales de importación-exportación, «con apariencia de independientes»; tarea esta última encomendada a Walter Krivistsky (Samuel Ginsberg), jefe del espionaje soviético en Europa occidental. A finales de agosto de 1936 Krivistsky recibió la orden y en diez días ya estaban montadas las primeras infraes­tructuras en Londres, París, Copenhague, Bruselas, Ámsterdam, Zúrich, Varsovia, Praga, etc. En la organización participaron personajes como Faut Baban, representante en Turquía de las casas Skoda, Schneider y Hotchkiss (sería juzgado en París años después por tráfico de drogas), quien creó una de estas compañías en Estambul, en unión de un tal Ventura (¿Tarik?; un judío turco reclamado por estafa en Austria), y un doctor griego apodado Milanos. Esa compañía compraba, generalmente, en Checoslovaquia y enviaba las armas a Hamburgo o Estambul; los barcos que salían del norte de Europa hacían siempre una escala técnica en Francia, donde descargaban el armamento.

LAS BRIGADAS INTERNACIONALES

 

En cuanto a las brigadas internacionales, está claro que no habrían sido posibles sin el apoyo del movimiento comunista mundial, entonces tan ligado a la URSS y a José Stalin. El resultado es que en el frente de Madrid, el 7 de noviembre de 1936, se hicieron presentes 18.000 internacionales. Y en su conjunto, se ha estimado que pasaron por España unos 40.000 voluntarios, de los que murieron en suelo ibérico unos 18.000.

En términos cuantitativos, el aporte de los brigadistas supuso una fracción menor que las tropas y voluntarios enviados a la zona nacionalista por Italia y Alemania, y aproximadamente el doble de los efectivos hu­manos recibidos de Portugal (ya vimos que estimados en 20.000 hombres, de los que murieron 8.000).

Con base en esos efectivos se extendió la idea de que las brigadas internacionales estaban integradas fundamentalmente por europeos orientales, y en especial por rusos. Con poco fundamento, pues de los mencionados 40.000 brigadistas, los franceses sumaron 10.000, 5.000 los alemanés y austríacos, 3.350 los italianos antifascistas, 2.800 los provenientes de EE.UU., 2.000 fueron británicos y 1.000 canadienses. En total, los efectivos occidentales supu­sieron 24.200 hombres, a los que se sumaron 1.200 yugoslavos, 1.000 húngaros, 1.500 checos, procediendo el resto de hasta 50 nacionalidades diferentes, incluso algunos africanos y orientales.

Una diferencia fundamental entre las brigadas internacionales y la ayuda germano-italiana que acudió a la zona nacional, estribó en que los soldados enviados por Hitler y Mussolini llegaban a España —como ya vimos antes— encuadrados en sus propias unidades, con mandos propios, y con su propio armamento, in­tendencia, etc. En tanto que los voluntarios internacionales concurrieron, siguiendo el llamamiento de una multitud de organizaciones de izquierda. Así, al arribar a la zona republicana, se les con­centraba en la base organizada en Albacete por Diego Martínez Barrio y el diputado comunista francés André Marty; para su instrucción y organi­zación en unidades que se dirigirían al frente, con armamento a proveer por la República y bajo mando casi siempre español.

Las brigadas que se organizaron fueron cinco, con numeración que empe­zaba en la XI y terminaba en la XV, lo que a muchos comentaristas y lectores de la guerra española no versados les hace pensar en un número de unidades mayor del real. Cada brigada, que constaba de tres a cuatro batallones, estaba compuesta por unos cinco mil hombres con diversos tipos de armamentos.

En su conjunto fueron de 30.000 a 40.000 hombres los que formaron en las filas de los internacionales a lo largo de la contienda, sin sobrepasar nunca los 15.000 hombres (3.000 por brigada); con un aporte humano llegado de fuera de España, que sirvió para ir nutriendo las continuas bajas, ya que los brigadistas siempre estuvieron en el fragor de la batalla. Cuando el gobierno Negrín decidió la salida de todos los extranjeros que combatían a favor de la República, apenas quedaban 10.000 voluntarios internacionales en suelo español.

Las brigadas internacionales, generaron una abundante lite­ratura, pero no representaron una contribución decisiva a los efectos milita­res, si bien es cierto que moralmente tuvieron un impacto difícilmente exagerable. Estuvieron en todas las batallas importantes de 1936, 1937 y 1938, hasta que el 15 de diciembre de 1938, cuando su significación bélica ya había caído mucho, fueron despedidas con todos los honores en Barcelona por el Dr. Negrín, dentro del acuerdo negociado por el comité de no intervención y conforme al cual Mussolini se comprometió a retirar 10.000 de sus hombres.

Finalmente, aparte de la ayuda soviética, de las brigadas interna­cionales y del Socorro Rojo Internacional (con fines sanitarios y asistenciales) poco apoyo más recibió la República del extranjero. El aporte mexicano se cifró en dos millones de dólares en material de guerra.

En suma, frente al ingente apoyo germano-italiano, la asistencia que recibió la República del exterior fue inferior, sobre todo por la mayor eficacia y dotación bélica del CTV italiano y de la Legión Cóndor alemana. Debiendo subrayarse que la partidista actitud anglosajona en la no intervención, también condicionó negativamente los resultados de la guerra civil para la República.

Con todo es verdad que la organización en la zona nacional fue mucho mejor; como igualmente resultó un factor muy importante la centralización política que Franco consiguió rápidamente, en contraste con una República que hasta el final de sus días se debatió en una auténtica contienda propia.

Ponemos así punto final a nuestra serie, y como siempre, los lectores pueden conectar con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.