La Guerra Civil en perspectiva (VIII)

Estamos ya en la fase final de nuestra revisión de la guerra civil española de 1936 a 1939, y hoy tocamos una parte esencial de lo que fue su componente internacional, la llamada “No Intervención”. El próximo día terminaremos, agrupando una serie de temas; que quizá podrían haber tenido un tratamiento más largo, pero ya con la necesidad de dejar la senda abierta a otras cuestiones para los lectores de Republica.com.

LA NO INTERVENCIÓN

Las primeras conversaciones conducentes a la política de no intervención, teóricamente para no prolongar la guerra civil española por la concurrencia de suministradores a los combatientes en la península Ibérica se celebraron urgentemente en Londres, los días 23 y 24 de julio de 1936. Blum y Delbos, jefe de gobierno y ministro de asuntos exteriores del Frente Popular en Francia, respectivamente, se plantearon negociar algún tipo de acuerdo con sus homónimos ingleses Chamberlain y Baldwin para ayudar a la República española. Pero los británicos conscientemente exageraron el peligro que podía suponer para la precaria paz europea esa posible cooperación.

En esas tratativas anglo-galas, el Frente Popular francés presentaba una debilidad intrínseca, pues no en vano dentro de él el Partido Radical representaba los intereses de la burguesía; conviniendo recordar que en las elecciones de febrero de 1936 que dieron el triunfo al Frente Popular en España, los radicales hispanos habían sido literalmente barridos del Parlamento. Por otro lado, el Partido Socialista francés, intentaba frenar un posible proceso revolucionario en su propio territorio, que pudiera desbordar sus simples propósitos reformistas.

De modo que en un contexto tan ambiguo, resultó que Leon Blum se convenció –como manifestó el 25 de julio de 1936—, de que era preciso «no intervenir de ninguna manera en el conflicto interior de España». Lo cual significaba que, bajo presión británica y por temor a Alemania, Francia olvidó el acuerdo comercial sus­crito con la República Española, que incluso obligaba a ésta a comprar armamento a Francia por un monto considerable. Leon Blum tendría después mucho tiempo, durante su presidio por el régimen de Vichy, y a lo largo de su internamiento en un campo de concentración nazi, para meditar sobre el sentido de su política española.

Pero con todo, lo más importante es que Francia mantuvo su frontera con la España republicana cerrada durante buena parte de la guerra, dificultando así los envíos de armamento de otros países europeos. Y cuando la ofensiva de las tropas de Franco en Cataluña comenzó a principios de 1939, los grandes envíos que habían llegado para la República a los puestos fronterizos franceses no pudieron superar la barrera. Por el contrario, los suministros de camiones made in USA, apenas tropezaron con dificultades en su tránsito desde el puerto belga de Amberes a la zona nacional, a través de Francia.
Una excepción relevante en esa actitud de los frentepopulistas franceses fue la de Pierre Cot, el izquierdista Ministro de Aviación, quien durante ciertos espacios de tiempo facilitó —en ocasiones ilegalmente— el paso de armamento por suelo francés con destino a las fuerzas de la República Española; con el apoyo de una fuerte presión popular que se manifestó en los gigantescos mítines del Velódromo de Invierno (Velo d’Hiver) y del Luna Park en 1936, en los cuales el grito unánime fue «cañones y aviones para España».

El acuerdo de no intervención se logró en los días 4 y 5 de agosto de 1936, cuando ya la participación de alemanes e italianos en la guerra de España era más que evidente para los gobiernos británico y francés; entre otros detalles, por los aviones italianos que se habían estrellado en Ar­gelia en ruta hacia Sevilla.

El famoso acuerdo de Londres —único en su género en la historia universal— no fue un pacto colectivo, sino simplemente una serie de declaraciones unilaterales coincidentes, cuyo texto base propusieron los franceses. Cada gobierno adherente se comprometió a prohibir el envío a España de cualquier clase de armamento, aviones, buques, etc.; y por otro lado, se obligaba a informar a los demás gobiernos declarantes sobre las medidas concretas adoptadas para hacer efectivas tales decisiones.

El gobierno francés fue el primero en cumplir la declaración; concretamente desde el 8 de agosto prohibió por completo la venta de armas al gobierno de Madrid. Y la ulterior actitud británica fue aún más radical, como subrayó Hugh Thomas: todo lo que hacía el embajador del Reino Unido ante la República —desde su residencia de Hendaya, adonde se trasladó desde su veraneo donostiarra— «estaba dirigido a atacar al gobierno y defender a los insurgentes». Incluso llegó a afirmar que esperaba “el envío de suficientes alemanes para terminar la guerra”. 

También la actitud de Anthony Eden —Secretario del Foreing Office en el gabinete Chamberlain, y principal artífice de la no inter­vención— fue claramente favorable a los nacionales, pues en fin de cuentas, ellos encarnaban mejor sus propios ideales conservadores. Y muy parecida —y en sus Memorias lo ex­presó claramente— fue la postura de Churchill, no ubicado por entonces dentro del gobierno británico, y quien frente a la Alemania hitleriana actuaba como mala conciencia de Chamberlain.

En el posicionamiento británico, no sólo pesó la idea del apaciguamiento de Hitler, que llegaría a su clímax en la capitulación de la conferencia de Múnich de septiembre de 1938, cuando demócratas y fascistas contemporizaron y conversaron sin problema alguno sobre la intervención germano/italiana en la guerra española.

También tuvo una cierta incidencia en el comportamiento de Londres el tema de Gibraltar, pues tras el carácter hispanobritanizante de Alfonso XIII, la República, singularmente en la voz de Indalecio Prieto, había reivindicado activamente la devolución del Peñón. Por ello, ayudando al bando nacio­nal, Gran Bretaña tendría una cierta seguridad de que la presión efectiva por recuperar la Roca disminuiría. Lo cual quedó bien a las claras cuando en 1938, sin ninguna protesta ni reclamación por parte de la circundante España nacionalista, los ingleses construyeron el aero­puerto gibraltareño, ocupando lo que hasta entonces había sido considera­do como zona neutral entre el territorio español y la reclamada colo­nia británica. De ese modo, la presencia británica en esa parcela de suelo peninsular se consolidaba como un elemento de fundamental im­portancia logístico-militar.

El único valedor que la República tuvo en el proceso de la no intervención, correspondió a la URSS, que en declaración de 6 de agosto de 1936 aceptando la propuesta francesa, puntualizó su deseo de que además de los Estados ya mencionados, Portugal se uniera al comité; y en segundo lugar, que la ayuda prestada por ciertos Estados a los rebeldes contra el gobierno legítimo de España (Alemania e Italia) fuese inmediatamente suspendida. Naturalmente, esto último fue un puro wishful asking. 

Portugal no tuvo mayores inconvenientes en adherirse, pero sin ninguna consecuencia, pues el tráfico de armas vía su territorio, siguió igual. Como tampoco tuvieron consecuencias las demandas a Italia y Alemania, que prosiguieron en su postura, adoptada con firmeza desde los primeros días de la guerra.

Tantas veces como en la SDN intentó suscitarse el caso español, siempre hubo algún país adicto a la no intervención que bloqueó la discusión del tema; alegando, con toda naturalidad, que ya había una entente internacional aparte, que estaba ocupándose específica y satisfactoriamente de la cuestión.

Terminaremos la próxima semana con la serie, como se dijo al principio, y como siempre, puede conectarse con el autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.

El Prof. Tamames nos hace llegar, además de su artículo de hoy, una carta del Sr. J.M. Mur sobre una parte de la historia de la aviación italiana en la guerra de España. Con el consentimiento de su autor, la publicamos a continuación para general conocimiento:

Estimado Profesor Tamames:

Me llamo José Mª Mur Calvó, sigo atentamente sus artículos en Universo Infinito y deseo manifestarle mi admiración y respeto por su trayectoria que he seguido desde 1975 cuando leí su Introducción a la economía de España, como libro recomendado en cuarto curso de Ingeniería Industrial. Lo conservo en un lugar principal en mi biblioteca.

Deseaba saludarle y al leer su artículo sobre la Guerra Civil sobre la participación italiana, me atrevo a comentarle que en el terreno de las aeronaves, aparte de las Caproni y Savoia que menciona de los cuales participaron 16 y 169 unidades respectivamente, la mayor aportación en cantidad fue de aviones Fiat, de los cuales destacan 350 unidades del famoso caza CR32 "Chirri" que fue el principal del bando Nacional. Estos datos proceden de libro Galería de aviones de la Guerra Civil Española de Juan Abellán, publicado por el Ministerio de Defensa.

Desconozco en detalle otro material bélico de procedencia del conglomerado industrial Fiat, que consistió en armamento, carros de combate y material de transporte.

Gracias por su atención, reciba un atento saludo.

J M Mur