La Guerra Civil en perspectiva (III)

Como autor de este artículo, estoy recibiendo bastantes cartas de los lectores, lo que me hace pensar que el tema de la guerra civil, ni está olvidado históricamente –también depende de la edad de los que me escriben—, y que sigue habiendo sentimientos muy dispares sobre aquella contienda fratricida que nunca debió producirse.

El caso es que, en las dos jornadas anteriores, nos hemos ocupado de los antecedentes del gran conflicto, y también de los intentos, frustrados, de acabar con la guerra rápidamente a partir de una victoria nacional sobre el Madrid republicano, cosa que no se produjo.

La guerra en el Norte, Brunete y Belchite

Luego, las operaciones militares tuvieron como escenario principal el Norte de España; donde, entre marzo y julio de 1937, el País Vasco quedó fuera del combate. Allí, la República pronto perdió Irún y San Sebastián, y Bilbao cayó rápidamente cuando los nacionales se hicieron con los planos del llamado cinturón de hierro.

Se produjo además un extraño tratado de paz entre los combatientes vascos, los célebres gudaris, y las tropas destacadas por Mussolini. Un acuerdo que Franco no reconoció, lógicamente por lo que de pretensiones tenía por parte del Duce, que quería lavar la derrota que había tenido en Guadalajara.

Para aliviar la presión en el intento de acabar con el frente Norte, la República, considerándose suficientemente preparada, con un número considerable de blindados, emprendió una ofensiva en julio de 1937, al Este de Madrid, en la idea de formar hacia el Sur una gran bolsa de prisioneros y material. Sin embargo, la ofensiva se vio frenada definitivamente en Brunete, con grandes pérdidas para ambas partes, y sin que las operaciones militares llegaran a producir el giro tan deseado desde Madrid, por el agotamiento de reservas suficientes, el problema de siempre para el ejército republicano.

Efectivamente, durante la batalla de Brunete (6 al 26 de julio de 1937), Franco tuvo que distraer algunas fuerzas nacionales del Norte, el propósito de los republicanos, pero a un altísimo coste. Pronto quedó otra vez consolidado el frente en torno a Madrid, y enseguida se reanudaron los esfuerzos para liquidar la zona republicana del Cantábrico.

Para disminuir la presión que se ejercía sobre Santander y Asturias, el ejército republicano del Este lanzó una ofensiva en el sector central del frente de Aragón, con la finalidad de rodear Zaragoza, en un avance en profundidad. Pero el pretendido objetivo se frenó en Belchite, en una batalla de larga duración, en lo que es el único pueblo que, por razones no bien explicadas, no fue reconstruido después de la guerra, siendo un auténtico museo de la dureza de los combates: son ruinas que siguen arruinándose, según comprobé en una visita que hice al escenario de aquellos combates.

Resueltas las ofensivas de la República en Brunete y en Belchite, los ejércitos de Franco se emplearon a fondo, y entre agosto y septiembre de 1937, la zona Norte de la República quedó totalmente ocupada por las fuerzas nacionales. El 21 de octubre caía Gijón, el último reducto. “No ha pasado nada –dijo Nenni, socialista italiano entonces en visita a España—, la República seguirá”. Pero estaba claro que la guerra ya empezaban a perderla, definitivamente, los republicanos.

La gran batalla de Teruel 

Nuevamente se pensó en aislar Madrid con una ofensiva desde Guadalajara, pero lo impidió el ataque republicano sobre Teruel, como acción para disminuir la presión sobre la capital que había dejado de serlo por la retirada de la República a Valencia.

Allí, en torno a la ciudad más adornada de construcciones mudéjares, se concentraron fuerzas cuantiosas de ambos lados en diciembre de 1937. Y tras un efímero éxito inicial de la República (en unas condiciones espantosas de frío), fue objeto de fortísima reacción por parte de los nacionales. Y en febrero de 1938, una vez más, una ofensiva planeada por el General Vicente Rojo, quedó trocada en una nueva derrota para la República. Debiendo recordarse aquí la triste suerte del Obispo de Teruel, Anselmo Polanco, que se llevaron las tropas republicanas en retirada, para ser fusilado tiempo después y antes de terminar la guerra.

Roto el frente por Teruel, las fuerzas de Franco se adentraron rápidamente hacia el Mediterráneo, adonde llegaron (Vinaroz) el 15 de abril de 1938. Quedando así dividido el territorio republicano en dos partes, una Cataluña y la otra la formada por Madrid, la Región Valenciana, Murcia, y Castilla la Nueva, además de porciones de Extremadura y de Andalucía.

El Ebro y Cataluña

La República aún logró contener el avance nacional en el Ebro inferior, y en las fortificaciones al Norte de Valencia. Y acto seguido, aun sabiendo que no había medios suficientes, la República, el 25 de julio de 1938, lanzó una ofensiva para cruzar el Ebro y tratar de reunir otra vez las dos zonas republicanas. El propósito era frenar el avance sobre Valencia, y formar una gran bolsa de prisioneros y material entre el Ebro a la altura de Gandesa y el Mediterráneo.

Los republicanos cruzaron el río, pero pronto quedaron estabilizados en un frente de trincheras que se mantuvo a lo largo de todo el verano del 38, con fuertes pérdidas humanas por ambos lados, hasta el punto de preguntarse muchos por entonces cuál era el verdadero objetivo de esa carnicería, con la nueva iniciativa republicana de ataque a los nacionales.

En cualquier caso, fue la batalla más dura de la guerra. Y su desenlace final sólo se produjo tras los acuerdos de Múnich entre las democracias occidentales y Hitler (29 y 30 de septiembre de 1938). Que virtualmente dejaron libres las manos al Führer, para hacer lo que quisiera en España, al margen de cualquier eventualidad de control del «Comité de no intervención».

Tras la batalla del Ebro, Cataluña quedó directamente amenazada por el más poderoso ejército nacional, que se desplegó rápidamente, en buena medida con débil resistencia. La fortaleza de los nacionalistas e independentistas catalanes –exaltados por Lluis Companys— fue mucho menor de lo esperado, con la particularidad de que al entrar sus fuerzas en Cataluña, Franco derogó el Estatuto de Autonomía de la región, promulgado en 1932.

Así las cosas, el 26 de enero de 1939 los nacionales entraron en Barcelona (con gran respuesta popular más allá de lo que era la llamada quinta columna), y el 9 de febrero las tropas de Franco llegaban a la frontera francesa en Le Perthus.

La idea de que definitivamente la República perdía la guerra, se difundió por toda Europa. Y el 26 de febrero, los gobiernos británico y francés reconocían oficialmente a Franco como jefe del Estado Español. Clement Atlee, el líder laborista británico, que durante la guerra visitó el lado republicano, pronunció entonces las siguientes palabras: «Hemos de ver en este acto una tremenda traición a la democracia, la culminación de dos años y medio de hipócrita pretensión de no intervención, y una convivencia constante con los agresores». Por su lado, Churchill –que con ídem formarían el gobierno de coalición británico desde 1940 al 45— lamentó no la derrota en ciernes de la República, sino más bien el cheque en blanco otorgado por Inglaterra y Francia a Hitler y Mussolini en el ya mentado Congreso de Múnich.

Que la guerra estaba camino de perderse era algo bien visible, no sólo por el giro de los acontecimientos militares sino también por la depresiva situación republicana evidenciada en la triste reunión de los representantes parlamentarios de la República, el 1° de febrero de 1939, en Figueras, Gerona, ya cerca de la frontera francesa. Que el presidente Azaña cruzó días después, para fijar su residencia en París, poniendo así punto final a una carrera política tan llena de avatares, y en la cual no hizo valer sus capacidades para configurar una República de todos, y no sólo de republicanos y socialistas. El presidente de la Generalidad de Cataluña, y el del País Vasco, Companys y Aguirre, respectivamente, también salieron para Francia, detrás de Azaña, después de la crepuscular reunión de Figueras. Y lo propio hizo hasta Diego Martínez Barrio, presidente de las Cortes, todos con una especie de “ahí queda eso”.

Dejamos aquí el tema por hoy, y seguiremos el próximo jueves, 13 de agosto. Y para quienes quieran conectar con el autor, como siempre, el correo electrónico castecien@bitmailer.net.