Tres economistas filósofos: Marx, Schumpeter, Keynes (II)

De la Ética a la fundamentación

Desde el punto de vista ético –lo vimos el pasado jueves 11 de junio—, nuestros tres grandes economistas (MSK, Marx, Schumpeter y Keynes), contaron con un sólido apoyo, que les permitió fundamentar sus construcciones teóricas. No fueron abogados de intereses espurios, no defendieron causas bien retribuidas que podrían haber condicionado su pensamiento. Y precisamente ahí radica la fuerza vigorosa de su presencia, todavía actual, en el mundo de las ideas.

A este respecto, los tres grandes maestros coincidieron, como suele suceder en casi todos los protagonistas de la andadura filosófica de la Humanidad, buscaron una concepción global de la sociedad. Y por ello mismo, su obra no se vio afectada por los altibajos que son fáciles de apreciar en otros casos; y por eso mismo, son tres clásicos, porque permanecen.

Sus artículos, panfletos, ensayos y libros, fueron otras tantas secuencias del hilo conductor de cada uno de ellos. En el caso de Marx, El Capital. En el de Schumpeter, su Historia del análisis del análisis económico (o si se prefiere Capitalismo, socialismo y democracia). Y en lo concerniente a Keynes, desde su primer trabajo —Indian Currency— es posible comprobar su ilación de rebeldías contra la sabiduría convencional del laissez faire; con la cumbre de su pensamiento, naturalmente, de la Teoría General del empleo, el interés y el dinero.

Marx y la estructura económica

Empecemos por Marx, quien como ya antes tuvimos ocasión de comentar, fue un gran acuñador de terminología; casi se comportó como una auténtica «Neoacademia» en relación con el léxico económico, sociológico y filosófico. Y entre las expresiones que ideó, es seguro que muy pocas alcanzaron la difusión de estas dos palabras: «estructura económica».

La idea de estructura es, por así decirlo, el arco de clave del pensamiento marxista. Con antecedentes en sus primeros escritos en el Rheinische Zeitung y en su Introducción a la crítica de la filosofía de Hegel, en 1859, en el prólogo de su libro Contribución a la crítica de la economía política, formuló con toda claridad su concepto de estructura económica. Aunque se haya transcrito tantas veces, conviene reproducir aquí, una vez más, el célebre pasaje:

En la producción de su existencia, los hombres establecen entre sí relaciones determinadas, necesarias, independientes de su voluntad, relaciones de producción que corresponden a un grado determinado de desarrollo de sus fuerzas productivas materiales. El conjunto de estas relaciones de producción constituye la estructura económica de la sociedad, la base concreta sobre la cual se eleva una superestructura jurídica y política, y a la cual corresponden formas sociales de conciencia determinadas. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política e intelectual en general. No es la conciencia de los hombres lo que determina su ser; por el contrario, es su ser social lo que determina su conciencia.

A partir de esa noción de Estructura, como conjunto de relaciones de producción y de cambio, se eleva toda una superestructura jurídica y política, de la cual nace, a su vez, una ideología, un repertorio de ideas de la clase dominante, que se presentan y se imponen como ideas generales en toda la sociedad.

En otras palabras, frente a la situación realmente existente, se rebela la conciencia de clase de los explotados; raíz de la conciencia de clases, lo que hace posible el ascenso gradual del proletariado, que, aumentando su grado de organización, combatirá para cambiar el sistema capitalista, e iniciar la construcción del socialismo. Una vía lenta, mucho más de lo que pensaron después Trosky y Lenin, con una primera gran revolución en Rusia, que empezó con un comando militar para hacer prisionero al conjunto de ministros de Kerensky de la Revolución Rusa de febrero de 1917, poniéndose así en marcha la Revolución Bolchevique de octubre de ese mismo año. 

Volviendo a la prospectiva, la obra de Marx es una expresión de la dinámica social, que no admite ni un orden natural de las cosas, ni una perpetuación indefinida de los sistemas siempre de dominación de los más débiles. No es extraño, pues, que Marx tuviera tanta admiración por Heráclito, por aquello del permanente devenir, como el río que nos lleva. Y por Darwin, en cuanto al evolucionismo; a quien, por cierto, quiso dedicar su obra máxima, El Capital, sin que el autor de Orígenes le diera su plácet.

Schumpeter y los schumpeterianos

Schumpeter, en quien hay tanta influencia de Marx, y a la vez tanta crítica al marxismo, como economista supo proponer también una dinámica. En su obra se advierte toda una filogenia, desde el libro Épocas, dogmas y la historia de los métodos (1914), hasta Capitalismo, socialismo democracia (1943), e Historia del Análisis Económico (1951). En esas tres obras, el cambio es caracterizado como un fenómeno normal, que pasa por fases sucesivas y diferentes.

En esa materia de cadencias, Schumpeter formuló con mayor claridad las tres clases de ciclos que se advierten en la evolución económica. El primero y más breve, de una duración aproximada de tres años, el ciclo Kitchin, es identificable con la acumulación y desacumulación de stocks. El segundo, de una duración de ocho a once años es el que denominó ciclo Juglar, influido por las innovaciones tecnológicas importantes en la industria. Por último, se refirió a los ciclos Kondratief, entre 40 y 50 años, con 20 a 25 de auge y 20 a 25 de depresión. Y no menos interesante que esa visión de los ciclos, es lo referente a su periodificación; la distinción de sus fases sucesivas: expansión, crisis, recesión, depresión y recuperación; para entrar nuevamente en la expansión.

Si Schumpeter pensaba que la realidad era cambiante, también admitía, coincidiendo en esto con Marx, que el sistema capitalista tendría que ceder su paso, inevitablemente, al socialismo. Pero a diferencia de Marx, Schumpeter pensaba que el socialismo, más que como consecuencia del fracaso del capitalismo, vendría precisamente por su éxito.

Dicho de forma más schumpeteriana, los empresarios innovadores harían posible una gran acumulación y una importante elevación del nivel de vida. Ello contribuiría a ir sustituyendo a los empresarios por gerentes, y a éstos por burócratas. Y en resumidas cuentas, el sistema, burocratizado, crearía todo un ambiente favorable a la progresiva socialización.

Esa era la fórmula schumpeteriana para pasar del capitalismo al socialismo, sin necesariamente perder el contexto democrático. Aunque también, es cierto, Schumpeter se planteó la posibilidad —que sin embargo no acepto como verosímil— de que la sustitución del capitalismo por el socialismo pudiera venir de una revolución liderada por los intelectuales, y engrosada por elementos de la contracultura, al estilo de lo que ulteriormente previeran los Sartre, Marcuse, Chomsky, etc., a fines de los años sesenta y primeros setenta.

John Maynard Keynes: reforma del capitalismo

Por su parte, frete a Marx y Schumpeter, John Maynard Keynes, fue el defensor de la perpetuación del capitalismo. En un momento en que la supervivencia del sistema era puesta en duda por doquier, Keynes llegó a la conclusión de que el viejo orden no debía ser demolido. Ni por los golpes de un proletariado enardecido, ni por la perfección schumpeteriana a que acabamos de referirnos.

Keynes, que tanto disfrutó de los dulces encantos de la burguesía, se planteó la posibilidad de que el capitalismo era conservable; a cambio, bien es verdad, de ciertas transformaciones, es decir, rompiendo con algunas inercias mentales.

En este sentido, siempre fue un rebelde. En su primer libro, Indian Currency (1913) y frente a las posiciones más conservadoras, mantuvo la idea –por entonces irritante para muchos, aunque hoy no puede parecernos sino lógica y razonable— de que una colonia de las dimensiones de la India necesitaba de un sistema monetario propio y de un Banco Central. Subyacentemente, estaba aceptando que la India sería alguna vez independiente. 

Más adelante, en 1920, Keynes elevó el tiro de su visión, para pasar a referirse al problema, mucho más general, de las relaciones internacionales, en un mundo en el que los aliados pretendían que la Alemania de 1918, pagara un altísimo volumen de indemnizaciones. Indefectiblemente, y en eso fue un auténtico profeta, vino a decir, se crearían problemas económicos y sociales, los cuales, a la postre, generarían un espíritu de revancha. Las consecuencias económicas de la paz fue su gran alegato contra el Tratado de Versalles (1920). Ya antes, a la vista del giro que habían ido tomando los acontecimientos, Keynes no había vacilado en dimitir de su puesto como representante del/Tesoro en la delegación de Reino Unido a la Conferencia de la Paz.

Con su afortunado retorno a las actividades académicas, Keynes escribió su libro A Tract on Monetary Reform, en el que se manifestó claramente contra la restauración del patrón oro en Inglaterra. Y en 1925 patentizó esa posición de la forma más rotunda en su célebre artículo Las consecuencias económicas de Mr. Churchill, en el que advirtió al entonces canciller del Exchequer, sobre las inevitables secuelas de la restauración del patrón oro, para mayor gravedad a una paridad que significaba una fuerte sobrevaloración de la esterlina. El paro sería la secuela profetizada y que devino más que triste realidad. Luego, en 1929, en la célebre Comisión McMillan, consiguió que Inglaterra abandonara definitivamente el patrón oro en 1931. En España, por aquellos tiempos o algo antes, 1926, el economista Antonio Flores de Lemus recomendó que España no entrara en el patrón oro, cuando lo hizo Inglaterra ese año. Se adelantó a Keynes.

Ahora, globalmente hablando, frente a la previsión de Marx de una revolución desde abajo por la presión ascendente del proletariado, y en contra de la predicción de Schumpeter de que el capitalismo no podría sobrevivir, en las formulaciones de la revolución keynesiana se planteó toda una réplica esperanzadora para la propia supervivencia del capitalismo. El impasse podía romperse sin más demora; por medio del gasto público, las políticas monetaria y fiscal, y con otros instrumentos destinados a estimular la demanda global, la inversión y el empleo frente a la Gran Depresión. Por lo demás, el autor de la Teoría General, distinguió entre el corto y el largo plazo. A corto no le preocupaba el demonio malthusiano del crecimiento de la población (demonio P), sino el aumento de desempleo (el demonio U de unemployment).

En definitiva, Keynes preconizó el surgimiento de una nueva política económica: lo que ahora conocemos como economía mixta (Paul Samuelson dixit). La mezcla de sector privado y sector público en la cual este último va adquiriendo un papel cada vez más relevante; en función de los intereses generales enfocados desde la macroeconomía. Sin embargo, en lo concerniente a un futuro lejano, Keynes pensaba que el estado estacionario era inevitable, aunque lo concebía no como un casi trágico final del crecimiento, sino más bien a modo de comienzo de una nueva era de hedonismo.

«A largo me lo fiais, Don Juan»; pues en opinión de Keynes, tal situación no llegaría antes de cien años. Para entonces, el hombre habría de enfrentarse con su verdadero problema permanente, esto es, «cómo usar de su libertad después de haber superado las dificultades económicas más acuciantes; y cómo emplear el tiempo de ocio que la ciencia y el interés compuesto te habrían hecho ganar, para vivir sabiamente, de forma agradable y bien». Un pensamiento utópico, lejos de cumplirse hoy día. Y aún más en tiempo de pandemia, por el alto coste humano de la misma, y el económico que vamos a tener para superarla.

Seguiremos con MSK el próximo jueves 25 de junio. Cuídense mucho, que el virus no duerme y se multiplica por miles en poco tiempo. Y como siempre, si quieren conectar con el autor, el correo electrónico castecien@bitmailer.net.