Tres economistas filosófos: Marx, Schumpeter, Keynes (I)

El tiempo de pandemia confinada da para casi todo. Incluso para rememorar, dejando aparte las series y películas en la tele, que llegan a sofronizar al personal. En ese sentido, y para que la imaginación funcione, rememoraremos en este artículo a tres grandes economistas, que también tuvieron mucho de filósofos.

Un triple centenario 

El trío aludido lo forman Karl Marx, que murió el 14 de marzo de 1883, Joseph Alois Schumpeter, que nació el 8 de febrero de ese mismo año, y John Maynard Keynes, que vio la luz el 5 de junio, también de 1883. Una convergencia de tres gigantes del pensamiento, siempre objeto de polémica. Y lo que es aún más importante, los problemas actuales, aún intentamos interpretarlos utilizando algunos de los instrumentos de análisis que ellos idearon.

Evidentemente, no tenemos por qué hacer aquí una exposición biográfica sobre Marx, Schumpeter y Keynes (MSK). Quienes deseen contar con una visión de conjunto de Marx y Keynes, deberían repasar las observaciones del propio Schumpeter en su obra Diez grandes economistas. Aparte de ello, sobre Marx hay decenas de biografías y millares de trabajos críticos. Y en cuanto a Keynes, tenemos los estudios biográficos de Harrod y de Lekachman, amén de los más recientes de Skidelski, con numerosas precisiones sobre su pensamiento. Schumpeter, por el contrario, no ha alcanzado tanta atención en el campo de la exégesis teórica, pero dejó un gran legado, su monumental Historia del Análisis Económico, el máximo acervo del pensamiento económico.

Por lo demás, y para proporcionar a este escrito una cierta sistemática, podemos fijarnos, primeramente, en tres aspectos fundamentales de cada uno de los grandes maestros a que estoy refiriéndome: la ética, la filogenia de su obra, y la experiencia de sus respectivas vidas públicas.

La ética creadora en Marx

Es muy difícil que haya una obra de creación sin una ética explícita o subyacente. Así, en el caso de Karl Marx, esa fundamentación hay que buscarla en la conciencia de la clase obrera, como motor de su propio movimiento ascendente y de la trayectoria de progreso de la Historia. Sin olvidar que la Inteligencia, los creadores intelectuales –a veces llamados traidores de clase—, en buena parte apoyaron la lucha del proletariado frente a la burguesía, de los explotados contra los explotadores, siendo Marx el impulsor de la teoría del materialismo histórico: las sociedades humanas se mueven, en buena medida, pero no enteramente, por sus intereses económicos. Una situación frente a la cual Marx buscó cómo acabar con los efectos desigualitarios y opresivos del capitalismo. Para así construir “el reino indefinido de libertad”, haciendo posible en la Tierra la materialización de un paraíso para el proletariado. 

Ese planteamiento profético es lo que dio al marxismo connotaciones, para algunos, próximas a planteamientos religiosos. Siendo ese enfoque –que el joven Marx rechazó— el origen de tantas aberraciones dogmáticas, de tantas estructuras de poder opresivo, y de tantos órganos inquisitoriales, sobre todo en la URSS de Lenin y Stalin. Quienas a la postre condujeron a un marxismo sólo de nombre, a una burocracia omnipotente del partido único. De ahí, la decadencia de los partidos comunistas occidentales más importantes. Y en China, el PCCh, ya no es comunista, aunque sí leninista: partido único, omnipotente, como decisor supremo de “vidas y haciendas”.

El empresario schumpeteriano

El principio ético de Joseph Alois Schumpeter, no es muy distinto del que calibró Max Weber desde el protestantismo, concebido a estos efectos como un puritanismo propicio del desarrollo capitalista en el Norte, frente al catolicismo del Sur de Europa. Esa ética puritana tuvo su versión modernizada en la acuñación de una nueva expresión, que ahora se utiliza como moneda corriente en el intercambio verbal y escrito: el “empresario schumpeteriano”.

Ese emprendedor es el que racionaliza el sistema, asumiendo las innovaciones, siendo capaz de traducir los inventos de máquinas y de sistemas de organización en impulso de cualquier proyecto. Para así mejorar el proceso productivo; generando mutaciones, cambios profundos, con todas sus consecuencias sociales. En esa dirección, si Schumpeter fue bastante pesimista en cuanto al futuro de la evolución del capitalismo, globalmente hablando, no ocultaba su entusiasmo en cuanto a la importancia innovadora de los empresarios.

A tales efectos, el contraste se hizo evidente con los planteamientos que sobre el mismo tema hacía Thornstein Veblen, el institucionalista americano, al referirse a la clase ociosa; óptica desde la cual consideraba que el porvenir sería de los técnicos, de los inventores, y no de los empresarios y capitalistas de su tiempo. Con esa idea, la prospectiva de Veblen era la de una sociedad gobernada por los técnicos, origen de ulteriores pretensiones tecnocráticas.

En realidad, ha habido un triunfo de schumpeterianos sobre tecnócratas, con el capitalismo a reformar, para que sea un gato con más de siete vidas.

 Keynes apostólico

Tercero. En el caso de John Maynard Keynes, su fundamentación ética fue de origen más abstracto. Tal vez por su educación, en cierto modo la convencional de los hijos de la burguesía británica de su tiempo: el Colegio de Eton en sus años de adolescencia y primera juventud, para pasar después al King’s College de Cambridge.

Y precisamente fue en Cambridge donde se asoció a la poco conocida –y reducida y nada peligrosa— sociedad secreta de Los Apóstoles, entre cuyos miembros regía un código no escrito con dos principios básicos: la integridad intelectual, para no doblegarse ante ningún principio de autoridad; y no tomar en consideración los aspectos personales de cada ser humano, atendiendo, en cambio, a su bien en provecho de su potencial. De ahí la necesidad de reformar el capitalismo, haciéndolo más social.

Esas sanas prescripciones apostólicas, se vieron después fortalecidas, y enriquecidas, por la relación de Keynes con toda suerte de artistas, escritores y filósofos. Un segmento social que en su tiempo, en Inglaterra, se autoconsideraba desclasado, estimuladores de un pacto por la inteligencia. Algo que relaciona John Maynard Keynes con su adscripción al llamado Círculo de Blomsboory, en el que hubo personalidades tan señeras como Virginia Wolf en la literatura, y Lytton Strachey en la economía y la política. Una muestra de ello es Las consecuencias económicas de la paz, el libro de Keynes a propósito del Tratado de Versalles, una profecía tristemente convertida en una tragedia.

Seguiremos la semana próxima. Hasta entonces, los lectores de Republica.com pueden conectar con el autor en castecien@bitmailer.net. Cuídense mucho, porque la pandemia sigue ahí.