Expediciones científicas a América (y III)

La controvertida demografía

Sobre el tema de cuánta era la población de las Américas al iniciarse la conquista, y cómo evolucionó luego con la creciente presencia española, hay estimaciones para todos los gustos, pudiendo decirse que ninguna ofrece una seguridad razonable de ser la verdaderamente correcta. 

De lo que sí se está seguro es que hubo un auténtico colapso demográfico en el espacio conquistado, a causa de las epidemias que se produjeron a raíz de la invasión microbiana que llevaron los conquistadores, de enfermedades usuales en Europa (viruela, tifus, tuberculosis, gripe, sarampión, etc.), y respecto de las cuales los españoles tenían ya una relativa inmunidad.

En cualquier caso, cabe decir que la contracción poblacional se produjo, sobre todo, en las áreas que tuvieron más contacto con los conquistadores, lo que, sin duda, hizo más factible –con todos los respetos a quienes sufrieron—, el efectivo dominio español. E hizo mayor el mestizaje por razones cuantitativas obvias, a lo que también contribuyó la disposición erótica de los inesperados visitantes.

Francisco Javier Clavijero, un jesuita novohispano que ayudó a formular la idea de una identidad mexicana (desde su amargo exilio de Bolonia, cuando Carlos III expulsó a todos los de su orden de sus dominios), se refirió, a que la población precortesiana de la Nueva España era de unos treinta millones1. Mientras que William Robertson, uno de los más destacados historiadores de su tiempo en Inglaterra (y más que propenso a la leyenda negra)2, insistió en que los cronistas hispanos exageraron el tamaño de la población indígena, a fin de realzar el éxito de la conquista. Desde entonces, actitudes similares marcaron otras cuantificaciones, atribuyendo algunos autores el fuerte despoblamiento a la cruel conducta de los españoles, un genocidio, el mayor desastre demográfico de la historia, una observación, como veremos, sin base alguna3. 

No hubo genocidio

Lo que está claro es que el colapso demográfico no fue un genocidio. Según la Real Academia Española, el término significa: “exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad”. No hubo ningún plan sistemático preconcebido de genocidio, sin que haya documento alguno, ni de la época, ni posterior a ella, que pruebe que hubo planes de exterminio.

Por el contrario, la corona española protegió – siempre con infracciones de los encomenderos— legislativamente, a los indígenas. Desde los primeros años de la conquista estuvo preocupada por el buen trato al nativo, como se vio cuando Isabel la Católica ordenó a los españoles destacados al Nuevo Mundo que tratasen con corrección a los naturales y respetasen sus modos de vida y costumbres4.

Desde luego, históricamente, la primera experiencia demográfica en las Antillas fue muy negativa, y así lo percibieron los propios españoles –y muy especialmente Hernán Cortés—, pues, ya a fines de la regencia de Castilla de Fernando el Católico (1516), los stocks demográficos insulares en La Española se encontraban al borde de la extinción, que finalmente se produjo. Ciertamente, los tainos de Santo Domingo, Cuba, Puerto Rico y Jamaica –que virtualmente vivían en un paraíso en que no era necesario trabajar—, fueron las más castigadas del Nuevo Mundo, por los abusos en la encomienda sobre tal mano de obra, así como por las enfermedades y epidemias comentadas.

Precisamente, en relación con el caso de las Antillas, Fernando el Católico promovió las Leyes de Burgos de 1512, en las que se detallaba cómo había de ser el comportamiento con los nativos. Más tarde, en 1542, Carlos V decretó una nueva regulación legal de las Indias, y dentro de ella se definió el buen trato que debía de dispensarse a los indígenas.

No parece que la corona española fuera tan cínica como para promulgar por un lado leyes de protección de los indios, y por otro irlos liquidando conscientemente. Además, una serie de destacados hombres de la iglesia siempre protegió a los indígenas (el padre Bartolomé de Las Casas y muchos más), e incluso durante la conquista, hubo serios debates entre distintas facciones eclesiales sobre si el indio era o no era un ser digno de tener alma. Lo cual se resolvió desde Roma mediante la bula Sublimis Deus del papa Pablo III de 1537, dejando bien claro que los indios eran seres humanos con alma, aunque “no estén en la fe de Jesucristo”. Y en 1550/1551 el debate Las Casas/Ginés de Sepúlveda, la Polémica de Valladolid, también arrojó mucha luz sobre el tema.

Los nuevos gobiernos liberal-masónicos de la independencia y después (casi por completo de criollos) sí que se propusieron, en ocasiones, exterminar a los indios, a fin de liberar tierras y pasarlas a sus manos. Hubo verdadero genocidio: recuérdese al General Roca, por ejemplo, en Argentina, en las guerras contra los indios (“La campaña del desierto”), con clara intencionalidad tanto racial como económica. Como dice Mario Vargas Llosa:

Hoy, las críticas deben recaer sobre todo en los Gobiernos independientes, que, en doscientos años de soberanía, no sólo han sido incapaces de hacer justicia a los descendientes de incas, aztecas y mayas, sino que han contribuido a empobrecerlos, explotarlos y mantenerlos en una servidumbre abyecta. Y no olvidemos que las peores matanzas de indígenas se cometieron, en países como Chile y Argentina, después de la independencia, a veces por gobernantes tan ilustres como Sarmiento, convencidos de que los indios eran un verdadero obstáculo para la modernización y prosperidad de América Latina. Para cualquier latinoamericano, por eso, la crítica a la conquista de las Indias tiene la obligación moral de ser una autocrítica5.

La llegada de la vacuna a las Américas

 

Todo lo anterior es un largo proemio a lo que a continuación se dice sobre la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, concebida por el médico español Francisco Javier Balmis, como una expedición de carácter filantrópico que dio la vuelta al mundo y que duró desde 1803 hasta 1806. Su objetivo era, en principio, que la vacuna de la viruela alcanzase todos los rincones del Imperio español, ya que la alta mortandad del virus seguía ocasionando la muerte de miles de niños6.

El rey Carlos IV apoyó y sufragó con fondos públicos al médico de la corte, el doctor Balmis, en su idea de una vacunación infantil masiva a lo largo del imperio. Una hija del rey, la infanta María Teresa, había muerto a causa de la enfermedad.

La de Balmis se considera la primera expedición sanitaria internacional de toda la Historia, pudiendo entenderse, globalmente, como «una caravana infantil con rumbo al Nuevo Mundo para transportar la vacuna y prevenir las epidemias de viruelas7.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La expedición que partió de La Coruña el 30 de noviembre de 1803 en la corbeta María Pita estaba compuesta por dos cirujanos, cinco médicos, tres enfermeros y 22 niños expósitos, todos bajo la dirección del Dr. Francisco Javier Balmis; y como subdirector, José Salvany Lleopart. Además del virus inoculado en los niños, la corbeta transportaba dos tesoros muy valiosos: una carga de linfa de vacuna guardado entre placas de vidrio selladas, y miles de ejemplares de un tratado que explicaba cómo vacunar y conservar la linfa.

Los viajeros llevaban un registro completo del trabajo realizado en cada etapa y de las vacunaciones realizadas. Así, por ejemplo: 56.000 en lo que hoy es Colombia, 7.000 en Cuenca (Ecuador), 22.726 en el reino de Perú (véase mapa adjunto).

La expedición fue muy valorada en sus tiempos, e incluso el propio Jenner, inventor de la vacuna, al conocer la iniciativa manifestó: “No me imagino que en los anales de la historia haya un ejemplo de filantropía tan noble y tan extenso como éste”.

La de Balmis-Salvany fue, probablemente, el primer programa oficial de vacunación masiva realizado en el mundo, en un intento de Carlos IV de llevar los nuevos avances sanitarios a sus virreinatos y capitanías generales. En resumen, tras la invasión microbiana antes referida, también llegó la vacuna pertinente.

Y como habíamos empezado este artículo dedicándoselo al gran historiador Miguel Artola, en la primera entrega del jueves 21 de mayo, terminamos con la foto adjunta, donde el autor y el gran historiador figuran con algunos amigos, según se detalla al pie de la ilustración: el mejor recuerdo nos deja el Prof. Artola.

Y como siempre, para los lectores de Republica.com, la conexión con el autor en el correo electrónico castecien@bitmailer.net. Cuídense mucho.

1 Gran figura de la Ilustración novohispana, fue autor de una muy difundida Historia Antigua de México, que escribió durante su exilio de Bolonia, cuando los jesuitas fueron expulsados de España y sus Indias.

2 Autor de The history of the reign of Emperor Charles the Fith, W. and W. Stranan, Londres, 1769.

3 Así opina en varios pasajes Hugh Thomas en La conquista de México.

4 José Javier Esparza, “Nunca hubo un genocidio español en América”, La Gaceta, 6.IX.2017. También Rafael Dobado, “El genocidio español en América y otros mitos”, El País, 28.XI.2015.

5 Mario Vargas Llosa, “Hispanidad ¿mala palabra?, El País, 28.X.2018.

6 https://es.wikipedia.org/wiki/Real_Expedicion_Filantropica_de_la_Vacuna

7 Emilio Balaguer Perigüell y Rosa Ballester Añon, En el nombre de los Niños. Real Expedición Filantrópica de la Vacuna 1803-1806 (capítulo 4: ·Viruela y vacuna en España y en los territorios coloniales de ultramar antes de la llegada de la expedición”), Asociación Española de Pediatría, Madrid, 2003. https://www.aeped.es/sites/default/files/documentos/en_el_nombre_de_los_ninos-completo.pdf