Expediciones científicas a América (I)

Dentro de la polémica sobre la Ciencia en España, las expediciones científicas en el Imperio español tuvieron una indudable importancia. Como se verá a continuación, esas expediciones fueron, sin duda, toda una manifestación en pro del avance del conocimiento.

Como dijo José Tudela de la Orden —un ilustre archivero e historiador, colega de José Ortega y Gasset y que formó parte de la Agrupación al Servicio de la República—, hubo precursores de los viajeros científicos españoles del siglo XVIII, entre los que puede citarse a Pedro Fernández de Quirós, navegante en el Pacífico Sur; Pedro Portes Casamate, Almirante de la Flota del Pacífico; o Pedro Ordoñez y Ceballos, el primero que dio la vuelta al mundo desde América, saliendo de y volviendo a Guayaquil.

Esa lista de Tudela podría complementarse, primero de todo, con dos investigadores de la talla del Tata Vasco de Quiroga de Michoacán, con su utopía franciscana, o Bernardino de Sahagún, fundador de la Antropología, recién conquistada la Nueva España por Hernán Cortés. 

Luego llegaron los cronistas de Indias desde el comienzo del siglo XVI y más aún en el XVII. Con multitud de informaciones preciosas sobre la naturaleza de las nuevas tierras a poblar, con sus plantas y frutos; en diversidad de crónicas como las de Gonzalo Fernández de Oviedo y López de Gómara. Claro es que en esos siglos XVI y XVII no se les puede atribuir a ninguno de los mencionados la inquietud científica y el coleccionismo, que luego se generalizaría en el siglo XVIII. Por otra parte, como manifestó Luis de Hoyos, en su biografía de José Celestino Mutis: “Si las expediciones del siglo XVI fueron de militares y catequistas (evangelizadores), de capitanes y frailes, estos últimos dominaron en el siglo XVII”. Lógico por todo el proceso de evangelización.

La excepción confirma la regla, y cabe decir que en el siglo XVI hay que anotar el caso expedicional de Francisco Hernández de Toledo, nombrado por Felipe II “Protomédico General de las Indias, Islas y Tierra Firme del Mar Océano”, que dedicó siete años a recorrer gran parte de la Nueva España acompañado de un hijo suyo. Entre 1570 a 1577 Hernández, vivió en el Nuevo Mundos –sobre todo en la Nueva España—, y con la ayuda de intérpretes de diferentes lenguas indígenas, averiguó mucho sobre plantas medicinales, sus propiedades, manera de colectarlas y beneficios que ofrecían. De modo y manera que de tanto plantear sus dudas y pedir información, los nativos le llamaron “el preguntador”. Pintores indígenas (tlacuilos, en náhuatl) le ayudaron en su gran empresa que se tradujo en más de dos mil imágenes florales clasificadas

A su vuelta a España, la Corte quedó impresionada por la hazaña de Hernández, por la tenacidad de su esfuerzo y la claridad de su trabajo. Hasta el punto de que Felipe II ordenó la impresión de su obra. Pero el manuscrito pasó de mano en mano, hasta que finalmente quedó en su mayor parte perdido.

En tiempos de Felipe V: un arco de meridiano y algo más

Dando un salto del siglo XVI al reinado de Felipe V (1701-1746), su más célebre exponente de cientifismo en las Indias fue la Expedición Franco-española Geodésica al Reino de Quito. Comenzada en 1736, y en la que participaron dos grandes personajes como Jorge Juan Santacilia, marino, y Antonio de Ulloa, naturalista, al objeto de medir un arco de meridiano lo más cerca posible del Ecuador

La idea surgió del grupo de astrónomos franceses, empeñados en demostrar que la Tierra era achatada por los polos, como defendían los partidarios de Newton. Fue Louis Godin, un eminente matemático galo, quien propuso a la Real Academia de Ciencias de Francia realizar una de las mediciones al respecto, a la altura del Ecuador, en el Reino de Quito, parte del Virreinato del Perú: una colaboración hispanofracesa que resultó muy fructífera, pues contribuyó a poner las bases para el ulterior desarrollo de la Ciencia en las Américas

Algunas de las ulteriores expediciones científicas a la América del Sur en el reinado de Felipe V, surgieron para resolver temas de límites entre el dominio español y el portugués. Así sucedió cuando los jesuitas españoles del Alto Orinoco informaron que los lusos estaban buscando la comunicación Orinoco-Amazonas a través del llamado caño Casiquiare. Noticia que el padre jesuita Manuel Román informó, en 1742, al rey de España: los bandeirantes de Brasil, del Gran Pará, habían llegado por vía fluvial al Orinoco, según ellos por un brazo de este río que pretendidamente se comunicaba con el Negro y éste con el Marañón o Amazonas

Al final, la expedición que se montó ad hoc demostró no ser cierta esa conexión y correspondió a Joseph Gumilla, también misionero jesuita, en una obra suya de 1745, negar tal pretendido hecho geográfico. 

Con Fernando VI, un discípulo de Linneo en América

Ya en el reinado del sucesor de Felipe V, Fernando VI, desde 1746, las expediciones ganaron en fuerza. Concretamente, el nuevo rey invitó a Carl Linneo a que estudiara la flora americana. Ofrecimiento que el sabio sueco propuso trasladar a su discípulo Pehr Loefling, quien primero de todo pasó cuatro años en España (1751 a 1754), donde aprendió muy bien el español. Y ya en 1754 fue invitado a formar parte de una expedición, también de límites con Portugal en territorio venezolano, dirigida por el comisario Gaspar Munive (nacido en Perú), marqués de Valdelirios

Así las cosas, en febrero de 1754 salió de Cádiz la expedición, a bordo de las fragatas Nuestra Señora de la Concepción y Santa Ana, con la finalidad de ocuparse de las fronteras, y también con el cometido de establecer las bases de la historia natural de Venezuela, explorando igualmente la viabilidad de plantación de especies vegetales, particularmente de canela, y de especies medicinales como la quina en el área de Cumaná. 

Murió Loefling a los 27 años, de fiebres tropicales, y Linneo dijo de él: “Nunca ha perdido tanto la botánica por una muerte”. Si bien es verdad que sus ayudantes desertaron de sus cometidos, quedando interrumpidas las investigaciones. 

Los frutos científicos de esta expedición fueron interesantes, por la multitud de dibujos y descripciones botánicas, que constituyen la Flora Cumanensis. Publicada después parcialmente por el propio Linneo, junto a descripciones de flora ibérica en el Iter Hispanicum–, así como descripciones zoológicas.

Las tres exploraciones botánicas de Carlos III

Durante el reinado de Carlos III, el más ilustrado de los Borbones españoles –decidió la formación del Archivo General de Indias, en la antigua Casa de Contratación de Sevilla—, hubo tres grandes expediciones científicas a las Indias, con objetivos sobre todo botánicos, que mencionaremos

La primera de ellas, tal vez la más importante, fue la Expedición Botánica del Perú (1777-1815), una empresa franco-española que duró treinta y ocho años, durante los cuales se investigó la flora de Chile, Perú y Ecuador, y que estuvo a cargo de dos botánicos españoles, Hipólito Ruiz (1754-1816) y José Pavón (1754-1840).

La segunda de esas expediciones fue la que se dedicó al Reino de Nueva Granada (1783-1816), en un largo trabajo que tuvo al frente a Celestino Mutis y Bosio (gaditano, 1732-1808), médico y naturalista, que consiguió reunir una enorme cantidad de material: dibujos de plantas y datos de la vegetación de la sabana de Bogotá y otros lugares de América. Su obra “Flora de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada” es realmente ingente y decisiva

En 1782 Celestino Mutis llevaba veinte años en Nueva Granada, cuando el arzobispo-virrey de Santa Fe, Antonio Caballero de Góngora creó, provisionalmente la expedición que encargó de dirigir al propio Mutis, quien tuvo de colaboradores a dos criollos; a su discípulo, presbítero como él, Eloy Valenzuela, cura de Bucaramanga, y al dibujante Antonio García. En 1783, Carlos III nombró a Mutis primer botánico y astrónomo de la Expedición Botánica de la América Septentrional para explorar territorios actuales de Colombia, Ecuador y América central, proporcionándole abundantes recursos, que fueron bien aprovechados. Mutis mantuvo excelentes relaciones con Linneo –se escribían en latín—, seguramente con el recuerdo común de Loefling

Mutis falleció en Bogotá en 1808, y en 1810 quedó disuelta la expedición, que logró llevar a España once volúmenes de textos y 6.845 láminas, 140 cajones y un herbario compuesto por 20.000 plantas, muchas de ellas totalmente nuevas, que formaron la más rica colección naturalista que expedición alguna haya formado en América.

La tercera de las grandes expediciones botánicas del siglo XVII con Carlos III tuvo como escenario la Nueva España (1787-1803), siguiendo la obra de Francisco Hernández (1570-1579), el ya citado primer expedicionario de tiempos de Felipe II. Encomendada a Martín Sessé, médico militar aragonés, establecido en México, estableció una cátedra de Botánica en la Universidad de México (hoy UNAM), con su propio jardín botánico. Formó parte de la Real Expedición Botánica de la Nueva España, que compuso dos colecciones, una para México y otra para Madrid, con 1.327 especies vegetales. Viajó por la Nueva España, incluyendo sus territorios de la América Central

Nordenflycht, los D’Elhúyar y Azara en América del Sur

También de tiempos de Carlos III se produjo la Expedición Mineralógica del Barón Nordenflycht (1788-1798), que bajo la dirección de ese ingeniero alemán, tuvo como objetivo difundir las técnicas europeas de extracción y laboreo de minerales en Perú.

Se trató de una iniciativa de la Corona española para aplicar la más moderna asesoría metalúrgica alemana en la explotación de las minas de plata del Alto Perú, actual Bolivia. Trabajó el Barón de 1789 a 1810, mejorando el trabajo de la plata, hasta el punto de que las monedas acuñadas en la ceca de Potosí pasaron a ser las mejores

También de materia metalúrgica fueron los expertos ingenieros de minas aragoneses Fausto y Juan d’Elhúyar, que se radicaron en la Nueva España en 1791, donde crearon el Real Seminario de Minería de México, en 1792. Esa fue la primera escuela politécnica fundada en el Nuevo Mundo. Fausto fue el descubridor del wolframio, un elemento luego muy importante para endurecer el acero.

Por último, y muy importante fue la Expedición a la América Meridional (1781-1801), también inicialmente para cuestiones de límites con los portugueses en el área del actual Paraguay. En la que participó el naturalista aragonés Félix de Azara. De esta investigación quedó su obra Viajes por la América meridional, una de las más interesantes del siglo XVIII en cuanto a estudios y observaciones sobre la naturaleza, adelantado las teorías evolucionistas de Darwin y Wallace

Azara no se limitó a recoger datos, sino que formuló una serie de hipótesis sobre cuestiones biológicas y evolución de los animales en libertad o en cautividad, su distribución geográfica, y el origen de las especies más peculiares del Nuevo Mundo; adelantando el concepto de “mutación”. De todas esas investigaciones proceden las varias citas que Charles Darwin hizo de Azara en su libro Orígenes.

Dejamos aquí, por el momento, el muestrario de las expediciones científicas en la mitad del mundo que fue de España (incluyendo Filipinas, como veremos en la siguiente entrega de este artículo), el próximo jueves 28 de mayo.

Cuídense mucho de la pandemia en el prolongado estado de alarma en que seguimos. Y nos vemos, virtualmente, la semana próxima. Para conexión con el autor, como siempre, castecien@bitmailer.net.