Incidencias de la pandemia del coronavirus y expectativas de recuperación (y II)

El jueves 1 de abril publicamos la primera entrega de este artículo, que dedicábamos a los aspectos sanitarios, filosóficos y políticos relacionados con la pandemia del coronavirus, que nos acosa desde finales del mes de febrero. Con creciente intensidad hasta la presente semana, en que el número de fallecidos ha empezado a disminuir; en lo que podría ser una tendencia del agotamiento epidémico. Al que todavía queda, ciertamente, mucho recorrido y no pocas complicaciones, porque el virus es muy suyo, y tal vez sea mutante. En algún sitio leí, hace tiempo que, precisamente, las epidemias terminan cuando los agentes infecciosos acaban con todos los posibles casos de contagio, abandonando el virus el terreno cuando se encuentra con inmunidad previa o adquirida. 

Pero el tema de hoy tiene, fundamentalmente, carácter económico, ya lo anunciábamos con la primera entrega de este artículo. Cuando ya ciframos en 900.000 los parados más, según la estimación de marzo; con una caída importante, casi abandonando ya la cota de 19 millones de ocupados/afiliados a la Seguridad Social. Y lo que queda por venir, por el hundimiento de decenas de miles de pymes, y la pérdida de trabajo de los 3,5 millones de autónomos que tenemos censados. 

Frente a esa situación, recordaremos a la Sra. Lagarde (Presidenta del Banco Central Europeo, BCE), cuando al comienzo de la crisis predijo, con frase un tanto fría, “primero, los gobiernos nacionales tendrán que gastar su propia munición, antes de recurrir al BCE y al MEDE y a otros fondos europeos”. 

Y en efecto, ha habido un recurso a los dichos fondos nacionales. Aunque sea sólo por poco tiempo, porque habrá que recrecerlos, para ofrecer mucho más crédito a pymes y autónomos con el aval del Estado, a través del ICO. Como también habrá que ampliar los fondos de la Seguridad Social, con fuertes emisiones de deuda, para retribuir a los 2,5 millones de trabajadores que quedarán pendientes de los ERTEs.

Esas son las dos medidas principales que ya se han tomado, si bien con cierta lentitud en los créditos avalados, que comenzaron a examinarse por el ICO (para un primer paquete de 20.000 millones) el lunes 6 de abril, conforme a un protocolo negociado por ese Instituto con la banca privada. 

Habrá que ver además cómo se pasan los fondos de la Seguridad Social para financiar los ERTEs, ya con más de 250.000 expedientes y las administraciones de las CC.AA. abrumadas. 

Ahora, ya planeado el gasto de la munición nacional que decía Lagarde, hay que plantearse la segunda fase, la de los fondos comunitarios; esto es, de la Comisión Europea, del Banco Central, y del Mecanismo Europeo de Estabilidad (MEDE). Recursos que ya se utilizaron durante la crisis del 2008 al 2013, a propósito de lo cual habremos de hacer algunas aclaraciones, empezando por la admiración inusitada que algunos dieron y dan ahora a la rápida respuesta de EE.UU., tras la quiebra de Lehman Brothers; superando las cataplasmas de primera hora y corto alcance, como la compra a los bancos de sus activos tóxicos (las subprimes, hipotecas concedidas a insolventes). Más allá de esas primeras medidas, la Fed y el Tesoro de EE.UU. practicaron la técnica que se llama de asignación de dinero desde el helicóptero. Lo que propició una recuperación, ya se ha dicho, notablemente más rápida que en Europa. Algo solo factible por los instrumentos de que dispone un mando único, el del Presidente de los EE.UU., con su Secretario del Tesoro y la propia Fed. 

En cambio, en Europa, hubo un proceso de austeridad para los Estados miembros, auténticamente en bancarrota, y con fuerte endeudamiento, fundamentalmente, por las compras que hizo el BCE, de deuda pública en los mercados secundarios, y también la adquisición de bonos corporativos. Según el esquema decidido y rápido de Mario Draghi, a quien ahora tanto se echa de menos. 

Cierto que la austeridad dentro de la UE no fue la miseria misma como algunos pretenden. Porque los presupuestos nacionales de los Estados miembros no solamente no disminuyeron tanto, sino que en algunos casos se ampliaron con la citada deuda. Para cubrir los gastos de los servicios públicos, y mantener también el Estado de bienestar. 

El caso es que la situación actual, antes de la pandemia, era muy diferente de 2008; sin las burbujas financiera e inmobiliaria, y con el sistema bancario saneado. Tampoco teníamos, de cara al futuro, los problemas de inflación, por los bajos precios de los mercados energéticos y de materias primas, donde la oferta se ha mantenido fuerte, y con cotizaciones a la baja, a pesar de los intentos de cartelización.

Lo que ahora sí tenemos es una situación de incertidumbre por la evolución de la propia pandemia, y por saber si vamos a utilizar los amplios recursos de la Unión Europea. Es necesario proceder sin remilgos formalistas ni esperas burocráticas. Empezando por los fondos estructurales no gastados por la propia Comisión (programa SURE), para seguir con el BCE y el MEDE.

Obviamente, no terminaremos aquí de ocuparnos del problema vital de que cuando los virus dejen de actuar. habrá que seguir pensando un campo sociológicamente muy complejo y económicamente minado por muchas dificultades. Pero eso será para un artículo ulterior. Y como siempre, los lectores de Republica.com pueden dirigirse al autor a través del correo electrónico castecien@bitmailer.net.