Marco Marchioni

El pasado día 22, murió en Las Palmas de Gran Canaria un gran amigo italiano, nacido en la Roma eterna, hispanista, y “trabajador social”, por su oficio sociológico y como a él le gustaba que le conocieran. 

A Marco Marchioni me unieron los mejores afanes de la Transición española, cuando representando a la Junta Democrática me invitó a un periplo por Italia, para recibir el apoyo a lo que era nuestra lucha de entonces. Juntos –también venía mi esposa, Carmen Prieto-Castro—, estuvimos conferenciando en Roma –la sesión la presidió Rafael Alberti con su esposa, Mª Teresa León, siempre tan sonrientes los dos, con una alegría casi cósmica—, y después fuimos a la Universidad de Bolonia para debatir con muchos profesores, también del propio Colegio de España, y al Puerto de Génova, donde pude dirigirme a los estibadores. Milán fue el punto final para un encuentro con sociólogos, políticos y economistas italianos. 

Marco, siempre hispanista y hablando un perfecto español, vínose luego a vivir a España, y finalmente a Gran Canaria, con su inseparable esposa Luz María Morín. Entre nosotros trabajó incasablemente en temas de movimientos ciudadanos, de democracia participativa, de importantes proyectos para la convivencia. 

Un grupo de amigos de Marco y de Luz María hemos preparado un Obituario sobre nuestro llorado amigo, para general conocimiento de su labor en pro de una España más democrática, y de unos españoles más participativos en los trabajos comunitarios. De ese Obituario, proviene el extracto que transcribo a continuación: 

Marco Marchioni se diplomó como Asistente Social en Roma en el año 1959, en el Centro de Educación Profesional para Asistentes Sociales y Educadores de Adultos (CEPAS), única escuela laica de trabajo social en la Italia de aquella época. También estudió Ciencias Políticas en la Universidad de Roma; sin embargo, cuando le preguntaban, lo que a él le gustaba decir es que era Trabajador Social.

Antes de trasladarse definitivamente a España en 1985, en Italia trabajó y colaboró con Danilo Dolci (reformista no violento considerado el Gandhi italiano); en 1970, escribió junto a Eyvind Hytten, “Industrialización sin desarrollo” libro considerado un clásico de la Questione Meridionale y por el que recibieron el premio “Sileno de Oro” de la ciudad de Gela; fue secretario nacional del Servizio Civile Internazionale, organización internacional antimilitarista de voluntariado, formando parte, al mismo tiempo, de la Secretaría Italiana para la Objeción de Conciencia. Entre sus múltiples actividades y compromisos, unidos siempre a su visión interdependiente de lo local y lo global, participó en proyectos de cooperación internacional en Iberoamérica y como experto en la FAO para la evaluación de proyectos de desarrollo.

Con el sentido del humor que siempre le caracterizó, recordamos a Marco en sus viajes con cámara al cuello, la portátil Olivetti en mano –antes del ordenador y el smartphone—, papel calco y folios en blanco para escribir sus artículos o informes, y enviarlos por correo postal o por fax.

Marco tuvo un gran reconocimiento en Madrid, que le hizo el Consejo General del Trabajo Social, el 11 de marzo de 2017 –allí estuve personalmente, y fue la última ocasión en que nos vimos—. Solicitó allí redoblar esfuerzos en una “lucha por la igualdad y la autonomía de todos los seres humanos”. Entendía el Trabajo Social como “una profesión que puede realizar una doble conexión y relación, absolutamente necesaria hoy, entre el conjunto de los recursos técnicos y profesionales, que operan en el mismo territorio, para trabajar de una manera cooperativa y coordinada (…)  y una nueva relación entre estos recursos y la ciudadanía, atendida y reconocida, no como usuaria sino como protagonista y sujeto activo”. Nos expresó que como trabajador social podía decir que “allí donde trabajamos bien, las diferencias de clase no impiden a nadie de participar en paridad de condiciones”. Esta fue su “utopía posible”. FIN DEL EXTRACTO DEL OBITUARIO

El día 22 me llamó Luz, y antes de empezar a hablar ya sabía qué me iba a decir, con una voz de tristeza: “Marco ha muerto, Ramón, tras un largo proceso cancerígeno”. En ese momento se me agolparon en la mente tantos recuerdos de nuestro viaje por Italia, y de una visita a Roma en la que estuvimos hablando de todo lo humano y divino, y pensando en escribir un libro juntos, que luego las burocracias se llevaron por delante. 

Recuerdo también cuando en esa estadía romana, mis hijos –Alicia, Laura y Moncho—, le preguntaban sin parar cualquier cosa sobre la urbe eterna. Una ciudad de la que conocía todos sus recovecos, y de la que disfrutaba día a día. También se me viene a la memoria lo bien que lo pasamos en una trattoria del Trastevere, cenando en plena calle, en la primavera precoz, hablando de todo lo divino y lo humano. 

Descanse en paz el luchador político, el trabajador social, y el amigo para siempre.