La vida en el mar de las navegaciones del siglo XVI

El pasado jueves 13 de febrero editábamos en Republica.com la primera entrega de este artículo, sobre cómo se vivía y luchaba en la mar durante las grandiosas navegaciones del siglo XVI. Cuando con mínimos navíos se cubrían distancias enormes por mares ignotos, con grave riesgo para la vida de los valerosos argonautas.

La semana pasada vimos en este “Universo infinito”, la forma en que se construían y arbolaban las naves, y también la cartografía y los instrumentos que se utilizaron en las alargadas travesías. En el inicio de un formidable proceso de avance tecnológico, ya con la brújula, los relojes de arena, los astrolabios, y tantos otros medios de trazar los destinos sobre el mar, milla a milla, a sol y luna.

Hoy seguimos con el tema, entrando en cuestiones tan decisivas como la alimentación a bordo, el alojamiento en la nave y la vida de los marineros en sus tránsitos por aguas procelosas.

 ¿Cómo era la alimentación a bordo?

Era, prácticamente, de supervivencia y siempre objeto de gran preocupación, tanto a la hora de abastecerse, como por su conservación y reparto. Sin conocerse con precisión las distancias en las rutas a seguir, con frecuencia hubo etapas de navegación en que todo escaseaba.

Los barcos llevaban uno o varios encargados de distribuir el alimento diario, entre la oficialidad y la marinería: era el despensero1. Su ocupación, con varios ayudantes, era repartir, primero de todo, los abastos próximos a corromperse. Pero, especialmente proveyendo para que nadie se quedara sin ración, midiendo siempre lo que diere, “sin que le quite al soldado o al marino nada de lo que le toca»2.

Los alimentos frescos, sin más método de conservación que la sal y las costosas especias, se agotaban rápidamente y para los viajes largos era necesario embarcar animales vivos. Con frecuencia, sobre la cubierta se agolpaban jaulas de aves de corral (patos, gansos, pavos, gallinas), muchas de las cuales morían del llamado mal de mar o, en realidad, de los precarios cuidados que se les dispensaban y el estrés que padecían.

El pan era el alimento más importante, hecho sin levadura y que se cocía dos veces (de ahí el bis cotto o bizcocho3) para conseguir que una vez endurecido su consumibilidad se prolongase al máximo. Claro es que por la mala conservación del producto, la dotación de las naves se alimentaba de esas galletas que acaban por impregnarse de las heces de ratas, y toda clase de gusanos. De modo que, bromeando, los marineros llamaban «boteros» a los gusanos, en el sentido de que la galleta era «el bote» y las larvas sus tripulantes.

El fogón del barco apenas era suficiente para cocinar un guisado o potaje caliente para los 30 hombres de la tripulación en una nao mediana, y como lo cuenta Antonio de Guevara, era indispensable estar en buenas relaciones con el cocinero4.

Con todo, lo más importante era el agua dulce, indispensable para beber. La administraban los alguaciles de agua, a quienes correspondía la responsabilidad del reparto, «echando el agua de una tina de donde la recibían los sedientos destinatarios y la veían medir con toda precisión». Cuando se llegaba a tierra, los alguaciles eran los responsables de buscar el líquido elemento y subirlo a bordo.

En cuanto al asunto del descomer, los únicos que han relatado cómo se solucionaba en los barcos del siglo XVI son también fray Antonio de Guevara y el licenciado Eugenio de Salazar. El primero dice que

todo pasajero que quisiere purgar el vientre y hacer algo de su persona, era forzoso de ir a las letrinas de proa o arrimarse a una ballestera, y lo que sin vergüenza no se puede decir, ni mucho menos hacer tan públicamente, le han de ver todos asentado en la necesaria como , le vieron comer en la mesa5.

Bajo la cubierta se encontraba el entrepiso de la bodega, donde se guardaba la carga que transportaba el barco, en cajas, jarras y toneles para conservar los alimentos y bebidas. Y cuando había mal tiempo o peligro de asalto, en los espacios libres tenían que apiñarse los pasajeros para dejar libre la cubierta.

Por debajo de la bodega estaba el fondo del barco, o sentina. Sobre el cual se acumulaba el lastre de gravilla, y donde se detectaba el agua que se colaba por los intersticios de las naves mal calafateadas, y que pronto se volvía podredumbre y pestilencia, a menos que funcionaran con eficacia las bombas de achique6. 

Alojamientos y vida a bordo

Fray Antonio de Guevara decía que «la mar no quiere decir otra cosa sino amargura…El hombre que navega, si no es por descargo de su conciencia o por defender su honra, o por amparar la vida, digo y afirmo que el tal es necio o está aburrido, o le pueden atar por loco… La mar es muy deleitosa de mirar y muy peligrosa de pasear».

Por su parte, el más distinguido de los cronistas de Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo, afirmaba: «Si querés saber orar, aprended a navegar. Porque sin duda es grande la atención que los cristianos tienen en semejantes calamidades y naufragios para se encomendar a Dios y a su gloriosa Madre». Otro religioso, que también sufrió las inconveniencias de un largo viaje transoceánico, comentaba cuál era su principal zozobra a bordo: «…sobre todo es traer siempre la muerte a los ojos y no distar de ella más que el grueso de una tabla pegada a otra con pez»7.

La tripulación, forzada a acomodarse para dormir donde pudiera, encontró al parecer una solución parcial de sus incomodidades con la hamaca de los indígenas del Caribe, que los descubridores conocieron en 1492 y adoptaron desde los primeros viajes. La usaban los marineros, y probablemente algunos pasajeros. Acaso encontraban espacio donde colgarlas en el castillo de proa, bajo la tolda o en algún lugar de la bodega, y las disfrutarían si podían habituarse al constante balanceo de las naves que las hamacas aumentaban8.

Los oficiales dormían en condiciones diferentes. Para ello utilizaban colchonetas o traspontines sobre simples esteras, bajo la cubierta de la tolda (una lona debidamente ajustada, a modo de techo) y cerca de la caña del timón (a popa, en la parte inferior del castillo); siempre que no impidiera la maniobra del gobernable. Lógicamente, durante el día se enrollaban las colchonetas en petates, para guardarlos en las bandas de la cubierta, o en la bodega9.

Cada tripulante disponía de 1,5 metros cuadrados aproximadamente, espacio muy escaso en el que forzosamente habían de tener su baúl, cofre o caja personal, con los enseres más básicos. En cuanto al baúl o cofre, era de muchísima utilidad, pues además de servir para guardar la ropa y enseres personales, tenía muchas otras aplicaciones: mesa de comer, silla de tertulias e incluso tablero de juegos. Los marineros dormían vestidos, para así estar disponibles a efectos de cualquier maniobra urgente. 

El resto del personal a bordo, es decir, el pasaje –inexistente en las primeras navegaciones de ultramar, entre ellas en el más largo viaje—, también tenía bastante complicada su vida a bordo. Debido al angosto espacio en que se movía, en medio de las faenas marineras a realizar. Ese personal no dormía exactamente a la intemperie, porque se cobijaban bajo los toldos que se instalaban para tal fin.

La vida en los barcos era, pues, difícil y complicada; muy dura, por el frío, sol, calor, lluvia o rociones del mar. Y bajo la cubierta, cuando había más de una, las cosas tampoco eran muy agradables, por la humedad, el sofocante calor y el hedor del agua de las sentinas. A lo que se unía el hacinamiento, con la gente viviendo sin intimidad en espacio muy reducido, compartido con los espacios necesarios para botes, anclas, cañones, barriles, etc., amén de animales vivos, como gallinas, cabras, cerdos, y hasta alguna vaca, muy necesarios a bordo para disponer de alimentos frescos, ya se ha dicho antes, como leche, huevos y carne. Por ello, ir de proa a popa o viceversa, generalmente menos de 30 metros de eslora, se convertía en una carrera de obstáculos.

En cuanto el tiempo lo permitía, el buen humor español vencía el tedio y las estrecheces del viaje, improvisando simulacros de corridas de toros u organizando, probablemente con las aves que se llevaban para comer, peleas de gallos. En ocasiones se improvisaban representaciones teatrales y, si iba un gran personaje a bordo, había certámenes poéticos.

La pesca de tiburones o de tortugas, a que se atrevían los marineros en los mares tropicales, fascinaba a los pasajeros, quienes luego probaban los nuevos sabores. En los momentos de descanso, alguien tocaba una guitarra y cantaba romances10.

También es necesario reconocer que la dotación rehusaba bañarse y lavar su ropa con agua de mar. Por lo tanto, esperaban la lluvia, que era recolectada en recipientes colocados sobre cubierta, en parte para la colada.

La precariedad de la limpieza corporal conllevó el establecimiento obligatorio de peinarse todas las mañanas con el objetivo de no favorecer a múltiples parásitos que invadían el cabello; además había que afeitarse, lavarse los pies y cambiar de camisa dos veces a la semana (el domingo y jueves), aspectos que no se cumplían con rigor, en función de las circunstancias. Las condiciones de higiene favorecían la propagación y la transmisión de toda clase de enfermedades, tema del que pasaremos a ocuparnos el próximo jueves 27 de febrero11. Y como siempre, el autor queda a disposición de los lectores de Republica.com en su correo electrónico habitual de castecien@bitmailer.net.

P.S. Tal vez indebidamente, pero para no echarlas en falta, presentamos en esta entrega algunas piezas de cartografía únicas, que deberían haber ido en la primera: el mapamundi de Juan de la Cosa, una traza del Estrecho de Magallanes a poco de su descubrimiento, y un astrolabio.

1 La alimentación en los barcos en la historia. Historia de la cocina. https://www.histo- riacocina.com/paises/articulos/barcos.htm.

2 Bartolomé Cánovas Sánchez, “Los barcos oceánicos a principios del siglo XVI, vida y muerte en la mar”, en V Centenario de la primera vuelta al mundo de Magallanes y Elcano, Revista General de Marina, tomo 277, agosto-septiembre 2019, págs. 317 y sig.

3 El antiguo bizcocho procede del latín y es una palabra compuesta de bis- y coctus, es decir, dos veces cocido; en la mar también se conocía con el nombre de galleta. se elaboraba con harina más o menos blanca, bien amasada con agua y un poco de levadura. Una vez cocida, se retiraba del fuego y se enfriaba poco a poco, moviéndola hasta que quedaba totalmente seca, sin migas, dura y frágil. no era raro comerlos a bordo con casi dos años de antigüedad; eso sí, era necesario antes de ingerirlas ponerlas en agua o vino unos minutos.

4 José Luis Martínez, Pasajeros de Indias…, FCE, México, 1968, pág. 103.

5 José Luis Martínez, Pasajeros de Indias…, ob.cit., pág. 105.

6 José Luis Martínez, Pasajeros de Indias…, ob.cit., pág. 77.

7 Citado por Pablo E. Pérez-Mallaina, “Los navegantes del océano”, en Actas del Congreso Internacional de Historia Primus cirdumdedisti me, V Centenario de la Primera Vuelta al Mundo, Valladolid, 20-22.III.2018, pág. 190.

8 José Luis Martínez, Pasajeros de Indias…, ob.cit. pág. 79.

9 Bartolomé Cánovas Sánchez, “Los barcos oceánicos a principios del siglo XVI, vida y muerte en la mar”, en V Centenario de la primera vuelta al mundo de Magallanes y Elcano, Revista General de Marina, tomo 277, agosto-septiembre 2019, págs. 314 y sig.

10 José Luis Martínez, Pasajeros de Indias. Viajes transatlánticos en el siglo XVI, Fondo de Cultura Económica, México, 1983, pág. 107.

11 Bartolomé Cánovas Sánchez, “Los barcos oceánicos a principios del siglo XVI, vida y muerte en la mar”, en V Centenario de la primera vuelta al mundo de Magallanes y Elcano, Revista General de Marina, tomo 277, agosto-septiembre 2019, págs. 320.