Laudatio de Pablo Bueno Sainz (I)

1. Introducción

El pasado lunes 18 de noviembre, en el Instituto de Ingeniería de España –que preside Carlos del Álamo—, tuve ocasión de hacer la laudatio de un nuevo miembro de honor de esa Docta Casa, a favor de Pablo Bueno Sainz, Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, y Presidente de Honor de Typsa, la mayor empresa española de ingeniería.

En la ocasión, me ocupé de destacar, primero de todo, qué es el amplio espacio de la Ingeniería; que crea riqueza y que, al tiempo, mejora la calidad de vida de la ciudadanía. A ese respecto, será conveniente recordar qué es ser ingeniero, en su expresión más clásica y vibrante, significa engendrar ideas nuevas para resolver problemas viejos y actuales, cambiando el propio estado del arte, esto es, la forma de proceder: con nuevos instrumentos y máquinas para transformar el mundo.

En ese sentido, engineer, era el agente más directo de la revolución industrial, el que básicamente operaba las máquinas de vapor, ingeniadas por James Watt, para reforzar en el más alto grado las fuerzas de la naturaleza –el sol, el viento, y las caídas de agua—, con el impulso de los nuevos combustibles masivos; primero el carbón, y después el petróleo y el gas. Los tres, de origen fósil, que hoy están en proceso de reconducirse, ante los peligros que se ciernen sobre la sociedad humana por el calentamiento global y el cambio climático. Y de ahí el resurgimiento de las viejas energías renovables, la solar, la eólica y la hidroelectricidad.

Además del ingeniero que genera ingenios, consideré en mi Laudatio la expresión deus ex machina: «el dios que mueve la máquina», con entusiasmo. Un helenismo que procede de en-theos, en la idea de que lleváramos un dios dentro. Expresión que se originó en los escenarios clásicos de Grecia y Roma, cuando con un medio mecánico activado por fuerza humana se introducía en el drama una deidad: el deus ex machina, como fuerza ineluctable que actuaba para incidir en el desenlace de cualquier proceso.

2. Cómo surgió y se desarrolló la ingeniería

La ingeniería surgió con la propia civilización, tras abandonar el hombre el nomadismo, y organizarse con nuevas estructuras económicas y sociales. Tal como tenemos constancia que empezó a suceder entre hace 12.000 y 10.000 años, en Mesopotamia, cuando los humanos cambiaron su vida errante, entrando así en lo que hoy llamamos Revolución Neolítica. Se hizo posible, pues, el desarrollo de la agricultura, la ganadería, la artesanía, y a la postre del comercio; con la aparición de los primeros asentamientos poblacionales, precedentes de las ciudades.

La ingeniería, ya con la dimensión de una indudable grandeza, se manifestó con el paso del tiempo en obras monumentales relacionadas con la aspiración a prolongar la vida al más allá. Lo que explica cómo surgieron las pirámides de Egipto, desde 3000 a. de C., construcciones formidables para la eternidad de los faraones.

Análogamente, de otra manera, se erigieron monumentos espectaculares a todos los dioses del Elíseo: de la sabiduría, en el caso del Partenón con Palas Atenea, o el Panteón de Roma para las diversas religiones del Imperio. Y también llegó el momento de las construcciones de puro hedonismo, como las termas de Caracalla. En tanto que en el frente de la defensa, contra peligros exteriores de los bárbaros, se construyeron desde la pequeña muralla de Adriano, al sur de Escocia, a la Gran Muralla de China.

Posteriormente, cada vez más, y para atender necesidades concretas, surgieron grandes infraestructuras por doquier. Así, en Hispania, nuestra tierra originaria, se construyeron los puentes de Alcántara y de Córdoba, los acueductos de Segovia y Bará, la presa de Proserpina, el teatro de Mérida, las grandes villas de los patricios con sus mosaicos irrepetibles… Son las célebres obras de romanos, de atrevida ingeniería para su tiempo, y muchas de las cuales se mantienen hoy en pleno uso.

3. Los primeros ingenieros de caminos, canales y puertos

Ya después, en la era contemporánea, en los tiempos iniciáticos de la Revolución Industrial, en paralelo al Siglo de las Luces, el XVIII, surgió el término ingeniería relacionado con las nuevas escuelas de la Ilustración. Como la parisina École Nationale des Ponts et Chaussées, que continua al día de hoy en su acción pedagógica.

Y en cuanto al primer ingeniero civil autoproclamado, hemos de recordar a John Smeaton, que en 1771, con varios colegas formó la Smeatonian Society of Civil Engineers. De la que derivan las actuales sociedades profesionales, hasta la misma TYPSA a que luego nos referimos.

En España, la necesidad de atender con nuevas infraestructuras una población creciente y más urbana, comportó la creación del Cuerpo de Ingenieros, reinando Carlos IV. Con su centro de aprendizaje en la Escuela Oficial de Caminos, promovida por Agustín de Betancourt en 1802, ingeniero civil y militar, gran ilustrado que trabajó para España y también, por un tiempo, para el vasto Imperio ruso. Aquella Escuela tuvo su primera sede en el Palacio del Buen Retiro, y fue destruida el 2 de mayo de 1808 por los intrusos napoleónicos. Para renacer efímeramente en 1814, pero vuelta a cerrarse enseguida por el retorno al absolutismo de Fernando VII: al grito de “vivan las caenas”, y la consigna de “lejos de nosotros la funesta manía de pensar”. 

Reanudó la Escuela su actividad en 1820, pero con nueva interrupción al desmantelarse el Trienio Constitucional con la irrupción peninsular de los “Cien mil hijos de San Luis”. Y por fin, en 1834, muerto Fernando VII y finalizado su despotismo autoritario, la Escuela reabrió sus puertas, ahora en el edificio de la Aduana Vieja, en la madrileña Plazuela de La Leña. Mejorando su Plan de Estudios Don Juan Subercase, gran maestro, pero a quien siempre se le criticó por su influencia en la elección para el ferrocarril del ancho ibérico, frente al europeo, con el efecto aislamiento de toda la Península respecto a la Europa transpirenaica.

En cualquier caso, a mediados del siglo XIX, ya cabía apreciar un alto nivel técnico en las Españas –como había sucedido antes en México y Perú, con ingenieros peninsulares y autóctonos en la era virreinal—, en una serie de obras importantes: las primeras líneas de ferrocarril Barcelona/Mataró y Madrid/Aranjuez, entre 1848 y 1851; o el Canal de Isabel II en 1858, cuando los antiguos viajes de origen árabe de la villa del oso y el madroño se sustituyeron por el canalillo, que transportaba a Madrid el agua cristalina del Valle del Lozoya: todo un empeño hidrológico poco común.

4. Pablo Bueno, un hombre de su tiempo

Entramos ya en el área central de la Laudatio, y lo que seguidamente voy a decir de Pablo Bueno será siempre ex abundantia cordis. Con sentido admirativo por el ingeniero insito en la persona, con su desbordante sentido de la fraternidad, que le une a colaboradores y colegas, desde la sencillez personal de quien siempre habla con claridad, y escucha con atención.

Eso lo tengo comprobado desde hace años, en tiempos de emprendimientos de TYPSA, en los que cooperó mi despacho de entonces, Iberplan. En estudios concretos para desarrollos portuarios en Uruguay, o la nueva configuración de la Plaza del Descubrimiento, en Colón, tras retirarse de allí, en medio de gran polémica, la vieja Casa de la Moneda.

En esas ocasiones, e igual con mi colaboración en los cursos de conferencias de TYPSA –entre la filosofía y la vida real—, tuve ocasión de apreciar mejor aún los trabajos de Pablo Bueno. Reforzándose mi admiración muy especialmente a partir de ser nombrado yo Ingeniero de Montes y también Agrónomo, a título honorífico por la Universidad Politécnica de Madrid. Desde ese nuevo status biingenieril quiero decirle ahora a Pablo aquello de “compañero del alma, compañero, tenemos que hablar de muchas cosas”; con palabras del poeta Miguel Hernández.

Decididamente, Pablo forma parte de toda una estirpe de ingenieros: el nuevo Miembro de Honor del Instituto ha expresado con viveza la gratitud hacia su padre, ingeniero de caminos, egresado de la promoción de 1914, un año terrible en que los amables tiempos de la belle epoque se rompieron para siempre por el estallido de la Primera Guerra Mundial. En aquel mismo ejercicio terminaron en España su carrera apenas 20 graduados para hacer caminos e ingeniar tantas otras cosas. Consolidándose luego la tradición familiar ingenieril de la familia Bueno, ya por tres generaciones.

Pablo estudió la carrera en la vieja Escuela cerca del edificio destruido en 1808, en el parque del Retiro. El mismo lugar en que muchos años después yo viví didácticamente los primeros años de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) como catedrático, en su Facultad de Ciencias Económicas.

Hoy la Escuela de Caminos, Canales y Puertos tiene su sede en la Ciudad Universitaria, gozando del máximo prestigio internacional; clasificada que fue en 2017 como el quinto mejor centro de su clase en todo el mundo, según el Academic Ranking of World Universities.

Cuando acabó la carrera Pablo, en 1960, ya habían pasado los peores años de la posguerra, del racionamiento de alimentos, y estaba culminándose el Plan de Estabilización Económica, en el que de una u otra manera participamos Pablo Bueno y servidor de Vds. Un proyecto que hizo posible pasar de la autarquía a la economía de mercado, con un crecimiento del 7,7 por 100 acumulativo anual, lo que permitió crecer el PIB en 2,6 veces, en sólo trece años. Todo un cambio de faz y entrañas de la sociedad española, con el engrosamiento de las clases medias, lo que luego facilitaría en buena medida la Transición a la democracia.

Los primeros trabajos en su profesión los hizo el joven ingeniero Pablo Bueno en Lummus, la sociedad que durante un tiempo dirigió José Lladó, dentro del marco del entonces mayor banco industrial de España, el Urquijo. La misma entidad, si se me permite que aquí lo recuerde con gratitud, que fue editora, a través de la Sociedad de Estudios y Publicaciones, de mi libro Estructura Económica de España, en sus ediciones 1 a 3, de las 25 que ha alcanzado.

Seguimos: Lummus creció en paralelo al desarrollismo de los años 60, para transformarse en Técnicas Reunidas, la entidad en que Pablo trabajo cuatro años. Hasta que en 1966, la constructora e inmobiliaria Colomina G. Serrano decidió crear TYPSA (Técnicas y Proyectos, S.A.), para dar servicio de ingeniería y arquitectura a las empresas de su grupo.

Pablo dejó Lummus, pese a que José Lladó trató de retenerlo, ofreciéndole un prometedor futuro. Pero por razones bien sencillas, nuestro ingeniero, hoy ya Miembro de Honor del Instituto, sentía una vocación más amplia, en pro del desarrollo de infraestructuras y equipamientos de todas clases; precisamente, las tareas de la nueva TYPSA, a cuyo frente se puso Pablo con toda decisión.

Seguiremos el próximo jueves 19 de diciembre con esta Laudatio, que nos sirve –para recuerdo de todos— para revisitar el desarrollo de la economía española en la que ingenieros como Pablo Bueno han tenido tanta importancia.

Y como siempre, los lectores de Republica.com pueden dirigir al autor sus observaciones vía el correo electrónico castecien@bitmailer.net.