Diálogos sobre Hernán Cortés – 1519/2019 (V)

Dentro del Año Cortés que conmemoramos en Republica.com, continuamos hoy, jueves 21 de noviembre, con la serie de Diálogos Cortesianos, entrando ya en el verdadero nudo de la narración de lo que fueron las vicisitudes de Cortés y sus hombres en México, en la Nueva España.

EN TENOCHTITLÁN

Tenochtitlán era el centro del imperio mexica, sustentado en la Triple Alianza: de México, Texcoco y Tacuba, que en conjunto controlaban otros 38 señoríos ribereños de todo un lago a través del cual se comunicaban. Además, había otros dominios independientes, que habían logrado resistir la fuerza de los mexicas, como eran los de Colima, Michoacán, la Huasteca, el mundo maya y el Soconusco.

Más al norte de Tenochtitlán había culturas avanzadas, en las planicies, montañas y tierras áridas de la meseta del Anahuac (sin agua), donde vivían numerosas etnias diferentes. Unas sedentarias y de agricultores, otras nómadas e indomables. De guerreros, semisalvajes, llamados genéricamente chichimecas, cuya resistencia al dominio español se mantuvo por siglos, y que incluso siguieron luchando contra cualquier poder foráneo después de la independencia.

En ese contexto de señoríos y tribus, la expedición cortesiana llegó a Tenochtitlán el 8 de noviembre de 1519, produciéndose entonces el primer encuentro del señor de los mexicas y del gran capitán español, según vimos. Algo así como si, hoy en día, fueran visitantes de otra galaxia, después de una larga travesía por el universo.

En una de las calzadas de acceso a la ciudad, la del sur, Moctezuma esperaba a Cortés acompañado de unos doscientos señores, y allí mismo, el tlatoani descendió de las andas en que le transportaban. Apoyado en dos hombres, se adelantó a recibir a su huésped, que siempre cauteloso había dispuesto a sus hombres a punto de guerra, desplegando sus banderas, con tambores, y atabales tocando con toda fuerza. Al acercarse al monarca, relatase en la Historia Verdadera –y antes en las propias Relaciones de Cortés—, el capitán español bajó de su espléndido corcel y fue al encuentro de Moctezuma, con ánimo de abrazarlo, lo que le impidieron los acompañantes del emperador mexica.

A la llegada de los españoles, Tenochtitlán se les presentó rodeada por chinampas (jardines flotantes), y de calles y canales (cruzados por puentes, algunos de ellos portátiles) que llegaban hasta la plaza mayor. Hoy el Zócalo, donde se situaban los centros administrativos, los palacios y el templo (teocalli), donde se realizaban los sacrificios humanos.

En los días siguientes, Cortés vio como Moctezuma tenía una familia numerosa: esposa legítima y varias mujeres más, una de ellas, hija del rey de Tacuba; otra era hija del cacique de una pequeña ciudad, Ecatepec. Además, gozaba de muchas concubinas. Las estimaciones del número de sus hijos variaron entre diecinueve y ciento cincuenta.

 

El gobierno del dios anunciado

Al hablar con Cortés –vía Malinche y Aguilar como intérpretes— Moctezuma volvió una y otra vez a referirse al esperado retorno de Quetzalcóatl, y mandó llamar a muchos señores súbditos suyos para ordenarles vasallaje al capitán español y a su rey-emperador. Permanentemente preso después de un grave incidente, Moctezuma estuvo custodiado por los españoles, continuando sus actividades cotidianas como máximo regidor de su propio pueblo. Convivió con Cortés y sus capitanes, les mostró la ciudad y los alrededores, y ya con ese conocimiento más íntimo, el conquistador le pidió que abandonase a sus dioses y que prohibiese los sacrificios humanos. Y ante el asombro y disgusto de los sacerdotes mexicas, se derribaron las efigies de los dioses, se impusieron imágenes cristianas y se celebró una misa en la cúspide del Templo Mayor.

En un momento dado, Moctezuma, preocupado por su permanencia como tlatoani, le insistió a Cortés que se retirase ya de Tenochtitlán, pero la respuesta fue negativa; con la excusa de no disponer de las embarcaciones necesarias, pues las naves en que llegaron, se habían barrenado para hundirlas. Por lo que con la prolongación de la visita, fue cundiendo el malestar entre los mexicas, por las acciones de los conquistadores españoles, y el vergonzante comportamiento del propio tlatoani, sometido a Cortés, y que intentó por todos los medios evitar un levantamiento popular. En ese sentido, a petición de Cortés, Moctezuma dirigió un discurso solemne a su pueblo, en el cual, llorando, se reconoció como vasallo de Carlos V y pidió que se rindiera obediencia a sus barbados emisarios de Quetzalcóatl.

Arribada de Pánfilo de Narváez

Diego Velázquez, desconociendo aún los últimos sucesos en España –Cortés ya Capitán General y Gobernador de la Nueva España por decisión del rey de España y emperador—, confiscó en la isla de Cuba los bienes de Don Hernán y de varios de sus capitanes más señalados. Y organizó una nueva expedición, de nada menos que diecinueve embarcaciones, mil cuatrocientos hombres, ochenta caballos, veinte piezas de artillería y mil auxiliares tainos cubanos –mucho más de lo que había dispuesto Cortés en 1518—, con Pánfilo de Narváez al frente de tal empresa. A quien dio órdenes de arrestar o dar muerte a su antiguo socio.

En ese contexto, Cortés, temiéndose lo peor, quiso solucionar el problema de Narváez personalmente, y salió de Tenochtitlán, marchando a la costa, con cuantiosos efectivos, dejando en la ciudad lacustre una guarnición de ochenta hombres, al mando de Pedro de Alvarado.

Gracias al oro y a promesas hábilmente repartidas, Cortés se aseguró la complicidad de muchos de los hombres de Narváez, sobre todo de los artilleros, que no dispararon, y al final resultó que el ejército recién arribado se pasó prácticamente por entero a sus filas.

Narváez acabó preso en Veracruz, donde rumió su desdicha durante casi dos años, en tanto que los navíos arribados de Cuba, quedaron en los atracaderos, despojados de velas, timones y agujas o brújulas, para que nadie osara hacerse a la mar con ellos.

Matanza del Templo Mayor y muerte de Moctezuma

Mientras se tomaban tales providencias en Veracruz, en junio de 1520, llegaron noticias, de Tenochtitlán, más que alarmantes: había estallado la rebelión de los mexicas, teóricamente ya vasallos de Carlos V, que habían atacado e incendiado la fortaleza donde se encontraban los españoles, quemando los bergantines que ya eran cuatro, en el lago de Texcoco.

Durante la ausencia de Cortés se debía celebrar una ceremonia en honor del dios de la guerra, Huitzilopochtli, y para ello, los mexicas, sumisamente, pidieron permiso al capitán Pedro de Alvarado, quien lo otorgó. Y ya autorizados, siguió un extenso ritual con sacerdotes y jóvenes guerreros que bailaban y cantaban, desarmados, en el gran espacio del templo mayor. En la ocasión, Alvarado, revestido de una autoridad que no le daba mayor sensatez, mandó cerrar las salidas, pasos y entradas al patio sagrado del templo, y realizó la matanza de los allí reunidos.

Al oír tan aciagas nuevas, Cortés partió apresuradamente para el altiplano, llegando a la ciudad lacustre el 24 de junio de 1520. Don Hernán recriminó a Pedro de Alvarado –hombre muy valiente pero poco político—, por el episodio de ruptura de la paz con Moctezuma, pero lo cierto es que algo así tenía que suceder un día u otro. Lo que menos le gustó fue que eso ocurriese sin él poder controlar la situación, estando en Veracruz.

 

La rebelión ya no pudo ser detenida, y la población, ofendida por la actitud del propio tlatoani, gritaba «¡Ya no somos tus vasallos!». Se sentían vejados por el ataque alevoso de los hombres de Alvarado en el Templo Mayor, por lo que sitiaron el palacio de Axayácatl durante más de veinte días, donde los ochenta españoles resistieron como pudieron a miles de atacantes.

De regreso de la costa a Tenochtitlán, con duros enfrentamientos ya en su acceso a la ciudad, Cortés pudo reunir sus hombres en el palacio Axayácatl, donde se defendieron del redoblado acoso mexica. De acuerdo con Bernal Díaz, Cortés llegó de Veracruz con más de mil trescientos soldados, noventa y siete caballos, ochenta ballesteros, ochenta escopeteros, nueva artillería y más de dos mil tlaxcaltecas. A pesar de todo lo cual, era difícil reconquistar las anteriores posiciones.

La Noche Triste

Ante los acontecimientos narrados, por fin se decidió la salida de la ciudad, en la noche del 30 de junio de 1520, la misma que un soldado llamado Blas Botello, nigromante y astrólogo, había predicho que habrían de dejar Tenochtitlán, para no perecer todos. Entre los muchos que murieron, figuró él mismo, y en sus papeles se hallaron los cálculos matemáticos que le habían inspirado tales vaticinios.

Según el primer balance que hizo Don Hernán, en la Noche Triste, murieron ciento cincuenta españoles… y cuarenta y cinco yeguas y caballos, amén de más de dos mil indios auxiliares, entre los que mataron a tres hijos de Moctezuma, y a señores mexicas que se llevaban presos.

Del lado mexica, en los días siguientes a la Noche Triste, se eligió al nuevo tlatoani, sucesor de Moctezuma, Cuitláhuac, un hombre reflexivo según parece, pero que al poco tiempo murió de viruela y fue sustituido por Cuauhtémoc. Quien para ser elegido había mandado asesinar a varios hijos de Moctezuma susceptibles de tomar el poder y, en particular, al favorito, al designado para su sucesión, a quien se conocía por el nombre de Asupacaci. En otras palabras, la letal epidemia hizo que Cortés tuviera en Cuauhtémoc un adversario mucho más temible que al sosegado Cuitláhuac.

Y ahora, vistos los sucesos hasta la Noche Triste, transcribimos para los lectores de Republica.com el diálogo final entre el autor y su enigmático interlocutor, sobre las vicisitudes de Cortés y su esforzado ejército de españoles e indígenas que le profesaban lealtad.

El diálogo en directo

  • Hasta su llegada a Tenochtitlán, Moctezuma no quiso ver a Cortés. ¿Tanto temía los negros augurios de Quetzalcóatl…?
  • Ciertamente. En cambio, a Don Hernán las profecías del dios agorero no le parecieron malas, sobre todo por su efecto de atemorizar al tlatoani… Aparte de eso, Cortés iba representando a un rey-emperador y a un Dios distinto, con la divina misión de evangelizar, según lo mandado en las bulas papales de 1493. Hay que comprender la época: se estaba entonces en un mundo en el que el Olimpo azteca y el mundo celestial cristiano contaban casi más que la vida real. Los mexicas eran temerosos de sus dioses, y los españoles se movían por su impulso cristiano, superior a cualquier otra cosa.
  • Seguro que ambos tenían tales representaciones y misiones propias. Pero a la hora de luchar Cortés no vaciló en nada y recurrió a matanzas y castigos cruentos. Además, ¿no se valió el conquistador de su superioridad tecnológica, que decimos hoy: pólvora, cañones, arcabuces, caballos, espadas de acero…?
  • Claro, como en cualquier otra conquista. Años después, en el mar, los barcos ingleses evolucionaron mejor que los españoles, y sus cañones tenían un tiro mucho más largo. Pero no todo era tecnología. La organización de los efectivos humanos y su calidad militar fueron algo decisivo. Y sobre todo, Cortés supo asociarse a los enemigos de Moctezuma, convirtiéndolos en sus indispensables fuerzas auxiliares: totonacas, zuatlatecas, tlaxcaltecas, cholutecas, etc. Se dice que los indios conquistaron México en 1521, y que fueron los españoles (criollos) los que le dieron la independencia en 1821.
  • ¿Y de Moctezuma, qué?
  • Que al parecer Don Hernán llego a convencerle de aceptar el vasallaje a Carlos V. Pero luego, llegó la guerra total, que era inevitable. Como mucho después habrían dicho Darwin o Wallace, con el evolucionismo, vencieron los más aptos por su experiencia, que en este caso indudablemente eran los españoles.
  • ¿Y cómo Cortés no fulminó a Alvarado, verdadero causante de la Noche Triste?
  • Por lo que antes se ha dicho: la guerra total era inevitable, y Cortés lo sabía. Lo que hizo Alvarado fue adelantarla más o menos, pero, en cualquier caso, llegó la hora…

 

  • Último tema: ¿no tuvo Cortés la idea de desistir después de la Noche Triste? ¿Cómo hizo que tras una retirada así, retomara la iniciativa?

  • Esa es la cosa. Cortés no era cualquiera: lo había arriesgado todo al emprender la aventura. Y tras la noche triste tuvo la certeza de que había perdido una batalla, pero que ganaría la guerra. En Otumba, siete días después, se confirmó ese pensamiento. Además, si hubiera desistido, amén de la desvergüenza de la derrota, tendría que haber respondido ante la justicias.
  • ¿Don Hernán se sentía predestinado?
  • Eso tal vez lo sabían Malinche y Sandoval, su amante y su gran amigo… Pero creo que no escribieron nada al respecto.

Seguiremos, dentro del Año Cortés de Republica.com –en medio de un olvido manifiesto, insistimos, del Gobierno, ignorante de lo que fue la historia verdadera de la conquista de la Nueva España— la próxima semana. Y hasta entonces, el autor recuerda su correo electrónico de contacto, para observaciones: castecien@bitmailer.net.