El FMI (I)

Del sistema monetario internacional fustgrado, a la moneda global

Introducción

La semana última, comentábamos un artículo especial del semanario The Economist, sobre las expectativas socioeconómicas mundiales, del que he recibido numerosas manifestaciones de interés. Creo que por lo que significaba de intento de análisis de los principales problemas y sus potenciales soluciones.

Hoy volvemos a una referencia muy próxima a The Economist, concretamente el Financial Times: el diario económico más importante en el mundo, aunque The Wall Sreet Journal compite con él, sobre todo en EE.UU. y el área del Pacífico.

Dentro de ese diario, resplandece el columnista Martin Wolf, que normalmente presenta sus artículos con profusión de diagramas y otros esquemas; explicativos del funcionamiento de las variables de los más diversas cuestiones. Con la particularidad, muy apreciable, de que esos artículos tienen un fondo filosófico, de lo que es la realidad, que no aparece esbozada de una manera fotográfica, sino como un cuadro impresionista: en el que se mueven los hechos y sus promotores con un sentido lógico en una u otra dirección.

En el número del pasado 11 de julio, Martin Wolf escribió un artículo de lo más incisivo, titulado “Renovando las reglas de la buena conducta”. En el que recordó la efemérides de los setenta y cinco años del Fondo Monetario Internacional (FMI), creado en 1944. Cuando la Segunda Guerra Mundial ya tocaba a su fin, como propósito de cooperación monetaria y financiera para tiempos de paz. Destacando como propósito la cooperación para facilitar la recuperación de la economía mundial tras una guerra que empezó en 1939, con toda clase de destrucciones y otras penalidades. Se trataba, a la postre, de que el FMI hiciera menos factible el proteccionismo, y fomentara nuevas instituciones cooperativas. A diferencia de lo que sucede hoy, cuando el proteccionismo se manifiesta en una guerra comercial cuyas consecuencias todavía no vislumbramos, pero que ciertamente no serán las mejores.

Ese cumpleaños del FMI, nos da base hoy para iniciar un artículo referente a esta institución, que tanto significó para la cooperación monetaria, que de hecho empezó a funcionar en 1948 –con el Plan Marshall—, y que se mantuvo vigente por un cuarto de siglo, hasta 1971, cuando los propios promotores del invento, EE.UU., abandonó el encaje oro de su moneda a efectos de finanzas mundiales.

En Bretton Woods, 1944, se tomó el acuerdo de ir a un sistema monetario internacional, que tenía, de hecho, una moneda mundial. La misma de los EE.UU., el dólar, dentro del sistema del patrón cambios oro/dólar, del que precisamente vamos a explicar algo en más de una entrega de este artículo. No sin una cierta nostalgia (por mucho que dijera José Luis de Villalonga que “la nostalgia es un error”), veremos como, casi sin percibirlo, teníamos una unión monetaria internacional, que podría haber seguido funcionando indefinidamente, si se hubieran respetado sus reglas por el principal promotor, precisamente, de la propia unión: los abusos económicos de EE.UU. en la economía mundial.

Se levanta el telón, y comienza esa visión de una de las dos grandes instituciones de Bretton Woods, 75 años después.

Delegados de la Conferencia de Bretton Woods en 1944

Del fin del Patrón Oro a la creación del Fondo Monetario Internacional

Las relaciones económicas internacionales, ya sea comercio de bienes, intercambio de servicios, transferencias por diversos conceptos (remesas de emigrantes, donaciones, etc.) o movimientos de capital, exigen la materialización de unos pagos que pueden ser en oro, monedas aceptadas por ambas partes, que generalmente reciben el nombre de divisas, o en efectos de las mismas (cheques, letras de cambio, pagarés, tarjetas de crédito, etc.).

En la Era del librecambio (1840/1914), al encontrarse los principales países dentro del régimen de Patrón Oro (sus monedas eran convertibles en ese metal a un tipo de cambio fijo), los pagos internacionales no ofrecían, desde el punto de vista técnico, mayores dificultades. Las transacciones de todo tipo se liquidaban en cualquiera de las monedas convertibles en oro. En el caso de los países no insertos en el sistema, la realización de los pagos internacionales se hacía en divisas convertibles (generalmente en dólares o libras esterlinas), al cambio de cada moneda al tipo al que se cotizaba en el momento1.

En definitiva, el abandono del Patrón Oro clásico durante el período de entreguerras, 1931/1939, como consecuencia de la Gran Depresión, restó fluidez a los pagos internacionales que se vieron muy traumatizados. Casi todas las monedas —excepto el dólar, y aun así con una serie de limitaciones— dejaron de ser convertibles en oro, y el comercio internacional pasó a realizarse en buena parte a través del sistema de clearings, cuentas bilaterales de compensació de dos o más monedas sin convertibilidad.

La rigidez de ese sistema de pagos, comportó una fuerte contracción del comercio internacional, así como el uso sistemático de la devaluación (el cambio a la baja de la paridad teórica autodeclarada de cada moneda con respecto al oro o al dólar), como arma comercial de uso doble: para aumentar el grado de competitividad en las exportaciones y para obstruir las importaciones.

Esa situación provocó un verdadero marasmo en las relaciones económicas internacionales entre 1929 y 1939, el período ya citado como la Gran Depresión, de la cual parecía que no podría salirse sino a través de dos vías: la vuelta a la convertibilidad oro de las monedas (restauración del Patrón) con grandes dificultades, o con el establecimiento de algún tipo de disciplina monetaria internacional.

El primer camino no presentaba viabilidad a largo plazo, ya que de ensayarlo un país concreto por sí solo, como de hecho lo intentó el Reino Unido, entre 1926 y 1931, manteniéndose los demás al margen de la convertibilidad, el resultado sería (por las operaciones de conversión que hiciesen estos últimos) la liquidación de las reservas de metal amarillo del país con Patrón Oro.

El segundo camino, concebido como la instrumentación de una cierta disciplina monetaria internacional, empezó a plantearse, tímidamente, en 1936, con un primer atisbo de reglamentación monetaria internacional: el llamado «Acuerdo Tripartito sobre tipos de cambio», concluido el 25 de septiembre de aquel año, por Estados Unidos, Reino Unido y Francia, justamente tras la devaluación del franco francés2. Con ese Acuerdo Tripartito –al que más tarde se unieron Bélgica, Holanda y Suiza—, se acordó mantener tipos de cambio fijos entre las monedas de los países adherentes, así como no recurrir a la devaluación como arma competitiva. Se estableció de esa forma un primer registro internacional de las paridades, precedente del sistema que más adelante adoptaría el propio Fondo Monetario Internacional.

Los intentos de extender el Acuerdo Tripartito no tuvieron éxito, lo cual no resultó extraño en una época de tensiones internacionales como fue la que transcurrió entre 1936 y 1939, y que el 1 de septiembre de ese último año se transformó en una contienda bélica generalizada. Precisamente a lo largo de ésta, y sobre la base del núcleo anglosajón y de sus aliados, empezó a prepararse algún tipo de cooperación monetaria internacional para la posguerra.

Esas conversaciones durante la segunda guerra mundial sobre la cuestión monetaria fueron largas y prolijas3, si bien en julio de 1944, tras el enfrentamiento de las tesis de John Maynard Keynes, y Harry Dexter White (EE.UU.), se llegaba en Bretton Woods (un hotel en el estado norteamericano de New Hampshire) a un acuerdo para la creación del Fondo Monetario Internacional (FMI), que más tarde fue incluido en el sistema de las Naciones Unidas.

Desde entonces, el FMI, por su capacidad de adaptación a las circunstancias cambiantes, fue el centro institucionalizado del sistema monetario internacional, que estuvo vigente hasta 1972, así como foro para cuestiones de financiación internacional; en paralelo al Banco Mundial, la otra pieza de Bretton Woods, una instutición de crédito para el desarrollo, tras las destrucciones de la Segunda Guerra Mundial, y después a efectos de los países menos desarrollados.

Todo lo anterior se refiere al mundo capitalista porque si bien la URSS participó en la Conferencia de Bretton Woods, no llegó a formar parte del FMI. Otros países de la órbita comunista, como Polonia y Checoslovaquia, sí llegaron a ser miembros, aunque salieron de él ulteriormente. Polonia se retiró en 1950 y Checoslovaquia fue expulsada en 1954. Cuba abandonó el FMI en 1964 y la China Popular no llegó a ingresar en él. Así, pues, prácticamente todo el mundo socialista de por entonces se encontró al margen del sistema del FMI4. Sus mecanismos de pagos con el mundo capitalista se basaban en sistemas de clearings bilaterales —los mismos que tan activamente funcionaron en Europa occidental entre 1945 y 1947—5 o simplemente en el empleo de oro o de divisas convertibles para la liquidación de operaciones.

El FMI es un organismo especializado de las Naciones Unidas que desempeña tres clases de funciones interrelacionadas: establecía las normas del sistema monetario internacional (hasta 1972), presta asistencia financiera en determinados casos a los países miembros, y actúa como órgano consultivo de los Gobiernos.

A todo eso y mucho más nos referiremos en la segunda entrega del artículo, el jueves 25 de julio, día de Santiago, Patrón de España. Y como siempre, el autor queda a la disposición de los lectores de Republica.com en castecien@bitmailer.net.

1 Para un estudio del sistema del Patrón Oro, puede verse la obra ya clásica de P. T. Ellsworth Comercio internacional, versión española, FCE, México, 1955 (la primera edición inglesa data de 1938), págs. 155-211. Para el período subsiguiente al abandono del Patrón, J. B. Condliffe La reconstrucción del comercio mundial, versión española, Sudamericana, Buenos Aires, 1942.

2 L. B. Yeager, International Monetary Relations, 1966, págs. 317 y sigs.

3 Pueden verse excelentes resúmenes de estas conversaciones en el libro de M. Varela El Fondo Monetario Internacional (Guadiana de Publicaciones, Madrid, 1968, págs. 23 y sigs.), así como en el capítulo II de la obra de J. Sardá La crisis monetaria internacional (Ariel, Barcelona, 1968).

4 Realmente, la excepción fue Yugoslavia, que sí siempre fue miembro del FMI.

5 Sobre los problemas monetarios europeos de esa época, obras básicas siguen siendo El caos monetario, de Robert Triffin (versión española), FCE, México, 1961 y Fred L. Block, Los orígenes del desorden económico internacional, versión española, FCE, México, 1980.