Nuevas expectativas mundiales

El semanario The Economist, cuyo primer número se publicó en 1843, mantiene una extensa circulación de lectores inteligentes, incluso cada vez más amplia. Porque sigue siendo la convocatoria hebdomadaria más utilizada por los economistas de todos los países.

Debe recordarse aquí y ahora que la palabra economista nació en Francia, en el siglo XVIII, en el desarrollo de las teorías económicas de los fisiócratas (entre ellos Turgot y Quesnay). Algunos de ellos, amigos que se hicieron de Adam Smith, en su viaje por Francia, como preceptor del III duque de Buccleuch, hijastro de Charles Townshend.

Fue entonces cuando, como recuerda Joseph Schumpeter, surgió la peligrosa secta de los economistas. Que no vacilaron en criticar a los propios reyes franceses, empezando por Luis XIV. Como embaucadores del país, en busca de su propia grandeza, con guerras inacabables que arruinaban las propiedades privadas, y llevaban a la muerte a los hijos de las francesas en los campos de batalla. A esos peligrosos economistas dedicó asimismo Schumpeter la frase de que querían revelar a la humanidad el sentido oculto de sus luchas.

Hoy en día, The Economist sigue siendo una mezcla de pensamiento y utilitarismo, informando sobre cualquier clase de cosas, desde filosofía hasta nanotecnologías, con un panorama central de cuestiones económicas. Pero sin olvidar nunca que el economista que sólo es economista, ni siquiera es economista. Esto es, para hoy poder opinar de casi todo, es necesario tener en cuenta muchos factores que a veces se olvidan.

Recuerdo que en los años 80, The Economist propuso al Rey Juan Carlos I como posible candidato al Premio Nobel de la Paz, por haber apoyado la Transición a la Democracia. Pero en este bendito país que es España, casi nadie se hizo eco del portento que habría sido tener un rey coronado con el Nobel. No hubo campaña de nada, y en cierta ocasión que hablé con el Rey del tema, noté en él una especie de amargura, pensando, sin duda, que los españoles nunca saben valorar lo que tienen.

Luego, en los años 90, recuerdo muy bien que The Economist se ocupó de seguir muy de cerca la evolución del Sistema Monetario Europeo (SME), con el que se llegó a una fluctuación del tipo de cambio del ECU de nada menos que el 15 por 100, para que no se rompiera el sistema. Un acuerdo que recibió las santas bendiciones de The Economist, que veía en la ruptura del SME una tragedia en el proceso europeísta, que finalmente, en 1998, llevó a la creación del Banco Central Europeo y el nacimiento del euro.

Y precisamente por aquel tiempo, escribí al Director de The Economist, anunciándole mi idea de proponer al semanario como candidato al Premio Nobel de Economía. La respuesta no pudo ser mejor: “Hágalo Vd., y si ganamos vamos a medias”. El humor inglés una vez más.

Actualmente, en sus preocupaciones The Economist visita con frecuencia los temas medioambientales, la inteligencia artificial, la digitalización progresiva de todo, etc. Como se ocupa también de las tensiones entre China y EE.UU., y es raro no ver en sus páginas, a lo largo de un mes, tres o cuatro grandes asuntos en relación con el futuro de los problemas humanos.

En ese sentido, se me ocurrió decir que “The Economist es una especie de subgobierno mundial de la economía”, porque todos los temas que toca les da una especie de aurea universal. Y mi interés por el periódico en cuestión –en lo que también mi maestro Juan Velarde está en primera fila, según comentaba hace pocos días en ABC—, hace que el semanario siga siendo permanente objeto de consulta.

Ahora me referiré más en concreto a la separata que en la semana del 6 de julio publica The Economist, titula The world. If…, haciendo una serie de referencias a nuestro futuro común, en cuestiones que podrían tener un desarrollo u otro, dándoles entrada con el condicional anglosajón if (si) para formular hipótesis de máxima gravedad en una serie de casos. De manera que si ocurriera algo malo en el escenario, tendría consecuencias graves y de larga duración.

La selección de esas condicionalidades a que nos referimos, el primer tema es la posible crisis de China y EE.UU., en un escenario que se sitúa en octubre de 2020, cuando los enfrentamientos sino-norteamericanos podrían alcanzar el máximo de gravedad en las aguas costeras del Pacífico, entre Japón y Vietnam: tres mares en los que China pretende el dominio absoluto, Mar Amarillo, Mar de la China Oriental, y Mar de la China Meridional.

En esos escenarios, habría un enfrentamiento entre el Modelo Xi Jinping y la estructura política militar de EE.UU. Las consecuencias no podrían ser peores, y por ello el planteamiento de formas de distensión es absolutamente necesario, en lo que está a favor el hecho del gran intercambio económico entre EE.UU. y la República Popular que fundó Mao.

Otra cuestión que se suscita es si EE.UU. dejara la OTAN, planteándose si los países europeos están en suficiente preparación para una defensa propia. Empezando por las dudas que suscitan las cuestiones sugeridas por Francia, de un ejército común, con un arma atómica también ya única, al salir el reino Unido del conglomerado europeísta con el Brexit. La cuestión queda pendiente.

Otro tema, quizá de los más interesantes, es qué va a pasar en Egipto. Un país con 100 millones de habitantes, en gran parte en una pobreza tradicional, en un espacio vital (lo demás es desierto), no mayor de 30.000 km2 en el Nilo; el tamaño de Cataluña, con una población 13 veces la de las cuatro provincias catalanas.

En este caso, la conclusión es clara: si Egipto colapsara, el estado islámico podría quedar como un residuo histórico más bien pequeño, potenciándose el islamismo más agresivo de forma casi increíble. La pregunta, al final, es si el régimen autoritario del General Sisi puede atajar la cuestión.

Otro tema es si tenemos a la vista un exceso de robots, o si por el contrario vamos a necesitar mucha más fuerza de inteligencia artificial para atender a las necesidades de una población envejecida. Que obliga a pensar en una sustitución masiva de fuerza de trabajo humano por seres inanimados, pero que cada vez son más sofisticados en su parecido a nosotros mismos.

Un tema quizá menor dentro del conjunto de cuestiones, pero muy americano, que se diría otros, es si en EEUU se va a establecer un impuesto sobre la riqueza para frenar la desigualdad económica del país. Se trata, en palabras sencillas, de si la propuesta de Piketty a ese respecto podría prosperar. Pero ya digo que es un tema menor en relación con los demás, aunque The Economist no oculta su propensión a ese gravamen de reforma del modelo vigente en el Estado más rico del mundo.

También un tema menor, comparativamente, es el de si la Unión Europea va a mejorar su mecanismo de servicios, y especialmente si va a tener suficiente nivel todo el tema de la digitalización de la economía. En esa línea, las referencias a Facebook, que hoy por hoy aparece como el líder máximo del cambio a la digitalización, son abundantes.

Los tres últimos temas restantes a los que se refiere The Economist son fundamentales, pero por cuestión de espacio en este artículo, vamos a pasar por ellos con una cierta rapidez.

Se trata, primero, del menor efecto creciente de los antibióticos en la lucha contra las enfermedades. Por la adaptación de las cepas de los diferentes atacantes biológicos al nuevo mundo creado por los fármacos. Por la consecuencia de que puede llegar un momento en que esos antibióticos no sean útiles para resolver enfermedades que hoy están bajo control todavía. El tema está en estudio, y no bastará con ir encontrando nuevos antibióticos que soslayen las nuevas cepas mutantes.

El segundo tema final es el que me parece más importante. Y se trata de la previsible incapacidad de los humanos, que a pesar del Acuerdo de París de 2015, podrían ser incapaces de controlar el cambio climático, que cada vez se presenta más agresivo. Especialmente en la fusión de hielos polares, elevación de las temperaturas, subida del nivel del mar, etc.

Hasta tal punto está la cosa en deterioro continuo, que The Economist se lanza a la idea, expuesta hace tiempo, de la geoingeniería. Esto es, de situar en la atmósfera, masivamente, partículas de SO2, bióxido de sulfuro, para refrescar el ambiente que hoy se caldea con el CO2 y otros gases de efecto invernadero. En este caso, la insistencia de The Economist en una campaña de cambiar la composición de nuestra atmósfera, me parece sorprendente e inquietante. Porque si empiezan a transformarse espacios naturales de tal amplitud y naturaleza, con intervenciones humanas, seguramente no tendremos medios de prever qué puede pasar a largo plazo. Se sabe cómo empiezan algunos proyectos, pero no cuando acaban.

Y por último, un tema histórico, que para mí es especialmente interesante. Se trata de saber si con un Tratado de Versalles en mejores condiciones que el de 1919, podría haberse evitado la Segunda Guerra Mundial, que se inició diecinueve años después de haber terminado la Primera. En lo que surge la inevitable referencia a John Maynard Keynes y su libro Las consecuencias económicas de la paz, en el que criticó con extrema dureza la decisión de imponer a Alemania compensaciones de guerra que habrían llegado a un 160 por 100 del PIB germano de 1913: un completo disparate, que junto con otros del propio Tratado, generaron el sentimiento de revancha que aprovechó Hitler tan demoniáticamente para iniciar, el 1 de septiembre de 1939, la Segunda Guerra Mundial.

Aunque un tanto separado de los problemas actuales, esa terminación histórica es muy oportuna. Hoy en día, no hay tratados de paz entre las dos Coreas, ni entre Japón y Rusia, y hay tensiones militares por todas partes. Precisamente porque no hay un acuerdo fundamental, que podría ser el Versalles ideal para el futuro, de transformar un mundo de hegemonía norteamericana y de búsquedas chinas de un mayor poder, en un sistema multipolar de gobierno global en un conjunto de protagonistas: EE.UU., China, Iberoamérica, Rusia, la UE, África, y el sur y sudeste asiático.

Fin del artículo, y recomendación a los lectores de Republica.com de que se hagan con la separata de The Economist para una lectura tranquila. Es lo mejor que pueden hacer en estas tardes de verano en que el sol se nos manifiesta en toda su potencia.

Y como siempre, el autor queda a disposición de los lectores en castecien@bitmailer.net.

  1. MCARTHUR says:

    Amén, señor Urbaneja, amén. Hemos cometido uno de los mayores errores con la educación, también de capa caída en otros países en cuanto a exigencia académica aunque sin llegar al continuo desbarajuste español, dividido además en diecisiete compartimentos.

  2. antonio says:

    Históricamente el desastre educativo y la irrelevancia investigadora en España (que posee, al menos los mismos cerebros capaces que cualquier país de su entorno) se ha debido a la influencia de la Iglesia y los Sindicatos. Ninguno de estos estamentos desea una ciudadanía ilustrada y consecuentemente difícil de pastorear. Pero a ud. se le olvida otro representante de las tradicionales “manos muertas”: la endogamia universitaria; y como muestra el botón que es la Complu, coto cerrado, en este caso de una tendencia claramente delimitada que va desde su rector a sus cátedros y profesores.