Sobre polemología (III)

NOTA BENE: Ya en el verano profundo, como decíamos hace una semana, en lo que los italianos llaman el ferragosto –y que aquí deberíamos decir Virgendagosto, seguiremos con nuestro trabajo, iniciado el jueves 2 de agosto, sobre polemología ya en su tercera entrega. No sin dedicar esta “nota bene” a la situación que puede estar formándose a escala mundial.  Me refiero a la posibilidad de que estén convergiendo una serie de sucesos negativos de bastante calado, que en cierto modo presagian una posible crisis económica; de dimensiones aún difíciles de prever, pero que podrían ser importantes si no se ponen remedios ya desde ahora. Se trata de la política de Trump, desde EE.UU, del viejo proteccionismo contra la globalización, con una visión miope de la realidad económica mundial, que ya amenaza seriamente la propia dinámica del comercio internacional. En ese sentido, las tendencias muestran un freno claro al dinamismo de los intercambios, que son la base de la creación de riqueza para todos. Con posibilidades de contraccion de cierta entidad.  A eso se unen también otras ramificaciones de la política dirigida desde Washington, y sobre todo las decisiones sancionadoras, también de Trump, que están creando la duda de si los turcos seguirán creciendo. Con efectos ya perversos en la Unión Europea, y especialmente en España donde hay algunas empresas con fuerte exposición de riesgo a la economía otomana, que están cayendo en la bolsa de manera importante, especialmente el BBVA. A todo ello se une el Brexit con sus negociaciones y contra negocioaciones de cada día, asi como las desavenencias dentro de la UE, que no producen sino una cierta parálisis de inversiones etc. Sin más y sin menos, pasamos ya al tema que nos está ocupando estos últimos jueves de verano: la polemología, empezando por la gran figura histórica de Hernán Cortés.

La semana pasada, en nuestro recorrido por la cuestión indicada de la polemología, veíamos el enorme impacto que tuvo el libro de Tácito sobre la inquietud permanente que se sentía en Roma, en relación con los germanos. Lo cual conducía a un autoritarismo notable, por el que se interesaron los propios nazis, con la asidua lectura del gran historiador romano, que produjo un  pequeño libro tan importante, titulado precisamente “Germania”.

Tras visitar los temas del Tácito y también al Gran  Capitán y sus Tercios, ambos como grandes estrategas mundiales, uno en la antigüedad clásica y otro en el Renacimiento, pasamos a ocuparnos, pues de Hernán Cortes. Quien en su batalla por la reconquista de Tenochtitlan, en 1521,  desarrolló toda una serie de acciones militares, que examinados seguidamente, y que han causado asombro y elevado la figura del propio conquistador.

Hernán Cortés[1]

Hernán Cortés (Medellín, 1485/Castilleja de la Cuesta, 1547), fue el mayor conquistador español de todos los tiempos. Creador de la Nueva España, México. Hombre excepcional, como navegante, guerrero con alta visión de la estrategia y la táctica, colonizador, hombre de Estado, diplomático, buen escritor. Su encuentro con Moctezuma en Tenochtitlán (8.XI.1519) fue el momento más legendario de la Historia de la conquista de las Indias, y su despliegue de ingenio para hacerse con el Imperio mexica fue único, asociado a su favor a naciones indígenas y fundamentalmente a los traslealtecas frente a las aztecas.

Don Hernán no logró conciliar sus intereses con los de Carlos V y en su segundo viaje a España: apreciar el desdén con que le obsequiaba el Emperador, tal vez por envidia de sus grandes gestas, y también por la gran riqueza que había procurado para España y que le daba pie a  gran poder. Quiso organizar su vejez volviendo a la Nueva España para dedicarse a navegar por el Pacífico, para lo cual llegó a tener su propio astillero. Pero los avatares financieros y las rencillas con la administración hicieron que ese retorno a su querida Nueva España fuera imposible. Acabó sus días en Castilleja de la Cuesta (Sevilla), a los 63 años, lleno de proyectos –entre ellos, la conquista de China-  acosado por sus acreedores.

Incluimos entre los genios militares universales a Hernán Cortés (1485-1547), sobre todo por lo que fue su acción decisiva de la reconquista de Tenochtitlán, en 1521, entre abril y agosto, con una preparación militar tan minuciosa como sorprendente.

Tras una primera fase de relación pacífica con los mexicas (luego más conocidos como aztecas), Cortés y sus fuerzas más adictas escaparon de la ciudad en la laguna, para prevenir lo peor: ser exterminados por Cuauhtémoc, con tiempo para salvar sus vidas de lo que seguramente habría sido un gran desastre, La noche triste de 30 de junio de 1520. Situación muy depresiva de la que Cortés se recuperó con la providencial batalla de Otumba (7.VII.1520) en la que salvó su vida y la de sus seguidores. Luego, lejos de dejar México para volver derrotado a Cuba, ya había quemado las naves para evitarlo, vino una larga y minuciosa preparación de la gran batalla que habría de librar para ocupar Tenochtitlán.

A fines de abril de 1521 terminó la primera fase de preparación, cuando concluyó el quebrantamiento de los aliados externos de Cautenoc en torno a la gran laguna de Tenochtitlán. Cerró las salidas de la ciudad, puso en navegación los trece bergantines por él mandados construir, saliendo de sus zanjas (verdaderos diques secos donde se montaron) para entrar en el lago.

Tras tales preparativos, Cortés hizo en Texcoco el alarde del 28 de abril de 1521, por el que confirmó que sus efectivos españoles, gracias a los refuerzos recibidos, casi habían duplicado el menguado ejército que le quedó después de la Noche Triste. Convocó a sus aliados indígenas de Tlaxcala, Huejotzingo, Cholula y Chalco, sobrepasando los 50.000 hombres de guerra, que más tarde llegarán a 150.000, siempre según las Crónicas, que solían magnificar las cifras.

Todo el mes de mayo, de 1521 se pasó en los últimos preparativos para el sitio de la ciudad, ocupando tres de las entradas de la misma, y designando guarniciones y capitanes para cada una de ellas. Por otro lado, a cada uno de los trece bergantines se les proveyó de una pequeña pieza de artillería, y de dos piezas a la nave capitana. E igualmente asignó sus misiones en detalle a los ballesteros, escopeteros y remeros a bordo de cada bergantín.

Del lado contrario, los tres señores de la Triple Alianza, Cuauhtémoc, Coanácoch y Tetlepanquétzal, lograron reunir en México alrededor de 300.000 hombres y miles de canoas para afrontar el sitio. Fortalecieron la ciudad cuanto les fue posible y reforzaron sus defensas. Lógicamente, acopiaron víveres, armas y proyectiles para lo que pensaban sería una gran batalla.

En los últimos días de mayo, los sitiadores cortaron el acueducto que llevaba de Chapultepec el agua a la ciudad, y el día último del mes se inició la lucha en tierra y por agua, con Cortés a bordo de uno de los bergantines. Comprobándose de inmediato la gran eficacia de la nueva arma artillera, que logró desbaratar una flota de indígenas que pasaba de quinientas canoas.

Fue una guerra de desgaste: los españoles atacaron, y los bergantines, además de apoyar las acciones de los sitiadores, fueron asolando y quemando las construcciones de Tenochtitlán. Gradualmente, fue progresándose en la ocupación.

Sin embargo, los sitiados conservaban un punto fuerte e intacto, en el que tenían provisiones: el mercado de Tlatelolco, al noroeste de la ciudad. Era, pues, preciso tomarlo, y Cortés dio instrucciones a Alvarado y a Sandoval para que concertasen sus acciones sobre ese objetivo, pero la misión fracasó con grandes pérdidas de los españoles, lo cual alargó todo el sitio y exacerbó la lucha: “los de la ciudad hicieron muchos regocijos con bocinas y atabales y volvieron a abrir sus “calles y puentes del agua como antes los tenían”.

Fue sólo una breve tregua y el sitio y el acoso se mantuvieron. Se recuperó la moral de victoria en el campo de Cortés, con refriegas que continuaron día tras día, cuando el hambre iba debilitando a la indómita población indígena. De noche, sus más esforzados elementos salían a buscar raíces y hierbas, y en una ocasión, al alba, los soldados españoles atacaban a las mujeres y a los muchachos inermes que estaban en esa tarea.

La penetración de la ciudad siguió avanzando. El día siguiente al de la hazaña contra las mujeres y los muchachos buscadores de algo que comer, los españoles lograron tomar toda la importante calzada de Tacuba, y la gente de Cortés pudo ya comunicar entre sí todos los grupos de españoles. Ese mismo día se quemó el palacio de Cuauhtémoc. Para entonces, 24 de julio, los sitiadores ya eran dueños de las tres cuartas partes de la ciudad.

Cortés intentó una y otra vez persuadir a los mexicas de ir a su rendición, pero la respuesta que obtuvo fue de burlas y de gritos fatalistas: “no queremos sino morir”. Trató también de hablar personalmente con Cuauhtémoc, pero éste no se avino y engañó y burló a Cortés, acaso porque el señor de México temía quebrantar su decisión de defender su cuidad hasta la muerte.

Cuando ya no quedaba en tierra reducto para los indios, los bergantines perseguían por el lago las canoas. Y en esas se estaba cuando García Holguín, capitán de un bergantín, logró apresar la piragua en que iban Cuauhtemotzin, Coanacochtzin, Tetlepanquetzaltzin, señores de México, Texcoco y Tlacopan. Los tres vestían mantas de maguey, muy sucias, sin ninguna otra insignia. Junto con su jefe Sandoval, García Holguín, llevó a los prisioneros ante Cortés, que se encontraba en una azotea en el barrio de Amaxac. El breve diálogo que consignó el propio conquistador fue como un medallón de noble patetismo:

Cuauhtémoc llegóse a mí y díjome en su lengua que ya él había hecho todo lo que de su parte era obligado para defenderse a sí y a los suyos, hasta venir en aquel estado; que ahora hiciese de él lo que yo quisiese; y puso la manos en un puñal que yo tenía, diciéndome que le diese de puñaladas y le matase.

En aquel momento cesó por agotamiento la terrible batalla. El prendimiento de Cuauhtémoc, último señor de México-Tenochtitlán, ocurrió la tarde del martes 13 de agosto de 1521, día de San Hipólito; para los mexicas era el día ce cóail segundo de la veintena xocolhuetzi, del año yei calli. El sitio de la ciudad había durado 75 días, según Cortés, pues para él se había iniciado el 30 de mayo.

Terminamos, así, con la gran figura de Cortés, como capitulo III de nuestra Polemología. Y prepárense para la próxima semana, cuando tendremos ocasión de repasar dos clásicos de gran magnitud, Bonaparte y Clausewitzt. Y mientras tanto si los lectores de Republica.com quieren ponerse en contacto con el autor, pueden hacerlo a través del correo electrónico  castecien@bitmailer.net.

[1] José Luis Rodríguez, Hernán Cortés, Fondo de Cultura Económica, México, 1990. También Juan Miralles, Hernán Cortes. Inventor de México, Tusquets, Barcelona, 2001.

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