Sobre polemología (II)

NOTA BENE: En medio de la canícula del verano profundo, o ya en el ferragosto que dicen los italianos con nombre muy impactante, aquí seguimos al pie del cañón, y nunca mejor dicho. Por el tema que estamos tocando en estos cálidos tiempos estivales –sobre polemología, o arte o ciencia de la guerra— que es un tema tantas veces descuidado en la opinión pública. Cuando la realidad es que son los conceptos bélicos los que han dinamizado la Historia universal, según consta desde Tucídides hasta Henry Kissinger y Graham Allison, a quienes citaremos más adelante. En medio de las altas temperaturas, los incendios forestales, las alusiones al calentamiento global y al cambio climático (por fin van enterándose los negacionistas), algunas novedades para Trump, al comprobar que su amigo Kim III no le dijo la verdad (tampoco él le dijo la suya), y con Macron y Merkel intentando arreglar Europa, las migraciones siguen siendo el pan nuestro de cada día. Veremos si en el Parque Nacional de Doñana la Sra. Merkel y el Sr. Sánchez llegan el próximo finde a algún acuerdo. No puede ser otro que un Plan Marshall para África, como dijimos aquí hace ya unas semanas, y como el autor propuso formalmente en la UIMP, en Santander, en 2016.

La semana pasada iniciábamos este artículo sobre polemología, con algunas ideas generales y una referencia a dos clásicos del arte de la guerra: el maestro chino Sun Tzu y el gran general cartaginés Aníbal Barca. Hoy continuamos con dos referencias también indispensables: una sobre la imposible conquista de Germania, según relató Tácito; y la otra, sobre la conquista que sí se realizó de los reinos de Nápoles, y Sicilia, por el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba.

Tácito

Después de Aníbal, incluimos a Tácito en nuestro recorrido por la polemología. Por entender que la obra principal del historiador romano acabó, 18 siglos después, fue un detonante decisivo de grandes acontecimientos. Y sobre todo, de la decisión nazi de que los germanos del siglo XX fueran el pueblo elegido para un imperio de 1.000 años: el nazismo. Cornelio Tácito (Cornelius Tacitus, años 55 a 120 d. de C.) fue senador, cónsul y gobernador en Roma. Según el profesor de Clásicas de la Universidad de Harvard Christopher B. Krebs, especialista en Tácito, bajo el elocuente título de El libro más peligroso[1].

¿Cuál es el libro más peligroso del mundo? Mein Kampf (1925), contestarían muchos, de inmediato; o El manifiesto comunista (1849). Pero a pocos se les ocurriría seriamente considerar peligrosa una obra breve como la Germania de Tácito, poco más de 30 páginas de texto actual, y que fue el tratado étnicogeográfico con más intencionalidad moralizante a finales del siglo I de nuestra era[2].

Y ¿por qué Germania ha sido una obra tan nociva? Sencillo: porque para los nazis fue el heraldo de su causa, la superioridad alemana sobre Roma, como base para justificar las leyes raciales de Núrenberg.

Himmler tenía una fijación con Germania, y ya se sabe a lo que condujeron las fijaciones del Reichsführer. Tanta era su afición por el tema, que en 1943 envió un destacamento de las SS a Italia para hacerse con el más antiguo manuscrito, como un tesoro comparable al  Santo Grial, la lanza de Longinos o el martillo de Thor.

A diferencia de esos objetos legendarios, el libro era un hecho real, y el mal que hizo por la afición que le tuvieron los nazis, también. En cambio, lo que no se valoró nunca suficientemente, es que el texto de Tácito fue un lamento por el Imperio Romano: la imposibilidad de conquistarla para ampliar las posesiones de Roma y garantizar su indefinida existencia: las invasiones de los bárbaros del Norte acabaron por arruinar a Roma, definitivamente, en 475 d. de C, la entidad política que había sido fundada 1.231 años antes (756 a. de C. ab urbe condita). Una gran guerra de conquista frente a Germania, no llegó a hacerse. El resultado: la caída del Imperio.

El Gran Capitán[3]

En síntesis, puede decirse que en nuestro recorrido por la polemología el Gran Capitán supo superar la etapa en que la milicia no estaba adaptada a los nuevos tiempos. Así, con su idea de los tercios, Gonzalo Fernández de Córdoba dio a la organización española una gran fuerza de penetración, con gran potencia de fuego, reservas, y un código de ética y honor.

Nacido en Córdoba en 1453, militar al servicio de los Reyes Católicos, se reveló como gran guerrero en la conquista de Granada (1480-92), en la que empezó a practicar sus innovaciones tácticas, superando la idea medieval de choque entre líneas de caballería, con una mayor maniobrabilidad de una infantería mercenaria, encuadrada en unidades sólidas.

Después guerreó en Italia más de un lustro, ganando por sus victorias sobre los franceses el Reino de Nápoles, y además el apelativo de Gran Capitán. La muerte de la reina Isabel en 1504 marcó el inicio de su caída en desgracia. Fernando el Católico en su viaje a Nápoles de 1507, le exigió que rindiera cuentas de su gestión financiera, siendo depuesto de gobernador para no regresar nunca a pesar de sus protestas.

Juan Granados, autor de la novela histórica El Gran Capitán[4] explica que «esencialmente demostró que en adelante las batallas se ganarían con la infantería. Utilizando para ello compañías formadas por soldados distribuidos en tercios, es decir, en tres partes: arcabuceros, rodeleros —soldados con armadura muy ligera armados de espada y rodela, el típico escudo circular de origen musulmán— y piqueros. Se adelantó cuatro siglos a Napoleón, huyendo de la guerra frontal y utilizando las tácticas envolventes y las marchas forzadas de infantería».

A finales de 1503 españoles y franceses midieron sus fuerzas en el río Garellano: el «Gran Capitán» dio cuenta de las huestes del Marqués de Saluzzo. «El sur de Italia quedó durante más de dos siglos en poder de España. El Gran Capitán, triunfador absoluto de estas guerras, desempeñó funciones de virrey en Nápoles. Y el ya citado Juan Granados sentenció: «Tal era la popularidad de Gonzalo de Córdoba entre sus hombres, que llegaron a desear proclamarle rey de Nápoles. Algo que él nunca aceptó: se hubiese conformado con ser comendador de la orden de Santiago.

A continuación incluimos cuatro preguntas al teniente general Francisco Puentes Zamora, jefe del Mando de Adiestramiento y Doctrina del Ejército sobre el Gran Capitán[5]:

  • ¿Qué importancia histórica tiene su figura para el Ejército español?

Representa a un soldado extraordinario, leal y valeroso, pero sobre todo un excelente organizador. Fue el creador del ejército que escribió, desde el punto de vista militar, las páginas más gloriosas de la historia de España. Dio una importancia primordial a la formación moral, adiestrando a sus hombres en una disciplina rigurosa mediante la cual cada uno cumplía con su tarea cualesquiera que fueran las circunstancias, creando en ellos el orgullo de unidad o cuerpo. Estableció un «Ethos o código del soldado» que en muchos aspectos sigue vigente en la actualidad, basado en la dignidad personal, la austeridad, el estoicismo, el sentido del honor, el amor a la patria y el fervor religioso. Hizo de la infantería española una máquina formidable que dominó los campos de batalla de una larga época…

  • ¿En qué consistió su innovación militar?

Propulsar una importantísima reforma en la organización del ejército. Basándose en una finísima observación de la realidad de la guerra, supo aprender las lecciones de la conquista de Granada, mejorando el empleo de las armas y modificando las técnicas de combate. Dio predominio a la maniobra, que es la combinación del fuego y el movimiento, y en este sentido aumentó la proporción de arcabuceros, desplazando con soltura a su prodigiosa infantería en toda clase de terrenos. Impulsó el despliegue en profundidad, manteniendo un escalón en reserva para desplazarlo a donde pudiera hacer más falta en función de las vicisitudes del combate. Los jefes tenían en sus manos todos los medios para perseverar en su decisión o plan de combate. Ningún detalle importante escapaba a su observación, aprendiendo y mejorando de forma continua; por ejemplo armó con espadas cortas a la mitad de sus infantes, que en un momento dado se arrastraban por entre los pies de sus compañeros y las largas picas del enemigo, para herirles a corta distancia.

El mariscal británico Montgomery, vencedor de Rommel en El Alamein, dijo de los tercios que «por lo menos hasta 1600 la infantería española –arcabucería, mosqueteros y piqueros– demostró ser la mejor de Europa; su confianza en sí misma y su pericia en las tácticas convencionales de la época eran extraordinarias»[6].

«Fuera de su tierra se defienden unos a otros en amistad estrecha, lo cual es causa de que sus escuadrones sean casi invencibles en las guerras», escribió sobre los soldados españoles, a finales del siglo XVI, el diplomático y teórico político saboyano Giovanni Botero.

En palabras del historiador Julio Albi, para enrolarse en los tercios «había una condición esencial, a la que se subordinaban todas: “el más alto precepto de la milicia es la obediencia” […] Obediencia, en fin, orientada a evitar el exceso de coraje, disciplinándolo y obteniendo de él el máximo rendimiento».

La formación básica, combinaba un cuadro de piqueros con «guarnicione» y «mangas» de arcabuceros y mosqueteros, y a mediados del siglo XVI, la norma era que, en el campo de batalla, cada tercio formase un gran escuadrón. En la segunda mitad del siglo, sin embargo, la evolución del armamento y las tácticas motivó la distribución de los tercios en batallones, es decir, en composiciones más pequeñas. La evolución, en el siglo XVII, tendió hacia la desaparición gradual de la pica y formaciones cada vez menos profundas y más alargadas, con más tiradores, como anticipo de las tácticas del siglo siguiente[7].

Seguimos en contacto, queridos lectores de Republica.com, y tendremos la tercera entrega de este largo artículo el día después del día de la Virgen. Y mientras tanto, si tienen el ordenador a mano, o el teléfono inteligente, pueden contactar con el autor en castecien@bitmailer.net.

 

[1] Christopher B. Krebs, El libro más peligroso: la Germania de Tácito del Imperio Romano al Tercer Reich, Crítica, Barcelona, 2011.

[2] https://elpais.com/diario/2011/11/28/cultura/1322434804_850215.html

[3] http://www.abc.es/20121109/archivo/abci-gran-capitan-201211071806.html

[4] Juan Granados, El Gran Capitán y su tiempo, Edhasa, Madrid, 2006.

[5] http://www.abc.es/20121109/archivo/abci-gran-capitan-201211071806.html

[6] Julio Albi, De Pavía a Rocroi. Los tercios españoles, Balkan, 1999. Reedición de Desperta Ferro Ediciones, 2017.

[7] Álex Claramunt, “Tercios. El temible ejército que dominaba en Flandes”, La Razón, 10.XII.2017.

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