Después de la Revolución Rusa: Una evolución del proyecto comunista soviético (I)

En los últimos artículos en esta sección de Republica.com sobre Universo Infinito, hemos dedicado nuestro espacio a la Revolución Rusa de octubre de 1917 –un centenario—, con implicaciones, también, del Lenin español (Francisco Largo Caballero) y el Kerenski también local (Manuel Azaña).

Y para terminar ese recordatorio, hoy trataremos la evolución del sistema soviético con cinco minibiografías, que hemos preparado para los lectores: Lenin, Stalin, Kruchev, Breznev y Gorbachov. Creo que ese quinteto define mejor que nada una evolución patética que llevó a la caída del Muro de Berlín (1989) y al desmantelamiento de la URSS (1991).

Vladímir Ilich Lenin

En su crítica marxista al capitalismo, incorporó el método para destruirlo: la dictadura implacable del Partido Comunista bolchevique, a partir del centralismo democrático; el poder de decisión del secretario general acabó con las libertades: “¿Libertad para qué?”. Sus objetivos fueron: consolidar la revolución con la guerra civil, aunque después introdujera la NEP, que no supervivió a su muerte. Sin embargo, el leninismo continúa en China, que ya no es comunista, pero que, no obstante su retorno al mercado, sigue siendo leninista.

Vladimir Ilich Ulianov (Simbirsk, 1870 - Nijni-Novgorod, 1924) dirigió la revolución de octubre de 1917 en Rusia, para pasar al régimen comunista soviético. Procedía de una familia de clase media de la región del Volga, y su animadversión contra el régimen zarista se exacerbó a partir de la ejecución de su hermano en 1887, acusado de conspiración. Estudió en las universidades de Kazán y San Petersburgo, donde se instaló como abogado en 1893.

En 1897, Lenin fue detenido y deportado a Siberia, donde se dedicó al estudio sistemático de las obras de Marx y Engels y elaboró su primer trabajo sobre la aplicación del pensamiento marxista a un país atrasado (El desarrollo del capitalismo en Rusia). Tras su liberación en 1900 partió al exilio y fundó en Ginebra el periódico Iskra («La Chispa»), en colaboración con Plejánov. Por entonces publicó su obra Qué hacer (1902), en la que defendió la posibilidad de hacer triunfar en Rusia una revolución socialista, con tal de que estuviera dirigida por una vanguardia de revolucionarios profesionales decididos y organizados como un ejército.

En el II Congreso del Partido Socialdemócrata Ruso (1903), Lenin impuso sus ideas al frente del grupo radical bolchevique (mayoritario), a favor de su modelo de partido fuertemente disciplinado, de revolucionarios profesionales, como vanguardia de la revolución que creía viable a corto plazo.

En 1905 Lenin volvió a San Petersburgo para participar en la revolución que había estallado en Rusia como consecuencia de la derrota en la guerra ruso-japonesa; aunque por entonces, el régimen zarista superó la crisis. Sin embargo, Lenin consideró aquel movimiento como un «ensayo general» de la revolución socialista, del que apreció especialmente la forma organizativa espontánea: los soviets o consejos populares. El fracaso de aquella revolución le obligó a exiliarse de nuevo a Suiza en 1907 ya hasta 1917.

El estallido de la Gran Guerra (1914-18) le dio la oportunidad de poner en práctica sus ideas: definió la contienda como fruto de las contradicciones del capitalismo y del imperialismo (El imperialismo, fase superior del capitalismo, 1916) y, en nombre del internacionalismo proletario, llamó sin éxito al movimiento socialista mundial a transformar la contienda en una guerra civil generalizada.

Cuando la revolución burguesa, de Kerenski de febrero de 1917, derrocó al zar, Lenin regresó a Rusia con la ayuda alemana (el tren sellado que puso a su disposición el general Ludendorff), por ser Lenin el agitador capaz de debilitar a su enemiga, Rusia. En la ocasión, publicó sus Tesis de Abril, ordenando a los bolcheviques cesar en el apoyo al gobierno provisional de Keresnski, y preparar la revolución bolchevique mediante la reclamación de «todo el poder para los sóviets».

La Revolución de octubre se logró gracias a la estrategia bolchevique, de centrar la acción en la paz (lo que les atrajo el apoyo de los soldados y las clases populares) y el reparto de la tierra, (que les ganó con la simpatía del campesinado). A partir de entonces, Lenin presidió el nuevo gobierno o Consejo de Comisarios del Pueblo.

Como líder indiscutido del partido (que en 1918 pasó a llamarse Partido Comunista), dirigió desde entonces la edificación del primer Estado socialista de la historia. Cumplió sus promesas iniciales, al apartar a Rusia de la guerra por la Paz de Brest-Litowsk (1918) y repartió la tierra a los campesinos, confiscándola a los grandes terratenientes.

Acuciado por las necesidades de la guerra civil (1918-1921), pero también siguiendo sus propias convicciones ideológicas, impuso una política de socialización inmediata de la economía, nacionalizando los principales medios de producción y sometiendo las actividades a una estricta planificación central (comunismo de guerra). Pero las dificultades de una transformación tan radical provocaron el hundimiento de la producción y una desorganización general de la economía rusa.

Lenin tuvo entonces el pragmatismo suficiente como para rectificar sus errores iniciales, convenciendo a su partido de la necesidad de introducir una Nueva Política Económica, la NEP, (1921), que consistió en volver atrás en el camino de la socialización, dejando un cierto margen para la libertad de mercado y la iniciativa privada (autorización de inversiones extranjeras, libertad de salarios), con lo cual consiguió una apreciable recuperación económica.

Aquejado por una grave enfermedad, Lenin fue retirándose de la dirección política, mientras veía cómo sus colaboradores ¾especialmente Trotski y Stalin¾ iniciaban la disputa por la sucesión. Y por ello, antes de morir llegó a dejar constancia de su preocupación por la creciente burocratización del partido y del Estado, así como por la ascensión de Stalin, del cual desconfiaba. Efectivamente Stalin, quien le sucedió en 1929, desvirtuó en parte la herencia política del fundador del Estado soviético con la pronta abolición de la NEP, en la vía al comunismo sin libertades.

Joseph Stalin

Llevó al marxismo-leninismo a la fase de erradicación total del capitalismo. “La NEP al diablo” marcó la colectivización de todos los medios de producción, con la eliminación de los kulaks, y los planes quinquenales. Stalin vivió su tiempo de gran héroe mundial, a pesar de su cruel dictadura, por su gran victoria sobre Hitler. Pero en el XX Congreso del PCUS, 1956, sus atrocidades fueron denunciadas públicamente por Kruschev y otros líderes soviéticos.

Iósif Dzhugashvili Gori era hijo de un zapatero pobre y alcohólico de la región caucásica de Georgia, sometida a la Rusia de los zares. Quedó huérfano muy joven y estudió en un seminario eclesiástico, de donde fue expulsado por sus ideas revolucionarias (1899). Se unió entonces a la lucha clandestina contra el régimen zarista, cuando en 1903 se escindió el Partido Socialdemócrata, siguió a la facción bolchevique que encabezaba Lenin.

Fue un militante activo y perseguido hasta el triunfo de la Revolución bolchevique de 1917, época de la que procede su sobrenombre de Stalin («hombre de acero»). La lealtad a Lenin y la falta de ideas propias le permitieron ascender en la burocracia del partido (rebautizado como Partido Comunista desde 1918), hasta llegar a secretario general en 1922.

Stalin emprendió entonces una dura pugna con Trotsky por la sucesión de Lenin, que, ya muy enfermo, moriría en 1924. Y aunque el líder de la Revolución había indicado su preferencia por Trotsky (pues consideraba a Stalin «demasiado cruel»), Stalin maniobró aprovechando su control sobre la información y el aparato del partido, aliándose con Zinoviev y Kámenev hasta imponerse a Trotsky. La lucha por el poder se disfrazó de argumentos ideológicos, defendiendo cada bando una estrategia para consolidar el régimen comunista: la abolición de la NEP, y la construcción del socialismo en un solo país (Stalin), contra la revolución permanente a escala mundial (Trotsky). Se puso en marcha toda la maquinaria, la eliminación de los kulaks, los planes quinquenales, estatificadora, etc.

Stalin tenía la ambición de poder: una vez apartado Trotsky (que marchó al exilio en 1929 y a quien luego hizo asesinar en 1940), se desembarazó –por medio de la farsa de los “procesos de Moscú”– del ala «izquierda» del partido (Zinoviev y Kámenev, ejecutados en 1936) y del ala «derecha» (Bujarin y Rikov, ejecutados en 1938) e instauró una sangrienta dictadura personal, apropiándose de las ideas políticas que habían sostenido sus rivales, con un modelo económico de planificación.

Previamente a la Segunda Guerra Mundial, no tuvo reparos en firmar un pacto de no agresión con la Alemania nazi, para asegurarse la tranquilidad en sus fronteras, el reparto de Polonia y la anexión de Estonia, Letonia y Lituania (Pacto Germano-Soviético de agosto de 1939).

A pesar de todo, la Alemania nazi invadió la URSS en 1941, y Stalin movilizó las energías del país, apelando a sus sentimientos nacionalistas (proclamó la Gran Guerra Patriótica): organizó la evacuación de la industria de las regiones occidentales hacia los Urales, adoptando una estrategia de «tierra quemada». Con ayuda del clima (el General Invierno), de las grandes distancias y de la lucha guerrillera de los partisanos, debilitó a los alemanes hasta recuperarse y pasar a la contraofensiva soviética, a partir de la batalla de Stalingrado (1942-1943). Después, el avance ruso sería arrollador hasta llegar a Berlín en abril de 1945.

Tras la derrota del Tercer Reich, Stalin mantuvo la inercia de la guerra, retrasando la desmovilización de su ejército hasta el momento en que pudo disponer de armas atómicas (1951) y fomentando la extensión del comunismo a países de Europa Oriental en los países que existían movimientos revolucionarios autóctonos (como China, Corea, Vietnam, etc.). La resistencia de EE.UU. a sus planes dio lugar a la «Guerra Fría», desde 1947, en un clima de tensión bipolar a escala mundial: un bloque comunista y un bloque occidental capitalista. En esa ocasión, desde “el reto soviético”, Stalin rechazó el Plan Marshall de EE.UU. que en Europa Occidental fue el mejor antídoto frente al Estalinismo.

Formalmente, la fase más aguda de la Guerra Fría terminó con la muerte de Stalin en 1953; su sucesor, después de varias experiencias transitorias, Nikita Kruschev (1956-1964), impulsó la doctrina de la «coexistencia pacífica» entre las dos grandes potencias y de los dos sistemas, capitalista y socialista: la carrera parecía llegar a una situación de tablas. Pero no sucedió así.

Seguiremos la próxima semana y, como siempre, el autor queda a la espera de las observaciones de los lectores en castecien@bitmailer.net.

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