Revolución en Rusia, 1917 (y II)

Reflexionando sobre la revolución rusa, el pasado jueves 15 de noviembre veíamos los orígenes de aquel gran suceso, las previsiones de Lenin, la revolución, lo que fue el comunismo de guerra y cómo funcionó la NEP.

Hoy terminamos el artículo con una referencia a la deriva soviética tras la NEP y los efectos de la revolución rusa en España. Y como complemento, incluimos dos pequeños relatos sobre el tren sellado de Lenin y lo que fue la guerra civil entre 1918 y 1922. 

La deriva soviética tras la NEP: estatificación, colectivización y planificación central

Con los planes quinquenales y lo demás que siguió, el poderío soviético creció, pero el problema básico de la revolución fue su agotamiento progresivo por la falta de espíritu innovador en el PCUS: que supo desmontar, cuando era bolchevique, el capitalismo zarista, para crear, sin embargo, un verdadero capitalismo de Estado.

En vez de ir a la verdadera socialización, y menos aún al comunismo, con sus lemas de pasar el reino indefinido de la necesidad al de la libertad, preconizado por Marx. Ni se pretendió realmente cumplir la gran máxima marxista: “de cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”. Lo que sí funcionó, fue la vieja idea de que “la forma de vida determina la conciencia”. Se generó una superestructura sobre Rusia, con el partido y su secretario general como cabeza del Politburó.

El nuevo Estado soviético se convirtió en una inmensa máquina de explotación del proletariado, de manera que la plusvalía que se le detrajo con los planes quinquenales, fue el motor del crecimiento económico sin libertades; por obra y arte del leninismo con su tiránico centralismo democrático. No se dio a luz la presuntamente anhelada sociedad, igualitaria, sin clases, sino que fueron consolidándose castas de burócratas, jerarcas del Partido, jefes del Ejército, etc.; que se cooptaban entre sí para los puestos clave, sin someterse al duro juicio de una crítica democrática, ni siquiera de los soviets, convertidos en instrumentos del poder automático del estalinismo.

Cualquier vestigio del sueño de cambio político ensoñado por John Reed en su libro Diez días que estremecieron al mundo[1], se perdió; para despertar a la triste realidad de una sociedad, reprimida, militarizada, y en sus últimos tiempos gerontobucratizada. En la cual la vida cotidiana era escenario de carencias generalizadas; con un régimen de policía secreta y terror, se llamara Checa, NKVD, o KGB.

Por lo demás, en la década de 1930, se organizó por Beria, desde la represión, el teatro político de los letales procesos de Moscú, para la purga de antiguos bolqueviques contrarios a Stalin. Y después llegaron los GULAGS, presidios estalinistas para los sediciosos, denunciados por el propio Kruchev en el XX Congreso del PCUS (1956), y posteriormente por Pasternak[2].

¿A qué se redujo, pues, la revolución rusa de octubre, según la rápida síntesis que estamos haciendo? La idea del paraíso del proletariado fue desvaneciéndose, por mucho que el stalinismo tuviera su indudable momento de gloria, durante la Segunda Guerra Mundial (SGM), con la gran victoria de Stalin sobre Hitler. Pero terminados los efectos de la gran guerra patria (1941-1945), se llegó a un nuevo hundimiento, en un iter que Arthur Koestler diseccionó de mano maestra en su libro El cero y el infinito[3]. 

En definitiva, el stalinismo y los popes del marxismo-leninismo arruinaron definitivamente la visión revolucionaria de 1917, que ya estaba lastrado por el leninismo. Así las cosas, es posible formular la idea de que el socialismo científico pensado por el filósofo de Treveris –y del que se apropió el socialismo realmente existencialista—, acabó siendo el más utópico de todos, con un repertorio de brillantes promesas que nunca se hicieron realidad.

No obstante, con una visión evocadora de 1917, se sienten aún las vibraciones de lo que fue un verdadero Big Bang político: las luchas obreras que siguieron en Occidente a la revolución bolchevique, y que ayudaron a generar un capitalismo reformado, más viable que el de antes. En ese sentido, cabe preguntarse si no fue la revolución de 1917 la que abrió la senda en Occidente a un estado de búsqueda de la Seguridad Social según la perspectiva de Beveridge, apoyada en economistas como Marshall y Pigou[4]. Pero todo eso ya es otra historia.

Los efectos de la Revolución Rusa en España

Someramente podremos decir que la segunda Revolución Rusa, la de octubre de 1917, la leninista, tuvo un gran impacto en todo el mundo, y lógicamente también en España.

Como subrayó, sobre todo, Juan Díez del Moral, en su trabajo “El trienio bolchevique 1917-1920”[5]. En ese tiempo destacaron las agitaciones obreras campesinas, sobre todo en Andalucía (con sus vivas a Rusia y a Lenin, pintadas de las tapias de los cortijos). Con toda una serie de conflictos concretos como ocupaciones de fincas, destrucción de registros de la propiedad, huelgas para la subida de los salarios, especialmente de siega, etc.

Con antecedentes de normas en pro de los obreros, como el Instituto de Reformas Sociales (1903), o el Instituto Nacional de Previsión (1908). Ulteriormente, en 1920, se creó el Ministerio de Trabajo.

En cuanto a asociaciones obreras y políticas, en 1919, en Moscú, se fundó la Tercera Internacional Comunista (Kommiterm). A la cual se afilió por unos años la CNT, a pesar de su anarquismo. En cambio se lo pensó muy mucho el dúo PSOE/UGT, para finalmente desistir en 1921. El mismo año en que surgió el Partido Comunista de España (PCE), de la facción del diputado Anguiano, que se separó del PSOE en 1921.

Influencia  grande en la actitud de los socialistas tuvo el informe de Fernando de los Ríos después de su “Viaje a la Rusia sovietista”[6], en donde se incluye parte de la célebre entrevista con Lenin, en la que el socialista español le preguntó: “¿Y de la libertad?”. Con la contestación lapidaria de Lenin: “¿Libertad? ¿Para qué?”.

Señalemos, por último, que durante ese periodo bolchevique Blas Infante redactó el llamado “Manifiesto andalucista de Córdoba”[7], con toda una serie de planteamientos sociales y económicos, que fueron el origen de un cierto nacionalismo andaluz. Que no llegó a consolidarse por entonces, ni tampoco después, a pesar de los intentos ya muy tardíos que se hicieron a partir de 1977.

El tren sellado

Una parte esencial de todo el proceso que llevó a la Revolución Rusa de octubre, es el episodio del tren sellado, que exponemos de manera sucinta, con la preparación del caso y lo que fue el trayecto de Zúrich a la Estación Finlandia en Petrogrado[8].

Todo empezó cuando el 5 de marzo se enteró Lenin, por los periódicos –vivía en Zúrich en la Spiegel Gasse (callejón del Espejo), con su esposa Nadya Krupskaya— que en Rusia había empezado la revolución, que luego se llamaría de febrero, con Kerensky al frente. Y a los pocos días recibió una visita del Embajador de Alemania en Suiza (Gisbert von Romberg), haciéndole la propuesta,  que provenía del Alto Estado Mayor del Ejército germano, de viajar a Petrogrado e incorporarse allí al proceso revolucionario.

Ninguna otra cosa era más importante para Lenin, que dio su asentimiento con una serie de condiciones para no ser implicado como agente alemán, ya que en su programa tenía el armisticio entre Moscú y Berlín para sacar a Rusia de la guerra, según su promesa de “paz, pan y tierra”. Entre otras condiciones, Lenin propuso que el tren fuera sellado, sin ningún contacto con el entorno germano; aceptando sólo que fueran dos agentes alemanes durante el trayecto hasta el puerto alemán del Báltico, desde el que pasarían a Suecia.

Después de una serie de conversaciones, el alemán Arthur Hoffman trazó el itinerario, y como persona para relacionar alemanes y rusos durante el viaje, se escogió al socialista suizo Fritz Platten, que desempeñó un papel importantísimo.

Entre los pasajeros, además de Lenin y Kruscaya, iban otras treinta personas: toda una serie de camaradas, y la que se consideraba fue amante de Lenin, Inessa Armand. Y ya en la despedida, en la estación, hubo enfrentamientos entre entusiastas de Lenin y una serie de socialistas revolucionarios y mencheviques, que ya consideraban a Vladimir Ilich como un agente alemán.

El tren salió el 9 de abril de 1917, y en su primera parada, en Francfort, uno de los acompañantes de Lenin, Radek, que era austriaco pero se pasaba por ruso, aprovechó la escala para dar un verdadero mitin en la estación contra el Káiser. Un sucedido del que los viajeros salieron milagrosamente indemnes hacia Berlín. Para llegar al puerto de Sassnitz en el Báltico, donde embarcaron en un vapor con destino a Suecia, concretamente a Trollenburg.

Allí fueron recibidos por los aduaneros suecos, que les plantearon una serie de requisitos de difícil solución. Pero enterados de que en la comitiva iba Lenin, los funcionarios de la aduana quisieron verle y saludarle, con gran alegría; quedando todo resuelto de inmediato. Siguió el viaje a Estocolmo, donde fueron recibidos en la estación por los socialistas suecos, que les ofrecieron un gran banquete, en medio de toda clase de deseos de ventura por la revolución. En aquella ocasión Radek tomó la iniciativa de comprar a Lenin un traje, porque su aspecto era lamentable con su ropa ya muy gastada por el uso.

Siguieron después en un tren lento, con mucho frío, hasta la frontera de Suecia con Finlandia, recorriendo toda la orilla del golfo de Botnia, para llegar a Torneo. Donde ya les esperaba un camarada, Alexander Helphand, más conocido por Parvus, amigo de Trotsky; que les acompañó el resto del viaje.

Ya en territorio ruso, aunque autónomo (el Principado de Finlandia), realizaron el viaje sin más complicaciones hasta cerca de Helsinki, donde por razones técnicas cubrieron un trecho en trineos, hasta llegar a la capital finesa.

Allí, tomaron el tren hasta la Estación Finlandia de Petrogrado, y al llegar, el 16 de abril (siete días de viaje), tuvieron la gran sorpresa de que les esperaban con banda de música (que en la ocasión tocó La Marsellesa, tras la cual Lenin gritó “Viva la revolución socialista”). Los marinos de Kronstadt estaban en traje de gala, y una multitud que se apretaba en los andenes. A través de la cual pasaron con la marinería formada a cada lado de los viajeros.

Y ya en la propia estación Finlandia, Lenin dio el mitin de un contenido que luego sería su artículo “Las tesis de abril”, en las que preconizaba la revolución socialista sin más demoras, sin esperar a que madurara la revolución burguesa. En un automóvil blindado, le llevaron después a sus aposentos en la ciudad, en la lujosa antigua mansión de quien había sido una antigua amante del zar, Mathilde Schessinska. Al día siguiente, Lenin se puso manos a la obra para encender la mecha de la revolución.

La guerra civil rusa: varios frentes y siete millones de muertos

Entramos ahora en el segundo complemento de este artículo, la Guerra Civil.

Después de la ocupación del Palacio de Invierno, donde estaba el gobierno provisional –operación dirigida por Antón Owseenko—, se comprobó que Kerensky había salido antes, con un motivo baladí, diciendo que volvería pronto (no lo hizo nunca más). Y contra la ocupación bolchevique hubo una reacción por parte de las fuerzas del gobierno provisional y sus aliados. Dirigida por Altman Krasnow, con todo un conjunto de cosacos, que intentaron reocupar el Palacio y salvar a los ministros. Pero ya los bolcheviques estaban instalados y pudieron repeler el ataque.

Ese momento es el que se considera inicio de la guerra civil, a lo largo de la cual hubo distintos frentes y dirigentes del llamado Ejército Blanco, antiguos zaristas y antibolcheviques, que libraron toda una serie de batallas contra estos en el frente sur, desde Kiev hasta el Cáucaso (donde fueron sucesivamente jefes militares Kornilov, Alexaiev y Denikin), en Siberia occidental (dirigidas las fuerzas blancas por Kolchak). Y en extremo oriente (Wrangle), con una incursión de estadounidenses provenientes de California y de Filipinas, y de japoneses en gran número, que se resistieron a abandonar el espacio que habían conquistado en torno a Vladivostok y la isla de Sahalik, hasta 1922. Lo que hicieron solo por presiones norteamericanas.

Aparte de tropas francesas e inglesas en el oeste hubo combatientes de Serbia y de Rumanía, para que Rusia volviera a la guerra tras el armisticio ruso-alemán de diciembre de 1917, con operaciones militares que se sucedieron por tres años, y tras una serie de victorias blancas, el Ejército Rojo terminó en 1920 en los frentes del Sur de Rusia y Siberia occidental, y en 1922 en el Extremo Oriente.

De aquella guerra civil tenemos en España el testimonio de Manuel Chaves Nogales, de quien son los siguientes extractos:

El fracaso de los blancos se mascaba, se veía claramente que no tenían ya nada que hacer. Bien perdidos estaban. Los mismos burgueses, que tantas ilusiones habían puesto siempre en el ejército blanco, desesperaban al verse bajo la dominación de aquella soldadesca desmoralizada, sin disciplina, sin aquel sagrado respeto que en otros tiempos los soldados rusos tenían a Dios y al Zar. Mal vestidos, sucios, insolentes, los soldados blancos no se diferenciaban de los bolcheviques más que en que no llevaban la escarapela roja en el pecho[9].

El ejército blanco se había ido bolchevizando sin sentirlo. Sus mismos jefes fueron perdiendo todas las características del antiguo militar del zar y tenían ya el aire desaforado de los comisarios soviéticos. La guerra civil daba un mismo tono a los dos ejércitos en lucha, y al final unos y otros eran igualmente ladrones y asesinos; los rojos asesinaban y robaban a los burgueses, y los blancos asesinaban a los obreros y robaban a los judíos… Cuando se enrolaban en las banderas imperiales de Denikin y Wrangel, aquellos aventureros exigían de sus jefes las mismas libertades y derechos que los rojos concedían a sus hombres, y era forzoso renunciar a las viejas costumbres militares si se quería que combatiesen. Los propios oficiales, antes tan pagados de sí mismos, tan estirados y ceremoniosos, habían perdido igualmente todas aquellas cualidades morales que les daban una cierta superioridad, y entraban ya en las casas a las que iban alojados con la misma brutalidad que los comisarios bolcheviques, abusaban de las mujeres y robaban cuanto estaba a su alcance.

Termina así el artículo sobre la efemérides muy reciente de la Revolución de Octubre en Rusia, un tema en el que el autor sigue trabajando.

Y como siempre, quedamos a la espera de las observaciones de los lectores en castecien@bitmailer.net.

[1] Ten days that shook the World, BONI & Liveright, Inc., USA, 1919.

[2] Boris Pasternak, Doctor Zhivago, Noguer, Barcelona, 1958, y Alexandr Solzhenitsyn, Archipiélago GULAG, Editorial Tusquets, 2015.

[3] Darkness at noon, Macmillan Publishers, Reino Unido, 1940.

[4] A. Marshall, Principios de Economía (8.ª ed.), versión española, Aguilar, Madrid, 1948. A. C. Pigou, La economía del bienestar, versión española, Madrid, 1946, págs. 9 y sigs. Todas las teorías del bienestar se hallan hoy relativizadas por nuevos planteamientos sobre el nivel de vida, condiciones de vida, medio ambiente, bienestar económico neto, etc.

[5] Historia de las agitaciones campesinas andaluzas, primera edición de 1929, Alianza Editorial, Madrid, 1967.

[6] Mi viaje a la Rusia sovietista, Imprenta Caro Raggio, Madrid, 1921.

[7] https://bibliotecanacionandaluzasevilla.files.wordpress.com/2008/09/-manifiesto-andalucista-de-cordoba-19191.pdf

[8] Edmund Wilson, Hacia la Estación Finlandia, RBA, Barcelona, 2011.

http://www.bbc.com/mundo/noticias-39381989

[9] Manuel Chaves Nogales, El maestro Juan Martínez que estaba allí, Libros del Asteroide, Barcelona, 2013.

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