Una conversación en 1964 (y II)

El monotema sigue privilegiándose con los grandes titulares de la prensa (papel y digital), las cabeceras de los otros medios, y las conversaciones de por aquí y por allá. E inevitablemente volveremos al monotema de Cataluña en próximas sesiones y ya pensando en el 21 de diciembre.

Pero antes quería terminar el artículo iniciado el pasado el jueves 2 de noviembre, con la conversación que tuvimos en 1964, acerca del futuro de España, Alberto Ullastres (entonces Ministro de Comercio), y un servidor, Técnico Comercial del Estado.

El caso es que la democracia, que los dos queríamos pero de distinta forma y con distinto tempo, se vislumbraba aún lejana, y cuando algunos, como Alberto Ullastres, pedían más crecimiento económico antes de ir a las urnas, planteaban un requisito más que controversial.

El caso es que al final la democracia llegó, por los pactos de 1977/78, de elecciones generales, Acuerdos de La Moncloa, y Constitución Española. En ese sentido, considérese esta segunda parte del artículo como una manifestación de inquietudes en personas de muy distinto talante, sitúense los lectores en el restaurante Mayte Commodore, en una tarde, ya se ha dicho, de 1964.

El Ministro volvió a inhalar el humo de su inseparable Bisonte, al que dio salida con lentitud y siguió en su reflexión:

  • ¿Se da usted cuenta de lo que sería entrar de nuevo en un drama histórico, echando por la borda lo mucho que ya hemos conseguido? Como dicen los anglosajones, «no hay nada más tímido que un millón de dólares», y por ello mismo, a poco que las expectativas políticas se tornaron inciertas, la inversión se derrumbaría. Las consecuencias son fáciles de prever: la renta nacional caería, el paro crecería, habría, otra vez, dificultades de todo tipo. Al final, el trabajo de largo tiempo quedaría perdido...

A Ullastres se le veía con ganas de hablar, seguramente porque no sólo el tema le interesaba, sino también porque no tenía muchas ocasiones de hacerlo con tranquilidad y con un interlocutor en posición política en apariencia tan distinta de la suya. Prosiguió...

  • Y en ese ambiente no sería nada extraño que ante la nostalgia por la ley y el orden perdidos, se produjera un nuevo golpe militar. Por favor, no más historias repetidas... ¿Por qué no podemos esperar unos pocos años más y abrirnos a una democracia ordenada sin albures de más sangre y nuevas represiones? No tengan tanta prisa... y además, Ramón, usted es muy joven, tiene toda la vida por delante.
  • Suponiendo que todos esos males llegaran alguna vez -dije a modo de réplica, y entendiendo parte de las razones de mi interlocutor- sería más bien por la resistencia a traer la libertad, y no por su llegada. Tanto como se dice que no estamos preparados para la democracia y que es preciso alcanzar los dichosos mil dólares per cápita, o los dos mil, yo pregunto: ¿qué ha hecho realmente el régimen en cuanto a preparación del pueblo para la democracia? Nada. Lo único que se hace, cuando algo se expresa con la claridad de Vds., es declarar paladinamente que no estamos preparados. Así, cualquier cosa puede hacerse eterna. Y además, ¿cómo va a ser verosímil para nadie que los mismos que con dureza fueron totalitarios durante tanto tiempo, puedan ahora convertirse de corazón en auténticos demócratas? Es difícil, Sr. Ministro, creer en el escenario que usted esboza...

Ullastres empezaba a dar alguna muestra de sentirse incómodo. No obstante, retomé la palabra para insistir en mi postura:

  • Admitamos que con la llegada de la democracia la inversión cae, y que arrastra para abajo el PIB. ¿Sería una desgracia irreparable? ¿Supone un coste tan elevado? Los quince años de estancamiento y miseria que siguieron a la guerra civil con la que se implantó este régimen, eso sí que fue un coste brutal; y habría que recordar sobre quién recayó. En comparación, me parece que si en el futuro para traer la Democracia hubiera de ceder algo el PIB, tal descenso equivaldría a unos modestos royalties a pagar por la libertad.

El ministro sonrió abiertamente: mis últimas palabras parecieron distenderlo. Comentó:

  • ¡Hombre! Eso de los royalties de la libertad tiene gracia.
  • Tales royalties -continué sin inmutarme- serían bien poca cosa en comparación con la factura que pagaron los trabajadores y los ciudadanos en general durante los años de la autarquía. Luego vino la estabilización de 1959, y habría que preguntarle a los tres millones de trabajadores que emigraron por mayor o menor tiempo al extranjero si lo hicieron por afición a viajar... Por otro lado, no voy a insistir más, Sr. Ministro —subrayé—, su teoría del evolucionismo gradual encierra una contradicción...

Para suavizar mi crítica, hice un pequeño alto y continué:

  • En toda evolución, en un momento dado, ha de producirse la mutación, el cambio de naturaleza a otra especie. En gran medida, usted mismo fue inductor de una importante mutación económica, cuando entre 1957 y 1959 propició el paso de la autarquía a la liberalización: casi de la noche a la mañana. Por eso mismo, pensar que la democracia podrá traerse por parcelas, y gradualmente, con el célebre desarrollo político del que se habla oficialmente, más bien parece una entelequia.

Alberto Ullastres sonrió de nuevo, haciendo ya ademán de que la sobremesa había de ir terminando:

  • Muchas gracias, Ramón. Seguiremos hablando del tema, verdaderamente inagotable. Pero tenga algo de paciencia. Todo llegará en su momento.

Yo no repliqué más. Estreché cordialmente la mano que me ofreció el ministro, y juntos salimos del restaurante acompañados por Mayte, siempre tan sonriente con sus ojos intensamente oscuros.

a los pocos días de nuestro almuerzo en Commodore, volví a recibir una llamada del gabinete del ministro. Y la misma voz que unos días antes me había hablado, me informó que iba a ponerse el ministro. Después de los saludos rituales me dijo:

  • Lo siento mucho, Ramón, pero no hay nada que hacer. Me ha dicho Lora Tamayo que tiene informes muy negativos de Vd., políticamente hablando, claro está... En resumen, me anunció que no puede autorizar la convocatoria de sus oposiciones, porque si se presenta, las podría ganar y eso sería muy negativo para el régimen… Eso dice… -y por el hilo telefónico intuí la mueca de escepticismo de Don Alberto.
  • ¿Y eso le ha dicho el ministro de Educación? -le pregunté yo-. ¿No significa una discriminación entre españoles sobre bases no debidamente fundadas?
  • Sí, Tamames, lo que Vd. quiera. Pero eso es lo que ha dicho Lora, y punto. Creo que en este tema no tenemos más que hablar. De todo lo demás que Vd. quiera, estoy, como siempre a su disposición. Buenos días...
  • Adiós Sr. Ministro. Muchas gracias. En todo caso, Vd. ha hecho lo que le pedí y lo que pudo... Gracias.
  • Puede estar Vd. seguro. Un abrazo.

Allí se terminó la conversación, y con ello se agotaron mis esperanzas de que Lora Tamayo pudiera convocarme pronto las oposiciones a Cátedra. Mis conversaciones con Ullastres se habían producido en la primavera de 1963, y no sería hasta 1968, cuando Lora Tamayo fue cesado como Ministro del ramo, abriéndose así nuevas expectativas.

También haré la referencia a algo que me contó expresamente Enrique Fuentes Quintana, unos días después de mis conversaciones con Ullastres, en una sesión en el Consejo de Redacción de Anales de Economía. El caso es que como consecuencia de un artículo que yo había publicado en esa revista, titulado Crítica del primer año del plan de desarrollo, Laureano López Rodó montó en cólera y le dijo a uno de sus colaboradores:

  • Hablaré con Ullastres, porque Tamames trabaja en el Ministerio de Comercio…, para que lo destinen a Teruel, y que allí se quede bien calladito.

Me consta que se hizo la gestión, y que Ullastres declinó semejante destierro. Nunca llegó a comentármelo, ni yo tampoco le pregunté nada sobre ese exabrupto de Don Laureano, a quien luego traté bastante; después del 15 de junio de 1977, como diputados que fuimos los dos de la nueva democracia. Por lo demás, yo ya conocía Teruel, y aunque allí en invierno hace mucho frío, no puede compararse con Siberia. En cualquier caso, yo fui un pionero en eso de que Teruel también existe...

Y como siempre, el autor espera los comentarios de los lectores de Republica.com, que serán bienvenidos en castecien@bitmailer.net.

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