El evolucionismo (y II)

El pasado jueves 7 de septiembre, iniciábamos este artículo que hoy termina. Y por mantenernos en la actualidad palpitante, al comienzo nos referíamos a las esperadas medidas de Rajoy sobre Cataluña, que efectivamente se han cumplido. ¡Ánimo y endavant!

Ahora, entramos en la segunda parte de nuestro escrito sobre evolucionismo, tras ver la semana pasada algunos antecedentes, y las primeras aproximaciones al tema de Darwin y Wallace.

La deriva de Wallace

A diferencia de Darwin, que desde El origen… sugirió sistemáticamente una línea continua de investigación sobre el evolucionismo, los escritos de Wallace, después de 1858, versaron sobre temas muy diversos, desde la justicia social, a la vida en el planeta Marte.

En ese sentido, Wallace fue reconocido por los historiadores científicos como uno de los descubridores de la biogeografía evolutiva, la disciplina que estudia la distribución de las especies. Y en particular fue pionero de la biogeografía de las islas, a partir de la cual surgió la ciencia de la biología de la conserva­ción; así como uno de los primeros teóricos del mimetismo adaptativo. Como igualmente fue precursor de la defensa de lo que hoy llamamos biodiversidad. En resumen, Wallace se produjo como una figura destacada de la transición de la historia natural antigua a la biología moderna, y por ello es más que injusto no mencionarle cuando aparece en paralelo a Darwin.

La restante historia de nuestro hombre fue complicada, heroica y desconcertante. Arisco, independiente y de pasiones variables, nunca satisfecho del lugar en el que vivía, fue uno de los mejores biólogos del campo del siglo XIX. Pero al tiempo, también participaba en sesiones de espiritismo, era devoto de la frenología[1] y aficionado al hipnotismo. Y lo que fue muy significativo: repudió la teoría evolucionista en lo referente al cerebro humano, sosteniendo que éste no hubiera podido evolucionar tanto sin algún tipo de intervención divina. Anecdóticamente se opuso a la vacuna de la viruela y se declaró partidario de la nacionalización de las grandes fincas privadas.

La cuestión a la que ningún estudioso ha dado una respuesta convincente es: ¿Cómo reconciliar en una sola personalidad, la de un empírico consumado y naturalista de campo, logros tan brillantes y convicciones tan radicales? Una respuesta: “Si Russell Wallace no hubiera existido en realidad -dice David Quammen-, sólo habría podido crearlo un novelista victoriano altamente original”[2].

Reflexiones de Darwin

Curiosamente, y sin que lo supiera Darwin, la primera evidencia de una especie humanoide extinta, se había descubierto tres años antes de la publicación de El origen de las especies. Concretamente, el 9 de septiembre de 1856, una cuadrilla de obreros que excavaba cerca de Düsseldorf extrajo de una cueva 16 huesos fosilizados. Pensaron que eran de un oso, pero tuvieron el atino de llevárselos al maestro de un pueblo cercano, por si fueran de alguna utilidad para la ciencia: Johann Carl Fuhlrott, percibió que los huesos “eran muy antiguos y pertenecían a un ser humano muy diferente del contemporáneo”. Había descubierto al hombre de Neandertal, nada menos[3].

Naturalmente, ya entrando en el fondo de la cuestión que nos ocupa, debe recordarse que Darwin tuvo una educación anglicana, y de joven quiso ser sacerdote, aceptando sin problemas los artículos de fe del cristianismo. Y cuando en 1831 emprendió lo que sería su largo viaje a bordo del Beagle, llevaba una Biblia en su maleta, pues seguía siendo persona religiosa; quizá ya no entusiasta tras su retorno a Inglaterra en el Beagle. Luego, de padre de familia, perdió la fe, pero no por las claves del evolucionismo, sino por la muerte de su pequeña hija Annie, que le llevó a pensar el mundo como algo sin sentido, en el que no podía haber un Dios cómplice de aquella muerte.

Desde ese triste suceso, Darwin entró en el agnosticismo, pero sin verse nunca a sí mismo como ateo, ni antirreligioso; acompañaba a su familia a la iglesia, aunque al llegar al templo él se iba de paseo. No era en absoluto una versión del siglo XIX de Richard Dawkins[4].

Dentro del discurrir de las reflexiones en que estamos, Francis C. Collins -recordémoslo también, director del Programa Genoma Humano- insiste en que la publicación de El origen de las especies en 1858, engendró una controversia inmediata e intensa por razones religiosas, pues el evolucionismo entraba en contradicción con la Biblia. Pero la verdad es que la reacción de las autoridades religiosas no fue tan universalmente negativa como a menudo se señala en nuestro tiempo. Como lo demuestra el hecho de que el importante teólogo conservador protestante Benjamín Warfield, de Princeton, aceptó bien pronto la evolución: como “una teoría sobre el método seguido por la divina Providencia”.

Por lo demás, lejos de ser condenado al ostracismo por la comunidad religiosa, Darwin fue enterrado, con solemnes oficios en la Abadía de Westminster, donde permanecen sus restos al día de hoy. Es decir, ni los teólogos más avanzados, ni el propio Darwin -y mucho menos Wallace- se complicaron la vida con diatribas sobre si la evolución estaba o no impulsada por fuerzas no identificables de inmediato.

A lo anterior ha de agregarse que en cierta ocasión, Darwin escribió que se sentía considerablemente inquieto por “la extrema dificultad, o más bien imposibilidad de concebir este inmenso y maravilloso universo -incluyendo al hombre con su capacidad para ver muy hacia atrás y escudriñar el futuro-, como simple resultado de la pura casualidad, o de necesidad.

“Cuando reflexiono así, me siento impelido a buscar una Primera Causa que tenga una mente inteligente, en cierto modo análoga a la del hombre. Merezco ser llamado teísta”[5]. Un teísta, aunque hereje en relación con la historia oficial de la Biblia. Y es que “toda nueva verdad nace como herejía, tanto más cuanto más nueva sea”, subraya Manuel Fraijó, citando a Pierre Teilhard de Chardin[6].

El evolucionismo como forma de la creación

El físico y teólogo Karl W. Giberson, muy conocido en EE.UU. por su asidua participación en los debates televisivos sobre evolucionismo y creacionalismo, es el autor del libro “Salvar a Darwin: cómo ser cristiano y creer en la evolución”[7]. Título que lo dice todo sobre cómo se posiciona Giberson en el debate, algo muy común en nuestro tiempo.

Como sucede con Emili J. Blasco -corresponsal de ABC en EE.UU.- al manifestar que “la única manera en que podemos mantener la idea de Dios como creador en armonía con la ciencia, es viendo los procesos de la naturaleza como instrumentos que Dios utiliza para crear el mundo: Dios no ha entrado en el orden natural y ha hecho un milagro aquí y otro allí, sino que fue desplegando sus propósitos a través de las reglas y modelos de la naturaleza. El evolucionismo es el modo como Dios ha creado”.

Y el mismo Emili J. Blasco subraya que “sabemos que somos la única especie biológica capaz de actuar anticipando las consecuencias de nuestras acciones, y de elegir en función de criterios de verdad, bien, amor y justicia. Nada hay en el darwinismo que nos demuestre la trascendencia de la vida humana, pero tampoco hay nada que la niegue. Revirtiendo visiones opuestas, Francisco J. Ayala llegó a señalar que la teoría de la evolución puede también verse como el regalo de Darwin a la religión”[8].

Por lo demás, observando globalmente la película evolucionista, se percibe con nitidez una flecha característica en el proceso a lo largo del tiempo: los seres vivos, en su inmensa mayoría, han ido de una estructura simple a otra más compleja y, paralelamente, han aumentado su psiquismo y su autonomía. Los documentos paleontológicos bastan para descubrir las corrientes de complejidad creciente de las estructuras y de las funciones de los organismos[9]. En esa dirección, hasta la década de 1970, los investigadores se inclinaban por la concepción -expuesta de la forma más expresiva por Jacques Monod- de que la evolución se debe principalmente a factores casuales. Pero, en el decenio de 1980, muchos científicos fueron convenciéndose de que la evolución no es un accidente, sino que ocurre cumpliéndose ciertas condiciones, que abundan en la idea de que pueda haber un principio teleológico -o teleonónico si se prefiere- de perfección ascendente hasta llegar al Homo Sapiens.

Y dejamos aquí a Darwin y Wallace en la memoria, para volver tal vez otro día, en relación con el Neodarwinismo. Y mientras tanto, las observaciones de los lectores de Republica.com serán bien recibidas en castecien@bitmailer.net.

[1] “Doctrina psicológica según la cual las facultades psíquicas están localizadas en zonas precisas del cerebro y en correspondencia con relieves del cráneo. El examen de estos permitiría reconocer el carácter y aptitudes de la persona”. Del Diccionario de la Real Academia Española, 22ª edición, 2001.

[2] D. Quammen, “El hombre que no era Darwin”, National Geografic, marzo 2009.

[3] Javier Sampedro, “Enredos en la familia”, Ideas. El País, 25.IX.2016.

[4] Emili J. Blasco, “Dios creó a través de la evolución”, ABC, 31.V.2009

[5] B.B. Warfield, “On the Antiquity and the Unity of the Human Race”, Princeton Theological Review 9 (1911); 1-25. Darwin, citado por Kenneth R. Miller, Finding Darwin´s God (Nueva York: HarperCollins, 1999).

[6] Juan G. Bedoya, “Creo en Dios, pero no en la Iglesia”, El País, 28.I.2011.

[7] Karl W. Giberson, Saving Darwin: How to be a Christian and Believe in Evolution, HarperOne, Nueva York, 2008.

[8] César Nombela, “Darwin y la vida humana”, ABC, 12.II.2009

[9] José Díez Faixat, “Beyond Darwin. El ritmo oculto de la evolución”. http://byebyedarwin.blogspot.com.es/

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