El Estado de Bienestar (I)

Cada vez se habla más de si el estado de bienestar fue barrido por la Gran Recesión (2008/2013), o si se ha defendido para permanecer como una parte notable de la Sociedad de Economía Mixta actual.

Pero pocas veces se dice cómo y para qué nació el estado de bienestar, y eso es lo que vamos a tratar de hacer en este artículo de varias entregas.

En ese sentido, cabe decir que el estado de bienestar se asocia al despertar del interés científico por los estudios económicos, que proviene muchas veces de la observación de la problemática realidad social, con mayores o menores niveles de pobreza.

El interés social de la Economía en los servicios emergentes

La génesis del interés económico por motivos sociales fue descrita admirablemente por el profesor A.C. Pigou. Y cómo paliar o curar los problemas sociales mediante la aplicación de los conocimientos derivados de los estudios económicos, fue motivo de reflexión para Alfred Marshall. De estos dos grandes economistas son los párrafos que siguen, que bien merecen la pena recoger, una vez más, aquí.

«Los orígenes de la ciencia económica -decía Pigou- hay que buscarlos en la preocupación social que producen las callejuelas sórdidas y la tristeza de las vidas marchitas... Aquí puede aplicarse bien la gran frase de Comte: es el corazón el que tiene que sugerimos los problemas; es el entendimiento el que tiene que resolverlos»[1].

«La cuestión -continuamos con Marshall- de si no sería realmente posible que todos los seres humanos iniciaran su existencia con una regular probabilidad de llevar una vida culta, libre de los sufrimientos que comportan la pobreza, de las influencias embotadoras de un trabajo mecánico excesivo... no puede ser resuelta de un modo plenamente satisfactorio por la ciencia económica... Pero la resolución del problema depende en una gran parte de hechos y deducciones que caen dentro de la esfera de la Economía, y es esta cuestión la que da a los estudios económicos su principal y más elevado interés»[2].

Cinco objetivos solidarios

Con el telón de fondo de lo manifestado por Pigou y Marshall, cabe acometer, pues, el análisis de la estructura social y la propuesta de una determinada política. Entonces, lo primero que debemos preguntarnos es: «¿Cuáles son los fines de la política social?»

A esta pregunta trataba de contestar de hecho William Beveridge al definir los fines de la reestructuración de la Gran Bretaña para después de la Segunda Guerra Mundial: «Podemos definir mejor los fines de la reconstrucción [y del propio estado de bienestar], nombrando los cinco grandes males que hay que destruir: la indigencia, la enfermedad, la ignorancia, la suciedad y el desorden, y la ociosidad forzosa del paro»[3]. Veamos en qué consiste la política según tal esquema, aplicándolo a la sociedad de hoy.

La supresión de la indigencia significa que cada ciudadano, a cambio del trabajo que realice o de los servicios que preste, debe tener ingresos suficientes para cubrir las necesidades de su propia subsistencia y de la de sus allegados, tanto cuando esté en activo como cuando no pueda trabajar.

Se trata, por tanto, de saber hasta qué punto los salarios cubren esas necesidades, y si en caso de paro está previsto el seguro correspondiente. Y más modernamente, se habla incluso de la renta social básica, con gran polémica sobre cuáles deben ser sus límites, a fin de evitar que esa prestación conduzca a una situación propicia a lo mendicante y en contra de la idea de alcanzar altos niveles de productividad. En este caso se da la pugna dentro del sector público y privado, de la negociación colectiva de los salarios, teniendo en cuenta el punto de vista de los empresarios, sobre una serie de temas, como, por ejemplo, las repercusiones de la renta básica que proponen algunos políticos.

El segundo de los cinco grandes males, la enfermedad, debe atacarse con el establecimiento de un amplio y eficaz servicio sanitario en sus tres planos: preventivo, curativo y paliativo. Es ésta, por tanto, como en el caso de los accidentes de trabajo y de los supuestos de vejez e invalidez, una cuestión de desarrollo de la Seguridad Social, pero también de los seguros de las compañías privadas. Como igualmente cabe referir que siempre se discutirá si la gestión de esa sanidad pública debe ser pública o privada, con nuevos métodos innovadores según veremos.

En realidad debe haber una gran colaboración entre ambas, sobre todo en un país como España, en el que el Sistema Nacional de Salud se combina con un importante conjunto de sociedades de seguros médicos, que se extiende a más de un cuarto de la población, con una simultaneidad indudable. Y con la característica fundamental de que si no fuera por esas sociedades de seguro privado, el estrés sobre la sanidad pública alcanzaría al límite de lo insoportable.

El remedio del tercer mal, la ignorancia, es un problema de educación. Lo cual, en el planteamiento de Beveridge, significa tener más estudiantes y mejores escuelas, institutos y universidades. Pero no se trata sólo de hacer posible el acceso a la educación al mayor número de futuros ciudadanos y de ampliar su edad escolar (principios del artículo 27 de la Constitución de 1978). Lo decisivo, en última instancia, es alcanzar una igualdad de oportunidades para todos, en el que al acceso a la enseñanza se refiere, así como elevar al máximo su calidad. Para ello, el sistema privado de educación tiene relación con el público, a través de toda una serie de mecanismos, entre ellos, los centros concertados.

Está claro, pues, que en el caso de la educación, la coexistencia pacífica debe existir en el binomio público/privado. En España hay altas proporciones de sector privado en la primaria y la secundaria, y menos en el caso de la Universidad. Con el efecto, como es el caso de la sanidad, según vimos, de un menor estrés sobre la educación pública gracias a la privada.

Nos quedamos por hoy con los tres primeros males de la sociedad, para seguir el próximo 20 de julio. Teniendo como siempre los lectores de Republica.com la posibilidad de comunicar con el autor, a través de castecien@bitmailer.net.

[1] A. C. Pigou, Economics of Welfare (4.ª ed.), Macmillan, Londres, 1960 (reimpresión), pág. 5.

[2] A. Marshall, Principios de Economía (8.ª ed.), versión española, Aguilar, Madrid, 1948, pág. 4.

[3] Sir William Beveridge, Bases de la Seguridad Social, versión española, FCE, México, 1946, pág. 52.

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