La economía colaborativa y su difícil regulación (I)

Uno de los modelos en el funcionamiento económico cotidiano que más adeptos va ganando es la economía colaborativa, que se basa en prestar, alquilar, comprar o vender productos y servicios de persona a persona, generalmente, en función de necesidades específicas con relación casi siempre a través de internet. Un sistema en el cual el dinero no es siempre el valor de cambio para las transacciones, pudiendo haber trueque: por ejemplo, una persona puede ofrecer alojamiento a otra intercambiando ese servicio por unas clases de inglés o chino[1].

De qué se trata

Como su propio nombre indica, la economía colaborativa, también denominada «economía compartida», se centra en la colaboración y la ayuda mutua, y actualmente, casi todos los sectores cuentan ya con negocios colaborativos, y pese a que su irrupción es reciente, cabe decir que con diversidad de tipos de relaciones, en función de las necesidades y los productos:

  • Consumo colaborativo. Utiliza plataformas digitales a través de las cuales los usuarios se ponen en contacto para intercambiar bienes o servicios, casi todos de forma gratuita y altruista.
  • Conocimiento abierto. Son todas aquellas modalidades que promueven la difusión del conocimiento sin barreras legales o administrativas. Pueden presentarse en el día a día o a través de plataformas informáticas a las que acuden usuarios a cubrir sus necesidades de información e intercambio.
  • Producción conjunta. Casi siempre se trata de redes de interacción digital que promueven la difusión de proyectos o servicios de todo tipo para coparticipar.
  • Finanza colaborativa. Son los microcréditos, préstamos, ahorros, donaciones y otras vías de financiación directa. Para ello, oferentes y demandantes se ponen en contacto a efectos del crowfunding, o según otros modelos de financiación.

La economía compartida “crea nuevas formas de emprender y también un nuevo concepto de la propiedad”, sostiene Thomas Friedman, columnista del periódico The New York Times[2]. Y ahí quizá resida la verdadera revolución: desde la noche de los tiempos, el sentido de posesión ha sido inherente al ser humano; sin embargo, algo empieza a cambiar, porque “hemos pasado de un mundo en el que sobra y se derrocha de todo, a otro en el que la mayoría puede disfrutar de lo que se ofrece, compartiéndolo”, apunta Rodolfo Carpentier. “Quien no puede tener, se conforma con disponer, más o menos pasajeramente, de lo que precisa, a buen precio. Esto es lo que hace a este movimiento imparable”. De modo que las ventajas de esta forma de economía son muy diversas. Algunas de las más destacables son:

  • Ahorro. La mayoría de productos o servicios se ofrecen a través del sistema con precios módicos o, incluso, simbólicos.
  • Desarrollo sostenible. Se estimula el segundo uso de los productos. Lo que alguien ya no necesita, puede tener un nuevo usuario o consumidor a través de la red de contactos. Además, se aboga por un consumo moderado.
  • Gestión conjunta de recursos. Si a alguien le sirve una cosa, lo más probable es que a otra persona también. ¿Por qué no compartirlo? El ejemplo más frecuente es un automóvil en la carretera, que puede llevar a varios pasajeros con destinos próximos entre sí.
  • Mayor oferta. Los productos con un segundo uso y los servicios compartidos, amplían la oferta de los mercados convencionales. En vez de tirarlos después de un uso, gran número de objetos cambian otra vez de mano.

Ejemplos de economía colaborativa, con sus respectivas plataformas digitales más conocidas, son:

  • Intercambio de ropa: ThredUP.
  • Coches compartidos: Zipcar, SideCar, Lyft, Bluemove, Getaround, Uber, Blablacar.
  • Préstamos económicos: LendingClub.
  • Alojamiento de viajeros: Hipmunk, Airbnb.
  • Trueque de comida: Compartoplato, Shareyourmeal.
  • Crowdfunding: KickStarter, Verkami.

La creciente economía compartida

El Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) calcula un potencial de 110.000 millones de dólares para la economía colaborativa, sólo en EE.UU., que en 2014 se estimó en unos 26.000 millones[3]. En ese sentido, Sabrina Hernández, una estudiante de la Universidad de San Francisco, cobra 40 dólares la noche, a través del sitio DogVacay, por cuidar perros en su casa, y al mes dice ganar 1.200 dólares. Mientras que Dylan Rogers, un vendedor de coches de Chicago, recauda 1.000 dólares mensuales alquilando su BMW.

Miguel A. García Vega cita a Carlos Blanco, un emprendedor español, quien cree que esta forma diferente de consumir es “una consecuencia de la digitalización, pero también una réplica frente a los abusos en los precios, al mal servicio y a la pésima regulación” que existe por doquier. Hasta el punto de que se trata de una especie de caballo de Troya dentro de un sistema global, fomentándose así fomenta la circulación de objetos valorados en cientos de miles de millones que sólo se reutilizan si hay economía colaborativa.

Para algunos, el consumo colaborativo es una respuesta a la inequidad y a la ineficiencia del mundo: el 40 por 100 de los alimentos se desperdicia actualmente a escala mundial: los automóviles pasan el 95 por 100 de su tiempo parados; en Estados Unidos hay 80 millones de taladradoras domésticas, cuyos dueños solo las usan una parte mínima del tiempo. Un automovilista inglés malgasta 2.549 horas de su vida circulando por las calles en busca de aparcamiento. ¿Podemos consentir todo ese inmenso desperdicio?

“El capitalismo sin control ha dejado a mucha gente desilusionada. Personas que buscan nuevos caminos que den sentido a sus vidas”, reflexiona Jan Thij Bakker[4], cofundador de Shareyourmeal, una plataforma holandesa dedicada a compartir comida que empezó siendo un grupo de WhatsApp y que cerró 2014 con 100.000 miembros.

En la sociedad española el mensaje ha arraigado. Ya en 2014, Nielsen manifestó que el 53 por 100 de los españoles estarían dispuesto a compartir o alquilar bienes en un contexto de consumo colaborativo, como porcentaje nueve puntos superior a la media europea (44 por 100). Aunque en países donde la recesión ha sido profunda, como Portugal o Grecia, las ratios son más altas (60 y 61 por 100 respectivamente). Sucede que “la crisis económica ha conducido a un cambio de mentalidad de los ciudadanos en su manera de relacionarse social y económicamente”, analiza Gustavo Núñez, director general de Nielsen Iberia[5].

El lado conflictivo

Sin embargo, el consumo que implica la economía colaborativa también tiene su faceta oscura, y aplicaciones como Uber (automóviles con conductor) o Airbnb (alquiler de alojamientos) lo han revelado. Uber es un gigante que en solo cuatro años de existencia (en 2014 ya valía 18.000 millones de dólares en bolsa, y operaba en 132 países). Y su éxito ha chocado en Europa contra el mundo del taxi, que le acusa de competencia desleal. El coloso se defiende. “No somos enemigos de los taxistas ni del sector. Las protestas vividas en un gran número de ciudades europeas son excesivas y lo único que pretenden es mantener la industria en un estado inmovilista”, argumenta un portavoz de la firma.

Tampoco se ha librado de problemas Airbnb, que surgió en 2007 y que en 2014 ya había encontrado cama a diez millones de personas, pudiendo decirse al respecto que una Fiscalía de Nueva York investiga el impacto de esos alquileres, ya que podrían restringir la oferta de inmuebles y volverlos menos asequibles, sin olvidar que en la Gran Manzana, alquilar un apartamento completo por menos de 30 días es ilegal. A todo lo cual, Airbnb replica: “Queremos trabajar con todas las partes implicadas en una regulación justa que permita a las personas alquilar de forma ocasional la casa en la que viven”. “No creo que desestabilice el sector inmobiliario, aunque puede frenar algo la construcción de viviendas”, observa Luis Corral, consejero delegado de Foro Consultores[6].

En definitiva, poco puede hacerse para frenar el vasto movimiento de la economía colaborativa, porque, entre otras cosas, la tecnología que utiliza para conectar es imparable. Y en esa dirección, ya está claro que el sector financiero será asediado como lo han sido los medios de comunicación o la música”, advierte Ángel Luis Martín Cabiedes[7].

Compartir, prestar, alquilar son verbos que se expanden con una fuerza nunca vista vía economía mundial, surgiendo miles de plataformas electrónicas para esas actividades. Y aunque queda tarea pendiente -regular ciertas aplicaciones, para evitar que crezca más y más la economía sumergida, y mejorar los derechos de los consumidores-, el éxito de esta forma de consumir revela la realidad de una sociedad que quiere cambiar mucho del convencionalismo en que vivía.

Seguiremos la próxima semana, porque la economía colaborativa, como ya hemos ido viendo, da para mucho. Y como siempre, el autor queda a disposición de los lectores de Universo Infinito en castecien@bitmailer.net.

[1] http://retos-directivos.eae.es/que-es-la-economia-colaborativa-y-cuales-son-sus-beneficios/

[2] Miguel A. García Vega, “La imparable economía colaborativa”, El País, 21.VI.2014.

[3] Miguel A. García Vega, “La imparable economía colaborativa”, El País, 21.VI.2014.

[4] https://www.compartoplato.es/42196/item42196

[5] http://www.nielsen.com/es/es/insights/news/2016/de-la-economia-a-la-innovac-ion-colaborativa.html

[6] www.foroconsultoresinmobiliarios.com

[7] http://www.emprendedores.es/casos-de-exito/luis-martin-cabiedes

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