Organización en el capitalismo. Algunas reflexiones

En el lapso a que nos referimos ahora (1918/1929), el periodo de entre guerras después de la Gran Depresión, fue un lapso de amenazas para el sistema capitalista, con la sombra muy alargada de la revolución de octubre en Rusia. Y previamente a la PGM, ante la previsión del avance del socialismo, una persona muy respetada en los medios financieros de EE.UU., el famoso banquero J.P. Morgan, estaba convencido de que el capitalismo no podría sobrevivir, llegando a considerar que sólo “con la ayuda del Ejército podría resistirse unos pocos años más”.

Pero no fueron las bayonetas las que por entonces, antes y después de la PGM, permitieron prever la salvación del capitalismo en esos momentos. En realidad, y como con gran lucidez y precisión puso de relieve Peter Drucker, los instrumentos para que el sistema siguiera adelante hay que situarlas en las ideas del taylorismo, de Wislow Frederick Taylor, y en el subsiguiente fordismo, obviamente de Henry Ford, y también de Sloan en la General Motors[1].

Más claramente expuestas las ideas de Peter Druker[2]: se refieren a que los agentes económicos y sociales en la pugna económica cotidiana, empezaron a percatarse de que el crecimiento de la economía no iba a depender en el futuro tanto de la agregación de nuevas cuotas de capital, sino de la mejor organización del trabajo.

Según el fordismo y el taylorismo, ya actuantes con anterioridad a la Primera Guerra Mundial, el capitalismo ganaría en consistencia a base de producciones en serie para ganar en economías de escala, con la adaptación de tiempo y movimiento de los obreros para rendir más; a lo que siguieron las cadenas de montaje, para acelerar todo el proceso. Con esos y otros nuevos métodos, podría atenderse mejor la demanda de los mercados, recrecidos por la popularización del crédito, las ventas a plazo, etc.

Esas fueron las recetas del taylorismo y del fordismo para salvar el capitalismo en los países anglosajones. Cuyos sindicalistas comenzaron a apreciar que lo importante no era tanto cambiar el sistema (del capitalismo al socialismo), como “repartir mejor la tarta, que primero había de agrandarse”.

Y en ese sentido, en el caso de la Rusia sovietista es interesante subrayar que tras el final de la guerra civil (1921), Lenin pensó que la revolución se le iba de las manos, y resolvió adoptar medidas urgentes, a fin de salvar la situación. Era la nueva política económica, la NEP. De ella, fue el líder indiscutido, sin hacer caso de quienes querían continuar con la experiencia comunista de la contienda civil, lo que seguramente habría llevado al desastre. Así, contra viento y marea, se produjo el gran cambio: las incautaciones de tierras se sustituyeron por un impuesto en especie a los grandes propietarios, se favoreció el renacimiento de la pequeña industria, se abrió el país a las inversiones extranjeras, etc. Se restableció, en parte, el capitalismo, y la inflación se detuvo mediante la emisión de la nueva moneda soviética. Era una multa parcial a la burguesía.

En ese contexto, de las consecuencias del taylorismo se dio perfecta cuenta Lenin, según explicó minuciosamente en las Memorias de Armand Hammer[3], el magnate petrolero de Occidental Oil Corp., gran amigo que fue, en tiempos, de Vladimir Ilich.

Más en concreto, desde el final de la guerra civil rusa en 1921 y hasta su muerte en 1924, el primer Secretario General del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS), al imponer la NEP, con más economía privada, más inversión extranjera, mejor organización del trabajo, enalteció el taylorismo. Que sólo en 1927 desmanteló Stalin, para entrar así en la era soviética de la planificación central y de lo que después se llamó socialismo realmente existente.

Sería una verdadera ucronia tratar de saber qué habría sucedido si Lenin hubiera superado el trauma que le ocasionó el atentado que sufrió en 1918, si hubiera prolongado su vida más allá de 1924.

La URSS, tal vez podría haber evolucionado rápidamente, con una NEP flexible y dinámica, que al fin y al cabo, acabó teniendo su mayor parecido histórico con la política de las cuatro modernizaciones de Den Xiaoping de 1978 en China, que marcó el comienzo de la gran modernización y del mayor progreso de la economía de la República Popular. Para, a la postre, abandonarse cualquier idea de llegar al comunismo. Aunque dejando muy claro el reforzamiento del partido con el leninismo, el centralismo democrático, vulgo dictadura del partido[4].

Diremos, finalmente, que el taylorismo y el fordismo se desarrollaron ampliamente tras la PGM en EE.UU. y los demás países industrialmente más avanzados. Y después de la SGM, las cadenas de montaje fueron llenándose de robots, con toda una serie de métodos complementarios de aumento de la productividad, que se resume en el toyotismo (por originarse en las fábricas de Toyota en Japón): surgiendo innovaciones como los círculos de calidad, la calidad total, el just in time, el benchmarking, etc. En definitiva, los criterios de organización de Taylor acabaron triunfando con innovaciones en todo: el capitalismo se convertía en el banco de pruebas de los grandes avances de la organización y la tecnología.

Esa fue la saga de tecnólogos como Deming, Juran, Feigenbaum, que pusieron en marcha el toyotismo con sus nuevos métodos, a lo que en tiempos más próximos se ha agregado la economía digital y la todavía más reciente inteligencia artificial: todo un crecimiento exponencial de posibilidades[5].

Dejamos aquí estas reflexiones, en tiempos de corrupción en España, debate presupuestario, propuestas de moción de censura al Gobierno, luchas internas del PSOE, etc. Y creo que la semana que viene nos adentraremos en esas cuestiones más domésticas e inmediatas.

Y como siempre, para cualquier comunicación que quieran hacer los lectores de Republica.com: castecien@bitmailer.net.

[1] Ramón Tamames, Este mundo en que vivimos: globalización y ecoparadigma, Institució Alfons el Magnánim, Valencia, 2003.

[2] “Peter Drucker”, The Economist, 3.XI.2001.

[3] Armand Hammer y Neil Lindon, Hammer, G.P. Putnam’s Sons, Nueva York, 1987.

[4] Ramón Tamames, China tercer milenio. El dragón omnipotente, Planeta, Barcelona, 2013.

[5] Hubo previsiones sobre Japón hoy increíbles, como la del Hudson Institute sobre El siglo japonés (2000).

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