Apocalipsis del clima (II)

El pasado jueves 28 de julio iniciamos esta serie de artículos sobre una sesión científico-prospectiva que tuvimos en Barcelona, el 4 de julio, en el Palacio Macaya, de del Grupo Caixa Fórum, junto con los Prof. Joan Grimalt y José María Baldasano, según ya comentamos. Hoy seguimos contando lo que allí traté.

La Plataforma de Durban y el Acuerdo de París

Tras el fracaso de Copenhague, en la siguiente Conferencia de las Partes (COP-17) de la Convención Marco sobre Cambio Climático, en Durban, Sudáfrica, se acordó configurar un esquema distinto a la de Kioto, con propósito de enmienda. En la dirección de ir a un nuevo acuerdo más flexible y con objetivos voluntarios, sin reglas demasiado exigentes. Y eso precisamente es lo que se consiguió seis años después de Copenhague, con el Acuerdo de París de 2015, logrado en la COP-21, que por los más optimistas se ha presentado como si ya se hubiera alcanzado la gran solución. Lo cual no es el caso por una serie de razones que seguidamente exponemos:

  1. Primero de todo, porque no sabemos si la acumulación de GEI ya existente, con 400 ppm (partes por millón), frente a 180 en la era preindustrial, es más que suficiente para generar todos los males posibles en el futuro. Así lo postulan James Lovelock y otros investigadores, como lo hacen también los que sostienen la tesis del TL2: de too little,demasiado poco lo hecho hasta ahora; y de too late, demasiado tarde como para frenar el calentamiento de la Tierra. De modo que la catástrofe ya resultaría ineluctable.
  2. Desde 1992 en que se firmó la referida Convención Marco sobre el Cambio Climático, han transcurrido 24 años, que se han perdido lastimosamente. Porque es precisamente en esos cinco lustros cuando más GEI se han emitido a la atmósfera. Tanto por los antiguos países industriales, como también por los emergentes, con su rápido desarrollo industrial y urbano; especialmente China y todo el Sudeste asiático.
  3. Por lo demás, quedan cuatro años para que entre en vigor el Acuerdo de París (2020), tiempo en el cual va a aumentar de manera devastadora la acumulación de GEI, en cantidades no oficialmente cifradas, pero que serán un plus formidable para neutralizarlas subsiguientemente.
  4. Como es bien sabido, por las reticencias de EE.UU. y otros países, los términos del Acuerdo de París no son de obligado cumplimiento por parte de los ratificantes. Lo cual sitúa ese texto, no vinculante, en el albur de lo que cada país pueda hacer unilateralmente, con todo lo que ello significa de posibles tendencias apocalípticas. Y sería posible que si EE.UU., por la oposición republicana no ratificara el Acuerdo, China pudiera resolver no aplicar sus compromisos: el fracaso sería similar al esbozado en Copenhague 2009.
  5. Por otra parte, en medición todavía preliminar, se ha calculado que con los compromisos ya formalmente adquiridos por los países firmantes del Acuerdo de París, no se conseguirá el objetivo de no superar en 2ºC la temperatura media de la era preindustrial (15ºC); al situarse el incremento en 2,7º, lo que significa un 35 por 100 por encima de lo previsto.
  6. El caso de la demora china hasta 2020 es de lo más importante. Y que se sepa, tampoco se ha cifrado con precisión lo que supondrá que China continúe aumentado su contaminación durante los diez primeros años de la vigencia del Acuerdo de París hasta 2030. De modo que en la hipótesis de un crecimiento del PIB chino al 6,5 anual, con un consumo del 30 por 100 de energías alternativas, habrá un 70 por 100 de emisiones de GEI. ¿No será preciso, pues, una admonición a la República Popular sobre la conveniencia de adelantar sus recortes de GEI; primordialmente, para que su propia población no sufra en términos de salud y calidad de vida semejante incremento?
  7. El Acuerdo de París, es preciso reconocerlo, se trata más bien de un código de propósitos y procedimientos, que ya vimos no es vinculante. Pero que, aparte de ello, la autoridad que rige el Acuerdo es de una endeblez manifiesta, al no tratarse de una verdadera agencia especializada de las Naciones Unidas; y no tener a su frente un personaje mundialmente reconocido, con verdadera capacidad de trato frente a Jefes de Estado y de Gobierno.
  8. Además ni lejanamente se tienen resueltos los temas financieros, cifrados de una forma bastante cabalística, en 2009, en Copenhague, en la ingente cifra de 100.000 millones de dólares anuales de apoyo de los países más avanzados a los que están en vías de desarrollo. Una cifra de recursos que todavía no se ha esbozado ni siquiera tentativamente de dónde y cuándo van a estar disponibles.

Claro es que dentro de las incertidumbres sobre el futuro desarrollo del Acuerdo de París, hay algo muy positivo con lo que podríamos llamar el efecto Bill Gates, pues con el avance de las nuevas tecnologías de las energías alternativas (eólicas, fotovoltaicas, de biomasa, etc.), la batalla estaría ganada: al ser más económicas las renovables que las energías de combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas natural), el cambio tecnológico lo haría en su mayor parte las empresas por su propio interés. Pero a eso también se oponen los lobbies de los fósiles, que quieren amortizar sus actuales instalaciones o incluso no cambiar el modelo.

Por último, es de prever que la aplicación del Acuerdo de París supondrá una gran revolución industrial, con toda la necesidad de programar el cambio de lo fósil a lo renovable. Programas que en ningún país están todavía en preparación, y que los lobbies ante-GEI podrían obstaculizar por todos los medios. Todo se pondrá mucho peor, para que algo empiece a mejorar.

Dejamos el tema aquí y ahora, primer jueves de agosto, ya en el verano profundo, hasta el próximo jueves 11, cuando esperamos seguir analizando el Acuerdo de París. Y en el interim, el autor queda a disposición de los lectores de Republica.com, como siempre, en el correo electrónico castecien@bitmailer.net

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