La especulativa Bolsa china

En relación con el negocio bursátil en China, que el pasado verano dio tanto que hablar, hay que comenzar señalando que la inmensa mayoría de las empresas privadas de la República Popular (que ya suponen algo más del 60 por 100 del empleo, con porcentajes superiores en PIB y exportaciones), no cotizan en Bolsa. Son entidades de capital muchas veces familiar, y de ahí que el índice de la Bolsa de Shanghái esté vinculado básicamente a la actividad de las grandes empresas estatales.

Además, cuando el mercado de valores en China se hallaba en su punto más alto, entre mediados de 2014 y el primer trimestre del 2015, hubo numerosas salidas a Bolsa (OPVs, ofertas públicas de venta), contribuyéndose así a un clima de aún mayor euforia. Y fue un economista español, especializado en mercados financieros (que ha estudiado en la Universidad Tsinghua de Pekín, y que quiere reservar su nombre), quien, entre otros, anunció el estallido de la burbuja especulativa bursátil de China, cuando meses antes de producirse manifestó: “Van a dejar de cotizar alto la colección de las Bankias [antes de Goirigolzarri, agregaríamos nosotros]; tarde o temprano tendrá que ajustarse toda la lista de valores, y sobre todo, yendo para abajo las cotizaciones de tantas empresas estatales ineficientes como hay”.

Con ese perfil de pequeños inversores en Bolsa, los verdaderos conocedores del mercado son todavía una proporción muy poco significativa, por lo que prevalece la tónica de los movimientos cotidianos en función de rumores, o de supuestas informaciones privilegiadas, que se filtran por medios bien informados, pero que muchas veces no tienen más aliento que el de calentar acciones en pro de intereses movidos por lo que antes se denominaba un poco crípticamente como el agio.

Esa fiesta bursátil de 2014 y principios de 2015 tenía, pues, que acabar un día. Y eso sucedió a finales de junio del año en curso, de modo que en un contexto ya de semi-colapso, la Comisión Reguladora del Mercado de Valores citó en Pekín a una veintena de operadores. Que presionados por el regulador máximo, promovieron la constitución de un fondo integrado por sus propios recursos; con 120.000 millones de yuanes (unos 20.000 millones de dólares), para sostener los cambios.

Y tras esa imposición, en los siguientes días, el mismo regulador máximo adoptó una batería de decisiones propias para evitar el hundimiento del mercado: inyectar directamente liquidez a los market makers a través de una empresa estatal constituida ad hoc, ampliar el margen de inversión bursátil de las compañías de seguros en acciones, prohibir las ventas de papel por los directivos y accionistas de referencia de las empresas cotizadas, y abrir la puerta para la inversión en Bolsa de hasta un tercio de los recursos del Fondo Estatal de Pensiones.

Sin embargo, ni con todas esas medidas y anuncios pudo evitarse el “lunes negro” del 11 de agosto de 2015, recordatorio para algunos del crack bursátil de Nueva York de 1929. Y hubo un día aún peor, el 24 de agosto de 2015, cuando el índice de referencia de Shanghái cedió un 8,59 por 100, el mayor descenso desde julio de 2007. El otro gran índice, el de Shenzhen, más centrado en títulos tecnológicos, perdió un 7,7 por 100. Y en Japón, el principal indicador, el Nikkei, cerró con un descenso del 4,6 por 100.

Virtualmente, la Bolsa entró en caída casi libre. Por lo que se puso en boca de todos la pregunta de: “¿Dónde estará el fondo tras la explosión de la burbuja?”. A lo que cabe responder: el fondo estará en la valoración correcta de las empresas, pero como de eso no se sabe mucho, la incertidumbre seguirá[1].

En tal situación, que desconcierta especialmente a los inversionistas extranjeros, los analistas locales se hacen cada vez más cautos para no provocar la ira del Gobierno: “Puedo sentir que la supervisión está fortaleciéndose, y nos obligan a utilizar términos más suaves en los informes, al tiempo que nuestras opiniones han de ser contenidas”, se dijo sotto voce por una agencia de valores[2].

Y en otra etapa de la acción gubernativa, se entró en la búsqueda de culpables, o para conformar un chivo expiatorio. Se puso en marcha la acción de una serie de investigaciones concretas a fin de detectar a los incentivadores de las caídas de la Bolsa[3], según informó la agencia estatal de noticias Xinhua. Con una serie de pesquisas policiales a funcionarios de la propia Comisión Reguladora de Valores; así como a redactores de la prestigiosa revista económica Caijing, que había desvelado varios casos de corrupción en los mecanismos que nos ocupan[4].

En cualquier caso, en lo que todos están de acuerdo es en que un verdadero colapso bursátil en China sería catastrófico, pues podría generar un contagio que recordaría el caso de Lehman Brothers de septiembre de 2008 en EE.UU. Y es que el coloso asiático, que tanto contribuyó a la recuperación mundial desde 2009, constituye ya una pieza decisiva de la economía internacional.

Habrá que seguir observando la evolución de las bolsas chinas, junto con otros aspectos de la economía, como son los derivados de la devaluación de la moneda nacional, el renminbi. Por la sencilla razón de que China está al frente de los países emergentes (es el propio corazón de los BRICS), y la marcha de su vitalidad económica resulta fundamental para todos.

[1] Pedro Nueno, “Cayendo en chino”, Expansion, 30.VII.2015.

[2] Patti Waldmeir, Josh Noble y Stephen Foley, “Global investors rattled by China’s hunt for stock market culprits”, Financial Times, 3.IX.2015.

[3] Pablo M. Díez y G. Ginés, “China busca culpables de la tormenta bursátil y pone la lupa en los “brokers”, ABC, 27.VIII.2015.

[4] Lingling Wei, “Push for reform wavers as China faces volatility”, The Wall Street Journal, 14-16.VIII.2015.

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