El caso de Grecia: tercer rescate o Grexit (y II)

En la primera parte de este artículo, publicado el pasado viernes 10 de julio, hacíamos un breve análisis sobre el origen de la crisis económica en Grecia, así como de los planteamientos de su solución, con una única opción racional: un acuerdo con el Eurogrupo, el BCE y el Fondo Monetario Internacional (en definitiva, la Troika), para evitar la quiebra de la Hacienda helénica, e incluso la salida de Grecia del euro (grexit).

Ante esa eventualidad, se da la circunstancia, aparentemente extraña, de que en el Tratado de Maastricht, que es la Carta Magna de la Unión Monetaria Europea (publicado en 1991 y que entró en vigor en 1993 tras el largo proceso de ratificaciones de los Estados miembros), no hay previsión alguna sobre posible salida del sistema de la moneda común. Por lo cual, cuando se hablaba de que el Eurogrupo podría expulsar de su ámbito a Grecia, no había ninguna base real para tal previsión. En tanto que los griegos sí que podrían marcharse de Europa dando un portazo a la UE, porque según el Tratado de Lisboa -que entró en vigor en 2009-, tal salida sí está prevista. Aunque semejante grexit llevaría a marcharse del euro y entrar en el tártaro, el averno de los romanos, o el infierno de Dante.

¿A dónde otro lugar podrían ir los griegos en una situación extremadamente difícil, después de los dos primeros rescates, según vimos en la primera parte de este artículo, con ingentes ayudas del Eurogrupo? A Rusia, desde luego, no, porque Moscú no está en condiciones de prestar grandes ayudas, pues las finanzas postsoviéticas dependen cada vez más de Pekín. Y en cuanto a la posibilidad de un apoyo directo de China, incluso disfrutando el coloso asiático de unas reservas internacionales como no se vieron nunca en la historia económica mundial, los mandarines actuales saben perfectamente dónde están sus límites económicos y políticos: prestar a Grecia sin garantías suficientes es exponerse al impago. Y pretender establecer una base en el Mediterráneo, incluso con implicaciones militares, entre Tracia, Albania y el Peloponeso, supera las posibilidades de la política ficción, al menos por ahora.

Así pues, el único cauce posible tras los primeros pataleos (un derecho que nunca se pierde, pero que generalmente no sirve para nada), los de Syriza y compañía, tuvieron que volver a las mesas de negociación con la Troika, la llamen como la llamen: cueva de criminales en el caso del FMI, o traidores del IV Reich de la Sra. Merkel.

Y a trancas y barrancas, y con un referéndum surrealista entre medias, la negociación tenía que terminar un día. Y en ese sentido, las trancas y barrancas fueron los desplantes de Varufakis, las recomposiciones de Tsakalotos -su sucesor tras la dimisión o retirada de escena del gran actor a lo Yull Brinner-, las intervenciones de Tsipras, con una voz en off que recuerda a los oráculos de Delfos, sin olvidar el coro general de lamentaciones trágicas de un público siempre dispuesto a ir a la plaza Sintagma (donde está el parlamento panhelénico), para protestar de las malas condiciones de vida; que los propios griegos se han labrado a sí mismos -con unos dirigentes que eligen también ellos mismos, sean helenistas o populistas-, con una contumacia general de no admitir reformas, desde el primer momento de ingreso en la Eurozona, que se hizo con toda clase de cuentas amañadas y declaraciones más o menos tramposas.

Que nadie piensa que las anteriores observaciones del autor se corresponden con la idea del Medioevo español de “a moro muerto, gran lanzada”. Porque no estamos disfrutando ni poco ni mucho con esta tragedia de Esquilo que a veces parece más bien una comedia de Aristófanes. Son los propios helenos los que se han buscado su propia suerte: fueron a una nueva guerra de Troya pensando que iban a ganar rápidamente. Pero en contra de lo que se dice en la Iliada, en esta nueva versión troyana, ni hubo el caballo de Ulises para tomar la ciudad, ni la ayuda de los dioses para acabar con Ilium.

Volver a las negociaciones los de Syriza era una derrota ya anunciada, y lo que es peor: cinco meses perdidos, en los que la situación de Grecia se deterioró al máximo. Pues antes de entrar Syriza en escena, el PIB ya estaba creciendo, había un superávit primario en el presupuesto, estaban retornando capitales, e incluso se preveía el comienzo de la disminución de un embalse de paro del 27 por 100 de la población, por encima de los patéticos niveles de España (si bien en España puede haber dos millones de personas trabajando que no figuran en ninguna estadística, por desidia del Ministerio de Empleo, de los sindicatos y de la patronal, que no quieren hacer un verdadero estudio de lo que sucede en nuestro mercado laboral).

En la negociación última de Tsipras -en ningún momento dispuesto a ceder el poder antes de tiempo-, no hubo más remedio que aceptarlo todo: la quita de la deuda que para las calendas graecas (y nunca mejor dicho), el IVA turístico se iguala entre la península y las islas (precisamente en las islas los precios son más de lujo y admiten mayor presión fiscal), las pensiones se congelan por un tiempo, la reducción del presupuesto de las fuerzas armadas (con el 2,3 sobre el PIB, frente a España con un 0,6, y ya me dirán por qué tales diferencias) se cifra en 300 millones de euros, cien menos de los que solicitaba la troika, y 100 más de los que querían los griegos; y las demás cuestiones, por el estilo: banca, administraciones públicas, negociación colectiva, etc.

En fin de cuentas, hemos echado cinco meses al foso de los leones, por el populismo de Tsipras, que al final ha aceptado condiciones peores de las que primeramente pudieron alcanzarse. Y además con fechas de cumplimiento más severas, y seguro que con organismos de vigilancia más rigurosos. Si bien es cierto que para llegar a las negociaciones del tercer rescate (que serán la continuidad del culebrón), habrá un crédito puente de 7.000 millones de euros que permitirá, tal vez, retirar el corralito, abrir los bancos y entrar en una cierta sensación de normalidad; aunque en lo de los bancos, podremos encontrarnos con sapos y culebras, como se dice vulgarmente: con la necesidad de un ajuste de todo el sistema financiero, con apoyos necesarios mucho mayores que los imaginables inicialmente.

En resumen, o para empezar de nuevo: otros 80.000 millones de euros (10.000 de España sobre los 26.000 que ya nos deben los primos griegos, o no tan primos), para el tercer rescate. Y con una Sra. Lagarde que, en extraña actitud, vuelve al cuento de nunca acabar de la reestructuración de la deuda helénica: y de otros países de la Eurozona, Sra. Baronesa, ¿qué nos dice Vd…? Al tiempo.

Podríamos seguir indefinidamente este artículo, con vicisitudes pasadas, y con las sospechas de que en la negociación del tercer rescate caben todavía sorpresas. Incluso algún Estado miembro del Eurogrupo podría negarse a ratificar el acuerdo del 14 de julio.

Pero de lo que podemos tener clara conciencia, es que la cuestión de Grecia, incluso aunque las cosas vayan medianamente bien, nos van a costar muchos recursos, y va a ser un tema de polémica permanentemente a lo largo de bastantes años.

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