70 años de paz en la Europa de la integración (y II)

El pasado jueves iniciábamos en Republica.com un trabajo especialmente preparado para sus lectores, sobre “70 de años de paz en la Europa de la Integración (I)”; identificando las tareas que la Unión Europea (UE) debería abordar en una visión de corto, medio y largo plazo. Planteándose para ello su calidad de gran potencia, pero que está impregnada de un cierto complejo de inferioridad, frente a los dos superpoderes que son EE.UU. y China. Y precisamente, como veremos, para mediar en su posible antagonismo.

Vistas en la primera entrega de este artículo las metas factibles en los términos de corto plazo, hoy entramos en las cuestiones de más largo aliento, para los próximos años o décadas, que van a contribuir a configurar el mundo de una manera distinta a como lo hemos visto hasta ahora. En esa dirección, podrían tocarse tres temas: el perfeccionamiento de la globalización, vía Ronda Doha; la revisión de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM); y la Conferencia del Clima de París de este mismo año 2015.

La Ronda Doha, como saben los lectores, se inició en 2001, en la capital de Qatar (y de ahí su nombre), bajo los auspicios de la Organización Mundial de Comercio (OMC). Para avanzar en la globalización económica, con una serie de propósitos de reducción total de barreras para los intercambios agrícolas y de manufacturas, los movimientos de capital, los derechos de autor, los servicios financieros, y las tecnologías de información y comunicación (TICs).

Sin embargo, después de quince años de negociación, esa Ronda se encuentra varada, por la resistencia de una serie de países a abrir sus mercados cautivos; unas veces agrícolas, otros tecnológicos, o incluso de servicios. Una resistencia efectiva que está generando un movimiento en muchos aspectos inquietante: de sustitución del propósito globalizador por tratados de libre comercio bilaterales; como los ya existentes del TLCAN (Canadá, EE.UU., México), o los existentes de varios países con China, o de la propia Unión Europea con algunos Estados de las Américas. Lo cual es una renuncia a los principios universalistas de la globalización, que impide entrar en una definitiva nueva era de librecambio, que impulse el crecimiento y el bienestar por doquier, y tal vez con la final globalización monetaria para evitar las guerras de tipos de cambios.

En esa dirección, la UE tendría que reavivar el espíritu de Doha; tal vez sin renunciar, por lo menos de momento, al tratado de libre comercio con EE.UU., y quizá con China después; pero en ambos casos, con la visión de universalizar esos acuerdos lo antes posible. Se trata de impedir un freno al proceso de globalización que es inevitable, y que está en la propia naturaleza de la sociedad humana.

Los Objetivos de Desarrollo del Milenio ya tienen fecha de negociación, en la primera parte del otoño de 2015. Y sus propósitos de erradicar la miseria que persiste en tantas partes, a lo largo de los próximos quince años, podría ser una meta de alta contribución a la paz y la prosperidad, y para luchar contra la desigualdad en muchos aspectos creciente, sobre todo en países con especiales dificultades, como sucede en África, en buena parte de Asia meridional, e incluso en ciertas regiones de Iberoamérica. Y tendría que ser la Unión Europea la que, como área de máximo bienestar y de mayor disfrute de derechos políticos y humanos, impulsara las negociaciones de los ODM 2016/2030; incluyendo dentro de ellas el Plan Marshall para África a que nos referimos en la primera entrega de este artículo.

Por último, dentro del medio plazo, hay que plantear, en toda su importancia, el tema del calentamiento global. De cara a la Conferencia de las Partes número 21 del Convenio Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP-21), que se celebrará en París del 30 de noviembre al 11 de diciembre de este mismo año 2015.

Se trata de un momento único, en el que 190 países han prometido contribuir con sus propósitos de mitigar el calentamiento global (con recortes de emisiones de gases de efecto invernadero y con desarrollo de energías alternativas), a fin de que hacia 2050 pueda situarse el máximo de calentamiento global; estimado en dos grados centígrados por encima de la temperatura superficial de la Tierra en la era preindustrial. De superarse ese tope, según todos los indicios científicos, entraríamos en una situación irreversible con toda clase de consecuencias tan inciertas como seguramente nefastas.

Entramos, por último, en lo que podría ser la contribución de la UE al cambio de la estructura mundial para su plena modernización. Porque el modelo de comunidad internacional diseñado en 1945, en la Carta de San Francisco de las Naciones Unidas, ha quedado ya obsoleto. En el sentido de que ni todos los países que forman la ONU son democráticos como exige la Carta, y en la dirección de que a pesar de estar prevista en ese documento la revisión del Consejo de Seguridad, a los diez años de la Conferencia de San Francisco, nada se ha hecho al respecto. Manteniéndose así el antitéticamente llamado derecho de veto de las cinco grandes potencias permanentes en el Consejo de Seguridad (EE.UU., Rusia, China, Reino Unido y Francia).

La Unión Europea está en condiciones de impulsar una revisión de la Carta de 1945, para lo cual tiene que conseguir que el Reino Unido y Francia adopten una postura universalista, que cohesione a toda la Unión. A fin de hacer posible una propuesta de pasar a un Consejo de Seguridad, con un cierto número de miembros permanentes (tal vez los diez mayores países por población y PIB), pero sin que ninguno tenga el derecho de veto, y rigiéndose por un nuevo modelo de voto ponderado. Eso constituiría la efectiva democratización de las Naciones Unidas, que irían adquiriendo las características de un auténtico gobierno mundial; en línea con las viejas ideas del Abate Saint Pierre, de Kant, Wilson, Roosevelt, y el propio Einstein; para asegurar la paz perpetua y hacer del planeta Tierra un hábitat acogedor para todos.

Y en línea con esa democratización de las Naciones Unidas, la UE tendría que asumir también un gran papel de mediación para el desarme nuclear, la formación de unas solas Fuerzas Armadas de la ONU, en la perspectiva de un mundo multipolar superador de las tensiones entre EE.UU. y China como únicas superpotencias.

A este tema me he referido ya en varias ocasiones, haciendo uso de la idea de Eyre Crowe, el funcionario del Foreign Office que en 1907 propuso la negociación entre el Imperio Británico y el Imperio Alemán; para impedir lo que después sería, ineluctablemente por no escuchar su planteamiento, la cruenta y trágica Primera Guerra Mundial, primera fase que fue de una contienda que se reactivaría sólo 19 años después, en 1939.

Hoy se dice que las naciones trabajan por el comercio internacional y la prosperidad económica y que una guerra total es impensable. Lo mismo que se decía en 1907. Y sin embargo, llegó la guerra... y se reprodujo en 1939, con caracteres ya apocalípticos (Holocausto, exterminio nazi en la URSS, Hiroshima, Nagasaki, y tantos etcéteras).

Actualmente, las armas atómicas parecen una disuasión definitiva para impedir la guerra, pero la proliferación de países que las tienen, con regímenes no democráticos y autoritarios en grado sumo, no comportan una perspectiva halagüeña de que nunca vayan a utilizarse. Por eso, la UE tendría que dejarse de complejos de inferioridad, y con el espíritu universalista de Jean Monnet -que ha conseguido 28 países que viven y trabajan en paz-, ir hacia un gran acuerdo, para transformar el mundo actual, aún con pretensiones hegemónicas e imperialistas, en una comunidad multipolar. Empezando por el entendimiento China/EE.UU., y más concretamente en lo que se refiere a sus intentos de dominio del gran Océano Pacífico.

Lo ha expuesto Henry Kissinger, lo ha propuesto la Comisión Blix de Suecia, se ha planteado por el Secretario General de las NN.UU., Ban-ki Moon, el desarme nuclear, el control de los armamentos. Pero todo eso no será posible sin la visión de un mundo multipolar y en paz, con unas Naciones Unidas reestructuras en su democratización. Esa es la gran cuestión, de la que vamos a participar a nuestra responsable en la UE para Asuntos Internacionales, la Sra. Mogherini: para que la Unión Europea asuma sus responsabilidades para el mundo futuro.

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