70 años de paz en la Europa de la integración (I)

Entramos hoy en un artículo escrito directamente para los lectores de Republica.com, a propósito de un tema que no puede dejarnos indiferentes: se trata de que en los foros más diversos, y con talantes muy distintos, se está celebrando, en 2015, el final de la Segunda Guerra Mundial (SGM); primero en los frentes europeos en mayo, para terminar en el Pacífico, en julio. Y en esa línea de conmemoraciones, no cabe duda de que la integración europea ha sido el mayor fruto de aquel desastre de la guerra, para convertirse en una gran historia de éxito, una auténtica success story, al que vamos a dedicar este artículo, cuya primera entrega hacemos hoy.

A las generaciones que no conocieron los horrores de la hecatombe mundial de 1939-45, hay que recordarles cómo quedó Europa al final de la contienda: una completa devastación desde el Atlántico al Volga, y desde el Báltico al Mediterráneo, tras seis años de ataques totales, con ciudades coventrizadas en Inglaterra, dresdificadas en Alemania, o pasadas por las armas hasta en dos momentos sucesivos, como sucedió en Stalingrado. Con un total de muertos que se ha cifrado en sesenta millones.

Y a todo ese apocalipsis le siguió una postguerra que presagiaba la más trágica falta de recursos de todo tipo, con las industrias arruinadas, los transportes severamente dañados, una agricultura capitidisminuida sin suficientes alimentos que ofrecer, y unos stocks de energía y materias primas casi completamente inexistentes.

La segunda mitad de 1945, el 46 y la primera parte del 47 fueron tiempos de muy poca esperanza: las cartillas de racionamiento eran implacables, los inviernos fríos, y sólo con muchas dificultades comenzaba una débil reconstrucción de ciudades e infraestructuras. Por eso tuvo tanta importancia el Plan Marshall, que el jefe de la diplomacia de EE.UU. en aquel momento anunció en su célebre discurso de junio de 1947 en la Universidad de Harvard. Cuando ofreció a todos los aliados e incluso a algunos neutrales europeos (no a la España de Franco), otorgarles ayudas de gran generosidad para reconstruir su economía y hacer posible un futuro menos incierto.

El rechazo por la URSS de la ayuda Marshall (para sí y su entorno de países sovietizados), hay que analizarla en los elementos de su contexto. Pero el caso es que para Europa occidental, el mensaje de Marshall y lo que vino después fue una especie de bálsamo de Fierabrás macroeconómico, que insufló nueva vida; y que en sólo cuatro años permitió cebar la bomba de las economías de casi una veintena de países (de hecho, Alemania y Japón fueron introducidos en el sistema), que vieron casi como un milagro su recuperación económica en términos antes inimaginables.

Y tan importante casi como la propia ayuda Marshall -preconizada por el mismo General que supo frenar la intervención militar de EE.UU. en China, haciendo posible la República Popular de Mao-, en su sentido más estricto de recuperación, fue el designio de los administradores de los fondos para asistir a Europa (sobre todo Paul Hofmann, jefe de la ECA); que supieron ver cómo la asistencia prestada podría ser mucho más efectiva, creando las condiciones de una cooperación económica más estrecha entre los países beneficiarios.

Los códigos de liberalización de mercancías, de transacciones invisibles, la reducción de las tarifas aduaneras vía GATT, los primeros intentos de multilateralización monetaria, y las avanzadillas de una posible unión aduanera, fueron instrumentos que cuajaron, ya con una iniciativa auténticamente intraeuropea, en la Declaración Schuman de 1950. Que fue el origen de las tres comunidades subsiguientes (CECA, CEE, y Euratom), que progresivamente se transformaron en la Unión actual: ya con todos sus aditamentos, incluyendo la moneda común, el euro, que hace de Europa la primera área de integración económica del mundo. Con un acervo de importancia superior a todo lo económico: la paz perpetua de 28 países en el sentido más kantiano, frente a un mundo en el que las zonas de guerras son todavía amplias y amenazantes.

Todo eso hay que recordarlo hoy, 70 años después de terminar la tragedia de la SGM, sobre todo, insistimos, a las jóvenes generaciones. Que en ocasiones parecen pensar que todo lo que tenemos alrededor es algo natural, que nos viene dado sin esfuerzos. Cuando en realidad lo que vislumbramos al volver la cabeza es una senda de 70 años de trabajos y esfuerzos, para conseguir todo aquello de lo que hoy disponemos, empezando por la paz, que debe ser apreciada en sus importantes dimensiones.

Actualmente, la Unión Europea cuenta con 28 Estados miembros, a partir de los Seis que entraron en la gran aventura integratoria en 1952 al crearse la CECA. Con una configuración en el presente de gran complejidad, y en un año, el 2015, en que los líderes políticos de la Unión recién renovada, tienen mucho que hacer: Schultz en el Parlamento Europeo, Tusk en el Consejo, Juncker en la Comisión, y Vasilos Scouris al frente del Tribunal de Justicia. Esas son las instituciones de los tres poderes todavía no independientes entre sí en el nivel europeo.

Nuestra Unión se relaciona además con el resto del mundo, en toda una serie de áreas en que participa. En el Espacio Económico Europeo (EEE), con libre circulación de mercancías y de prácticamente todos los servicios, en el que se encuentran, junto a la UE, Islandia, Noruega y Liechtenstein. Y con Suiza, único país de la Europa occidental que no forma parte de la UE ni del EEE, se mantiene un tratado de asociación desde los años 70 del pasado siglo.

Por otro lado, la UE tiene contactos muy estrechos con todos los países de la orilla mediterránea, desde el Magreb al Masreq. Y con los países americanos ha alcanzado acuerdos como el que se logró con el Mercado Común Centroamericano, el que está en curso de negociarse con el Mercosur, así como tratados bilaterales al estilo de Chile y México. Y con Asia, la UE sostiene encuentros ad hoc periódicos, incluyendo la ASEAN, y la República Popular China. Y todo ello sin olvidar las relaciones especiales de asociación de más de 70 países a través de los dispositivos ACP (Asia, Caribe, Pacífico), en un claro testimonio de cooperación Norte/Sur.

De cara al futuro, la Unión Europea tiene funciones importantes que desarrollar, para consolidarse plenamente. Que podemos exponer con tres horizontes de tiempo: a corto y medio plazo, a largo, y en la línea de las grandes transformaciones estructurales de toda la comunidad internacional.

En lo que se refiere al corto y medio plazo, la Unión ha de desarrollar más a fondo las instituciones de la Eurozona, para reforzar la moneda única, que ya es la de 19 países de la Unión, además de ser la referencia de las dos grandes uniones monetarias de África, con un total de catorce países.

Y en dirección a ese reforzamiento, será preciso diseñar de manera completa la Unión Fiscal, la Unión Bancaria, y las grandes transformaciones del Banco Central Europeo en su senda a convertirse en un Sistema de Reserva Federal para todos sus Estados miembros. Todo lo cual exige un reforzamiento de las instituciones del Eurogrupo, lo que confiere gran importancia a la próxima elección de su presidencia, a la que opta, entre otros, el candidato español Luis de Guindos.

También dentro del corto y medio plazo, están otros temas enjundiosos, como el Plan Juncker, que podría permitir pasar de la etapa de la austeridad y las reformas políticas, a otra de impulso al crecimiento, con un capital global a invertir en torno a 315.000 millones de euros.

E igualmente, en el escenario más inmediato, se plantea, de manera perentoria, una auténtica política común de migraciones a la UE. Y especialmente del norte de África y del Próximo Oriente, para tratar de resolver un problema que para muchos es de vida o muerte, en su problemático acceso a lo que consideran el paraíso europeo.

Y de cara a esas migraciones, en el futuro hay que poner las luces largas, a poco que recordemos que África va a ser el gran impulsor demográfico del mundo a lo largo del siglo XXI, cuando pasará de los 1.000 millones de habitantes de hoy a casi 3.000. Lo que exige una nueva forma de pensar: más en la línea de lo que fue el Plan Marshall para la Europa arruinada por la guerra, que en formas convencionales más recientes, pero mucho menos eficaces, de cooperación tipo ACP.

Nos quedaremos hoy en el corto y medio plazo, para el próximo jueves seguir con el tema. Y hasta entonces, el autor, como siempre, se pone a la disposición de los lectores en castecien@bitmailer.net.

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