La transición española como expresión de cambio político pacífico de la dictadura a la democracia (II)

El pasado jueves 14 iniciamos el presente artículo sobre la Transición española, a propósito de la conferencia que tuve ocasión de pronunciar en Tokio el 20 de abril, en la sesión organizada por la Embajada de España y la Universidad de Asuntos Extranjeros.

En la primera entrega de esta serie vimos las últimas boqueadas del Franquismo, en un intento de permanencia disfrazada, para hoy entrar ya en las propuestas y actuaciones de la oposición democrática.

2. LA OPOSICIÓN DEMOCRÁTICA

Como hemos visto, el comportamiento del régimen de Franco a lo largo de 1975, fue de claro endurecimiento de su línea política. ¿Por la violencia de ciertos grupos ligados al terrorismo? En realidad, el peligro para el régimen venía de otro lado; básicamente, de la mayor actividad de la oposición democrática y pacífica, y de la desafección de muchos anteriores adictos al régimen.

Desde el verano de 1974, la oposición había comenzado a coordinarse y desplegar una mayor actividad. El 29 de julio de este año, se creó formalmente la Junta Democrática de España (JDE), que desde el verano de 1974 promovió la formación de juntas por todo el territorio nacional. La JDE estaba integrada por el Partido Comunista de España (PCE), Partido del Trabajo, Partido Socialista Popular (de Enrique Tierno Galván y de Raúl Morodo), Federación de Independientes Demócratas, Alianza Socialista de Andalucía (luego Partido Andalucista, de Alejandro Rojas Marcos), Comisiones Obreras (con Marcelino Camacho a la cabeza), amén de otras organizaciones de base; así como por personas políticas independientes como Antonio García Trevijano, Rafael Calvo Serer, José Vidal Beneyto, etc. Y por una gran proporción de gentes de todas las clases sociales, agrupadas o no en asociaciones de vecinos o de amas de casa, clubes juveniles, movimientos femeninos, culturales, etc.

La característica del movimiento de las juntas era su autonomía. La había a nivel local, de carácter sectorial (profesionales, arte y cultura, empresarios, funcionarios, etc.) y territorial (de barrios, pueblos, y provinciales). El escalón intermedio lo cubrían las Juntas Regionales, y los fundamentos de la JDE se expusieron en los 12 puntos de su declaración constitutiva, donde se propugnaba:

 La formación de un Gobierno Provisional para devolver a todos los españoles su plena ciudadanía mediante el reconocimiento de las libertades y de los derechos y deberes democráticos.
 La amnistía absoluta de todas las responsabilidades por hechos de naturaleza política o sindicales.
 La legalización de los partidos políticos sin exclusiones.
 La libertad sindical, y la restitución al movimiento obrero del patrimonio del Sindicato Vertical.
 Los derechos de huelga, de reunión y de manifestación pacífica.
 La libertad de Prensa, de Radio, de opinión y de información objetiva en los medios estatales de comunicación social, especialmente en la Televisión.
 La independencia y la unidad jurisdiccional de la función judicial.
 La neutralidad política y la profesionalidad, exclusivamente militar para la defensa exterior, de las fuerzas armadas.
 El reconocimiento, bajo la unidad del Estado español, de la personalidad política de los pueblos catalán, vasco, gallego y de las comunidades regionales que lo decidieran democráticamente.
 La celebración de una consulta popular para decidir la forma definitiva del Estado.
 La separación de la Iglesia y el Estado.
 La integración de España en las Comunidades Europeas.

La gran virtualidad de la JDE es que permitió a muchas gentes de toda España (excepto en Cataluña y el País Vasco, donde hubo configuraciones propias de esas dos regiones, fundamentalmente la Asamblea de Cataluña, y el PNV renacido, respectivamente) incorporarse a la lucha política, sin necesidad de adherirse a ningún partido. Así, las juntas fueron para muchos una primera escuela de aprendizaje democrático; al llevar a amplios sectores de población la conciencia de que sin una alternativa política democrática la mayoría de los problemas laborales, sociales, etc., no tenían solución.

Por otro lado, en junio de 1975, se creó la Plataforma de Convergencia Democrática (PCD), integrada inicialmente por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), Izquierda Democrática (democristianos de Ruiz Giménez), Unión Socialdemócrata Española (USDE), Organización Revolucionaria del Trabajo (ORT), Movimiento Comunista (MC) y Partido Carlista.

Finalmente, el 26 de marzo de 1976 se acordó la disolución de la Junta Democrática de España y de la Plataforma de Convergencia Democrática, para constituir un solo órgano de la oposición, denominado Coordinación Democrática -más conocida como la «Platajunta»-, como medio indispensable para ofrecer a la sociedad española una alternativa de poder capaz de transformar, por vía pacífica la dictadura en un Estado Democrático».

3. EL PRIMER GOBIERNO DE LA MONARQUÍA (ARIAS/FRAGA)

Con la muerte del general Franco (20 de noviembre de 1975), Juan Carlos de Borbón se convirtió automáticamente en rey de España, conforme a las previsiones sucesorias del régimen. Y acto seguido, el Rey confirmó a Arias Navarro como Presidente de Gobierno, quien remodeló su gabinete el 12 de diciembre de 1975, dando entrada a ministros «reformistas» como Fraga, Areilza, Antonio Garrigues, Osorio y Martín Villa.

Arias Navarro siguió como si nada hubiera pasado: no tenía un horizonte democrático (el Rey sí), y en definitiva, la reforma Arias/Fraga se configuró como indebidamente secreta, y de muy bajo techo; en la idea de excluir del juego político a los partidos y a las organizaciones menos afines al régimen. Así pues, el punto de vista de la oposición sobre la tal reforma no pudo ser otro que el de un rechazo total y absoluto, con la reiteración, al tiempo, de la necesidad de libertades inmediatas para abrir un período constituyente. El ya mencionado acuerdo del 26 de marzo de 1976, para la constitución de la Platajunta, fue la expresión de esos propósitos.

Sin embargo, Fraga, principal Ministro de Arias Navarro, se pronunció por el quietismo, y así se reflejó en mi libro Más que unas Memorias[1], expresivo de lo que eran aquellos tiempos cuando pronunció sus célebres máximas de la calle es mía y el timing lo marco yo:

El episodio se produjo a finales de diciembre de 1975. En la Junta Democrática de Madrid estábamos preparando una manifestación por los derechos humanos, a celebrar delante del Ministerio de Justicia en la calle Ancha de San Bernardo -como decía siempre el gran novelista Pío Baroja-. El caso es que en la mañana misma de esa convocatoria estaba yo afeitándome, cuando Carmen, mi mujer, casi conteniendo la risa, se asomó por la puerta del cuarto de baño, y me dijo: «¡Ramón, Ramón, que te llama Fraga...! Parece muy indignado…». Me puse al teléfono y después de un breve y muy enérgico saludo, me dijo:
— Tamames, sé que esta noche queréis hacer una concentración ante el Ministerio de Justicia.
— Estás bien informado, ministro..., así es…
— ¡Esa concentración está prohibida!
No se pueden prohibir los actos pacíficos de los ciudadanos -le contesté yo pausadamente-. La calle es de todos.
La respuesta se haría famosa urbi et orbi:
¡La calle es mía!
— Si me permites, Ministro, insisto en que la calle es de todos, y si tanto habláis de democracia, ¿cuándo vamos a tenerla? ¡A ver si os dais prisa! Nosotros ya nos la estamos dando…
La respuesta fue tan contundente como la anterior:
¡El timing lo marco yo!
Acusé el impacto de tales pronunciamientos fraguianos y, cuando me repuse psicológicamente, no más de un segundo después, le dije al Ministro:
— Precisamente dentro de unas horas tenemos una reunión de la Junta Democrática de Madrid con varios periodistas... ¿Me autorizas que te cite?
— ¡Estas autorizado a citarme a quien quieras! ¡Adiós, muy buenas! ¡Estás avisado!—. Y al otro lado de la línea, se interrumpió la comunicación.
Una representación de la Junta Democrática de Madrid se reunió efectivamente esa misma tarde con la prensa más motivada, con la asistencia de un buen número de periodistas. Yo informé de las dos frases: «¡La calle es mía!» y «¡El timing lo marco yo!». Y desde el día siguiente ambas proclamaciones se propagaron como un reguero de pólvora, tildando a su autor de autoritario; y de juicio político menos inteligente de lo que se pensaba. Fraga siempre negó haber pronunciado tan lapidarias sentencias. ¡Pero juro por mi honor, que todavía me resuenan en los tímpanos! Y además ¿cómo iba a inventarme yo dos perlas así ex nihilo…?

En las condiciones cada vez más penosas de la pseudoreforma Arias/Fraga, el rey Juan Carlos, en un golpe de decisión, cesó a Arias Navarro, reunió al Consejo del Reino, y de la terna que éste le propuso, eligió a Adolfo Suárez como Presidente del Gobierno.

Dejamos aquí el tema por hoy, para continuar el próximo jueves con lo que fue el primer gobierno de Adolfo Suárez. En el interim, pueden comunicarse con el autor a través de castecien@bitmailer.net.

[1] RBA, Barcelona, 2013.

 

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