La transición española como expresión de cambio político pacífico de la dictadura a la democracia (I)

En un reciente viaje a Extremo Oriente, tuve ocasión de exponer, en un foro constituido por la Embajada de España en Tokio y la Universidad de Asuntos Extranjeros de esa misma ciudad, un conjunto de ideas sobre la Transición española. Por la cual hay en Oriente un gran interés, sobre todo en China, donde como en el caso de España, aunque sea a una escala mucho mayor, se trata de pasar de una autocracia a una democracia.

La transición española ha sido uno de los episodios políticos más importantes de la Europa de nuestro tiempo, por sus contenidos: cómo un viejo país como España, con una larga historia, pudo cambiar de la dictadura a una democracia en un lapso muy breve, y del modo más pacífico. Un hecho que inevitablemente ha atraído la atención de muchos politólogos e historiadores.

En ese sentido, en el presente artículo -para no excedernos en espacio y tiempo-, me fijaré en cuatro momentos clave: la reorganización de la oposición democrática, la reforma Suárez, los Pactos de La Moncloa y la Constitución. Todo ello en un cauce en el que prevaleció el bueno sentido de los políticos para negociar, primero, la Reforma, luego los Pactos, y por último la Constitución. Pudiendo decirse que a esa predisposición para debatir los verdaderos problemas y llegar a transacciones o consensos, contribuyeron por lo menos dos circunstancias importantes:

El recuerdo de una guerra civil devastadora, de casi tres años entre 1936 y 1939, por la falta de comprensión entre izquierdas y derechas igualmente encrespadas y dispuestas a ir a la confrontación más brutal y estéril. No repetir una situación así, estaba en la mente de todos en 1975, al morir Franco. En la extrema izquierda, el Partido Comunista de España (PCE) fue el que marcó la pauta, pues desde 1956 había planteado ya una política de reconciliación nacional, que volvió a subrayar en la hora de su legalización en abril de 1977.

Cambio sociológico. A diferencia de 1936, en la España de 1977, había ya una sociedad con mayoría de las clases medias, en vez de la oposición rotunda burguesía/proletariado de antes de la guerra civil.

Más en concreto, España había recibido, desde 1959 con el Plan de Estabilización, un fuerte impulso de desarrollo económico, y entre 1961 y 1974 -primer choque petrolero- se experimentó el mayor crecimiento de la economía española nunca conocido: el 7,7 por 100 acumulativo anual, con una elevación de la Renta Nacional de 2,5 veces en ese mismo periodo.

Ese nuevo país de clases medias hizo posible un clima en el que los partidos políticos negociaron, sin más ambages, lo que podría ser la España del futuro. Incluso, como creo que he demostrado en un libro mío [1], el propio Franco en sus últimos tiempos, tenía la plena convicción de que el retorno a la democracia era inevitable. Y el Príncipe de España, luego Rey, Juan Carlos, estuvo desde siempre por la democracia.

1. EL FRACASO DE ARIAS NAVARRO

Con la muerte del almirante Carrero el 20 de diciembre de 1973 en el atentado de ETA, dio comienzo la crisis política definitiva del régimen de Franco: todo el mundo hablaba de cambios. Y por parte de los aperturistas del régimen se formulaba como solución la reforma de las Leyes Fundamentales, cuyas holguras, según ellos, habrían de dar margen suficiente para una evolución sesuda y aceptable. Entretanto, los integristas, también dentro del bloque del poder, se mostraban partidarios de preservar el statu quo, e incluso de regresar a las esencias de los años 40, consideradas perdidas o cuando menos semiolvidadas.

La creación de FEDISA, en julio de 1975, por hombres como Areilza, Cabanillas, Fraga y Fernández Ordóñez, fue un golpe contra Arias Navarro, el último presidente de gobierno de Franco (1973/75), como clara muestra de la preferencia por la forma de sociedad anónima para la actividad política, en vez de las asociaciones preconizadas artificiosamente desde el poder.

Con una gran parte de sus propias fuerzas ya en contra y un proyecto de reforma de nulo o poco sentido democrático, el endurecimiento del régimen a lo largo de 1975 se hizo evidente: en su discurso del 24 de junio de 1975 ante las Cortes Españolas, el Presidente del Gobierno, Arias Navarro, se centró en una definición de lo que él llamó el área de principios inmutables, con «una trinidad de cuestiones»:

1. La exclusión radical del comunismo «en sus distintas tendencias, grupos o manifestaciones», que incluía a cualquier grupo con connotaciones obreras reivindicantes.
2. La afirmación de la unidad nacional para proscribir «inapelablemente las posiciones separatistas».
3. El reconocimiento de la forma monárquica del Estado, equivalente a plantear del modo más puro y simple el continuismo de la monarquía autoritaria ideada por Franco.

En resumen, la «trinidad de Arias» atacaba la trilogía de la oposición democrática: la no exclusión de ningún grupo político siempre que se aceptara el juego democrático y la renuncia a la violencia; el principio de autonomía de las nacionalidades y regiones de España; y la cuestión de que el pueblo debería decidir libremente la forma política del Estado, si monarquía o república.

Ulteriormente, en el verano de 1975, y ante algunas acciones de la ETA y del Frente Revolucionario Antifascista Patriótico (FRAP), contra fuerzas policiales y de la Guardia Civil, la postura del Régimen mostró un endurecimiento máximo; que se manifestó en agosto y en los primeros días de septiembre en un recrudecimiento de secuestros y suspensiones de revistas y prohibición de actos culturales; y llegó a su punto culminante con la publicación del llamado Decreto-Ley de Represión del Terrorismo, y del nuevo reglamento de la policía gubernativa. En todo este contexto, el 27 de septiembre fueron ejecutados cinco condenados a muerte: dos miembros de ETA y tres del FRAP; por hechos terroristas ocurridos anteriormente. No hubo conmutaciones como en el célebre «proceso de Burgos» que en 1971 había dado máxima celebridad a la ETA.

Las cinco ejecuciones -que incluso el Papa intentó evitar intercediendo por tres veces cerca del Caudillo- generaron una inmediata y fortísima respuesta popular europea, así como la retirada transitoria de catorce embajadores de países democráticos de Madrid. De este modo, la operación «apertura» de Arias Navarro quedaba totalmente desbaratada entre la opinión pública europea.

En busca de un contrapeso interno a la respuesta popular y oficial internacional contra las ejecuciones, la decisión del régimen fue organizar una gran «concentración patriótica contra la injerencia extranjera» en la plaza de Oriente de Madrid, el 1 de octubre de 1975; coincidiendo con el 39 aniversario «de la exaltación de Franco a la Jefatura del Estado». Éstlo que prácticamente fue el último acto público al que asistió el Caudillo; siendo muchos los observadores del balcón del palacio de Oriente, que fue allí donde Franco contrajo la enfermedad que por una serie de complicaciones le ocasionaría la muerte cincuenta días después.

Seguiremos el próximo jueves, en Republica.com, con la segunda parte de este artículo, referente a la oposición democrática. Hasta entonces, el autor queda a disposición de los lectores de este periódico digital en castecien@bitmailer.net.

[1] Ramón Tamames, Ni Mussolini ni Franco: La dictadura de Primo de Rivera y su tiempo, Planeta, Barcelona, 2008.

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