Cervantes y la China de la dinastía Ming (I)

Recientemente, he realizado un largo viaje por Asia Oriental, para varias conferencias a dictar en Seúl, Tokio, Pekín y Shanghái. Y precisamente en la capital de China el tema de mi disertación fue “En el cuarto centenario de la segunda parte de El Quijote: Cervantes y el emperador de la China”. Un tema en el que el Prof. Dong Yansheng -primer traductor de El Quijote del español al chino- se entusiasma y sabe transmitir la emoción sobre lo que es, precisamente, el mayor de los amores de su obra. Catedrático de la Universidad de Estudios Extranjeros de Pekín -la misma que me concedió el reconocimiento de Catedrático Honoris Causa en 2010-, el Prof. Dong es uno de los mejores hispanistas del antiguo Reino del Centro. Imperio al que en el siglo XVII podría haber viajado Cervantes, como él mismo suscitó en su dedicatoria al Conde de Lemos en la segunda parte de El Quijote (1615), según la transcripción algo larga pero indispensable que se hace seguidamente:

Es mucha la prisa que de infinitas partes me dan a que envíe la segunda parte de El Quijote, y el que más ha mostrado desearlo ha sido el gran emperador de la China, pues en lengua chinesca habrá un mes que me escribió una carta con un propio, pidiéndome, o, por mejor decir, suplicándome se la enviase [la segunda parte] porque quería fundar un colegio donde se leyese la lengua castellana. Y quería que el libro que se leyese fuese el de la historia de don Quijote. Justamente con esto, me decía que fuese yo a ser el rector de tal colegio.

Pregúntele al portador si Su Majestad le había dado para mí alguna ayuda de costa. Repondióme que ni por pensamiento. «Pues, hermano - le respondí yo-, vos os podéis volver a vuestra China a las diez, o a las veinte, o a las que venís despachado, porque yo no estoy con salud para ponerme en tan largo viaje; además que, sobre estar enfermo, estoy muy sin dineros, y emperador por emperador, y monarca por monarca, en Nápoles tengo el grande conde de Lemos, que sin tantos titulillos de colegios ni rectorías, me sustenta, me ampara y hace más merced que la que yo acierto a desear»1.

Las apreciaciones chinescas de Cervantes estaban muy ligadas a las conocidas limitaciones económicas de toda su vida, pero en ellas también se manifestaba ya, con toda claridad, su gran admiración por el mayor país de Asia. Al que no llegó a viajar, y en el cual El Quijote es hoy uno de los libros foráneos más leídos2.

El anfitrión de Don Miguel en China lo habría sido el decimotercer emperador de la dinastía Ming. De la que cabe decir, en brevísimo resumen, que fue la familia reinante en el Imperio Chino entre 1368 y 1644. Su fundador, Zhu Yuanzhang (1368-98), era monje budista de origen campesino, encabezó la revuelta contra la dinastía entonces reinante, de origen mongol, los Yuan, descendientes de Kubilai Kan3. Y andando el tiempo, el emperador Ming Yong Lo (1403-24) llevó a su apogeo al gran Imperio, extendiendo sus fronteras por el norte y el sur, afirmando su influencia sobre Mongolia, Indochina y el Índico.

En lo concerniente al presunto anfitrión de Cervantes, el emperador Wan Li, reinante desde sus nueve años, entre 1573 y 1620, se sabe que tuvo un primer ministro llamado Zhang Zhuzheng; hombre muy dotado para el gobierno, y gracias a cuyos buenos oficios, la primera parte del reinado de Wan Li se caracterizó por la estabilidad y el buen funcionamiento de la administración, y de la economía, así como por el florecimiento de la cultura, en especial la literatura. Además, de Wan Li data el permiso para la instalación en China de los primeros misioneros jesuitas; que pronto adquirieron gran influencia en la Corte, como portadores de las ideas y técnicas de Europa. Y en 1610, se reconoció incluso la libertad de culto a los católicos.

En esos tiempos, la implantación española en Filipinas, hizo posible una fuerte emigración de chinos al nuevo dominio español y sobre todo a Manila, donde los padres dominicos fueron los encargados de asistir espiritualmente a las comunidades Han. Uno de ellos, Juan Cobo publicó en 1592 la que puede ser considerada la primera traducción de un libro chino a una lengua europea: el Ming xin bao jian, Beng Sim Po Cam / Espejo rico del claro corazón, una obra de aforismos y breves diálogos sapienciales, de tradición confuciana, atribuida a Fan Liben. Cobo la tradujo con el concurso de diferentes chinos manilenses conversos al cristianismo4.

También por entonces, el propio Felipe II llegó a redactar una carta al emperador Wan Li, a la que se había previsto acompañar todo un conjunto de regalos, en el que se incluían cuadros, espejos y otras obras preciosas, en una magna embajada que nunca llegó a zarpar de Nueva España. Todo ello, en el contexto de la concepción del monarca, de que la unión dinástica de España y Portugal en 1580 estaba en la senda de la Monarchia universalis; ante la cual, tan solo el Imperio Chino desafiaba el impresionante despliegue de los sistemas ibéricos, que en Manila y Macao tenían sus apéndices extremos cercanos a los Ming.

En relación con ese deseo de Felipe II, de tratar en directo con China, quien estaba destinado a ser embajador en Pekín, un fraile agustino residente en la Nueva España, Juan González de Mendoza, publicó en Roma, en 1585, el libro Historia de las cosas más notables, ritos y costumbres del Gran Reyno de la China5. Todo un manifiesto de lo que iba a ser parte de la embajada de Felipe II ante el emperador Wan Li, que según vimos no llegó a realizarse.

González de Mendoza no llegó a estar en China, pero compiló en su mencionado libro todo lo que en aquel momento se sabía sobre el gran país. Sus fuentes eran en buena medida de los misioneros que se habían adentrado en tierras chinas: Martín de Rada, Pedro Alfaro, Agustín de Tordesillas, etc. Esos y otros testimonios le llegaron a Mendoza, vía la ya también citada Nao de la China o Galeón de Manila, que anualmente hacía la ruta Acapulco/Manila, con su correspondiente contraviaje.

El libro de Juan González de Mendoza se convirtió en la obra que di-fundió una imagen utópica e hiperbólica de China en los medios cul-tos europeos, ávidos de noticias sobre tan mitificado reino, durante las últimas décadas del siglo XVI y a lo largo de las primeras del siglo XVII. Se tradujo a las principales lenguas europeas y gozó de más de cuarenta ediciones en apenas dos décadas. Autores tan diversos como Montaigne y Francis Bacon, se basaron en la obra de Juan González de Mendoza cuando se escribieron sobre China. Y en el ámbito de las letras españolas se encuentra su huella en las piezas teatrales Angélica en el Catay, de Lope de Vega6, así como Las lágrimas de Angélica, de Luis Barahona de Soto7.

Dejamos aquí la historia de las relaciones de Cervantes y la China, para terminar la semana próxima. Hasta entonces, pueden comunicarse con el autor en el correo electrónico castecien@bitmailer.net.

1Prólogo de la segunda parte de El Quijote, edición de la RAE de 2005.

2Algunas referencias bibliográficas sobre las relaciones chino-españolas en los siglos XVI a XVIII: Toni Vives y Josep Giró: «China», Laertes, Barcelona, 2000; Oscar Spate, «El lago español», versión de Casa Asia, Barcelona, 2004; Revista de Occidente, Diccionario de Historia de España, Alianza Editorial, Madrid, 2008; Ramón Tamames, El siglo de China. De Mao a primera potencia, Planeta 5º edición Barcelona, 2007, y también del mismo autor (con Felipe Debasa Navalpotro), China tercer milenio, el dragón omnipotente, Planeta, Barcelona, 2012.

3http://www.biografiasyvidas.com/biografia/m/ming.htm

4http://cvc.cervantes.es/obref/china/era_moderna.htm

5Imprenta de Vincentio Accolii, Roma, 1585

6Comedias de Lope de Vega. Parte VIII, Volumen III, Rafael Ramos (coord.), Milenio-Universitat Autònoma de Barcelona, Lérida, 2007

7Editorial Cátedra, Madrid, 1984

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