Crecimiento y desigualdad: la polémica sobre los desequilibrios del capitalismo en el siglo XXI

El pasado 16 de octubre estuve en Barcelona para una conferencia en el Colegio de Notarios de Cataluña, que dispone de una hermosa mansión del siglo XIX, con un magnífico auditorio donde me ocupé del tema de la desigualdad económica y social en el capitalismo del siglo XXI; en buena medida, por relación con el libro de Thomas Pikkety que lleva por título “El capital en el siglo XXI”, y que ha sido recientemente publicado en español por el Fondo de Cultura Económica de México.

Este artículo que ahora se publica a partir de la referida conferencia, constará de varias entregas, y ya desde ahora planteo a los lectores de Republica.com, que manifiesten sus opiniones sobre un tema que está siendo objeto de gran controversia en la hora presente.

1. APRECIACIONES SOBRE LA CRECIENTE DESIGUALDAD

En los últimos tiempos, hay numerosos testimonios de que la clase media en los países más ricos tiene sus retribuciones estancadas: los ingresos de las familias de ese estrato social en EE.UU., Japón y en toda Europa, que apenas seguían los precios en la década anterior a la crisis financiera desencadenada en 2008, han venido cayendo desde entonces1.

Ante esa evidencia, muchos economistas temen que tal estancamiento en las rentas personales pueda actuar como freno de la recuperación global. Más aún, la OCDE advierte, desde septiembre de 2014, que los recortes en los salarios reales, al tiempo que sigue creciendo la productividad, “impiden o limitan la recuperación del consumo”. Y si esas tendencias persisten, la predicción de John Maynard Keynes en 1930 sobre la economía de nuestros nietos, quedaría muy deteriorada, al alejarse el momento en que en las sociedades más ricas habría que trabajar menos, obteniendo en cambio mayores ingresos y más tiempo disponible para el ocio.

A la vista del decadente escenario esbozado, los economistas más a la izquierda, encabezados por el Nobel Joseph Stiglitz, de la Universidad de Columbia, exigen estímulos fiscales para aumentar la demanda, así como salarios mínimos más generosos, lo que plantea, a su vez, nuevos instrumentos para mejorar la posición negociadora de los trabajadores.

Por otro lado, hay conciencia general de las crecientes diferencias en la percepción de rentas, que rompen las previsiones hechas tiempo atrás. Y en ese sentido, el economista Zygmunt Bauman ha destacado cómo en el Renacimiento y la Ilustración -cuando vivían Francis Bacon y Descartes, o Kant y Hegel-, el nivel de vida en los países europeos en las regiones más ricas nunca duplicaba el de las más pobres. En cambio, actualmente, el país más opulento del mundo, Qatar, alardea de tener una renta per cápita 428 veces la del más pobre, Zimbabue.

Además, no cabe olvidar las comparaciones entre promedios, y en esa dirección, recordaremos la trampa estadística de los pollos: si mi vecino se come dos pollos y yo uno a la semana, el promedio numérico diría que cada uno de nosotros despachamos pollo y medio; cuando en realidad uno consume el doble que el otro2.

En el contexto que vamos examinando, una de las expresiones morales más citadas por los defensores del libre mercado hasta hace bien poco, se ve cada vez más refutada: la persecución del beneficio individual ya no constituye -merced a la mano invisible de Adam Smith-, el mejor mecanismo para el bien común. Porque según las últimas tendencias, una parte creciente de los beneficios del progreso económico acaban en manos de un reducido número de personas, quedando el resto de la población en situación de estancamiento o incluso de pérdida de rentas.

Todo el problema descrito surge por el efecto de lo que sucede en los mercados, e igualmente por las decisiones de inversión. En los primeros hay un dominio manifiesto de las empresas más poderosas, y en cuanto a las segundas, sucede otro tanto. Con la particularidad de que está dejando de tener validez el argumento de que los de arriba contribuyen decisivamente al avance económico por ser “creadores de empleo”.

Todo eso ha dejado de ser verdad con la gran recesión iniciada en 2008: no sólo los de arriba no favorecen la mejor distribución de rentas, sino que además de haber desarrollado una gestión temeraria y de consecuencias penosas, con toda clase de engaños y pérdidas, se autoindemnizan con grandes asignaciones; a pesar de que se vinieron abajo sus productos financieros más prometedores: como los paquetes de hipotecas subprimes, las titulaciones de deuda bancaria, las cédulas emitidas, etc.

De hecho, esos próceres podrían ser denominados hoy “manager ladrones”, como en analogía a lo que sucedió a finales del siglo XIX con los robber barons de la economía estadounidense. Porque no se ha contribuido a crear nuevos empleos estables, sino que con la crisis se incrementaron las colas de trabajadores redundantes, que es como se conoce en muchos casos en EE.UU. a los desempleados forzosos.

Sobre ese cambio de escenario, en su libro El precio de la desigualdad3, Stiglitz advirtió que EE.UU. está convirtiéndose en un país “donde los ricos viven en comunidades cerradas, mandan a sus hijos a escuelas caras y tienen atención sanitaria de primera calidad. Mientras tanto, el resto vive en un mundo marcado por la inseguridad, la educación mediocre en el mejor de los casos, y una atención sanitaria muchas veces restringida o inexistente”4.

2. LA GRAN RECESIÓN Y EL DEBATE SOBRE SU ORIGEN

Conectamos ahora con Tyler Cowen, un economista atípico, que lee cuentos del argentino Julio Cortázar, y que es un gastrónomo reconocido. Además escribe uno de los blogs de economía más leídos del mundo, Marginal Revolution. Y disfruta de la vida en su casa de Fairfax, en un pueblo rodeado de bosques, en medio de barrios residenciales, cerca de la Universidad George Mason, donde enseña, a media hora en coche de Washington5.

Desde allí, el Prof. Cowen, con sus 52 años de edad, observa la economía de EE.UU. y el retrato que hace de ella tampoco es de lo más amable: menos ingresos para las clases medias, más desigualdades entre los ciudadanos en su acceso a la educación de calidad, y creciente discriminación entre la generalidad de los trabajadores con las élites más que bien remuneradas de los que fueron a Harvard, Yale, el MIT, etc. En suma, una economía que no crece lo suficiente como para elevar el nivel de vida de la inmensa mayoría.

Así las cosas, “los números revelan que en los últimos 15 años el nivel medio de vida de un hogar estadounidense ha caído entre el 5 y el 10 por 100. Algo bastante malo de por sí, y aún peor si como parece ese nivel bajara otro 5 por 100 o 10 por 100 más en los próximos diez o quince años. Y al respecto, Cowen hace una precisión: “mantengamos la perspectiva: no estoy diciendo que EE.UU. vaya a seguir la pauta de los depauperados de Calcuta en la India; lo que intento decir es que los niveles de vida de muchas personas en este país se encontrarán más cerca de los de Bélgica o de otras partes de Europa occidental, lo que resulta poco alentador, pero sin que ello vaya a significar el fin del mundo”6.

En The Great Stagnation, publicado en 2011, el propio Cowen intentó explicar por qué las tres últimas recesiones -1991, 2001 y 2009- han terminado con una “recuperación sin empleo”. A diferencia de lo que sucedió a lo largo de los 300 años anteriores, cuando EE.UU. progresó a través de las fluctuaciones cíclicas más diversas, merced a la innovación tecnológica, un sistema educativo que multiplicó en pocos años la población con estudios superiores, y a enormes cantidades de suelo disponible para actividades agrarias y desarrollos urbanos.

Esas ventajas se han agotado, según Cowen, y si se exceptúa Internet, nuestra tecnología hoy no es tan distinta de la de los años cincuenta del siglo XX: los sueños de coches voladores y viajes a Marte del siglo XXI no se han cumplido. Como dice el magnate de Silicon Valley Peter Thiel (amigo de Cowen): “Queríamos coches sobrevolando las ciudades, y en su lugar tenemos 140 caracteres” (obviamente, alusión a Twitter).

Desde otra óptica, los profesores Atif Mian y Amir Sufi, discrepan de Cowen: en su libro House of Debt7. En el que los dos referidos docentes, de las universidades de Princeton y Chicago, defienden que es en el endeudamiento privado -el de familias, que no el de las empresas- donde está la verdadera causa de las últimas recesiones. Un punto de vista que tiene como consecuencia que el libro House of Debt esté compitiendo con El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty8, la obra de Economía más vendida (aunque tal vez no más leído) de 2014.

Por otra parte, ningún país desarrollado y endeudado entre el 80 por 100 y el 120 por 100 de su PIB, que es el peso de la deuda soberana en la mayoría de los países de Occidente, podrá reembolsar sus débitos sin algún tipo de ayuda o reestructuración. Por la sencilla razón de que no será factible generar superávit fiscales suficientes para ello9 . Lo cual agrava más la situación, pues las fuertes cantidades de recursos necesarios para atender el servicio de la deuda, lastran los presupuestos, disminuyendo la capacidad de inversión de las administraciones pública.

Dejamos hoy el tema para seguir el próximo jueves 30 de octubre, con una segunda entrega de este artículo. Y como siempre, el autor espera los comentarios de los lectores de Republica.com en su correo electrónico castecien@bitmailer.net.

1 Financial Times, “The big read. Pay pressure”, 19.IX.2014

2 Zygmunt Bauman, “¿La riqueza de unos pocos beneficia a todos?”, Elites, nº 186, 2014.

3 Versión en español en Taurus, Madrid, 2012

4 Zygmunt Bauman, ¿La riqueza…, ob. cit

5 Marc Bassets, “Lo máximo a lo que aspiramos es a agarrar pedacitos de creci-miento”, El País, 10.VIII.2014.

6 Jorge Tamames, “Cuando la crisis es en realidad de consumo”, Expansión, 14.VIII.2014.

7 Atif Mian y Amir Sufi, House of Debt: How They (and You) Caused the Great Re-cession, and How We Can Prevent It from Happening Again, University of Chicago Press, 2014

8 Fondo de Cultura Económica, México, 2014

9 Hugo Sigman, “Thomas Piketty, Freud y Argentina”, El País, 27.VI.2014

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