Portugal en la guerra civil española (y V)

Terminamos hoy el largo artículo sobre “Portugal en la guerra civil española”, con una referencia al Bloque Ibérico, y una especie de síntesis de cómo aprovechó Salazar la guerra civil española para prolongar su dictadura.

7. EL BLOQUE IBÉRICO [1]

Ya en la segunda parte de la guerra civil, Portugal y la España de Franco avanzaron en sus relaciones, a partir de una iniciativa del gobierno de Franco: en cuanto Alemania presentó su ultimátum a Checoslovaquia, el gobierno de Franco propuso a Portugal la firma de un tratado de no agresión para garantizar las fronteras mutuas.

Más concretamente, el 16 de septiembre de 1938, el Embajador de Franco en Lisboa, su hermano Nicolás, presentó a Salazar la iniciativa, y a finales de enero de 1939 se iniciaron las negociaciones formales, tras una segunda diligencia formal británica. Según Fernando Martins, el hecho de que el Pacto tardara meses en firmarse se debió al hecho de que Portugal pensaba que en caso de un acercamiento a España a través del mismo, el posterior acercamiento entre Inglaterra y España y, sistemáticamente, también con Italia, podría gestar un entendimiento italo-británico para la partición del imperio colonial portugués[2].

El Tratado, redactado en ambas lenguas, preveía la garantía de la Amistad y No Agresión entre España y Portugal en un Tratado de Amizade e Nao Agressao entre Portugal e a Espanha.

António Óscar Fragoso Carmona, Presidente de la República Portuguesa, y Francisco Franco Bahamonde, resolvieron concluir formalmente el Tratados. Pero serían los Plenipotenciarios nombrados por ellos quienes lo firmaron; de parte portuguesa fue António de Oliveira Salazar, Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de Asuntos Exteriores, y de parte españolas, Nicolás Franco Bahamonde, embajador extraordinario en Lisboa. El Tratado se firmó el 17 de marzo de 1939, y entró en vigor el día de sus ratificaciones, el 30 de marzo de 1939 (art. 6º), justo dos días antes de declararse el final de la guerra civil (1.IV.1939).

El Tratado sólo fue denominado Pacto Ibérico o Bloque Ibérico en 1942, cuando el Conde de Jordana, Ministro de Asuntos Exteriores de España, visitó Lisboa y se reafirmó la Península como zona de paz y neutralidad, popularizándose el tratado de 1939 con ese sobrenombre.

El Tratado lo constituían seis artículos en que se especificaba la mutua obligación de respetar las fronteras y la renuncia a practicar cualquier acto de agresión contra la otra parte (art. 1º). Ambas partes se comprometían, además, a no prestar asistencia al agresor o agresores que intentara atacar una de las partes, ni a permitir que su territorio pudiera ser utilizado para desencadenar un ataque dirigido contra una de ellas (art. 2º).

Con el Tratado, el gobierno franquista pretendió defender sus fronteras en el caso de una posible intervención británica, al tiempo que iniciaba su pretensión de sustituir el tradicional vínculo de Portugal con Gran Bretaña por una mayor relación con España. Pretensión que no fue seguida por el gobierno salazarista; para el cual, el Tratado no significó una alteración importante en las seculares relaciones de amistad de Gran Bretaña.

Para Portugal, el pacto significó una garantía jurídica que vinculaba al enemigo tradicional a respetar la inviolabilidad de las fronteras, lo que significaba al tiempo la renuncia española a una política ibérica agresiva.

9. LA PERPETUACIÓN DE SALAZAR TRAS LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA [3]

Ya con la guerra civil de España terminada, el 22.V.1937, Salazar sintetizó su a Franco: «En todos los dominios en que era libre nuestra acción, ayudamos en lo que pudimos a los nacionales españoles, …enfrentados por todas partes a la incomprensión y a la ceguera de Europa. La España nacional tenía pocas amistades y nosotros fuimos, desde la primera hora, lo que debimos ser: amigos fieles de España, en el fondo, peninsulares. Perdimos vidas, corrimos riesgos, compartimos sufrimientos, y no presentamos ninguna cuenta a pagar por España. Vencimos, es todo».

Al terminar la guerra civil el Nuevo Estado portugués se vio reforzado en la figura de Salazar, como conductor indiscutible: ministro de asuntos extranjeros, de finanzas, de la guerra, y presidente del Consejo de Ministros. Un proceso de concentración del poder que se produjo a lo largo de la guerra de España.

Hemos terminado, pues, con nuestro artículo sobre la presencia portuguesa en la guerra civil española. Seguro que han quedado muchas cosas en el tintero (o en la memoria del ordenador), pero lo expuesto a lo largo de cinco entregas parece suficiente para valorar que, en efecto, la ayuda salazarista a Franco fue más importante de lo que generalmente se estima.

La historia de los dos dictadores ibéricos es bien conocida. Caetano, sucedió a Salazar, con la intención de preservar su régimen con las mínimas modificaciones posibles. Pero las guerras coloniales –principalmente en Guinea, Angola y Mozambique— dieron al traste con esos propósitos, pues el esfuerzo militar no podía mantenerse por más tiempo. Y fue así como llegó la Revolución de los Claveles en 1974.

En España hubo que esperar, pues como dijo Francisco Umbral, “a Franco sólo lo matamos de muerte natural, en la cama”. Es decir, la dictadura comenzó a diluirse con el óbito del propio dictador, el 20 de noviembre de 1975. Es conocido de sobra lo que sucedió después, ya en plena transición, hasta el 15-J-77, con las primeras elecciones generales democráticas que dieron paso a la democratización del país.

Y como siempre, el autor queda pendiente de los comentarios de los lectores de Republica.com en castecien@bitmailer.net.


[1] Raquel Rodríguez Garoz, “Geopolítica crítica: el Pacto Ibérico de 1939”, Scripta Nova, Vol. IX, núm. 198, 1.X.2005.

[2] Fernando Martins, ed., Diplomacia e guerra. Política externa e política de defensa em Portugal do final da Monarquia ao Marcelismo, Evora, Ediçoes Colibri. Cidehus, 2001.

[3] César Oliveira, “Portugal e a guerra civil de Espanha”, en Ramón Tamames, A guerra civil de Espanha, ob.cit.

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