Portugal en la guerra civil española (II)

Empezábamos el jueves pasado, día 7 del corriente mes de agosto, este artículo en varias entregas sobre actitudes y presencia de Portugal en la guerra civil española. A propósito de la traducción que va a hacerse de un libro del autor, titulado Breve historia de la guerra civil española –publicado en 2011 por Ediciones B, Barcelona 2011—, circunstancia en la que el editor portugués planteó la necesidad de un capítulo nuevo sobre cómo los portugueses vieron y participaron en aquella trágica contienda.

En la primera entrega de este artículo (epígrafe 1) ya vimos, muy esquemáticamente, cuáles fueron las relaciones hispano-portuguesas desde 1640 –cuando en Lisboa se optó por la desunión de las Coronas de los dos países peninsulares, para ganar la completa independencia de Madrid—hasta 1931, fecha de proclamación de la Segunda República Española. Como asimismo, en el epígrafe 2 de esa primera entrega, se hizo un breve análisis de lo que supuso la capital lusa como escenario de preparación de la guerra; en torno a la figura de quien inicialmente se quería fuese la cabeza visible del alzamiento, el General Sanjurjo.

Hoy, en la segunda entrega, nos referimos a la política adoptada por la dictadura salazarista en relación a la propia guerra (punto 3). E incluimos lo que sin duda es un interesante episodio: la intervención del gran escritor Arthur Koestler en la trama de espionaje los primeros días de la contienda fraticida, con sus conexiones en Lisboa y Estoril (punto 4).

3. LAS PRINCIPALES DECISIONES DE SALAZAR ANTE LA GUERRA CIVIL DE ESPAÑA

Salazar consideró desde un principio que la República Española fácilmente podría resbalar hacia el comunismo y, aunque en Portugal tenía su poder firmemente asentado, cuando el 18.VII.1936 estalló la guerra civil española decidió reforzar su dictadura: el Estado Novo necesitaba mantener a distancia cualquier amenaza revolucionaria, utilizando para ello todos los medios a su alcance para mantener el orden social[1]; actitud que se vio favorecida por el hecho de que la oposición, en mayor o menor medida en la clandestinidad, estaba desunida y diseminada.

Salazar prestó toda su ayuda al franquismo desde el principio de la guerra: desde octubre de 1936 se constituyó oficiosamente en Lisboa una Junta de Representación del Estado Español, dirigida por Mariano Amoedo, que solo sería disuelta cuando el Gobierno de Franco de Burgos fue reconocido de iure en mayo de 1938 como representativo de toda España.

Ciertamente, el gobierno de Salazar no pudo aportar a Franco recursos en grandes cantidades, como sí hicieron Alemania e Italia. Pero por si contigüidad geográfica con España, se permitió la utilización del territorio luso para que otros países abastecieran de todo lo necesario. La llegada de los primeros aviones de los que Burgos carecía, tras las diligencias efectuadas antes de estallar la insurrección, se facilitó al máximo: los aeródromos portugueses fueron lugar de escala de las aeronaves que Hitler enviaba a los nacionales. Y el suelo luso sirvió de paso para traslados de tropas y material, en tanto que los puertos estuvieron abiertos a toda clase de abastecimientos.

Antes incluso de comenzar la guerra, en la noche del 11 de junio de 1936, Oliveira Salazar en persona solicitó al Embajador británico en Lisboa, Sir Charles Wingfeld, que «la eventualidad de la implantación en España de régimen de carácter comunista o extremista era una hipótesis que debía interesar a Inglaterra». Si bien es cierto que por entonces no se obtuvo del gobierno de Londres ninguna respuesta concreta a ese respecto.

Pero a pesar de esas reticencias británicas, cuando estalló la sublevación militar en España, Salazar ya tenía bien tomada su decisión de apoyar a los nacionales de Franco. Y cuando el gobierno francés de Leon Blum propuso a las potencias europeas la definición de una política común de neutralidad, las autoridades de Lisboa optaron por un compás de espera, pendientes de la definición internacional y, sobre todo, de la afirmación militar de los nacionalistas en los diversos frentes que ya se habían configurado.

Pero en su disponibilidad para Franco, Salazar fue aún más lejos: intentó que hubiera una intervención británica, para contrarrestar la influencia de la Alemania nazi, alzándose en ese sentido como interlocutor privilegiado ante el Gobierno de Londres. Si bien éste se limitó a tratar de ganarse, como fuera, la adhesión de Portugal al Pacto de No Intervención; de modo que el 21 de agosto de 1936, Lisboa se unió oficialmente al acuerdo; adoptando de facto una doble política: por un lado, la de las democracias guardando las formas en aquella farsa; y al tiempo, hubo un apoyo a tope a los nacionales.

El 28 de septiembre de 1936 un representante de Portugal asistió a la reunión del Comité de No Intervención en Londres, decisión que nunca fue bien vista en los círculos más próximos a Salazar. De modo que el dictador descargó enteramente tal presencia en el Ministro de Asuntos Exteriores, Armindo Monteiro, que acabó convirtiéndose en el chivo expiatorio cuando fue cesado de su cartera, que asumió el propio Salazar, el 23 de octubre de 1936.

Poco después, se recibió del Embajador de la República Española en Lisboa, Claudio Sánchez Albornoz, una extensa nota repleta de recriminaciones, por la ambigua actitud de Portugal, de ser parte de la farsa de la No Intervención y al tiempo constituir un apoyo indispensable para Franco. Nota que, como ya era usual, no sirvió para nada.

En cualquier caso el doble juego ya estaba claro, y aún más desde el 18 de noviembre de 1936, cuando Alemania e Italia reconocieron el Gobierno de Burgos. Y si Salazar no siguió el mismo camino por entonces, se debió a la presión que Gran Bretaña ejerció para que Lisboa mantuviera su respeto a la falsa neutralidad.

4. UN PARÉNTESIS: KOESTLER EN LISBOA[2]

Koestler había trabajado en Berlín para el Grupo Ullstein, la cadena de periódicos y revistas más potente de Alemania por entonces, de la que fue expulsado por su ideología comunista en 1933, cuando comenzó la nazificación de Alemania. En julio de 1936 vivía míseramente en París junto a otros refugiados alemanes, entre los que se encontraban sus amigos Joseph Roth, Irmgard Keun, y Egon Ervin.

Desde París, con las credenciales del periódico liberal inglés News Chronicle y del derechista y humilde Pester Lloud de Budapest, Koestler conectó con Willi Münzenber. Un genio de la propaganda procomunista, hombre que evaluaba todas las acciones humanas por su valor de agitación. Dirigía el Agitprop del Komintern para Europa Occidental, y acababa de constituir la Comisión de Ayuda de Guerra a la República Española.

-¿Por qué no te presentas en el cuartel general de Franco como corresponsal del Pester Lloid? –le planteó Münzenber a Koestler—: Hungría es un país semifascista, Franco te recibirá con los brazos abiertos.

El objetivo era obtener pruebas que demostraran la intervención de los nazis en la sublevación de los militares españoles. De modo que en medio de sus miserias, Koetsler aceptó el encargo, y el camarada Willi le proporcionó 200 libras; una fortuna en aquellos tiempos, para un hombre hambriento que en París caminaba todos los días nueve kilómetros para dormir en un pajar cerca de Versalles. Koestler se compró un traje, y el 22 de agosto embarcó en el buque Almanzora hacia Lisboa, donde esperaba obtener sus credenciales para ir después a Sevilla.

Cuando el gran escritor llegó a la capital portuguesa, descubrió que aunque llevaba el visado en regla, el pasaporte había caducado durante la travesía de Francia a Portugal. Y tras una larga discusión con el agente de inmigración, éste le dejó entrar en Lisboa: a condición de que fuera inmediatamente al consulado húngaro y renovara su pasaporte. Un gran contratiempo, pues Koestler no deseaba atraer la atención de las autoridades húngaras, claramente fascistas, sobre su persona.

Sin embargo, y para su suerte, el cónsul era honorario, y ni siquiera era húngaro. Se trataba de un enorme y jovial exportador danés que tenía una encantadora esposa portuguesa, “acérrima fascista de corazón” y estrechamente relacionada con todo el grupo franquista de Lisboa.

El cónsul le renovó el pasaporte, con un sello de goma, por un año, y cuando Koestler le preguntó qué debía hacer para conseguir un permiso de entrada en la España insurgente, le dijo que fuera al casino de Estoril después de cenar. Esa misma noche, el cónsul húngaro-danés y su esposa le presentaron a un nutrido grupo de franquistas que se movían con toda euforia, y como dijo Koestler en su autobiografía[3]: “todos los españoles en esa fiesta parecían ser marqueses o duques. Tenían nombres maravillosamente grabados en sus tarjetas de visita. Y por mi parte, yo llegué a emocionarme tanto invitando a copas, con dinero de la Komintern al marqués de Quintanar como al marqués de la Vega de Anzo, que de forma momentánea me olvidé de todas mis preocupaciones”.

Ese fue el formidable relato de Koestler, valioso como cien documentos sobre la forma en que se movían los franquistas más señalados en la Lisboa salazarista. Además en la fiesta de Estoril, Koestler consiguió lo que buscaba. A lo que contribuyó que algunas crónicas suyas para el grupo periodístico alemán ya citado, sobre la expedición del Conde Zeppelín al Polo Norte, se habían publicado en España y algunos de sus nuevos conocidos estorilenses, recordaban con interés aquellos escritos. Lo cual sirvió de base para que algunos de sus recién conocidos lectores, le llevaran al día siguiente al Hotel Aviz, donde le presentaron al líder de la Ceda, Gil-Robles, y a otros miembros de la conspiración franquista en Lisboa.

Entre esos concurrentes se hallaba también un caballero que se hacía llamar Fernández de Ávila, y que en realidad era Nicolás Franco, hermano del que en pocas semanas –1 de octubre de 1936— iba a ser dirigente máximo de la España nacional. El caso es que aquella misma noche, Koestler partió hacia Sevilla con dos valiosos documentos en el bolsillo: una carta del hermano de Franco que le describía como amigo del alzamiento nacional, y otra de Gil-Robles para el general Gonzalo Queipo de Llano, quien con toda rapidez le concedió una entrevista.

Si en Lisboa había obtenido suficientes indicios de la connivencia de las autoridades portuguesas con los sublevados, en Sevilla, las pruebas de la intervención nazi podían encontrarse literalmente en las calles, en la figura de aviadores alemanes paseando con uniformes blancos con una pequeña esvástica entre dos alas bordadas en sus camisas. Allí, Koestler averiguó los nombres de varios pilotos alemanes gracias a un joven inglés que se había alistado en la fuerza aérea de Franco, así como los tipos, distintivos y número de aviones entregados por Alemania para el puente aéreo con África y otros cometidos. El propio Queipo le reconoció en una entrevista que la ayuda extranjera era importante. Pero todo eso ya es otra historia en la que no podemos seguir, pues hemos de volver a Portugal.

Seguiremos el próximo jueves, con la continuación de este artículo, para ver cómo se desarrollaron las implicaciones lusas en la guerra de España; una contienda que tanta bibliografía ha generado a escala mundial. Y como siempre, el autor queda pendiente de los comentarios de los lectores de Republica.com en castecien@bitmailer.net.


[1] Soledad Gómez de las Heras Hernández, “Portugal ante la guerra civil española”, Espacio, Tiempo, y Forma, Serie V, Historia Contemporánea, T. V., 1992.

[2] Luis Díez, “Koestler, el periodista que se jugó la vida para destapar el apoyo nazi a Franco”, cuartopoder.es, 19.VII.2011.

[3] Alianza Editorial, 1973.

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