Un gran libro sobre Madrid en guerra (1936/1939)

Parecía como si la bibliografía sobre la guerra civil española de 1936/1939 estuviera ya colmada en todos sus aspectos. Son miles y miles de libros, informes, artículos, y comentarios de todas clases, los que se han ido sucediendo desde 1939 para acá.

Sin embargo, hoy nos encontramos ante la previsión de una muy próxima salida al mercado editorial de la obra de Manuel de Vicente, titulada “Combates y bombardeos en 1936-1939: una historia militar de la guerra civil en Madrid y su periferia”. Que constituye una obra que no dudo en calificar, por su vastedad de riqueza informativa, de gran aportación; con nuevas apreciaciones antes no disponibles, de enorme interés por lo que suponen para el acervo de conocimientos sobre lo que fue el corazón de aquella contienda.

Para esta obra se me ha solicitado un prólogo, en el que estoy trabajando desde hace varias semanas. Y del que ofrezco a los lectores de Republica.com una primicia de la parte más narrativa, referente al avance del ejército de África hacia la capital de España, y la batalla de Madrid de noviembre de 1936, de grandes consecuencias ulteriores.

1. AVANCE DEL EJÉRCITO DE ÁFRICA HASTA LAS PUERTAS DE MADRID

Madrid fue, desde el principio de la contienda, el objetivo central del ataque de los facciosos, por razones estratégicas y psicológicas: si caía la capital, se perdería el bastión más simbólico de la República y el espíritu de resistencia y lucha se vería menoscabado en el resto de ella.

Con ese propósito, Franco decidió el avance hacia Madrid el 1 de agosto de 1936, cuando todavía estaba en su puesto de mando en Tetuán (sólo el 6 de agosto llegaría a Sevilla), y ya con el grueso de las tropas de África en tierra andaluza. Esa marcha se inició bajo las órdenes del general Asensio, después sustituido por Yagüe, y más adelante por Mola.

En el progreso del ejército de África hacia Madrid, el 7 de agosto de 1936 cayeron Zafra y Almendralejo, en el corazón de la provincia de Badajoz. Y el 8 sucedió lo propio con Mérida, en lo que fue un progreso de los nacionales muy rápido, de 200 Km de profundidad en sólo una semana. Aunque en ese recorrido quedó al Oeste la plaza fuerte de Badajoz, que seguía en manos de los republicanos. Hasta que fue tomada por el General Yagüe, el 15 de agosto, tras duros combates en los que el ejército expedicionario sufrió gran número de bajas. La represión que siguió resultó ser una de las más sangrientas de toda la guerra.

Rota la resistencia de Badajoz, el avance prosiguió en dirección Norte, ya en tierras de la provincia de Cáceres; y fue en Ajucen, a unos 15 km al Norte de Mérida, donde se produjo el primer contacto entre la zona nacionalista del Norte, comandada por Mola, y la del Sur, a las órdenes de Franco. Luego, tras superar una cierta resistencia en el valle del Tajo, en Navalmoral de la Mata y Oropesa, el ejército de África, ya reforzado por unidades peninsulares, ocupó con menos resistencia de la que se esperaba la ciudad de Talavera de la Reina, en la que vanamente el gobierno de Madrid había querido crear una barrera de resistencia. Poco después, en Arenas de San Pedro (Ávila) se produjo el segundo contacto entre los ejércitos nacionales del Norte y del Sur.

En el río Alberche, pocos kilómetros después de superar Talavera el ejército de África, las fuerzas republicanas opusieron mayor resistencia, lo que también fue posible por el lógico desgaste del ejército expedicionario. Y fue en ese momento cuando Franco, desde su cuartel general de Cáceres, vaciló entre seguir directamente a Madrid, o desviarse, como así hizo, hacia el Oeste para levantar el sitio al que estaba sometido, desde el principio de la guerra, el Alcázar de Toledo. De modo que el 27 de septiembre, la vieja fortaleza de Carlos I, tras setenta días de asedio quedó liberada. Poco después, el 1 de octubre de 1936, Franco tomó posesión en Burgos de su cargo de jefe del Estado.

Mola, en compensación por su paso a una segunda fila tras la exaltación del nuevo caudillo, recibió el mando del Ejército de África, cargo que compatibilizó con su previo mando del ejército del Norte, conjuntando, pues, la dirección de todas las fuerzas nacionalistas convergentes hacia Madrid. Y en tal circunstancia Mola planeó la acción de la toma de Madrid, que anunció para el 12 de octubre, Día de la Raza.

Pero las fuerzas de la República reaccionaron a tiempo: el general Miaja, replegó sus fuerzas, organizó las brigadas mixtas, mejoró las defensas de la capital y, en definitiva, en la batalla de Madrid, las fuerzas nacionalistas atacantes, dirigidas por Varela, encontraron una resistencia que no se esperaban, y que haría abandonar definitivamente la idea de guerra corta. Y precisamente ahí es cuando empieza el libro de Manuel de Vicente, con el esfuerzo realizado en Madrid para resistir su ocupación.

2. LA BATALLA DE MADRID DE NOVIEMBRE DE 1936

Ya en pleno desarrollo de la obra de Manuel de Vicente, se vio claramente que la primera gran batalla de la guerra se libraría a las puertas de Madrid. Y a la vista de ese enfrentamiento, el ejército expedicionario de África empezó a tomar verdadera conciencia de la resistencia de la República. Y del lado republicano se apreció la necesidad de profundas reestructuraciones en el dispositivo militar.

Más concretamente, el 30 de septiembre de 1930 -como señala Manuel de Vicente- aparecieron en la Gaceta de Madrid, dos decretos bien significativos. Por el primero se pasaban a las escalas militares a los jefes, oficiales y clases de las milicias, que cumplidamente habían demostrado su adhesión a la República; y al propio tiempo se equiparó a los milicianos con los soldados del ejército regular. Por el segundo decreto se movilizaron los reemplazos o quintas de 1932 y 1933, sin llegar todavía a una movilización más amplia.

Esa reorganización no tardó en completarse, el 15 de octubre, con otro dispositivo: la creación de los cargos de comisarios políticos (oficialmente conocidos en principio como delegados políticos), cuyas funciones quedaron definidas en términos concretos: «El delegado político debe ser el primero y mejor auxiliar del mando, su mano derecha, el hombre que le ayude a forjar y a organizar, de entre las Milicias y fuerzas armadas, verdaderas y eficientes unidades del Ejército; sin que en ningún momento el delegado político pueda dictar disposiciones de tipo militar.»

Sin embargo, todas las medidas mencionadas, no tuvieron efectos inmediatos, y el ejército expedicionario de África prosiguió -cierto que de forma cada vez más lenta- su avance hacia Madrid. Illescas, último pueblo de la provincia de Toledo, a 37 kilómetros de la capital, cayó el 18 de octubre, justo tres meses después de haber empezado la guerra. Y el día 25, las fuerzas nacionalistas se encontraban ya en la línea frente a la capital, entre las carreteras nacionales IV (Andalucía) y V (Extremadura), a unos 20 km al Sur del centro de Madrid.

Pero con todo, la mayor gravedad de la situación para la República radicaba en los círculos políticos madrileños, en los que cundía el desánimo, incluso entre la mayoría de los miembros del gobierno. Una expresiva muestra de ello se patentizó cuando el presidente Azaña, acompañado de tres ministros abandonó la capital el 19 de octubre, como prolegómeno del traslado de la capital republicana a Valencia.

El primer embate nacional contra Madrid, se realizó a lo largo del río Manzanares y la carretera de La Coruña (N-VI), el 6 de noviembre-diciembre de 1936, con duros choques que se relatan minuciosamente en el libro de Manuel de Vicente. Sin llegar a romperse el frente para entrar en la ciudad. Las medidas de organización de la defensa de Madrid estaban funcionando.

Meses después se produciría la batalla del Jarama, en enero/febrero de 1937, y por último, la nueva intentona de cercar Madrid por Guadalajara, en una batalla en la que participaron las tropas enviadas por Mussolini, que sufrieron una devastadora derrota en marzo de 1937.

Madrid fue, pues, durante los cinco primeros meses de la guerra, la meta ansiada de los ejércitos de Franco. Pero la resistencia de la capital de España se organizó con todo método y gran eficacia, de manera que la ciudad sitiada resistió el asedio durante dos años y cuatro meses. Y la explicación de todo ello es lo que de manera detallada, documentada y veraz, se explica en el libro de Manuel de Vicente.

Aunque la narración que figura en este artículo de hoy la tendrían in mente muchos de los lectores de Republica.com, me pareció que coincidiendo este mes de julio con casi los 80 años del comienzo de nuestra guerra más incivil, podía ser de interés traer aquí todo el anterior testimonio, que sirve de inicio al prólogo del antes referido gran libro de Manuel de Vicente. Y como siempre, el autor se pone a disposición de los lectores de este periódico en castecien@bitmailer.net

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