Prim en México: contra el imperio de Maximiliano, y por la república de Juárez (II)

El pasado jueves 22 de mayo hicimos la primera entrega de este artículo, que se corresponde con una conferencia que dicté en México DF, en el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones Mexicanas, que dirige mi antigua amiga y destacada ensayista Patricia Galeana. Seguimos hoy con el artículo, que aún tendrá alguna entrega adicional.

7. El tripartito invasor: acuerdos y gestiones con el Gobierno Juárez

El 10 de enero de 1862, en una primera reunión en Veracruz, los representantes de Inglaterra, Mr. Charles Lennox Wyke; de Francia, el contralmirante Jurien de la Gravière y el propio Prim fijaron los principales objetivos de su presencia en México. Y tres días más tarde volvieron a verse para presentar un a modo de ultimátum al Gobierno Juárez.

Sin embargo, las discrepancias de criterios entre los tres países, lastró desde el principio la capacidad negociadora efectiva de los expedicionarios. Hasta el punto y hora en que los representantes de Juárez vieron con sorpresa, y alivio, en la requisitoria que se les presentó el 14 de enero de 1862, que los invasores exponían respetuosamente sus reivindicaciones, mostrándose dispuestas a la negociación; además, percibieron que el tripartito carecía de unidad de acción.

En el caso de Prim se daba una circunstancia muy especial de que en el Gabinete de Juárez -ya se ha dicho antes- ocupaba la cartera de Hacienda un tío de su esposa, José González Echevarría, llamado a desempeñar el papel de puente entre los representantes de las potencias del Tratado de Londres y las autoridades mexicanas. De modo que, desde el principio de las tratativas, González Echevarría, como el mismo Prim, estuvo inspirado por la idea de concordia; como se puso de manifiesto en la contestación del Gobierno mexicano a la requisitoria tripartita del 14.I.1862, que se produjo el 23 del mismo mes.

En esa respuesta, el gobierno de Juárez -autoproclamándose sólido y fiable-, manifestó contar con la voluntad y los medios suficientes para satisfacer las exigencias que se le planteaban, y ofreció negociar, en Orizaba -a medio camino entre Veracruz y Puebla- los convenios que dieran fin a los problemas financieros pendientes. Más aún, invitó a los representantes europeos a trasladarse hasta aquella ciudad, sin otro acompañamiento que una guardia de honor de 2.000 hombres, sugiriéndose el reembarco de los contingentes militares restantes, para no dar la sensación de que se habían arrancado a México los acuerdos por la fuerza.

En vistas de esta actitud conciliatoria, Prim informó al General Serrano, capitán general de Cuba de las buenas perspectivas para alcanzar un arreglo en breve plazo. No obstante, le pidió el envío de todos los hombres disponibles y los necesarios medios de transporte. Y también le solicitó dinero para hacer frente a los gastos de mantenimiento de la fuerza expedicionaria española, incrementados por los elevados precios de todos los bienes y, en especial de los alimentos frescos. Pero al margen de esta carestía y otras cuestiones, lo peor era el gran número de soldados que se veían afectados por el vómito negro; enfermedad que mermaba alarmantemente las filas del ejército español; en pocas semanas se contaban por centenares los hombres que habían de ser devueltos a los hospitales de La Habana.

8. La labor protagonista del General Prim

Prim, desde el momento en que puso el pie en Veracruz, trató por todos los medios de evitar tensiones innecesarias, a base de desarrollar una intensa labor que le permitiera cumplir, cuanto antes y de forma pacífica, la misión encomendada. Para todo lo cual tenía a su favor su buen conocimiento y sus relaciones en México; que le permitían hacer creíbles sus buenas intenciones, a la par que buscaba eludir conflictos con sus colegas europeos. Y desde luego, por medio del correo y gracias a la intercesión de su tío político, González Echevarría, mantuvo desde un principio un diálogo extraoficial permanente con el Gobierno de Juárez; asegurándole el pleno respeto a la independencia y a la soberanía de México.

Un episodio amenazó con alterar los planes de Prim de arreglarlo todo rápidamente. El prócer conservador mexicano Miguel Miramón, el máximo de los antijuaristas, llegó a Veracruz con el propósito de encabezar el movimiento de una instauración monárquica apoyado por los franceses. Pero como hizo el viaje desde Cuba a Veracruz en un paquebote inglés, fue retenido por los británicos, que se oponían frontalmente a tal idea. Y en tales circunstancias, y no sin fuerte crispación entre los aliados por el incidente, éste se resolvió con la devolución de Miramón a La Habana el 3 de febrero de 1862.

Por su parte, parece que Benito Juárez1 no acababa de creer en las protestas pacifistas de Prim o, al menos, no sabía hasta qué punto podían coincidir con las de los franceses. Además, el Gobierno de México se mostraba reacio a que las tropas del ejército expedicionario buscaran los emplazamientos más salubres que deseaban.

9. Los preliminares de la soledad y los bienes españoles de México

Con todo, la opción negociadora entre México y el tripartito fue tomando cuerpo a causa de la conveniencia política, y también por la necesidad militar: los tres aliados reconocían que sus fuerzas expedicionarias eran insuficientes para dominar México a punta de bayoneta.

Y en esas estaba cuando el 13 de febrero el Canciller mexicano, Sr. Doblado, autorizado por Juárez (y siempre con los buenos oficios de González Echevarría) y animado de los mejores sentimientos, se dispuso a entrevistarse con Prim en el lugar conocido como La Purga, el 19 de febrero de 1862. Aunque por razones de comodidad finalmente te eligió La Soledad; donde finalmente tuvo lugar el encuentro, con Prim en representación de las tres naciones signatarias del Tratado de Londres.

En ese encuentro, Manuel Doblado y el General español, firmaron el 19 de febrero de 1862 los denominados Preliminares de la Convención de la Soledad. En los que México autorizaba a las tropas de los tres países europeos a alejarse de las fiebres de la tierra caliente, con el compromiso de no regresar allí para el embarque hasta no lograr un acuerdo definitivo de las deudas. En esos preliminares quedaron fijados los puntos siguientes:

 El Gobierno de México se avenía a cumplir con las reclamaciones de los aliados.

 Las negociaciones finales serían en Orizaba.

 Hasta que concluyeran las conversaciones, los soldados expedicionarios se desplazarían a Orizaba, Tehuacán y Córdoba, lugares más aptos para acampar. Y si no se llegara a ningún acuerdo pacífico, esas tropas se retirarían nuevamente más allá de la línea de defensa que los mexicanos les permitían franquear, según las preliminares. Y los soldados enfermos en los hospitales, que no pudieran ser trasladados, quedarían bajo la protección de México.

 Finalmente, y como prueba de la transacción lograda, la bandera mexicana ondearía en lo sucesivo junto a la española, la francesa y la inglesa en Veracruz y San Juan de Ulúa.

El pacto alcanzado en La Soledad entre Prim y Doblado, había de ser ratificado por el Gobierno mexicano y por los representantes de los tres países europeos implicados. Trámite que no resultaría fácil, sobre todo por la actitud de los franceses cada vez más intervencionistas. Sin embargo, el ascendiente de Prim y las evidencias de la situación, indujeron al contralmirante La Graviére a aceptar el texto de La Soledad, tan lejano a los propósitos últimos del Gobierno de su país. Sería este hecho, tal vez, el mejor testimonio que podemos encontrar de la acertada estrategia de Prim a lo largo de las vicisitudes que nos ocupan. Claro es que el ascenso del contralmirante Jurien de la Gravière ocasionó su cese fulminantemente desde París, por haber firmado los papeles que le presentó Prim, aunque, dada la lejanía, tardaría semanas en enterarse de ello. Dubois de Saligny le sustituiría en el cargo.

Ante la necesidad de cumplir con lo pactado en La Soledad, en el contexto de los agobios financieros por los que transcurría la Hacienda mexicana y la resistencia de los aliados a devolver la aduana de Veracruz, Juárez decretó una contribución del 2,5 por 100 sobre los bienes de los españoles residentes en México. Y anunció, además, un empréstito forzoso de 500.000 pesos que deberían afrontar seis casas de crédito, tres de ellas españolas; y una, en concreto, la casa hispanomexicana Agüero González y Cía., en la cual Prim tenía intereses directos por medio de la familia de su esposa.

Sin embargo, el canciller Doblado oportunamente comunicó a Prim que la casa Agüero González había sido exceptuada del préstamo forzoso: y no sólo no debería abonar la cantidad aún pendiente, sino que incluso se le reembolsaría lo ya pagado. «Usted comprenderá -se le decía en carta- que la consideración guardada con esa casa mexicana es debida a la persona de usted.»

10. El Pacto de la Soledad y el posicionamiento del gobierno español

En Madrid, el 22 de febrero de 1862, el ministro de Estado, Calderón Collantes, todavía sin aviso de lo que había sucedido en La Soledad, en México, escribía a Prim recomendándole ser generosos y sinceros a la par que fuertes y previsores. Actitud debida, al menos en parte, a que desde mediados de enero se sabía, por medio del embajador español en París, Alejandro Mon, que Francia aumentaría en más de 4.000 hombres (con cinco batallones de suabos) sus fuerzas en México. Y se conocía, además, que el definitivo propósito de Napoleón III era implantar a Maximiliano de Austria en un nuevo Imperio Mexicano.

Por ello, Calderón Collantes advertía a Prim que «sería estúpido ayudar a la ejecución de un proyecto que no habíamos concebido nosotros -el de Napoleón III-, del cual hemos sido marginados hasta que todo estaba decidido. En esas circunstancias, lo más importante sería cuidar antes que nada de nuestro ejército, bravo y grande en la lucha, cuyo comportamiento debía hacer que México volviera a sentirnos como hermanos».

Más explícito aún que el Ministro Calderón Collantes, se mostraba en su carta de un día antes -21.II.1862- el propio jefe del Gobierno español, O’Donnell: “No tenemos compromiso ninguno sobre el proyecto monárquico francés”. Y de manera muy confidencial añadió: «por mi cuenta le diré a usted que me parece un disparate pensar en una monarquía para México».

A pesar de esas observaciones de O’Donnell, el pacto de La Soledad causó gran disgusto en Cuba y también en el Gobierno español, pero como veremos en lo que sigue, al final sin mayores consecuencias.

11. La respuesta de Francia a La Soledad

En Francia hubo una verdadera explosión de rechazo tras conocerse los preliminares; con auténtica indignación de la prensa más conservadora, que arremetió con dureza contra lo que consideraba un deshonor para el país, una traición de Prim, “vendido a los mexicanos”, y una deslealtad de España.

Así las cosas, cuando las negociaciones parecían encontrarse en buen camino, tras la destitución de La Graviére, el nuevo representante francés, Dubois de Saligny, asumió una actitud de lo más intolerante, que reveló las aviesas intenciones de su gobierno, como ya de manera definitiva se apreció pocas semanas después, en marzo, al llegar refuerzos galos: el general Charles Ferdinand Latride, conde de Lorencez, desembarcó al frente de 4.711 hombres, con órdenes de proceder a la invasión del país. Como también arribó a Veracruz Juan Nepomuceno Almonte, uno de los mexicanos que habían estado trabajando en Europa en pro de la intervención extranjera y el establecimiento de una monarquía. Enemigo declarado del gobierno juarista, gozó de la protección de la bandera francesa.

En Veracruz, Almonte declaró tener el apoyo de los tres países europeos para derrocar a la República y establecer un Imperio; e incitó a la población a rebelarse contra el gobierno juarista. La República Mexicana, sabiendo que el contenido del manifiesto de Almonte era falso en cuanto a la complicidad de España e Inglaterra, protestó por el amparo que los franceses daban a Almonte y procedió a romper relaciones con Francia.

En la prensa parisina el clamor condenatorio fue in crescendo, llegándose a acusar a Prim de inclinarse a favor de Juárez, de apoyar a los «rojos» en contra de los «conservadores». No faltaban otros, más audaces que, en su afán descalificatorio, le tildaban de estar de acuerdo con el ministro juarista Doblado para proclamarse rey de México.

Napoleón III ya había decidido convertir México en un Imperio con el Archiduque Maximiliano de Austria como Emperador, y a ese respecto Prim recibió un mensaje de París del propio Napoleón, pidiendo la cooperación de las fuerzas españolas a su mando “para afianzar el orden en el país mexicano”. La respuesta era negativa: el soberano francés violaba, a todas luces, el Tratado de Londres.

Terminaremos la próxima semana con este artículo, que espero vaya siendo de interés para los lectores de Republica.com. Y que se relaciona con temas que ya hemos tratado en este periódico cibernético, con ocasión del segundo siglo del nacimiento del General (1814), al que ha dedicado una serie de actividades la Sociedad del Bicentenario del General Prim, que preside Pau Roca. Y puedo decir que en México DF, hubo una asistencia excepcionalmente nutrida de especialistas en Historia a la sesión que organizó espléndidamente Doña Patricia Galeana, en el Instituto que dirige, en el maravilloso barrio de San Ángel, donde está el célebre Mercado de los Sábados. Y como siempre, el autor queda a disposición de los lectores de Republica.com en castecien@bitmailer.net.

1 Curiosamente, con el nombre de Benito se cristianizó a Mussolini, que luego sería Duce de Italia, y que moriría en 1945 fusilado por los partisanos antifascistas. El nombre lo escogió su padre por la gran admiración que sentía hacia Benito Juárez. Recordemos que en italiano, Benito es Benedecto.

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