Prim en México: contra el imperio de Maximiliano, y por la república de Juárez (I)

1. INTRODUCCIÓN

Como saben bien los lectores de Republica.com, en 2014 conmemoramos el bicentenario del General Prim nacido en Reus en 1814, y muerto en Madrid; tras un ruin atentado, tres días antes, el 30 de diciembre de 1870.

En la vida llena de episodios de todas clases del gran soldado catalán y español a carta cabal, uno de los pasajes en que mejor pudieron apreciarse los valores del gran militar y también diplomático negociador y yo diría que estadista de alto nivel fue su misión en México en 1862. En la que demostró tener la talla para dar una solución justa al problema que se sintetiza en el epígrafe de este artículo, que tendrá varias entregas sucesivas; empezando hoy, jueves 22 de mayo, y que terminará con una amplia referencia al Modelo Prim, que creo da a este ensayo un valor de actualidad.

Creo que este artículo también lo han apreciado nuestros hermanos patrios mexicanos, pues parte de él es un extracto de la conferencia que el autor dio ayer, miércoles 21 de mayo, en el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones Mexicanas (INEHRM) en el Distrito Federal.

2. LA SITUACIÓN EN MÉXICO ENTRE 1857 Y 1859

En 1857, México, en el curso de su turbulenta historia desde la independencia de España en 1821, se escindió en dos gobiernos. El liberal, defensor de la Constitución de 1857, se estableció en Veracruz; y el conservador -que se autodenominó Supremo Gobierno- ocupó la capital del país. Y entre ambos se libró una guerra que duró tres años; teniendo los conservadores de su lado al Ejército y a la Iglesia, por lo que durante los años 1858 y 1859 se sucedieron sus triunfos, que ayudaron a que los elementos más monarquistas intensificaran sus gestiones en Europa en pro de entronizar en el país a un monarca europeo.

Pero la suerte de la guerra cambió en julio de 1859, cuando con la urgencia de allegar nuevos recursos para la guerra, en el momento más cruento de ella, el gobierno liberal, con Benito Juárez a la cabeza, decretó la legislación conocida como Leyes de Reforma, incluyendo nacionalización de los bienes del clero para quitar al ejército enemigo su principal fuente de financiamiento.

El Gobierno conservador firmó con España el Tratado MonAlmonte, en 1859, reconociendo los pagos antes comprometidos por Santa Anna en el convenio de 1853, más las indemnizaciones por los asesinatos de hacendados españoles en Chiconcuac y San Dimas. Responsabilidades que no fueron aceptadas por el gobierno liberal, “porque los culpables ya habían castigado los delitos y no correspondía al Estado indemnizar a los afectados”.

En ocasiones se dijo que los liberales temían un ataque de España y que ello condicionó sus acciones de política exterior. Pero si bien es cierto que hubo una actitud agresiva por parte del gobierno español hacia ellos -incluso amenazas de su embajador de atacar Veracruz-, la verdad es que España no fue nunca el mayor peligro para el gobierno liberal: procedía sobre todo de Francia, como se demostró en el mes de mayo de 1859, cuando el General Santos Degollado, jefe del Ejército Liberal, interceptó un correo en el que se avisaba que “iban por buen camino las negociaciones con Francia para establecer una monarquía en México”.

3. EN LA OTRA ORILLA: INQUIETUDES ESPAÑOLAS

En España, también con una política muy compleja en los mediados del siglo XIX, el General O’Donnell volvió al poder en 1856, después de dos años progresistas tras la revolución conocida como “La Vicalvarada”. Se inició así lo que se llamó el Gobierno largo, de algo más de cuatro años de duración, que tuvo a O’Donnell de presidente, respaldado por su nuevo partido político, la Unión Liberal. En el cual, por un tiempo, se integró el General Prim.

En ese contexto, y como consecuencia de las ya referidas muertes de españoles en México en 1857, la ira popular en España llevó a romper las relaciones diplomáticas entre ambos países, y algunos sectores políticos incluso llegaron a exigir la guerra. Prim, como senador, se opuso a ella en un discurso en la Cámara alta:

El Senado ha visto, con pena que las diferencias habidas con México subsisten todavía. Estas diferencias hubieran podido tener una solución pacifica si el Gobierno de S. M. hubiera estado animado de un espíritu más conciliador y justiciero. El Senado entiende que el origen de esas desavenencias es poco decoroso para la nación española, y por lo mismo ve con sentimiento los aprestos de guerra que hace nuestro Gobierno, pues la fuerza de las armas no nos dará la razón que no tenemos…

Ese discurso de Prim de no intervención en México fue el origen de acusaciones varias, de que el General quería proteger los intereses de su esposa mexicana Francisca Agüero y González Echeverría; emparentada con José González Echeverría que formaba parte del gobierno liberal de Benito Juárez. Más concretamente, la esposa de Prim pertenecía a una de los linajes mexicanos más acaudalados, dedicada al crédito y a la explotación de las minas de plata en Zacatecas. Según un observador cualificado:

La Casa Agüero González, de importante trayectoria como prestamista, tenía algunos créditos que reclamaba al gobierno mexicano. Prim no podía permanecer indiferente ante la situación política y económica de México, que afectaba directamente los bienes de su familia política y aún los de su propia esposa.

A la postre, la guerra de España con México planteada en 1859, no llegó a materializarse. Pero lo cierto es que O’Donnell buscaba un enemigo exterior para distraer la atención de los problemas interiores de España, y fue así como en 1859 declaró la guerra a Marruecos, pese a que el Sultán estaba dispuesto a dar satisfacción completa a las reclamaciones españolas. Ocasión en la que Prim pidió incorporarse a la fuerza expedicionaria al país norteafricano, mostrando en campaña su valor, audacia y habilidad; en combates cuerpo a cuerpo, en acciones victoriosas en Castillejos, Wad Ras y Tetuán, convirtiéndose así en un auténtico héroe nacional.

4. LA MORATORIA MEXICANA DE PAGOS DE 1861

Durante el ya referido conflicto entre liberales y conservadores que desencadenó en la Guerra de Reforma en México, España reconoció al gobierno conservador de Miramón, que finalmente sería derrotado por los juaristas en diciembre de 1860. Y al final de esa contienda las arcas mexicanas estaban vacías, por lo cual el Gobierno triunfante decretó la venta de los bienes nacionalizados del clero, que no resultaron suficientes para hacer frente a los gastos y deudas de la República. Lo que llevó a Juárez, el 17 de julio de 1861, a declarar una moratoria de los pagos de la deuda externa formalizada con España, Francia e Inglaterra. Decisión que marcó el comienzo de todo el proceso de intervención tripartita.

Como consecuencia de esa decisión, se creó una situación aún más conflictiva en las ya accidentadas relaciones de España y México, pues el Tratado MonAlmonte de 14 de diciembre de 1859, que parecía haber abierto las puertas al entendimiento pacífico hispanomexicano quedó en nada con la definitiva derrota de los conservadores en 1860. De modo que las esperanzas de normalización de relaciones entre las dos naciones pronto se vieron defraudadas.

En ese trance, el 6 de septiembre de 1861, el embajador español en París, Alejandro Mon, advirtió a su Gobierno sobre las intenciones de franceses e ingleses de apoderarse de las aduanas de Veracruz y Tampico, a fin de asegurarse el cobro de los créditos que México no les iba a satisfacer. Proyecto que obligó a España a no quedar rezagada en el camino de una posible intervención para rescatar las indemnizaciones requeridas. Por ello, O’Donnell anunció a los Gobiernos de Londres y París su decisión de actuar en México, conjuntamente o en solitario, en cuanto fuese posible.

5. EL TRATADO DE LONDRES DE OCTUBRE DE 1861

En pocas semanas las tres potencias acreedoras de México -Inglaterra, Francia y España— dieron forma al Tratado de Londres de 31 de octubre de 1861. Adaptado sobre todo a los intereses británicos, tendentes a limitar la intervención tripartita, a fin de reclamar, únicamente las deudas pendientes; y a asegurar la protección de las personas y los bienes de sus súbditos, evitando aventuras políticas de mayor alcance, para no perturbar a EE.UU. Incluso para tranquilizar a Washington DC, se le ofreció la posibilidad de participar en la expedición conjunta, cosa que los norteamericanos rechazaron. Las finalidades del Tratado se resumen en sus artículos 1 y 2:

Artículo 1º. S.M., la Reina del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda, S.M., la Reina de España y S.M., el Emperador de los franceses, se comprometen a adoptar inmediatamente después de que sea firmada la presente convención, las medidas necesarias para enviar a las costas de México fuerzas combinadas de mar y tierra, cuyo efectivo se determinará en las comunicaciones que se cambien en lo sucesivo entre sus gobiernos, pero cuyo conjunto deberá ser suficiente para poder tomar y ocupar las diversas fortalezas y posiciones militares del litoral mexicano…

Artículo 2º. Las partes contratantes se comprometen a no buscar para sí, al emplear las medidas coercitivas previstas por la presente convención, ninguna adquisición de territorio ni ventaja alguna particular, y a no ejercer en los asuntos interiores de México ninguna influencia que pueda afectar el derecho de la nación mexicana, de elegir y constituir libremente la forma de su gobierno.

No obstante lo estipulado en el Tratado de Londres, lo cierto es que cada una de las tres potencias signatarias perseguía fines distintos. Inglaterra, sólo quería el pago de lo que se le adeudaba, consciente de que los Estados Unidos no permitirían propósitos de mayor alcance con base en la Doctrina Monroe enunciada en 18231, por lo cual solamente aportó setecientos hombres a la fuerza conjunta de intervención. En cambio Francia ambicionaba no sólo el pago de la deuda, sino establecer en México una monarquía aliada, para asegurarse materias primas y mercados para la industria francesa, aprovechando la posición geográfica del país por su “intersección entre Oriente y Occidente”. Incluso se enunció el propósito de “defender la raza y cultura latinas de la expansión norteamericana”, siendo por entonces cuando Napoleón contribuyó a acuñar la expresión de América Latina -frente a Hispanoamérica- que tanto éxito tuvo posteriormente, a pesar de su dudosa portinencia.

Por su lado, España, además del pago de la deuda, pretendía reafirmar su prestigio perdido como antigua dueña de gran parte de la América, y tal vez lo más importante era prevenir la posible pérdida de las Antillas españolas, Cuba y Puerto Rico. Aunque, ciertamente, algunos aún soñaban con establecer una monarquía en México con algún príncipe español, idea que no era un imposible.

6. LA DESIGNACIÓN DE PRIM PARA LA EXPEDICIÓN

A MÉXICO

El caso es que llegada la decisión de intervenir, Prim solicitó al Gobierno O`Donnell dirigir la presencia española, con bastantes méritos para ello: su experiencia bélica y su prestigio realzados tras los recientes éxitos en la guerra de África; su conocimiento de la realidad mexicana a través de la familiaridad de su cónyuge; como también contaba con una buena disposición a su persona por parte de Napoleón III, que era el protagonista decisivo de la intervención; y a quien Prim había visitado en varios de sus frecuentes viajes a Francia.

En ese contexto y tras una serie de trámites, y venciendo no pocas oposiciones, el 23 de noviembre de 1861, después de haber recibido nada menos que 17 instrucciones del ministro de Estado, (el equivalente al actual de Asuntos Exteriores), Saturnino Esteban Collantes, Prim embarcó en Cádiz, a bordo del buque Ulloa, con rumbo a La Habana. Le acompañaban su esposa, su hijo y algunos fieles colaboradores, encabezados por su inseparable Milans del Bosch.

Tras semanas de viaje, y tras tocar el 16 de diciembre en San Juan de Puerto Rico (donde había sido gobernador entre 1847 y 1848), Prim llegó a La Habana, la víspera de la Nochebuena de 1861, donde le esperaba una sorpresa nada agradable: el gobernador de Cuba, general Serrano, dando muestras de la prepotencia virreinal con que actuaban los capitanes generales españoles en Ultramar, se había adelantado a las instrucciones del gobierno, y había enviado a México, desde el 17 de diciembre de 1861 la mayor parte de los efectivos dispuestos para la intervención que había de capitanear Prim.

El 2 de enero de 1862, a bordo del barco Francisco de Asís, y acompañado por otras dos naves (la Ulloa y la San Quintín), Prim puso rumbo a la costa mexicana para desembarcar en Veracruz el 8 de enero, tomando el mando del contingente español. El número de sus soldados, en torno a 5.600 inicialmente -al lado de los 2.400 de Francia y 800 de Inglaterra—, además del conocimiento y las relaciones de todo tipo que le unían a México, le convertían, de hecho, y así lo reconocieron sus colegas francés e inglés, en el representante principal del tripartito ejército expedicionario europeo.

A poco de tocar tierra en Veracruz, Prim se dirigió a sus hombres en una resonante arenga, encomendándoles que observaran la mejor de las conductas, recordándoles que los habitantes de la tierra que pisaban tenían también sangre española:

Orden, pues, y respeto al país en que nos hallamos; vean los que nos juzguen de invasores y de dominantes, que no venimos aquí por espíritu de conquista, ni nos ciegan ambiciones de ningún género; que sólo venimos a sellar el buen nombre de nuestra patria; como nobles caballeros a pedir reparación de ofensas inferidas; como generosos a contribuir a la paz y desarrollo de un pueblo digno de felicidad y de ventura.

La estancia de Prim y sus tropas en México duró cuatro meses y, desde el primer día, se hizo patente su diferencia de criterio con los aliados británicos y, sobre todo, franceses. No era partidario de una guerra con un país de la misma estirpe, pues la deuda a cobrar afectaba principalmente a cuatro negociantes que no le inspiraban mayor respecto. Sin embargo, siempre tuvo clara su misión en caso de desacuerdo: «si para vencer necesitarais una espada, disponed de la mía».

Y dejamos aquí la primera entrega del artículo, para pasar a la segunda el próximo jueves 29. Y como siempre, el autor queda pendiente de lo que pueda interesar a los lectores en castecien@bitmailer.net.

1 La citada doctrina surgió a causa del propósito del México, recién independizado, de ocupar la isla de Cuba, que había permanecido fiel a la Corona española. Por tanto, quedó claro que la frase “América para los americanos” significaba que EE.UU. ejercería la función de primera potencia en el hemisferio

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