Horizontes de la ética en economía y ecología (II)

El pasado jueves 3 de abril, iniciamos en República.com este artículo, del que hoy presentamos la segunda entrega, a propósito de la conferencia que pronuncié el día primero del mes en curso, en San Sebastián, en el Foro Larramendi, que está desarrollando un ciclo sobre la ética en el siglo XXI.

En la citada primera entrega, hacíamos una introducción para después abordar el tema de la ética en el derecho y la economía, examinando sucesivamente el modelo aristotélico tomista durante la era del feudalismo, y el referente al “homo economicus” del capitalismo manchesteriano. Hoy continuamos con la réplica a ese hombre economizado que dio el modelo marxiano.

3.3 El modelo marxiano

Es esta la tercera gran corriente general: la propuesta socialista, como reacción al homo economicus. Con un programa alternativo, ideado para “poner fin a la explotación del hombre por el hombre”. Con los principios de cambio de sistema, del capitalismo al socialismo, para plantear dos principios básicos: pasar del reino indefinido de la necesidad, al de la libertad; con la idea de exigir de cada uno según sus capacidades, y dar a cada uno según sus necesidades.

La aberración de ese modelo marxiano -con tanto utopismo casi como los propios socialistas utópicos a los que criticó el propio Marx- fue el socialismo realmente existente de la URSS y su órbita de países con la pérdida de toda clase de potencialidades, de libertad y de satisfacción de necesidades, a causa de los excesos e ineficiencia del colectivismo. Todo acabó por conducir a la estatificación de la sociedad, en vez de a la socialización del Estado; a la sustitución de la clase de los explotadores burgueses por la de los burócratas, con la aparición de toda suerte de secuelas sintetizables en el centralismo burocrático, la dictadura de partido único, y la Nomenklatura. El hundimiento de la URSS en 1991 y el surgimiento del capitalismo de Estado en China acabaron con el modelo de socialismo real y de planificación central.

¿Qué queda, pues, del modelo marxiano?: la socialdemocracia, con la que generalmente se pretende una gestión más social del capitalismo, que ya se considera difícil o imposible de sustituir por un sistema socialista.

3.4. Las pretensiones del pensamiento único

Claro es que el capitalismo evoluciona de muchas formas a lo largo del tiempo. Es un auténtico gato de siete vidas, como se comprobó en los embates que sufrió con la primera revolución social europea de 1848, seguida de la Comuna de París de 1871, la Revolución Bolchevique de 1917, el reto soviético de los años 60 del siglo pasado, etc.

El caso es que hoy, tras la caída del muro de Berlín (1989), el capitalismo tiene su formulación más identitaria en el célebre Consenso de Washington; obra inspiradora de todo el pensamiento único, y que a partir de su formulación por el economista norteamericano John Williamson, cabe enunciar en el siguiente decálogo:

1. Disciplina presupuestaria: Elemento esencial en los programas negociados por el FMI con los Estados miembros que le solicitan préstamos.

2. Reforma fiscal. El mejor método para remediar el déficit presupuestario, salvo que se recurra a la reducción del gasto público.

3. Tipos de interés. Deben estar en función de dos principios fundamentales: han de fijarse según el mercado, para de ese modo evitar una asignación inadecuada de los recursos; y al tiempo, deben ser positivos en términos reales, para así incrementar el ahorro y desincentivar las evasiones de capitales.

4. Tipos de cambios. Han de establecerse igualmente por las fuerzas de la oferta y la demanda en el mercado.

5. Liberalización comercial. El acceso a las importaciones de factores de producción a precios competitivos resulta fundamental para promover las exportaciones; alternativamente, el proteccionismo de las industrias nacionales frente a la competencia extranjera crea toda clase de distorsiones altamente costosas.

6. Plena apertura para favorecer ¡a inversión extranjera directa (IED), desde el punto y hora en que no sólo aporta capital, sino también tecnología y experiencia. Lo cual contribuye a mejorar la producción de los bienes necesarios para el mercado nacional y destinados a la exportación.

7. Política de privatizaciones. Ayudar a disminuir la presión sobre los presupuestos del gobierno, tanto a corto plazo -gracias a los ingresos que se generan con la venta de las empresas-, como a largo plazo, desde el punto y hora en que el gobierno no ha de financiar nuevas inversiones ni cubrir números rojos.

8. Política desreguladora. La máxima libertad económica -precios, movilidad de factores, etc.- estimula la competencia frente a las economías intervenidas.

9. Derechos de propiedad. Deben estar clara y firmemente delimitados, habiendo de garantizarse con el funcionamiento eficiente del sistema legal y judicial.

10. Principios de democracia y libertad. Ha de darse prioridad a los derechos individuales frente a los colectivos. De otra manera, por criterios sociales mal entendidos, puede suceder que el« funcionamiento de la sociedad en su conjunto se vea deteriorado.

Ese Consenso de Washington es toda una muestra admirativa de “la selección de los más capaces para impulsar el crecimiento económico”. Planteamiento que, sin embargo, se ve atacado por los efectos de la crisis económica que estamos atravesando. Y frente a la cual, en una tendencia -de estirpe claramente keynesiana-, se preconizan criterios más intervencionistas que, muy moderadamente, se expresaron en la Conferencia de Washington del G-20 en noviembre de 2008.

Naturalmente, el capitalismo actual tiene muchas formas de expresión, según niveles de desarrollo y organización política más o menos democráticos. Y en los planteamientos más avanzados del mismo, el estado de bienestar, supone un intento de redistribución de la riqueza y renta, para evitar desequilibrios excesivamente fuertes en la misma. En ese sentido, los avances que puedan conseguirse, se miden a través del coeficiente de Gini, y se expresan con curvas de Lorenz.

Y dejamos aquí el tema hasta la semana próxima, en que finalizaremos nuestro artículo. Hasta entonces, los lectores de República.com pueden conectar con el autor a través de castecien@bitmailer.net.

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