Horizontes de la ética en economía y ecología (I)

El pasado martes 1 de abril, tuve ocasión de participar en un ciclo de conferencias que han organizado los jesuitas de San Sebastián, en su Foro Larramendi, contando con la colaboración de un amplio elenco de miembros de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (Adela Cortina, Olegario González de Cardedal, Diego Gracia, Miguel Herrero, Marcelino Oreja y yo mismo). En ese sentido, creo que los organizadores del ciclo, José María Echeverría (SJ) y el Doctor José María Urkía, están prestando un buen servicio a los donostiarras ilustres, con una revisión muy completa de la ética en los tiempos actuales.

En ese contexto, a mi me correspondió hablar de los temas relacionados con la economía y la ecología, para lo cual preparé un papel del que voy a dar cuenta primigenia en Republica.com, y ya dirán los lectores si esos asuntos son de su interés; estoy seguro de que así será, por lo menos para algunos.

1. INTRODUCCIÓN

Como nos recuerda José Ferrater Mora, en su gran Diccionario de Filosofía, el término ética deriva de etos; que significa ‘costumbre’ y, por ello mismo, con frecuencia, se ha definido la ética como la doctrina de las costumbres, sobre todo en las versiones más empiristas.

Claro que el concepto de ética surge, como tantas cosas, de los clásicos griegos, y fundamentalmente de Aristóteles con su formidable Etica Nicomáquea donde se sentaron los fundamentos de la cuestión. Refiriéndose el estagirita a los aspectos relacionados con las conductas de respeto y lealtad en materias como la justicia, la amistad, el valor, etc., esto es en el plano de las relaciones personales y también del comportamiento público.

En la evolución posterior del vocablo ética, ésta se ha identificado cada vez más con lo moral, llegando a significar, propiamente, la ciencia que se ocupa de las cuestiones morales en sus diversas formas. Sin olvidar la definición de ética como el arte del buen vivir, en un sentido muy distinto al que Ovidio dio a su formidable Arsa Amandi.

2. SEGURIDAD JURÍDICA Y TRANSPARENCIA

EN DERECHO Y ECONOMÍA

Y de los griegos, pasamos a los romanos, para ocuparnos del comportamiento ético en términos jurídicos y económicos. Y en esa dirección, pocas veces se ha presentado el asunto con tanta brillantez como en la gran obra de recopilaciónsíntesis del Derecho Romano, en el Digesto. En el que se recoge la definición de Ulpiano sobre la ética en términos jurídicos: Iuris praecepta sunt haec: honeste vivere, alterum non laedere, suum cuique tribuere.

Y empezando por el primero de los tres preceptos, se evidencia que los romanos condensaban su idea del Derecho en el honeste vivere (vivir honestamente), destacando a la persona como sujeto básico del Derecho; dando extraordinaria importancia a la buena fe en cuanto fundamento de la convivencia y del tráfico jurídico y económico de cualquier clase.

El segundo principio, alterum non laedere (no dañar al otro), constituye el fundamento del principio de responsabilidad; y del deber de indemnizar en caso de expropiación, a lo que más tarde se ajustarían las bases de la utilidad pública, el precio justo, y su efectivo pago.

Y el tercer principio de Ulpiano, también queda claro: suum cuique tribuere (dar a cada uno lo suyo), verdadero título legitimador de la existencia del Estado y del poder judicial; en cuanto que los encargados de resolver los conflictos jurídicos, “deben dar a cada uno lo suyo”, en la inexcusable obligación de solucionar los conflictos.

Estos tria iuris praecepta configuraron con carácter universal la estructura básica y prenormativa del Derecho y por eso se consideran el “principio radical del Derecho y de la responsabilidad económica“, su mismísimo sustrato. Y como manifestó el gran procesalista Jaime Guasp, es en la seguridad jurídica en la que se asienta la paz social y el funcionamiento de la economía que, como bien per se, ha de prevalecer sobre la injusticia individual; por ser un bien colectivo y un prius para el progreso y la justicia.

Hoy en día, la seguridad jurídica es un principio universalmente reconocido, que se entiende y basa en la certeza del Derecho, tanto en el ámbito de su promulgación como en su aplicación, porque supone la plena garantía de que todo queda claro: lo prohibido, lo ordenado, y lo permitido por el poder público, respecto de uno para con los demás, y de los demás para con uno.

3. LA HISTORIA DE LOS CUATRO MODELOS ÉTICOS

En la formación de la ciencia económica, son observables, al menos, cuatro corrientes de pensamiento fundamentales en relación con la ética; cada uno con su perfil concreto, según iremos viendo, al dedicar un cierto espacio a modelo aristotélicotomista, al homo economicus del capitalismo, al planteamiento marxiano, para terminar con el homo ecologicus. Con la salvedad de que después del ataque de Marx al capitalismo, este último se configura como pensamiento único, que también ocupará un espacio en ese trabajo.

3.1. El modelo aristotélicotomista versus feudalismo

En lo que sintéticamente llamaremos modelo aristotélicotomista -que con raíz helénica tiene su máxima expresión en la Cristiandad medieval-, en la relación teórica entre los hombres y las distintas formaciones sociales, se busca en el mutuo respeto, el amor entre semejantes, o la caridad de quienes tienen más para con los que gozan de menos.

Esos principios éticos, desde el punto de vista económico, cabe esquematizarlos en la comunidad cristiana de bienes, el justo precio de las cosas, la negación del interés en los préstamos de dinero, y en la consiguiente penalización de la usura.

Sin embargo, la materialización del modelo se tradujo en la dura realidad del sistema feudal. De modo que entre los siglos VIII y XVI, las realidades del funcionamiento del modelo fueron muy distintas de lo preconizado: explotación de los siervos de la gleba por los señores, monopolios señoriales (incluyendo el de horca y cuchillo), autoritarismo aristocrático, prevalencia del clero, barreras para la naciente burguesía, etc.

Esa evolución en la cristiandad, es lo que provocó con frecuencia la idea de reformar el cristianismo, con planteamientos como los de San Francisco y Santa Clara de Asis, e incluso los cátalos con toda su violencia y la rebeldía de los campesinos alemanes, ya coincidiendo con los primeros años de la Reforma de Lutero. De modo que una cosa fueron las ideas éticas, y otra muy distinta su plasmación en la realidad.

3.2. El modelo del «homo economicus» del capitalismo

El segundo esquema ético a que nos referimos lo protagoniza el homo economicus, que se manifiesta por la dura lucha por la vida, dentro del capitalismo, desde sus primeros tiempos hasta el sistema manchesteriano del siglo XIX.

Esa contienda permanente se genera por la búsqueda de la ganancia, con la obtención de la plusvalía y otras formas del beneficio. Explotando a tal fin, los burgueses y capitalistas, los diversos factores de producción.

La consecuencia de ello es que las relaciones entre individuos y colectivos se traducen en una pugna permanente por mejorar la posición en el mercado; con el monopolio como objetivo en muchos casos, tal como se pudo apreciar en la fase de los Robber Barons en EE.UU. (los Rockefeller, Morgan, Vanderbilt, etc.) y de los cárteles para suprimir la competencia en la vieja Europa.

En el curso de esa lucha, tiende a producirse la selección de los más capaces (que se hacen los más poderosos), en una dinámica claramente darwinista. Con la inevitable concentración de poder en determinados grupos y clases, en un mundo en crecimiento económico a lo largo de las sucesivas fases de los ciclos, desde la recuperación y el auge hasta la recesión y la depresión.

El modo de producción capitalista puro y duro (el manchesteriano de Karl Marx) no sólo aliena a los trabajadores, sino que aliena a la sociedad humana en su relación con la Naturaleza. Pero por las pugnas sociales, el capitalismo va evolucionado. No se trata, como decía Lenin de que el gobierno en los países de ese sistema sean “el comité ejecutivo de las clases dominantes”, sino que según la visión de Poulantzas, siempre tiene que haber concesiones desde esas clases dominantes, para evitar una guerra civil burguesía / proletariado. Y eso es precisamente lo que permitió al capitalismo convertirse en un auténtico gato de siete vidas: que resistió los embates de 1848 (la primera revolución social europea), 1871 (la Comuna de París), 1917, (la revolución bolchevique), 1929 (la Gran Depresión), hasta llegar incluso a 1975 con la definitiva derrota de los intereses de EE.UU. en Vietnam.

Dejamos aquí la cuestión para una segunda entrega el próximo jueves 10 de abril. Y en el ínterin, ya saben los lectores de Republica.com que pueden conectar con el autor de este artículo a través de castecien@bitmailer.net.

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