Reflexiones sobre Rivera y los Ciudadanos

Ayer, el martes 17 de diciembre, asistí, a un desayuno de trabajo, por cierto más que concurrido y expectante, para escuchar a Albert Rivera, presidente del partido Ciudadanos en Cataluña. Y que está promoviendo para toda España un Movimiento Ciudadano, que tal vez concurrirá, en 2014, a las elecciones europeas. Y al escribir esta crónica, me siento un poco como Azorín, o como Wenceslao Fernández Flores, cuando eran comentaristas políticos en las Cortes. Si bien en un tiempo muy ulterior en el que tantas cosas han cambiado.

El caso es que Rivera fue presentado por Antoni Asunción, ex ministro de Justicia con el PSOE, y que dimitió al estimar que algún colaborador suyo no había cumplido debidamente. Y a partir de sus primeras palabras, Albert se manifestó con su habitual claridad. Empezando por subrayar que España está en medio de cuatro crisis de gran envergadura, de las cuales la económica, siempre la más comentada, no es precisamente la mayor.

Más concretamente, al lado y por encima de los problemas económicofinancieros, está la crisis de las instituciones democráticas; con un máximo de opacidad y corrupción, y sin autoridad moral de casi nadie, lo que significa una difícil recuperación de la confianza por parte de los ciudadanos. A lo que se une una tercera crisis: la ética, de falta de valores efectivamente respetados, para, entre otras cosas, tratar de hacer felices a las gentes, en vez de torturarles con políticas inadecuadas. Quedando como cuarta crisis, la territorial, al estar ya obsoleto el actual sistema autonómico de tendencias cada vez más centrífugas.

El orador se pronunció a favor de una nueva ética política, movida por los principios, dijo que de la Ilustración; y tenía razón, porque fue Juan Jacobo Rousseau quien creó el lema, aunque luego se difundiera máximamente por la Revolución Francesa, de igualdad, libertad y fraternidad. Y seguidamente, Don Albert entró en una disquisición -que yo estimo debe revisar por lo manida que ya está-, acerca de la diferencia entre estadistas y partidistas. Poniendo de relieve que los partidos se han convertido en un fin en sí mismo, lejos de ser meramente un instrumento para la mejor política, que no se consigue por las mencionadas opacidades, y por las corrupciones y el castigo que se hace a quienes aspiran a transparencia y reformas.

Otra revisión a hacer, recomiendo, en el lenguaje de Rivera -en general lúcido y convincente- es la idea de que no es lo mismo politiqueo que política. Y que no es lo mismo asumir responsabilidades de cara a la gente, que meramente intercambiar cromos entre los partidos. Siendo efectivas ambas aspiraciones, sin embargo las expresiones resultan un poco obsolescentes. Mejor le propongo un lema que acuñó Alejandro Rojas Marcos, en tiempos, cuando dijo aquello de que “la política debe ser un subproducto lógico del amor”.

Insistió ulteriormente Rivera en que más que hablar de unidad de España, hay que referirse a la unión de los españoles, como personas; para preguntarse a continuación cómo hemos podido llegar a un estado de desunión como la que actualmente se vislumbra. Añadiendo, de manera colateral, que no es que esté en peligro la dichosa (el adjetivo es mío) Marca España, sino que está desprestigiada por los intentos de disgregación en curso que no se combaten suficientemente desde el PP, el PSOE y otras instancias políticas. El problema esencial es que en los dos últimos gobiernos, el de ZP y el de Rajoy, no se defienden verdaderos valores, lo cual les lleva ha llevado a equivocarse en el diagnóstico y en el remedio de una situación tan lamentable como la actual.

Lo importante -manifestó con no poca contundencia- es que el Estado funcione, y para ello son necesarias reformas. No solamente para hacernos atractivos a efectos de entrada de capitales extranjeros, sino también para que las instituciones del Estado resulten atractivas a la inmensa mayoría de los españoles; y que se sientan, por ello mismo, orgullosos de serlo, esto último de mi cosecha.

Para conseguir esos objetivos, destacó el joven político, falta todavía una verdadera vertebración, yendo a la raíz de los problemas, para entender cabalmente que el nacionalismo ha crecido en resonancia por la crisis de España como conjunto. Lo que permite, con toda desfachatez, las manifestaciones de los separatistas, con aquello de que “España nos roba”, y otras lindezas similares.

Se trata, pues, de reforzar el proyecto común, realizando una serie de reformas, que el orador cifró en cinco, que seguidamente esquematizamos:

1. Una nueva ley de partidos políticos para desarrollar cabalmente el artículo 6 de la Constitución; introduciendo el sistema de primarias, que permita a la gente ejercer el verdadero derecho a decidir, utilizando su voto sin listas cerradas y bloqueadas. Que sólo facilitan el partidismo, y que desconectan a los votantes de los votados.

2. Transparencia dentro de los partidos, con cuentas claras en todo lo que se refiere a los dineros públicos. De otra manera, la democracia se debilita inevitablemente, lo que exige una reforma de la ley electoral, que permita elegir -esto no lo aclaró suficientemente Rivera- un partido y al mismo tiempo una persona. Implícitamente, vino a plantear un mecanismo electoral de distritos unipersonales, y al tiempo con el complemento de la representación proporcional.

3. La tercera reforma sería separar los tres poderes, porque “Montesquieau no ha muerto” a pesar de que Alfonso Guerra levantó su acta de defunción hace años. Y precisaría aquí que John Locke quien realmente planteó esa división de poderes antes que el noble francés revolucionario citado. El poder ejecutivo, subrayó Rivera, no puede mandar en el legislativo y en el judicial. En ese sentido, y como botón de muestra, se refirió al nefasto reparto, por cuoteo partidista, de puestos en el Consejo del Poder Judicial y en el Tribunal Constitucional. Para no citar tantas otras agencias del Estado en que sucede lo mismo, desde el Banco de España, hasta la Comisión Nacional de la Energía, etc., etc.

4. La cuarta reforma sería la de la Administración Pública. En la que el gobierno lo único que ha hecho, hasta ahora, es blindar unas diputaciones provinciales, que se solapan con las Consejerías de Administraciones Públicas de las CC.AA. Dando larga y penosa vida a unos ayuntamientos técnicamente imposibles, por falta de economía de escalas, debido al minifundismo municipal.

5. La quinta y última reforma que propone el presidente de Ciudadanos, en línea con lo que ya planteaban los doceañistas de Cádiz, es que en la Educación -para la que se necesita un pacto nacional- se estudie la Constitución: que todo el mundo la conozca, y que sus principios fundamentales calen en los ciudadanos.

Como colofón de todo lo indicado, manifestó que las propuestas del Movimiento Ciudadano, no son las propias de pretenciosos salvapatrias, ni de poseedores de varitas mágicas. De lo que se trata, en definitiva, es conseguir el poder -por un movimiento mayoritario o en asociación de partidos constitucionalistas- para cambiar las cosas.

Se dejó llevar después el joven Albert en un ramalazo de resonancias kennedianas: la idea de preguntar más qué puedes hacer tú por tu país, en vez de interesarte sólo en qué puede servirte a ti mismo. Lo cual obliga a reforzar la unión, lo que en España no será tiempo perdido, pues nuestro Estado, sea bueno, malo o regular, y lo dijo Bismarck en 1895, es el más fuerte de Europa. Porque a pesar de más de doscientos años, contados hasta hoy, de intento de rompimiento, no acaba de quebrarse. Buena evocación de lo que el Canciller de Hierro dijo a Cánovas, añadiendo que el insigne promotor de la Constitución de 1876 era el político que más admiraba en el mundo.

En la fase ya de preguntas y respuestas, Albert Rivera estuvo en ocasiones brillante, y casi siempre racional y pedagógico. Así, cuando se le planteó si el Gobierno de España debería intervenir el de Cataluña por el artículo 155 de la Constitución, indicó que antes de eso sería bueno vigilar los presupuestos de la Generalidad. Para evitar gastos, con dinero público, de posibles consultas que son ilegales, pretensiones identitarias partidistas, etc.

También criticó como respuesta a una de las preguntas, que a pesar de los desarrollos en la senda a un Estado catalán -con agencia de espionaje, embajadas, servicios meteorológicos, etc. – Rajoy no tenga una visión de Estado, para plantear una auténtica regeneración, y una convivencia de todos los españoles. Así las cosas, dijo, no sería extraño que Jonqueras puede aparecer un día en el balcón de la plaza de Sant Jaume de Barcelona, o puede intentar parar la economía catalana durante una semana.

En otras contestaciones, Rivera se refirió a la seguridad jurídica ausente en tiempos de desunidad de mercado. Y recordó que el primer referéndum separatista de Quebec significó una fuerte fuga de capitales de esa provincia de Canadá, y una caída dramática de su bolsa de valores.

Finalmente, un comentario muy interesante, y que podría desarrollarse algo más de lo que dijo Rivera. Es el hecho de que si los catalanes piden un pacto fiscal, es porque está el precedente vasco y navarro. Con sistemas de cuota y cupo, que son de origen medieval -aunque fuera Cánovas quien lo modernizase-, y que ya no tienen sentido en una administración racional moderna.

De hecho, Rivera vino a plantear que para resolver el problema del pacto fiscal bilateral Cataluña/España, lo que hace falta es retirar las bases del mismo: habría que reformar la Constitución de modo que, con todas las dificultades que eso significara en Vascongadas y en el antiguo Reino con capital en Pamplona, caminar a un nuevo sistema de financiación autonómica en el que no hubiera discriminaciones como las todavía existentes, por muy respetables que históricamente sean.

La impresión que yo tuve al salir de la amplia sala del Hotel Ritz donde se celebran estos muy útiles encuentros matutinos -mi felicitación otra vez a José Luis Rodríguez, su gran organizador-, es que Rivera está madurando. Y aunque no lo dijo expresamente -”habrá que esperar a enero para que lo decida el Movimiento Ciudadano”- yo estoy seguro que irá a las elecciones europeas. Y ese podría ser un gran momento de gloria.

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