Mandela in memoriam

La muerte de Mandela el pasado 6 de diciembre, conmovió al mundo entero, por la fuerte personalidad de un líder político y humano realmente único. Una vida sobre la que tengo una breve pero para mí importante visión en directo; merced al viaje que a Sudáfrica hicimos mi mujer, Carmen Prieto-Castro y yo, como enviados especiales (ella también de hecho, por sus continuas observaciones, sugerencias y ayuda), simultáneamente de la COPE y de El Mundo; a veces al alimón con José Miguel Azpiroz, representante de la emisora como yo, y no lejos de Alfonso Rojo, del periódico, por entonces autor reciente de un libro sobre Sudáfrica titulado La tribu blanca.

Aterrizamos en la hermosa ciudad de El Cabo y aquel mismo día visitamos el promontorio de Buena Esperanza: con recuerdos de Vasco de Gama, el primer europeo que lo rodeó hacia el Este, y de Elcano, el primero que lo hizo hacia el Oeste en la primera circunnavegación. Después viajamos a Johannesburgo en el legendario tren azul, que cruza prácticamente todo el país, pasando por Soweto antes de llegar a la gran metrópoli sudafricana.

En esas tierras permanecimos una larga semana, para seguir la última fase del proceso electoral que puso fin al apartheid. Un hecho que -no se recuerda lo suficiente- solo fue posible merced, en buena parte, al aperturismo inteligente del presidente del Gobierno, de extracción boer, Frederik Willem De Klerk. Quien durante los primeros cuatro años de su gobierno abrió una cooperación cada vez más estrecha con Nelson Mandela, a quien liberó tras muchos años de cárcel; a fin de preparar las primeras elecciones libres, que definitivamente llevarían al país a superar los atavismos racistas del apartheid.

Sudáfrica era entonces, en 1994, una nación demográficamente análoga a la de España: 38 millones de habitantes, con una economía que con sus 122.000 millones de dólares de PIB suponía una cuarta parte de la española, en un contexto de distribución muy desigual. Con la evidencia más notoria de ello en los efectos del largo dominio blanco en la distribución de la tierra: los whities, un 15 por 100 de la población total, eran los poseedores del 83 por 100 de la mejor superficie agraria útil. En tanto que los negros, el 77 por 100 del censo, sólo tenían acceso al 17 por 100.

En su conjunto -subrayé en mis crónicas como enviado especial-, vi la República de Sudáfrica con un futuro económico razonablemente brillante, en el supuesto de mantenerse en la estabilidad política; vía una transición pacífica en la que pudieran irse asumiendo las más ingentes expectativas de la población.

En el sentido apuntado, recordé cómo durante la Segunda República Española, al no atenderse mínimamente las expectativas de mejora que despertó el nuevo régimen, cundió el desánimo; en una trágica deriva a la guerra civil. Frente a tan penosa experiencia, manifesté en esa visita de hace casi 20 años, «la sabiduría del Partido Nacional (PN) de De Klerk y del Congreso Nacional Africano (CNA) de Mandela, seguramente imprimirán un ritmo adecuado, en evitación de situaciones tan lamentables como las que tuvimos en España en la década de 1930». Y así fue hasta cierto punto, de manera que hoy (2013), Sudáfrica es el quinto miembro de los BRICS, al lado de Brasil, Rusia, India y China; las grandes potencias emergentes del planeta.

De aquellos días en Sudáfrica, el momento más señalado fue la conferencia de prensa que tuvimos un grupo de enviados especiales europeos con Nelson Mandela, en el centro oficial de seguimiento del proceso electoral, en los alrededores de Pretoria. Allí, en un ambiente de gran emoción se presentó el flamante candidato, vestido casi deportivamente; y con ancha sonrisa, nos dirigió unas palabras en su inglés característico, pausado, sencillo de expresión, modulado por su voz con el timbre de una sinceridad casi tangible. Expuso su programa, de mejor vida para los sudafricanos con muy pocas palabras: agua limpia para beber, sanidad infantil, vivienda digna, educación para todos y creación de empleo… Y acto seguido contestó a unas pocas preguntas.

Al final, pudimos estrecharle la mano, fuerte y cálida, y yo salí del encuentro casi como si hubiera visto el descenso a la Tierra de un ángel llegado del mismísimo cielo.

En las elecciones que nosotros presenciamos, el partido de Mandela conquistó la mayoría absoluta, pero sin llegar al 66,67 por 100 que le habría permitido, sin más alianzas, modificar las bases constitucionales previamente consensuadas entre Mandela y De Klerk. Seguramente, el propio gran dirigente negro se sintió más cómodo con ese menor poder, al objeto de frenar los radicalismos de alguno de sus seguidores.

Después de las elecciones, visitamos las grandiosas cataratas Victoria en el río Zambeze, y desde allí volvimos en avión a Johannesburgo, y por falta de tiempo para otra combinación de transporte, en el aeropuerto, alquilamos un taxi, con un conductor dispuesto a todo por ganarse unos buenos rands. Y sin más, nos pusimos en ruta para hacer 500 km hasta casi la frontera con Mozambique, a la reserva de safaris visuales y fotográficos de Mala Mala, sin duda la mejor del entorno del famoso Parque Kruger.

Al llegar a aquel área de sabana tropical, la acogida que tuvimos fue de verdadero júbilo, pues éramos los únicos clientes de Mala Mala, donde todos estaban, literalmente, «mano sobre mano»: a causa del proceso electoral -que se anunció podría ser muy violento, cosa que luego no fue el caso- el turismo había desaparecido por completo.

La misma noche de nuestra arribada, además de una excelente cena en una terraza con el murmullo lejano de la fauna de la sabana, nos organizaron una especie de fuego de campamento, seguido de bailes tribales. Y durante los dos días siguientes estuvimos visitando todo el área, para contemplar verdaderas maravillas zoológicas en su medio natural: una manada de trece leonas, con toda una mesnada de cachorros; un búfalo envejecido que andaba lenta y penosamente solitario, seguro que esperando su propia extinción lejos ya de su grupo, seguro que a punto de caer en una cacería de felinos; varios rebaños de elefantes tumbando árboles para evitar que la sabana vuelva al bosque; y antílopes elegantes del tipo del orix y del sable (precisamente mala mala en una de las lenguas bantúes).

De los muchos animales que pudimos observar, los que más interés nos suscitaron a Carmen y a mí fueron los babuinos; simios, como se sabe, de no gran tamaño, pero muy fornidos, inteligentes, y casi seguro que los más violentos de todos los primates, no sé si incluida la especie humana. Afortunadamente los veíamos bastante de lejos, sobre todo en la mañana, al despertar desde nuestra cabaña, a través de un gran ventanal. Los individuos de todo un numeroso clan, se movían con gran soltura en juegos inacabables, emitiendo siempre los mismos gritos aunque fuera en distintas tonalidades:

 Baaa… buuu…, baaa… buuu…, baaa… buuu

De la transcripción de ese grito / gemido continuo procede el nombre de tan inquietantes especímenes de nuestro árbol evolutivo común, que se remonta, dicen, a los lemures.

Ya el día que habíamos de volver a Johannesburgo para los últimos trabajos allí, los dueños de Mala-Mala nos preguntaron cómo pensábamos hacer el viaje a la gran ciudad.

 En taxi, igual que vinimos. Es un largo… y costoso trayecto …

 Pues si quieren Vds., como nosotros partimos dentro de tres o cuatro horas hacia Johannesburgo en nuestro avión privado, pueden acompañarnos si quieren.

El viaje fue una verdadera maravilla, a altura muy inferior a la de los grandes aviones comerciales, pudiendo contemplar muchas facetas de la realidad sudafricana: amplios espacios abiertos despoblados; cultivos de muchas clases, incluyendo viñedos y frutales; así como un buen número de centrales térmicas para el aprovechamiento del carbón in situ. Todo lo cual hacía y hace que Sudáfrica sea el país económicamente más consistente de todo el continente negro, también debido a su convivencia racial… que ojalá dure sine die.

Han pasado dos décadas de aquel viaje, que ahora con este in memorian a Mandela (sin olvidar a De Klerk), nos permite ver, con mayor claridad, como la buena voluntad de dos hombres representativos de amplios movimientos humanos, cambiaron la faz de un país para mayor orgullo de todos.

3 comentarios
  1. Lucyinthe Sky says:

    Europa no es lo mismo que la UE.
    El PSOE defiende el TTIP, que es el mayor atentado de la historia contra el modo de vida europeo.
    La UE, el BCE, y la Comisión Europea son vehículos para implementar los intereses de los grandes lobbyes de USA.
    Vivan el populismo, el nacionalismo, la doctrina social de la iglesia católica, el marxismo, y el proteccionismo!
    Viva Europa!
    Muera la UE!

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  2. petitsuis says:

    ¿estais asustadillos eh?... vosotros, Marianico, el Cayo ese, anda queeeee.... y ahora empieza el amigo reprochando a los demás hablar en nombre del "pueblo", con dos..... (lo habrá dicho en reunión en alguna "Casa del Pueblo", ¿tal vez?, ¿acaso?), pero no, eso no es populismo, es cosa seria, sisisisisi.....

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  3. Agromenawer says:

    Que hable de populismo alguien que milita en un partido que sin ir más lejos es anticlerical a ultranza cuando está en la oposición y mantiene el concordato cuando está en el gobierno tiene muchos bemoles. Definitivamente habéis perdido toda conexión con la realidad. Podemos no dice lo que la gente quiere oír, Podemos dice lo que la gente cree que se debe hacer, y es en ese matiz en el que os perdéis los políticos "de toda la vida". Pretender que los ciudadanos hoy en día no estamos informados de lo que va a suponer el TTIP, de que es el entramado bancario germano-anglosajón el que ha causado y se está enriqueciendo con esta mal llamada crisis, de todos los tejemanejes que el PP y el PSOE tienen en nuestros ayuntamientos, delegaciones, diputaciones, consejerías desde hace 4 décadas, pensar que todo esto se nos escapa o que no somos capaces de comprenderlo en su verdadera dimensión es un grave error. Y por eso no entendéis ni probablemente entenderéis nunca porque Podemos va a borrar del mapa al PSOE como Syriza borró del mapa al PASOK.

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