Cuatro tornamundos (VII)

El pasado 26 de septiembre, como recordaran los lectores de República.com, iniciamos este largo artículo, o si se prefiere informe, sobre mis cuatro tornamundos, que hoy llega a la VII entrega. Y en esta ocasión, me referiré todavía a mis correrías por Australia, y al largo viaje entre Sídney y Los Ángeles, que hice durante el día de San Ramón.

Ultimas horas en el Lucky Country: despedida de Sídney

A mi vuelta de Canberra, en el aeropuerto de Sídney me esperaba Víctor Ugarte. Y juntos nos fuimos a la sede del Instituto Cervantes, donde saludé y conversé con algunos de sus colaboradoras. Y allí estuvimos hablando largo rato de los diplomas que expide el instituto y que son muy apreciados por quienes necesitan demostrar su suficiencia en el idioma español, o simplemente por lo que le sucedió a Karl Marx, que se decidió a estudiar español para leer Don Quijote en su lengua original. E igualmente conversamos sobre los centros colaboradores del Instituto; una situación que no acaba de ser la de franquicias, algo que hace muchos años le propuse al Marqués de Tamarón cuando era Presidente del Instituto.

Allí mismo tuve un encuentro -preparado por Victor Ugarte- con Bernard Lane, redactor del diario The Australian, con quien mantuve una conversación que duró por lo menos una hora, precedida de una sesión de fotos.

Lane, que habla un español razonablemente inteligible, demostró gran interés por mis tres viajes al cuarto continente. Empezando por el primero, que fue a invitación del PCA, como relaté con anterioridad, para luego centrarse en los temas de mis conferencias australianas auspiciadas por el Instituto Cervantes y la Embajada: navegantes del Pacífico en los siglos XVI y XVII, para seguir con las relaciones navales entre los dos países, la paz perpetua en el siglo XXI, y la economía internacional con crisis de la Eurozona incluida.

Fue una entrevista con muchas preguntas y respuestas, que se publicó pocos días después con una amplia foto del entrevistado. Noticia que el Prof. Rafael Vázquez, de la Universidad de Wallongong fue el primero en darme. Había ido a la conferencia en Sídney Ideas, con varios alumnos suyos, en un viaje totalmente ad hoc. Que yo le agradecí, con una especie de consenso bilateral de mantener relación directa por internet a partir de entonces.

Tras la entrevista tuve margen para un razonable descanso, y por la noche, mis amigos españoles del Instituto Cervantes y de la Universidad de Sídney me dedicaron una cena de despedida, en lugar próximo a El pez volador, en el restaurante Boat House; también en una de las riberas marítimas de la impresionante bahía de Sídney. Y siendo un viernes noche, con mucha animación, pudimos compartir una excelente cena: gracias Paula, gracias Víctor, gracias Pedro, gracias Luis.

Me fui después a mi hotel, y como la temperatura, ya a finales del invierno austral era muy grata, me di una vuelta por el barrio, animado por la fiebre de viernes noche y con buen número de tiendas todavía abiertas. Entre ellas una de Samsung con unos televisores de última generación que ofrecían, sin parar, imágenes de lo más impresionantes sobre la variada naturaleza australiana. Y una jovencita que pasaba en un grupo muy charanguero, al ver mi chaqueta verde -Luis del Olmo siempre dice que es como las del Open de Augusta-, exclamó al verme: -What a nice jaquet! Pequeñas cosas de la vida.

Me fui al hotel, hice la maleta científicamente como aprendí en aquella extraordinaria película titulada en la versión española “El turista accidental”, dirigida por Lawrence Kasdan y protagonizada por William Hurt y Geena Davis. Y en la mañana del sábado 31, hice los últimos preparativos para irme al también impresionante aeropuerto de Sídney; por cierto, hasta pocos días después de pasar por ahí, propiedad de la filial australiana de Hochtief, del Grupo ACS.

En el aeropuerto estuve algo más de una hora paseándome por tiendas en verdad exuberantes, para al final gastarme los últimos dólares australianos en el nuevo libro de Antony Beevor The Second World War; un compendio de uno de los episodios históricos que siempre más me ha interesado. Entre otras circunstancias, por la muy lógica de que aquella guerra (1939-1945), con casi seis años cuando empezó, la viví en directo por la radio y la prensa; sobre todo a través del semanario Mundo que compraba mi padre, y que siempre tenía unos estupendos mapas de las grandes batallas. Pensé que ese libro sería un buen regalo para Rodrigo Carlón Tamames, nieto mío por parte de mi hija mayor, Alicia; que va a estudiar Historia y Literatura en la Universidad de Londres.

En relación con las tiendas exuberantes del aeropuerto de Sídney diré que siempre que paseo por exposiciones así, y cuando tanto se habla de la Marca España, uno se da cuenta de lo poco que aún lucimos en el comercio internacional de productos de alto precio de aeropuertos y centros comerciales. Vinos franceses casi en régimen de monopolio, artículos japoneses (cámaras fotográficas y electrónica, igual que Corea del Sur) y EE.UU. para moda y libros. Mientras tanto, nuestras marcas se cuentan con los dedos de una mano: Zara, antes Lladró, algo de Freixenet, Miguel Torres, y poco más. Es todo un esfuerzo, introducirse en estos centros de alto consumo cada vez más de lujo.

El largo día de San Ramón, entre Australia y las Américas

El sábado 31 de agosto, coincidió, como por lo demás es lo lógico en el Santoral, con el día de Ramón Nonato. Una onomástica que en casa solemos celebrar con un refrigerio en la terraza, en cuya vegetación ya se advierten algunos primeros signos del otoño. Pero a falta de esa celebración, en la hora que estuve esperando para embarcar en Sídney para volar a Los Ángeles, lo que hice fue enviar un total de 140 mensajes a otros tantos familiares y amigos a través de mi teléfono móvil, con el siguiente texto: “Volando de Sídney a Los Ángeles y Panamá, feliz día de San Ramón. R. Tamames”.

Y a pesar de que en España eran las dos de la madrugada, de inmediato empecé a recibir respuestas. Que fueron produciéndose en buen número a lo largo de ese sábado 31, que para mi tuvo 40 horas, por las 13 que aún pasé en Sidney; más 14 hs. de vuelo a Los Ángeles; más 13 de espera en su aeropuerto. Un día tan extendido, por el hecho de que en medio del Océano Pacífico cruzamos la línea del cambio de fecha, ganando así un día. Lo mismo, recordé, que le sucedió a Phileas Fog (David Niven en la película) y a Picaporte (Mario Moreno, Cantinflas): al llegar a Londres, los dos pensaron que habían perdido la apuesta al dar la vuelta al planeta en 81. Y fue casi por pura casualidad cómo se percataron de que yendo en dirección contraria al sol, se ganaba un día, precisamente en la línea de cambio de fecha en el Océano Pacífico.

La noche en el Airbus 380 de Quantas, fue muy cómoda, siempre utilizando los métodos del viajero accidental, para pasar el tiempo lo mejor posible; sin obsesiones previas ni concurrentes por lo largo del trayecto: tempus fugit, pudiendo agregar aquí: in optima conditio per adaptatione mentis. ¡Como echo de menos en ocasiones así al gran profesor de largas clásicas Antonio Fontán, quien con gran sentido del humor se autoproclamaba Maestro de cartas Latinas de un servidor!.

Claro es que entre las adaptaciones mentales a que me refiero, tiene mucho que ver la circunstancia de la edad: superar el síndrome del octogenario. A lo cual me ayuda la actividad permanente, y también la lectura y el estudio de temas muy diversos. Y en ese sentido, precisamente en el trayecto Sídney-Los Angeles, tuve ocasión de leer en la Revista de Quantas, un artículo sobre el Dr. David Sinclair; australiano, que se ha apuntado ya muchos meritos en las técnicas para frenar el envejecimiento. Entre ellos, el descubrimiento del resveratrol, un compuesto natural encontrado en el vino tinto y en la piel de las uvas, que podría ampliar la vida humana, como ya ha sucedido en las cobayas.

Igualmente, recordé un artículo de Oliver Sacks, en El País del 13 de julio de 2013, titulado Al cumplir los 80. En el cual, el autor nos dice: “no pienso en la vejez como en una época cada vez más penosa que tenemos que soportar de la mejor amanera posible, sino en una época de ocio y libertad, liberados de las urgencias artificiosas de días pasados”. Y con esas alentadoras referencias, el sueño vino a mi encuentro.

A mi llegada a Los Angeles, por lo prolongado de los trámites burocráticos de inmigración de EE.UU. -ya se sabe, la preocupación por el terrorismo-, perdí la conexión con mi vuelo para Panamá en la compañía COPA. Por lo cual hube de pasar diez horas en la zona de tránsito del aeropuerto, que repartí en anotaciones sobre el viaje, lectura de mi ya comenzado libro sobre La hegemonía española, varios periódicos -entre ellos The Economist y el diario Los Angeles Times- y un sueño reparador en la sala VIP del aeropuerto. Lo cual, en un momento dado me recordó a un oficial mayor del Ayuntamiento de Madrid de mis tiempos en la Alcaldía de la villa, que solía decir:

- No hay nada urgente. Lo que hay es gente con prisa.

Y desde luego, yo en Los Angeles, como en otras ocasiones del viajero accidental, no tuve prisa. Me adapté, que no resigné, a eventualidades como las que aquí relato. Lo cual, en parte se debe a la Filosofía, o eso al menos me parece, sobre todo, tras la lectura del un libro sobre Marco Aurelio de Frank McLynn, donde se presentan algunas claves del estoicismo -cuyo gran maestro fue Séneca- como forma de buscar una vida mejor.

La próxima entrega será la última, la octava. Y aprovecho para informar a los lectores de Republica.com, que el pasado 1 de noviembre cumplí mis primeros 80 años.

Casi dos centenares de amigos organizaron una cena en el restaurante Pedro Larumbe, para acompañarme en esa fecha. Entre los asistentes estaba el Doctor Carlos Rodríguez Jiménez, endocrinólogo y uno de los mejores discípulos de Gregorio Marañón y quien me ha extendido un certificado que viviré hasta los 103 años. Así que si el editor, mi viejo amigo Pablo Sebastián me mantiene en el elenco, creo que tendremos crónicas para muchos años.

Y como siempre, el autor queda a disposición de los lectores en castecien@bitmailer.net

4 comentarios
  1. Rosa del cairo says:

    Y se le ha olvidado decir la creación de toda una generación de euroescepticos y de europeístas que hemos dejado de serlo al comprobar que la famosa Unión solo era para marcar el paso de la oca y ser los camareros de Europa.

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  2. Antonio Moreno says:

    Que bonito suena todo. ¿y el despilfarro griego? ¿Y el español de los últimos años de zp? El problema es que para vivir por encima de nuestras posibilidades ingresamos 80 en impuestos y gastamos 100 y esos 20 nos los prestan y cada vez la deuda es mayor. Y los famosos mercados que nos prestan no están dispuestos a que sigamos siendo asi de manirrotos... es duro pero es la realidad. Hay que tener un estado del bienestar ajustado a lo que nos podamos permitir y destinar mas dinero a la economía productiva para que genere puestos de trabajo sin eso no hay nada que hacer. Pero para liberar dinero para la economía productiva no hay que subir los impuestos, hay que ajustar el estado del bienestar a lo que nos podamos permitir y empezar por una revolución en estado de las autonomías, en las empresas publicas, en el modo de funcionar como país (Menos AVE, menos televisiones autonómicas, menos consejos autonómicos de todo tipo, etc.) Si no conseguimos aumentar los ingresos via aumentar la actividad económica estamos perdidos... este estado del bienestar aguantará lo que aguante y luego la catástrofe y entonces nos acordaremos de lo que tenemos ahora. O trabajamos mas por menos y somos mas competitivos o no hay nada que hacer. El mundo va a una velocidad de vértigo y nosotros discutiendo sobre quien somos (si catalanes, si vascos, si españoles) o cuantos regalos de reyes queremos (Podemos)....

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    • Max Demetrio Trueba says:

      Amigo, para qué tanta competencia, la economía debe resolver las necesidades humanas, no de las Corporaciones. La economía que se empeña en promover el neoliberalismo es la de la ganancia como un fin en sí misma, eso demuestra el nivel de decadencia humana en el que nos encontramos. Esta es la época donde las empresas ganan más que nunca, pero eso no se convierte en un beneficio para los ciudadanos de los países, sino para que 4 o 5 personas tengan más millones. O los países renuncian a ese discurso de la "competencia" (o sea competir a costa de que la gente viva en condiciones más precarias, para aumentar astronómicamente la riqueza) o no quedará planeta y lo poco que nos quedará es el mundo pobre y destartalado que tanto temen los capitalistas que acusan a Cuba y a Venezuela y la ex Unión Soviética.

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