Política forestal en España desde los tiempos de Felipe II: Reverdecer la vieja piel de toro (II)

El pasado jueves 15 de agosto, publicamos la primera entrega de este artículo, que hoy continúa con los siguientes epígrafes:

4. Armada invencible

5. Las inquietudes forestales de Felipe II

6. La Marina y los bosques

Hoy, en la segunda remesa, comenzamos, pues, con una amplia referencia a la Armada invencible, que espero sea útil para refrescar no pocas lagunas históricas.

4. ARMADA INVENCIBLE

Hacemos ahora un quiebro en nuestra conferencia, para referirnos a la Armada Invencible, que absorbió tanta madera de los montes españoles. Un tema del que se habla mucho por los españoles, a pesar de lo cual son pocos los que realmente tienen conocimiento preciso del tema. Por ello, me permitiré incluir noticia bastante concisa, hacen una apretada síntesis del artículo de Pedro Aguado Bleye en el Diccionario de Historia de España de la Revista de Occidente1.

En 1572 se produjo un grave incidente diplomático: el embajador español Guerau de Espés fue expulsado de Inglaterra, acusado de intervenir en las conspiraciones contra Isabel I a favor de María Estuardo, por ser aquella antipapista y ésta católica. La expulsión de Espés fue recibida por Felipe con la misma calma con que acusó las noticias de la incautación del dinero que llevaban los buques españoles que entraron de arribada forzosa en puertos del Canal y que estaba destinado al duque de Alba; a la razón, máximo representante de España en Flandes y director hispano de la guerra.

A pesar de todo eso, la situación se mantuvo, aunque tirante, durante varios años: Isabel encargó a sus diplomáticos que siguieran entreteniendo a los de Felipe II, pues no deseaba el conflicto armado. Pero autorizó a que el corsario Drake emprendiese una gran expedición a las Indias españolas y portuguesas, en la que arrasó la ciudad de Cartagena de Indias, amenazó La Habana, y destruyó el primer establecimiento español en la Florida, San Agustín.

Esos estragos de Drake llevaron a Felipe II a considerar la posibilidad y conveniencia de vengarlos, invadiendo Inglaterra sin más dilaciones. Y a ese respecto, el marqués de Santa Cruz, vencedor en Lepanto y el más prestigioso de los marinos españoles, propuso la creación de una armada de 150 grandes buques de guerra, 360 transportes, seis galeazas y 40 galeras; en suma, 550 barcos con 94.000 hombres. Además, el Marqués se comprometió a dirigir la armada y la propia guerra, pues no creía conveniente dividir el mando.

Sin embargo, reunida en Lisboa la gran flota, con menores efectivos de los planteados por Don Alvaro, y cuando los barcos estaban dispuestos para darse a la mar, sobrevino una fatal desgracia: el marqués murió el 30 enero 1588, y con gran asombro de todos, el Rey designó para ocupar su puesto al joven duque de Medina Sidonia, don Alonso Pérez de Guzmán, al que tenía en inmerecida estima.

Cuando la flota española salió de Lisboa (20 mayo 1588), se componía de 129 buques de diversos tonelajes e iba tripulada por 8.252 marineros y 2.088 remeros. Llevaba 19.295 hombres de guerra y en Flandes había de recoger el ejército de Alejandro Farnesio. Tan pronto como la armada se hizo a la mar, comenzaron las desgracias y Medina Sidonia mandó que los barcos entrasen en La Coruña, de donde se dio otra vez a la vela el 12 de julio.

En el primer encuentro entre las dos flotas, la española y la inglesa, tuvo lugar el 21 de julio, percatándose entonces los ingleses de su superioridad maniobrera y del mayor alcance de su artillería. Así como de la torpeza del almirante español, que en ese primer choque dio orden de abandonar el choque, ofreciendo las popas de su desordenada flota al tiro de las piezas inglesas. Dos días después, el 23 de julio hubo un nuevo combate frente a la punta de San Albano, y otro el 25, frente a Santa Catalina (isla de Wight).

La armada española se refugió en Calais el 27 de julio, y desde este puerto, Medina Sidonia envió una carta a Alejandro Farnesio, pidiéndole que se embarcase con sus fuerzas. Pero la respuesta fue de cortés negativa: no debía hacerlo mientras la armada no echase de aquellas aguas a la flotilla holandesa de Nassau y a los barcos de los navegantes ingleses Howard y Seymour.

Por añadidura, a medianoche del 28, los españoles vieron venir, impulsados por el viento, ocho brulotes. Y para evitar los incendios, la armada español abandonó Calais, cortando las amarras. Al amanecer estaba frente a Gravelinas, seguida de cerca por los barcos ingleses, que comenzaron a batirla implacables. Españoles e ingleses rivalizaron en heroísmo, pero la artillería española resultaba impotente y los esfuerzos de los capitanes para llegar al abordaje fueron baldíos.

La Invencible estaba prácticamente vencida, sobre todo para el inepto Medina Sidonia, quien dio orden de internarse en el mar del Norte. Los vencedores, al principio, no se dieron cuenta de la magnitud de su triunfo, pues si bien apreciaban que habían obligado a los barcos españoles a abandonar el Estrecho, temían que, reparadas sus averías en Dinamarca o Noruega, volverían a la pelea; pero no tardó en saberse que no estaban en condiciones de hacerlo: sus bajas eran cuantiosas, y los barcos que no se habían hundido estaban más que maltrechos.

Comparativamente, el combate naval de Lepanto fue todavía de carácter medieval, con los cañones desempeñando un cierto papel secundario. En cambio, en los cuatro combates de la Invencible con las escuadras inglesas, y en especial los librados en el Canal y frente a Gravelinas, tuvieron ya un estilo plenamente moderno. En ellos, la artillería fue todo, y los cañones ingleses, más numerosos y mayores que los españoles (hacían tres disparos en el tiempo que los españoles necesitaban para uno) dieron la victoria a Inglaterra.

Las tempestades a que se atribuye el desastre español vinieron después, cuando el duque de Medina Sidonia dio la orden de volver a España por el norte de la Gran Bretaña y el occidente de Irlanda. En aquellas costas se ahogaron seis o siete mil hombres, y los que consiguieron ganar la orilla fueron acuchillados, con muy pocas excepciones.

Los maltrechos restos de la gran armada, en suma, unos 66 buques con solo 10.000 hombres, fueron llegando a los puertos del norte de España. Se habían perdido 63 buques y casi 20.000 hombres, el doble de los salvados. El duque de Medina Sidonia, desde Santander donde desembarcó, pidió licencia a Felipe II para retirarse a su casa de Sanlúcar de Barrameda. Y el rey se la concedió y no le repudió en su confianza, a pesar del desastre al que tanto había contribuido.

Frente a esa situación, con la efervescencia de la victoria, Isabel de Inglaterra, aceptó, con extraña precipitación, un plan absurdo de desembarco en Portugal para instaurar en su trono al pretendiente antiespañolista Prior de Crato, quien hizo tales promesas a la Reina que, de haber llegado a reinar, habría convertido a Portugal en una dependencia militar y mercantil de Inglaterra.

Así las cosas, el 13 de abril de 1589, salió de Plymouth una gran escuadra inglesa que entró, en La Coruña, saqueándola y desembarcando tropa para ir por tierra a Lisboa. Un tránsito en el que fue rechazada enérgicamente por los tercios del Cardenal-infante don Alberto de Austria, que gobernaba el reino en nombre de Felipe II. La pobre tropa anglicana fue incapaz de medirse con la infantería española: tuvo muchísimas bajas, y a los supervivientes no les quedó otra solución que reembarcar y retornar a Plymouth. La llegada de los derrotados, disgustó a la orgullosa Isabel, y redundó en descrédito de Drake, que perdió la gracia de su reina.

En los tres años siguientes Isabel pensó que en vez de insistir en Portugal obtendría más provecho acosando la flota de Indias. Y en 1590 Hawkins se hizo a la mar con una gran flota, pero el corsario, regresó de su expedición en lastre sin ganancia alguna. Poco después, en 1591, la escuadra del almirante Howard, que acechaba a la altura de las islas Azores el paso de la flota de Indias, fue atacada por la nueva y poderosa armada española, reorganizada después de la derrota de la Invencible. Howard tuvo que poner a salvo sus barcos, huyendo; no sin abandonar uno de ellos, el Revenge, que se rindió a los españoles.

En 1595 marchó nuevamente acometió Hawkins la empresa de saquear las Indias españolas, al frente de una escuadra de 27 navíos, pero murió ante Puerto Rico, agotado por la fiebre. Y el mismo fin tuvo Howard que, vuelto a la gracia real, realizó en 1597 un viaje a Panamá, donde murió del mismo mal que Hawkins. Y lo propio le sucedió pasó a Drake en la proximidad de Portobelo en la Costa atlántica de Panamá.

Como se ve, nada menos histórico que calificar el desastre de la Invencible como el fin del poder naval español. Y por si fuera poco, en 1741 Blas de Lezo, en Cartagena de Indias, frustó el intento del Almirante Vermon de hacerse con lo mejor de la América Española. Fracasó al frente de una flota mayor que la Invencible, de 160 buques con 3.000 piezas de artillería y 23.600 hombres2.

5. LAS INQUIETUDES FORESTALES DE FELIPE II

Las premisas y consecuencias forestales de la Armada no están todavía suficientemente estudiadas. Pero sí se sabe que para la construcción, en poco más de dos años, de los 130 buques de la Invencible, fueron talados cientos de miles de sabinas; árbol de madera de gran dureza, sobre todo, en la entonces muy espesa zona boscosa de Monte Negro, actualmente conocida como Los Monegros, en Aragón, y hoy zona deforestada y árida.

Se recurrió también a los robledales del Norte, en Cantabria y el País Vasco3, próximos a los astilleros; donde, desde finales del siglo XV, trabajaban expertos carpinteros de ribera. De modo que según cálculos, el 80 por 100 de los buques construidos para la Carrera de Indias -y esa misma era la tipología de los buques de la Armada- lo fueron en tales ubicaciones.

Según parece años después de la Invencible, Felipe II, al pasar por Calatañazor (provincia de Zaragoza), al ver las áreas antes pobladas de sabinas completamente arrasadas, advirtió los efectos de las grandes talas ocasionadas por su Empresa de Inglaterra. Preocupación que se tradujo en una serie de ordenanzas reales, que contribuyeron a la ulterior conservación de los montes. Y en 1592, a lo que se considera su Manifiesto Forestal: la carta que dirigió a Diego de Covarrubias, Presidente del Consejo de Castilla -el equivalente por entonces al actual Consejo de Ministros-, manifestándole algo que hoy tienen una profunda resonancia ecológica:

Una cosa deseo ver acabada, y es lo que toca a la conservación de los montes y aumento de ellos, que es mucho menester, y creo que andan muy al cabo. Temo que los que vinieran después de nosotros han de tener mucha queja de que se los dejemos consumidos, y plegue a Dios que no lo veamos en nuestros días4.

6. LA MARINA Y LOS BOSQUES

Lógicamente, no sólo fue, la Armada Invencible la que se nutrió de lo mejor de los bosques: el poderío naval español, para mantener durante tres siglos, frente a ataques de corsarios, piratas y flotas de guerra de franceses, holandeses, ingleses, e incluso escoceses5, el dominio de las Indias -hoy toda la América hispanohablante, amén de Filipinas- exigió mucha madera de los mejores montes de todo el país. Como también se construyeron grandes buques para la Armada en la propia América. Entre ellos, en La Habana, el Santísima Trinidad, el mayor del mundo por entonces, que fue destruido en la batalla de Trafalgar, en 1805.

Pero desarrollar esa labor, hubo numerosas disposiciones legales, que culminaron en la gran labor de conservación de los montes para la Marina, generada en tiempos en que el Marqués de La Ensenada, conforme a su programa naval para engrandecer la Marina. Más concretamente, fue en el Palacio del Buen Retiro de Madrid, lindante con el Prado de los Jerónimos, cuando Fernando VI promulgó, el 31 de enero de 1748, la «Real Ordenanza para el Gobierno de los Montes y Arbolados de la Jurisdicción de Marina». En presencia del Marqués de la Ensenada, Don Zenón de Somodevilla, por entonces Almirante General de las Fuerzas Marítimas de España y de las Indias; y de facto, primer ministro de Fernando VI, seguramente el mejor jefe del gobierno de España en todo el tiempo de la Ilustración . Que cayó en desgracia, por las insidias de los ingleses, que no descansaron en sus conspiraciones hasta verle abocado a definitivo declive.

Constaba la citada Ordenanza de 79 artículos, comenzando por delimitar la zona de actuación de la Jurisdicción de la Marina en los montes próximos al mar y a los ríos navegables en sus rías y estuarios. Y se dio autoridad sobre los montes a los Departamentos Marítimos de Cádiz, El Ferrol y Cartagena, «mandando que cada vecino plante a su tiempo tres árboles del género por cada uno que se corte. Según señale el Visitador de la Marina». En definitiva, la Jurisdicción sobre los montes de propios de los pueblos y los de realengo, se ejercía mediante la concesión oficial de licencias de cortas anuales.

Esa importante Ordenanza de la Marina, perdió su vigencia con la decadencia de la propia Armada, durante las guerras napoleónicas. Y singularmente tras las batallas de San Vicente (1797) y Trafalgar (1805). De modo que en el siglo XIX, la ordenación forestal pasó a tener carácter general, según pasamos a ver.

Seguiremos la próxima semana, y hasta entonces el autor queda a disposición de los lectores de República.com en castecien@ bitmailer.net.

1 Madrid, 1952. Hay ediciones posteriores en Alianza Editorial

2 Pablo Victoria, El día que España derrotó a Inglaterra, Altera, Barcelona, 2005

3 La “Armada Invencible”,

http://laarmadainvenciblebrevedescripcion.blogspot.com.es

4 Santiago Marraco Solana, La política forestal española: evolución reciente y perspectivas, ob cit

5 Sobre los escoceses en Centroamérica, a principios del siglo XVIII, mi libro Vasco Nuñez de Balboa y el Mar del Sur. Navegaciones y conquistas en los siglos XVI a XIX, Ediciones del V Centenario, Madrid, 2013

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