Retorno a Silos

Uno tiene gran afición al Monasterio de Silos y todo lo que representa. Y se lo debo a mi gran amigo José Ignacio López Arriortúa, más conocido, en tiempos, por Superlópez. Que fue el primero en llevarme a la Abadía, para dos jornadas, en las que participamos en las preces gregorianas.

También entonces conocí al Abad Clemente Serna, que después -tal como narro en Más que unas Memorias-, fue el oficiante en mi segunda boda, a los 50 años de la primera, con Carmen Prieto-Castro.

La semana pasada volví a Silos. Esta vez con una cincuentena de amigos de la Sociedad de Pensamiento Lúdico y colaterales, que hicimos un periplo que tras hacer su principal escala en Silos, siguió por Covarrubias y Lerma, para terminar en la legendaria Sacramenia; una villa que lleva ese mismo nombre desde hace más de 2.000 años significando  Muros Sagrados.

Los lectores de República.com, ya saben de mis Memorias. Por eso, de la presentación que hice de las mismas, en el auditorio del Convento de San Francisco, de la propia Abadía de Silos, solo recojo la segunda parte de mis palabras, referentes a lo que podrá ser mi próxima obra.

El encuentro en el recién restaurado Convento, una muestra de la más excelente rehabilitación, lo solemnizó Antonio Méndez Pozo, Presidente de la Fundación Silos, la entidad restauradora de un recinto abacial de tanta calidad. Y también estuvieron presentes el ex Abad Clemente Serna, y el monje fabriquero, el gran Dionisio; que es un verdadero arquitecto monástico. Y ahora va el texto que transcribo de mi propia intervención siliense…

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El nuevo libro que tengo en el telar lleva por título ¿De dónde venimos, qué somos, adónde vamos? El sentido de la vida en el universo antrópico.

“Pues no está mal -podría decir el escéptico de turno-: ¡Don Ramón dejando a un lado su oficio de economista, e incluso de memorialista más o menos convencional, se nos mete en camisas de once varas, buscando el más acá, el más allá y no se sabe qué más!”. Crítica inevitable y legitima, pero que evoca la vieja pero también más que zafia sentencia, que no aforismo, de “zapatero, a tus zapatos”. Según la cual, cada uno debe mantenerse aherrojado en su propio cubículo mental, por mucho que la actual sociedad de conocimiento no tenga ni fronteras ni compartimentos.

Quienes frecuentan máximas tan obsoletas como la recién evocada del shoemaker, estiman que para ejercitar actividades alternativas a las que ordinariamente se nos asignan, ha de solicitarse patente –¿de corso, de estudios, de atrevimiento?- a autoridades que el autor no alcanza a identificar. Por eso, conviene recordar los buenos tiempos en que se indagaban explicaciones y razones últimas sin someterse a ninguna clase de rígidas disciplinas ni de permisos más o menos paternalistas.

Así sucedió en la Grecia del siglo de Pericles, cuando formidables filósofos, astrónomos, matemáticos, geómetras, rapsodas, y otros artistas de los más diversos géneros, se preguntaban sobre cuestiones del más alto interés que todavía hoy siguen vigentes en el ágora del pensamiento y la discusión. Algo que también sucedió en el Renacimiento, al abandonarse las prédicas limitativas y compartimentadoras del Medievo, abriendo paso a la libre lucubración. Para iluminar ignorancias que habrían perdurado y también para abordar incertidumbres por tanto tiempo veladas o soterradas, muchas veces por la fe y las buenas costumbres, importadas de jerarquías y autocracias.

A lo anterior, debe agregarse el recuerdo de La Ilustración del Siglo de las Luces, el XVIII, cuando dio vida a los primeros planteamientos ya claramente holísticos, con sistemas coherentes de ciencia, filosofía y política, que conducirían a procesos políticos revolucionarios; como los acaecidos en el tránsito de las Trece Colonias a los independientes Estados Unidos de América, o desde el absolutismo de Luis XVI a la Convención francesa de 1791. De tal modo que en sólo quince años (1776-91), a ambos lados del Océano, se destapó la caja de los truenos dialécticos, para definitivamente acabar con la sociedad estamental, y dar nacimiento a las libertades públicas y a la democracia; por los que, ciertamente, aún habría de lucharse durante mucho tiempo para conseguir olvidarlos.

En todo caso, y aunque a veces no lo percibamos, los avances de la ciencia están creando hoy una situación similar a la que vivieron los grandes maestros de la Hélade clásica, de los sueños renacentistas, y de las búsquedas filosóficas y políticas del Siglo de las Luces. Y a partir de esas tres edades de oro, promotoras del territorio intelectual de la ciencia y la filosofía libres en el espacio-tiempo que vivimos ahora, nos sentimos ciudadanos que de una u otra forma, buscamos, por aquí y por allá, las últimas verdades.

Eso es, en definitiva, lo que ha impulsado la materialización de mi nuevo libro; que seguramente muestra ostensiblemente el atrevimiento del autor, que algunos considerarán, tal vez, razonablemente, como excesivo y hasta insano…. Pero así son las cosas de la vida, querido lector: cuando se ronda la edad octogenaria, se siente la necesidad de adentrarse en las aguas procelosas del debate para ver de arribar a las costas del entendimiento antes de que sea tarde.

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Obligada es una referencia al título y a la ilustración de la portada del nuevo libro, que como fácilmente podrán apreciar, se relaciona con uno de los cuadros más conocidos del pintor impresionista francés (de ancestros también hispanos, en Perú, como nos reveló Mario Vargas Llosa en su novela El paraíso en la otra esquina), Paul Gauguin.

Ese cuadro me inspiró el título en una circunstancia concreta, propiciada que fue por la invitación de un gran amigo peruano, Hugo Neira; cuando él era docente de español en Papeete, la capital de Tahití, Polinesia Francesa. Desde aquellas cuasi-antípodas me convocó a acudir a la Universidad Francesa del Pacífico, para dictar un ciclo de conferencias sobre la transición española. Algo que a muchos le parecerá incomprensible, que en medio del Pacífico Sur, pudiera existir interés por esa etapa de la vida española… Y sí que lo había, según pude constatar por el entusiasmo de los profesores de español de la Administración francesa del indicado territorio; que con 250.000 habitantes, con su enseñanza de la lengua de Cervantes llegaban, por aquellos tiempos (1994), a no menos de 10.000 jóvenes estudiantes de muy diferentes extracciones sociales y que veían España como una realidad no tan distante a pesar de la lejanía geográfica.

Y fue atendiendo esa invitación, cuando mi esposa, Carmen Prieto-Castro, y yo, llegamos al aeropuerto de Tahítí, y allí, cerca de la que fue última residencia polinésica de Gauguin, en un frontispicio de la terminal aérea, pudimos ver una reproducción de por lo menos 20 metros por 5 del aludido cuadro del gran pintor: ¿De dónde venimos, qué somos, adónde vamos? Un tríptico que me dejó impresionado; no sólo por la belleza del mundo polinésico vivido e imaginado por Gauguin, sino también porque, como sucede casi siempre, esas preguntas nos las hemos formulado muchos y en muchas ocasiones. Y fue desde ese momento (¡Eureka!) cuando concebí la idea de escribir mi nuevo libro.

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Nuestro recorrido para dar contestación a las tres preguntas formuladas, lo realizamos siguiendo un íter; empezando por el primer capítulo que reza de lo más altisonante: Cosmogonías y potencias. Que creo es útil para presentar globalmente el escenario en que vamos a movernos, para abordar la primera cuestión: de dónde venimos. El escenario es el universo, cuya grandeza empezó a intuirse por Copérnico y Galileo; y que hoy es objeto de análisis, en sus dimensiones micro en los aceleradores de partículas subatómicas del Fermilab y del CERN. El capítulo 2, contiene los elementos para dilucidar de si estamos o no solos en el cosmos.

En cuanto a la segunda cuestión ¿qué somos?, en el capítulo 3 se estudia el más que problemático origen de la vida; y en el 4, damos una respuesta inmediata: somos el Homo sapiens, producto de la naturaleza, pero también de una Historia que fue moldeando nuestro perfil de especie en lo individual y lo colectivo: la senda de los primates a las revoluciones paleolítica y neolítica, la era clásica, el renacimiento, revolución industrial, etc. A través, pues de una larga secuencia de evolución social, y a juicio del autor, con una clara componente teleológica, o teleonómica, si se prefiere: vamos en una senda de perfección sostenida aunque sea con altibajos.

Entrando ya en la tercera pregunta -¿adónde vamos?-, el capítulo 5, Condición humana y destino, nos sirve para llegar a la conclusión de que si no venimos de la nada, tampoco vamos a la nada. En una filogenia cósmica y una inteligencia que nos lleva a plantearnos el sentido de la conquista de la nueva evolución inducida por el hombre, y de la revolución de la humanidad a la conquista de amplias regiones del universo.

El capítulo 6, también en la fase de adónde vamos, se refiere a la especial controversia, sobre Ciencia y trascendencia, entre el conocer científico y la búsqueda del sentido de la vida. Desde el punto y hora en que al pertenecer a la escala zoológica general, la especie humana presenta, sin embargo, características que le diferencian del resto de los demás seres vivientes. Algo que origina el más arduo debate entre quienes piensan que puede haber una inteligencia superior que estableció las bases del todo para llegar a la culminación de la especie humana (eso es el universo entrópico), y quienes desde el ateísmo opinan que venimos de la nada, y que volveremos a ella, hombres y mujeres por igual a la sima tal vez del big crunch y de la amnesia cósmica sólo movida por la gravedad: no, no, y no.

Dentro también de la tercera fase de adónde vamos, el capítulo 7 es un ensayo sobre el hecho religioso, como sistemas de creencia que tienen su interpretación y razón de ser y que han superado todas las previsiones sobre su definitiva desaparición. Y por último, en el capítulo 8 -Globalización y soberanía mundial: hacia la paz perpetua-, se hace una síntesis en la que apreciamos los grandes problemas del futuro: desglobalización económica, armamentismo y amenaza nuclear, deterioro de la biosfera, y pobreza de masas. Son los cuatro obstáculos principales de una humanidad hacia su verdadero equilibrio, que junte sus fuerzas no para combatir entre las naciones sino para una verdadera integración.

Y como siempre, el autor queda a disposición de los lectores de Republica.com en castecien@bitmailer.net.

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